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Espiritualidad y Cultura
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Entrevista a José Luis Navarro, monje trapense en Midelt (Marruecos)

05 de jul de 2017
“El hecho de vivir en un ambiente musulmán, te da suficiente experiencia para conocer mejor a los musulmanes y saber diferenciar entre el verdadero Islam y las caricaturas del Islam”

Enamorado de la espiritualidad del desierto y de los grandes místicos, tanto sufís como católicos, el hermano José Luis Navarro desarrolla su vocación como monje trapense en el monasterio de Nuestra Señora del Atlas, situado cerca de la pequeña población de Midelt, al sur de Marruecos. Este lugar, sucesor del espíritu de Tibhirine (película “De Dioses y hombres”), es actualmente el único monasterio contemplativo activo en el norte de África.

Oriundo de Zaragoza, estamos ante un monje que lleva en su alma el espíritu del diálogo y de respeto al Islam. Su discurso de acercamiento a esta religión, bastante alejado de las opiniones de algunos sectores de la Iglesia en España, merece el respeto y la credibilidad que le otorgan sus años de conocimiento y convivencia con los musulmanes. La visión de José Luis de la Iglesia y su papel en el mundo es, ante todo, positiva. Una mirada al estilo de aquel abad cisterciense, Christian de Chergé, al que sus detractores llamaban iluso e idealista. La mirada, en definitiva, de alguien que sabe que defender el Evangelio no es una cuestión política o ideológica, sino utópica. Y por ello, creíble.

Conocedor de los principales términos en árabe y de la cultura marroquí, hablamos con él sobre su vocación como contemplativo, la influencia del Islam en su vida, y la situación de la vida monástica en el siglo XXI.

¿Qué hace un trapense en el sur de Marruecos?

Es muy fácil de responder, pues no hacemos nada especial que no haga un monje en España, o en otro lugar. Y… ¿Qué hace el monje? Ora; su vida es una vida en primer lugar de adoración, alabanza, acción de gracias, demanda, conversación íntima y cordial con Dios. Todo lo que hace, lo hace bajo la mirada del Señor, meditando pacíficamente su palabra. Nos reunimos varias veces al día para rezar, y sobre todo en la misa; y en otros momentos el monje reza en un contacto más personal con el Señor. Parece que es mucho rezar, pero aquí en un país casi al 100% musulmán, todos rezan varias veces al día y, a veces, la llamada a la oración desde los minaretes, se mezcla con la campana que nos llama, a su vez, a la nuestra. Nuestro padre Christian de Chergé, prior de la comunidad de Tibhirine, solía decir a los hermanos: “Somos orantes en medio de un pueblo de orantes”.

¿Tiene sentido mantener un monasterio en un país donde casi no hay católicos?

Esa pregunta ya se la hacía nuestra propia Orden, hace muchos años. Parece un sin sentido mantener un monasterio, en un país donde no hay cristianos y, por lo tanto, no pueden salir vocaciones. Pero es lo mismo para el resto de la iglesia del Magreb en general. Somos conscientes de que tenemos una misión, la de ser testimonio de Cristo en medio de nuestros hermanos del Islam.

¿Cómo es vuestra relación con los musulmanes de Midelt?

La comunidad llegó a Midelt en el año 2000, después de una etapa de 12 años en Fez, donde habían llegado, a petición de la diócesis de Rabat, en el año 1988. El monasterio se encuentra ubicado en un antiguo orfelinato de las Franciscanas Misioneras de María. Las Hermanas nos lo ofrecieron, y esa fue la causa de nuestra presencia en Midelt. Fue providencial, pues la buena labor realizada por las Franciscanas durante muchos años, nos hizo muy fácil la integración en Midelt. Aparte del carácter tradicionalmente abierto de los habitantes de esta región, habituados a convivir con extranjeros de diferentes países y credos.

Hoy, después de 17 años, podemos decir que estamos bien integrados en la población y en la región que nos acogen. Compartimos sus preocupaciones y alegrías y participamos en muchas de sus celebraciones, ya sean culturales, sociales o familiares. También nosotros les acogemos en las nuestras. Hemos tejido muchos lazos de amistad y fraternidad con muchos de sus habitantes. En una palabra, nos sentimos muy bien acogidos en Midelt, desde el primer momento. Y ellos, podemos aventurarnos a decir que se sienten muy satisfechos de nuestra presencia.

¿Cómo os ven a vosotros los marroquíes?

Nos ven como a personas religiosas, que rezamos como ellos varias veces al día, que ayunamos y hacemos limosnas, también como ellos. Existe un gran respeto a nuestra vida religiosa y a la de las hermanas. Solo piden de los cristianos que seamos buenos cristianos, discípulos de Sidna ‘Aissa (Jesús) y que respetemos la fe de los musulmanes, sin quererlos quitar de su fe. Nada del otro mundo, respeto mutuo.

En España, desde algunos sectores de la Iglesia, se nos ofrece una imagen violenta del Islam. Otros en cambio, son más conciliadores… ¿por qué hay tanta división en la Iglesia respecto a cómo debe ser la relación con el Islam?

Tú lo has dicho, desde “algunos sectores”. Casualmente esos mismos discrepantes no lo son solamente con el Islam, sino con todo lo que sea distinto y no entiendan. Afortunadamente desde el magisterio y la jerarquía de la Iglesia, comenzando por la Santa Sede, se invita y se promueve a ese diálogo con el Islam, que cada día es más necesario.

Pero el extremismo religioso existe, ¿está el monasterio amenazado?

No, nunca hemos recibido la más mínima amenaza. Pero eso sí, no se puede negar la existencia del extremismo terrorista que, por otro lado, no conoce de fronteras. Hay un riesgo de ser objetivo de los violentos, por nuestra condición de extranjeros, sobre todo. Por ello tenemos vigilancia, casi permanente, de la Policía en nuestro monasterio. No solo para nuestra protección, sino también para la seguridad de nuestros huéspedes que frecuentan nuestra hospedería.

¿La matanza de Tibhirine ha marcado vuestra vida como monjes en país musulmán?

Nos ha creado el compromiso de demostrar al mundo que es posible vivir juntos, compartir, respetarnos e incluso amarnos, porque no. El mayor ejemplo al mundo de nuestro padre Jean-Pierre (el superviviente de Tibhirine) es su profundo perdón después del asesinato de nuestros siete hermanos. Y su deseo de seguir viviendo entre los hermanos del Islam.

¿Qué visión del Islam tienes desde tu experiencia?

El hecho de vivir todos estos años en un ambiente musulmán, te da suficiente experiencia para conocer mejor a los musulmanes y saber diferenciar entre el verdadero Islam y las caricaturas del Islam. Me parece oportuno recoger aquí algo que dice el padre Christian de Chergé en su Testamento: “Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente. Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo. Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas.”

Y este otro párrafo, que me da la seguridad y la esperanza de andar por el buen camino en este diálogo. Y me ayuda a no hacer caso de los detractores de este diálogo: “Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad. Entonces podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con Él a Sus hijos del Islam tal como Él los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.”

¿Ha aportado algo a tu vida como monje católico el Islam?

El Islam me ayuda a profundizar en mi fe y en mi comportamiento como cristiano y como monje. Para la vida del monje es muy importante la “Memoria Dei”, vivir en la presencia de Dios. He de decir que aquí me es más fácil. No existe el dualismo de Occidente. No hay un espacio sagrado y otro profano, ni un tiempo sagrado y otro no. Todo está en torno a la presencia de Dios. Toda conversación, va acompañada de expresiones que son auténticas jaculatorias: “Insha’Allah” (Si Dios quiere), “Al-ḥamdu lillāh” (Alabado sea Dios), “Bismillah” (en el nombre de Dios) y muchas más. Todo ello, unido a las cinco veces que llama el muecín (almuédano) y que te recuerda que hay otros que también rezan al Único. Todo junto te hace vivir con más fuerza en la presencia de Dios.

En términos generales, ¿qué sentido tiene la vida de un monje en pleno siglo XXI?

El corazón de nuestra vida monástica es el Evangelio anunciado hace 2000 años por Jesucristo, y que intentamos vivir de una forma concreta que tomamos de la Regla de San Benito redactada hace más de 1500 años. En resumen, somos monjes en el siglo XXI y a su vez humildes herederos de una tradición de más de mil años. Pero, sin embargo, trabajamos para enfocar nuestra mirada en el futuro más que en el pasado, sabiéndonos responsables de transmitir lo que hemos recibido y enriquecerlo.

Pero sin embargo, tiene el mismo sentido hoy, que hace tantos siglos. La vida del monje se resume en el seguir a Cristo, desde la radicalidad del Evangelio de Jesús de Nazaret. Desde la fe es Dios el que sigue llamando a seguirle en la vida monástica para testimoniar, sobre todo, la primacía de Dios, sobre cualquier otra realidad de este mundo. Una primacía de Dios que quiere expresar su gratuidad, su grandeza, su bondad, toda la fuerza de un amor que nos da el don de la existencia y de la vida nueva en Cristo.

Mucha gente suele decir “a mí me gusta la Iglesia que se compromete, que hace colegios, que funda hospitales, que ayuda a los pobres…” ¿qué les dirías a aquellos que ven como algo absurdo estar todo el día en silencio y oración?

Pero, en realidad, la contemplación no es privilegio de los religiosos que ingresan en las llamadas “órdenes contemplativas”, ni de aquellos cristianos que reciben el don de la contemplación infusa y se retiran de la sociedad para vivir en soledad.

Aquellos que acusan a los contemplativos de inoperantes y de ociosos generalmente ignoran el significado más elevado de una oración adelantada. Por desgracia, hay algunos cristianos que de la vida espiritual sólo conocen lo que ellos mismos viven. No caen en la cuenta de la inmensa variedad de dones que Dios reparte entre sus amigos y de la gran diversidad de respuestas que los hombres dan a la llamada del Señor.

Una búsqueda que se realiza por la oración generosa, por la vida sacramental plena, por el servicio desinteresado al hermano, por la obediencia pronta a la Palabra, por la acogida al necesitado, por el trabajo consciente, por el cuidado del entorno… en definitiva, por la identificación plena con el Señor. Siendo testimonio de que es posible intentar vivir esforzándonos por restablecer la armonía con Dios, con los hermanos, con uno mismo y con el mundo que nos rodea.

Pero todo está unido, hay una contemplación activa y a su vez una acción contemplativa. La actividad apostólica más eficaz espiritualmente nace precisamente de un corazón profundamente contemplativo.

Todos tenemos sed de Dios, y por vuestro monasterio pasan también jóvenes, ¿dónde está el problema para que muchos jóvenes hoy no enganchen con la Iglesia?

Basta con pasear la mirada por cualquier iglesia durante una celebración para notar que cada vez son más los bancos vacíos, cada vez son más los jóvenes que abandonan y pierden el interés. Tristemente son muchos comenzaron yendo alegres a su parroquia hace unos años atrás, pero que ya no están, se han alejado, tristemente muchos de ellos para siempre.

Buscar una razón, un responsable único es un tanto difícil. Cada persona es diferente, cada caso tiene sus propias características y no podemos mencionar una razón o motivo único por la cual los jóvenes pierden interés y abandonan la iglesia. No nos debe sorprender que muchos de los jóvenes que abandonan la Iglesia piensen que ésta ignora los problemas reales y de actualidad.

Muchos de los jóvenes no creen que los acontecimientos en la Biblia sean verdaderos, y las personas no permanecen leales a las instituciones cuando ya no creen en su importancia. La importancia de la Iglesia está esencialmente ligada a la realidad del Evangelio. Cuando la gente ya no cree que la fe en Jesucristo sea necesaria para la salvación, el mensaje de la Iglesia se convierte lentamente en irrelevante. Recordemos que mientras que la Iglesia enseña acerca de Jesús y la salvación, el sistema educativo público está adoctrinando a nuestros estudiantes a dudar de la credibilidad subyacente de la Biblia. Los jóvenes no se alejan por un simple capricho de identidad, nuestros jóvenes se nos van porque ya no creen que el Evangelio tenga alguna pertinencia y relevancia en sus vidas.

Entrevista y fotografías de Alejandro Palacios Álvarez.

fuente: Umoya
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