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Rembrandt, asombro en la mirada

por Abel Della Costa
14 de julio de 2006
El nombre de Rembrandt está ligado al protagonismo absoluto de la luz en la tela. Sin embargo, no enfocaremos su obra desde el punto de vista de su técnica artística, sino tratando de descubrir la mirada con la que un artista se acerca a la obra bíblica, la lee, y recrea, partiendo de una escena en palabras, narrada en el tiempo, una nueva escena, que condensa todo su sentido en el instante de la imagen.

Rembrand Harmenszoon van Rijn

Leyden 1606 - Amsterdam 1669

autorretrato de 1630

 

La Biblia también es un hecho de arte, es ella misma una creación artística. La mirada del artista se legitima en ella no sólo por la belleza que sea capaz de expresar en su cuadro, sino porque pone por obra el diálogo de dos artistas: de creador a Creador.

El nombre de Rembrandt está ligado al protagonismo absoluto de la luz en la tela. Sin embargo, no enfocaremos su obra desde el punto de vista de su técnica artística, sino tratando de descubrir la mirada con la que un artista se acerca a la obra bíblica, la lee, y recrea, partiendo de una escena en palabras, narrada en el tiempo, una nueva escena, que condensa todo su sentido en el instante de la imagen.

Para esto el artista explora lo no-dicho en las palabras del relato, aquello que reúne la totalidad del sentido en un punto, y desde ese punto lo vuelve imagen. Por esto, no sólo realiza una exégesis valiosa del relato, una apropiación personal de los elementos que le dan sentido, sino que además enseña a hacer exégesis, enseña a mirar, a leer lo no-dicho en lo dicho.

 

En el caso de Rembrant, podríamos hallar ese punto en una constante que se percibe en toda la obra, pero fundamentalmente en la obra de tema bíblico: de la escena narrada, Rembrant no se detiene en el resultado, en el descenlace, sino en el instante, a menudo fortuito, que permite el descenlace; ese instante que podría haber sido distinto y la historia (¡y nuestra historia!) cambiar enteramente.

 

Un ejemplo elocuente de esto es el primer cuadro de la serie que presentaremos: El sacrificio de Abraham. Lejos de mostrar la escena en conjunto, lejos de dejarse tentar por lo más obvio del relato -la sustitución del hijo por el carnero-, Rembrandt congela el momento en que el cuchillo está ya por atravesar a Isaac y el ángel detiene la mano. La mirada contempla con asombro, y hasta con terror, la posibilidad -siquiera remota- de que el ángel no hubiera llegado a tiempo, y el entero curso de la Biblia hubiera cambiado por completo.

 

Por esto hemos elegido para afiche de la exposición el autorretrato a lápiz de 1630, cuando contaba con apenas 24 años, donde el propio artista percibió de sí mismo esa mirada que lo acompañaría hasta sus últimas obras.

 

Sirva esta muestra también como homenaje a la grandeza del artista en el año en que se conmemora el 400 aniversario de su nacimiento.

 

 

 

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