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Geopolítica vaticana del nuevo orden mundial

14 de jul de 2017
El artículo no es nuevo, es de noviembre de 2016, pero perfectamente vigente. La autora muestra algunas claves del modo de establecerse las relaciones internacionales, y las influencias de la Iglesia en el curso de la historia política en esta etapa de Francisco.
Misa "Pro eligendo Papa"

Francisco, el papa llegado del fin del mundo, irrumpe en las cosas del mundo globalizado entrelazando con refinada sabiduría mensajes de paz y de realpolitik. El elenco de las situaciones de tensión o de conflicto a las cuales Bergoglio ha dedicado una atención que se ha revelado decisiva es muy largo a estas alturas. Artífice del histórico deshielo entre Estados Unidos y Cuba, mediador invisible entre Obama y Putin en la crisis de Siria… solo por nombrar algunos de los casos más citados, que se van al encuentro entre Shimon Peres y Abu Mazen en el Vaticano, al trabajo para favorecer el acuerdo sobre la energía nuclear en Irán o a la evocación del genocidio armenio.

Por lo que respecta a la Iglesia, ha iniciado una nueva fase de colaboración dentro de la cristiandad con el histórico encuentro con el patriarca ortodoxo ruso Kirill y su reciente viaje ecuménico a Suecia para conmemorar los 500 años de la Reforma luterana, que separó a los cristianos de Occidente en católicos y protestantes, así como con la apertura del diálogo con China. La geopolítica pastoral de Francisco es global, y difiere de los parámetros tradicionales de alianzas temporales, más o menos santas, para objetivos específicos.

Si para Juan Pablo II la prioridad en política exterior era derribar la cortina de hierro y los regímenes comunistas, mientras que para Benedicto XVI era volver a cristianizar Occidente y, en particular, el continente europeo, Francisco advierte como emergencia ineludible poner fin a la “Tercera Guerra Mundial, combatida a pedazos”, que produce miles de muertos, refugiados y destrucción en muchas partes del mundo, y, sobre todo, evitar su progresiva transformación en un conflicto global. Por ello, como ya dijo Bergoglio en su primera intervención ante el cuerpo diplomático en 2013, el respeto del Derecho humanitario debe situarse en primer lugar.

Cuando muere el papa Roncalli, en 1936, los países que mantenían relaciones diplomáticas con la Santa Sede eran solo 40. Cuando Juan Pablo II fue elegido papa, en 1978, el Vaticano tenía relaciones diplomáticas con 84 países. En 2005 eran 174. Con Benedicto XVI se convirtieron en 178. Tanto es así que, después de la difusión de una serie de archivos difundidos por Wikileaks, la embajada estadounidense en el Vaticano, en vista de la visita del presidente Barack Obama de 2009, subrayaba cómo la Santa Sede era ya la segunda, solo después de Estados Unidos, en número de países con los que mantiene relaciones diplomáticas —en aquella época, 188 y 177, respectivamente—. Hoy, en la era del papa Francisco, la Santa Sede mantiene relaciones con 182 países y 32 organizaciones internacionales, incluida la Liga Árabe.

La política de la Santa Sede atraviesa una nueva primavera después del largo otoño bajo el pontificado de Ratzinger con Tarcisio Bertone, secretario di Stato. El papa argentino no tiene objetivos bien definidos y su fuerza reside en el poner en marcha, energías que la política ni siquiera consigue ver. Se mueve sin dejarse condicionar y esto le permite tener una red impresionante de relaciones personales con líderes de movimientos populares laicos y religiosos, con exponentes individuales de partidos, con intelectuales y periodistas, que le permiten entender muy a menudo y por adelantado los problemas que hay que resolver. Es una guía espiritual que habla a todos y, precisamente porque es jefe religioso, no político, es de hecho un gran protagonista geopolítico.

Francisco no quiere una Iglesia que se siente en la mesa de las negociaciones, sino en todo caso una Iglesia que estimule a las partes enfrentadas a sentarse en la mesa de negociaciones y buscar juntos una salida. No ama la teatralidad de las posiciones de principio; prefiere el pragmatismo del sentido común y el realismo de las soluciones de mediación. El estilo de Bergoglio es muy claro y en ciertos aspectos puede dar lugar a confusión. Él pide que la Iglesia se mueva pasando desapercibida, que gestione situaciones de crisis sin grandes lemas, pero trabajando entre bastidores. Podemos decir que durante estos años han emergido con claridad algunas directivas. Ante todo, este papa ha planteado la cuestión de las periferias, la necesidad de derribar muros —realmente construidos o percibidos como tales—.

Otro filón es la reflexión dramática sobre la guerra y sobre la paz: ha denunciado el comercio de armas como una de las causas de los conflictos y se ha activado en complicados y delicados procesos de reconciliación. En su primer viaje europeo, no vuela a Londres o a París, sino a Albania, tierra de mayoría musulmana plagada de mártires del comunismo. En el primer viaje a América Latina puesto en su agenda durante su pontificado, ha elegido viajar a Ecuador, Bolivia y Paraguay, los países más periféricos de la realidad sudamericana, mientras que en su viaje mejicano vuela hacia el extremo sur de Chiapas para pedir perdón a los pueblos indígenas “incomprendidos y excluidos” y termina la visita en Ciudad Juárez, otro lugar símbolo de la emergencia migratoria, donde celebra misa a pocos metros de distancia de la frontera con Estados Unidos y bendice los zapatos de los migrantes muertos en el intento de cruzar el confín.

Francisco, sobre todo, ha cambiado el tono del discurso político invitando a mirar el mundo desde la perspectiva de los excluidos, porque solo de esta manera es posible percibir las contradicciones que afectan a todos y encontrar soluciones integradoras. Generalmente, consideramos la misericordia como un sentimiento individual y privado, que entra en juego solo en la relación del hombre con Dios o con sus semejantes. Sin embargo, cuando es bien entendida, la misericordia es un concepto político revolucionario: es todo excepto debilidad, tanto en la vida de las personas como en la política. Se necesita valor para orientar a las personas hacia procesos de reconciliación y es precisamente tal audacia positiva y creativa la que ofrece verdaderas soluciones para antiguos conflictos y la oportunidad de hacer posible una paz duradera. Declinar la misericordia como categoría política conduce a no considerar nunca a nada ni a nadie como definitivamente perdido en las relaciones entre naciones, pueblos y Estados.

En definitiva, la misericordia política es la virtud de los fuertes, la característica distintiva de los verdaderos líderes, no de los políticos de pequeña talla. Como dijo Pietro Parolin, secretario del Estado vaticano y artífice de muchas de las estrategias diplomáticas de la otra orilla del Tíber, si los poderosos del mundo se mueven “ejerciendo un hard power a través de la potencia económico-financiera o las armas”, la Iglesia de Bergoglio, por el contrario, se mueve mediante “un soft power hecho de convicciones y de comportamientos ejemplares”. Y ese poder blando se muestra más eficaz y más concluyente que el viejo poder duro.

por Silvina Pérez

Periodista, escritora. Ha trabajado en la televisión pública italiana, la Rai y en la privada La7. Especializada en periodismo político, ha cubierto numerosos eventos internacionales, también como enviada especial. Apasionada de América Latina y de los derechos humanos en particular. Especialmente interesada a la historia de la Iglesia. Desde 2015, es directora de la edición española del Osservatore Romano, diario oficial del Vaticano.

fuente: El Orden Mundial en el Siglo XXI
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