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El Testigo Fiel
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en Ecuménicas e interreligiosas

El amor de Cristo nos apremia en la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos

18 de ene de 2017
Comienza hoy el Octavario por la Unidad de los cristianos, y el Papa destacó, al finalizar la audiencia del día, esta importante intención.

Al coincidir su audiencia general con el comienzo de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2017, el Papa Francisco alentó a los peregrinos de tantas partes del mundo a «perseverar concordes en la oración, como la Virgen María y los Apóstoles».

E hizo hincapié en que «la oración es la llave que abre el corazón misericordioso de Dios». «Es la fuerza más grande de la Iglesia que nunca debemos dejar».

El Sucesor de Pedro dio su cordial bienvenida a la delegación del Itinerario Europeo Ecuménico:

«Queridos hermanos y hermanas, vuestra etapa en Roma es un importante signo ecuménico, que expresa la comunión alcanzada entre nosotros, a través del camino de diálogo en los decenios pasados.

El Evangelio de Cristo está en el centro de nuestra vida y une a las personas que hablan lenguas diversas, viven en países distintos y viven la fe en comunidades diversas.

Recuerdo con conmoción la oración ecuménica en Lund, en Suecia, el 31 de octubre pasado. En el espíritu de aquella conmemoración conjunta de la Reforma, miremos más lo que nos une que lo que nos divide y prosigamos juntos para profundizar nuestra comunión y darle una forma cada vez más visible.

En Europa esta fe común en Cristo es como un hilo verde de esperanza: pertenecemos los unos a los otros.

La comunión, la reconciliación y la unidad son posibles. Como cristianos, tenemos la responsabilidad de este mensaje y debemos testimoniarlo con nuestra vida.

Que Dios bendiga esta voluntad de unión y custodie a todas las personas que caminamos hacia el camino de la unidad».

Apremiados por el amor de Cristo, lema y desafío en el impulso ecuménico. El Papa Francisco recordó el lema de esta semana dedicada a la oración:

«Hoy comienza la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, cuyo lema es un desafío para nosotros: ‘El amor de Cristo nos apremia a la reconciliación’.

Oremos al Señor para que todas las Comunidades cristianas, conociendo mejor su propia historia, teología y derecho se abran cada vez más a la reconciliación. Que nos impregne el Espíritu de benevolencia y comprensión, así como también el anhelo de colaborar.

A todos los aquí presentes y a los que se unen a través de la oración, les imparto de corazón mi Bendición».

En su aliento a los jóvenes, los enfermos y los recién casados, el Papa también destacó la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos:

«Queridos jóvenes, recen para que todos los cristianos vuelvan a ser una sola familia. Queridos enfermos, ofrezcan sus sufrimientos por la causa de la unidad de la Iglesia. Y, ustedes queridos recién casados, hagan experiencia del amor gratuito como es el de Dios para con la humanidad».

en Ecuménicas e interreligiosas

¿Los 500 años de Lutero? Ocasión para redescubrir juntos el Evangelio

21 de ene de 2017
El Papa recibió a una delegación ecuménica de la Iglesia luterana de Finlandia y recordó su viaje a Lund: Lutero no quería dividir, sino renovar a la Iglesia.

ste 2017, en el que se recuerdan los 500 años de la Reforma protestante de Martín Lutero, representa « para católicos y luteranos una ocasión privilegiada para vivir de manera más auténtica la fe, para redescubrir juntos el Evangelio y dar testimonio de Cristo con vivacidad renovada». Es lo que dijo el Papa a una delegación ecuménica de la Iglesia luterana de Finlandia, en ocasión del anual peregrinaje a Roma para celebrar la fiesta de San Enrique, patrón del país. Francisco recordó su viaje a Lund, Suecia, justamente para conmemorar los 500 años de la Reforma luterana, e insistió en que «el propósito de Martín Lutero no era el de dividir la Iglesia, sino de renovarla».

«Católicos y luteranos, de diferentes países, junto con diferentes comunidades que comparten el camino ecuménico, recorrimos una etapa significativa, cuando, el pasado 31 de octubre, nos reunimos en Lund, en Suecia, para conmemorar el inicio de la Reforma con una oración común», recordó el Papa. «Esta conmemoración conjunta de la reforma tuvo un significado importante a nivel humano y teológico-espiritual. Después de 50 años de diálogo ecuménico oficial entre católicos y luteranos, hemos logrado exponer claramente las perspectivas sobre las cuales hoy podemos decirnos de acuerdo. Expresamos nuestro reconocimiento por ello. Al mismo tiempo, tenemos vivo en el corazón el arrepentimiento sincero por nuestras culpas. En este espíritu, en Lund se recordó que el propósito de Martín Lutero, hace 500 años, era el de renovar a la Iglesia, no dividirla. Aquel encuentro nos dio la valentía y la fuerza para ver hacia adelante, en nuestro Señor Jesucristo, hacia el camino ecuménico que estamos llamados a recorrer juntos. Al preparar la conmemoración común de la Reforma, católicos y luteranos han cobrado una mayor conciencia de que el diálogo teológico sigue siendo esencial para la reconciliación y de que debe ser sacado adelante con constante compromiso. Así, en esa comunión concorde que permite que actúe el Espíritu Santo, podremos llegar a ulteriores convergencias sobre los contenidos de la doctrina y de la enseñanza moral de la Iglesia, y podremos acercarnos cada vez más a la unidad plena y visible. Rezo al Señor para que acompañe con su bendición a la Comisión de diálogo luterano-católica de Finlandia, que está trabajando con dedicación en una interpretación sacramental común de la Iglesia, de la Eucaristía y del ministerio eclesial. El año 2017, año conmemorativo de la Reforma –prosiguió Francisco–, representa, pues, para católicos y luteranos una ocasión privilegiada para vivir de manera más auténtica la fe, para redescubrir juntos el Evangelio y dar testimonio de Cristo con vivacidad renovada. Al final de la jornada conmemorativa de Lund, viendo hacia el futuro, sacamos valor de nuestro testimonio común de fe frente al mundo, cuando nos comprometimos a apoyar juntos a quienes sufren y están expuestos a persecuciones y violencias. Haciendo esto como cristianos – dijo – no estamos más divididos sino que estamos unidos en el camino hacia la plena comunión».

Desde hace más de 30 años, recordó Francisco, «es una bella costumbre que su peregrinaje coincida con la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que nos llama al acercamiento a partir de la conversión. El verdadero ecumenismo, de hecho, se basa en la conversión común a Jesucristo como nuestro Señor y Redentor. Si nos acercamos juntos a Él, también nos acercamos los unos a los otros. En estos días invoquemos más intensamente al Espíritu Santo para que suscite en nosotros esta conversión, que hace posible la reconciliación». El Papa también dedicó una reflexión a los 100 años de Finlandia como estado independiente, que se cumplen también en este 2017: «Que pueda este aniversario animar a todos los cristianos de su país a profesar la fe en el Señor Jesucristo (como hizo con gran celo san Henrik), testimoniándola hoy frente al mundo y traduciéndola también en gestos concretos de servicio y fraternidad».

Al final de su discurso, el Papa se dirigió al obispo luterano de Turku, Kari Mäkinen, a quien agradeció por «el buen gusto de traer a sus sobrinos: necesitamos la simplicidad de los niños, ellos nos enseñarán el camino hacia Jesucristo».

en Iglesia en el Mundo

“La peor herejía es usar a Dios para ganar poder”

19 de ene de 2017
Reflexiones del superior general de la Orden de los Predicadores, los dominicos, que concluyen esta semana en Roma un jubileo por los ocho siglos de su fundación con un congreso misionero.

“La peor herejía es hacer decir a Dios algo que él jamás dijo”. En síntesis: usar a Dios para ganar poder, para imponerse a los demás. Cuando eso ocurre, se debe denunciar. Es una de las reflexiones del maestro de la Orden de los Predicadores, fray Bruno Cadoré, en un diálogo con periodistas. Los dominicos cierran esta semana su jubileo especial, a 800 años de su fundación por Santo Domingo de Guzmán.

“Mandados a predicar el evangelio” es el tema del congreso misionero que inició este martes 17 de enero y se extenderá hasta el sábado 21. Ese día los asistentes participarán en una misa especial celebrada por el Papa Francisco en la Basílica San Juan de Letrán de Roma. El encuentro reservó espacio para temas como “migrantes”, “pueblos originarios”, “diálogo interreligioso y ecuménico”, “justicia, paz y cuidado de la tierra”, “apostolado en las prisiones”, “apostolado de la salud” y “comunicación”.

Después de ocho siglos de vida, ¿tiene sentido todavía ser dominico?

El sentido es convertirnos en una familia de la predicación y dar el deseo a la Iglesia de ser esta familia, esto tiene sentido.

Usted señaló que hoy es muy difícil proponer el mensaje cristiano como una “buena noticia”. ¿Por qué?

Porque el lenguaje de las culturas modernas es muy lejano del lenguaje de la fe como estamos habituados. Nosotros hablamos de la gratuidad, de la gratitud, del recibir. En la cultura moderna se habla más de tomar, de comprar, de los gastos, del dinero. El lenguaje no es el mismo, pero cuando hay dos idiomas distintos es muy importante hacerlos dialogar para alcanzar un lenguaje común. Para esto el encuentro es fundamental. El encuentro exige a los cristianos darse cuenta que la cultura cristiana no es obvia para todos. Fácilmente tenemos esa idea, recuerdo cuando daba clases de bioética a estudiantes de medicina, quise hablarles del sufrimiento y cité a Job, pero ninguno lo conocía. Yo pensaba que todos lo conocían. La cultura cristiana debe ir por los caminos de la humanidad para escucharla.

¿La crisis de la vida religiosa en la actualidad surge de cierta incapacidad de dialogar con estos lenguajes distintos?

Existen muchas razones para esta “crisis”. La verdadera crisis de la vida religiosa es el poner al mundo en crisis, esa es su misión. No quiere decir hacer desórdenes, sino decirle al mundo que aquello que parece muy bien organizado, quizás podría ser ordenado en manera distinta. La propiedad, las relaciones, la fraternidad, la inclusión de todos. Entonces la crisis de la vida religiosa puede venir cuando no sabemos ya cómo hacer esto. En este momento pensamos más en nuestras estructuras, en nuestras organizaciones y no en el sistema. Debemos pensar más en forma sistémica. La vida religiosa es una elección interior pero también colectiva, pública. Y esta elección sirve para entrar en diálogo con el mundo, no para ser escondida. Para poner en crisis al mundo.

¿La crisis en la vida religiosa se ve sólo en la caída de vocaciones o existen otros elementos a tomar en cuenta?

Para mi lo más importante es evitar la crisis de cerrarse al diálogo con el mundo. Las vocaciones son variables. Hemos tenido muchos frailes, pocos frailes, un poco más, un poco menos, no es importante. La Biblia dice que no se debe contar, que no son importantes los números. La crisis de la vida religiosa se daría, también, si en la Iglesia católica no se pudiera entender que la vida religiosa es un servicio específico y no una reserva de potencialidad. Un signo específico de fraternidad, de alegría, de gratuidad.

¿Los dominicos se han sumado concretamente al desafío marcado por el Papa Francisco de estar cerca de los migrantes y refugiados?

En este mundo el dinero viaja muy fácilmente, las personas no. Para nuestros congreso algunas personas del sur del mundo no pudieron obtener su visa para participar. Es muy fácil hacer esta comparación. Existen muchos hermanos dominicos cuyas familias son migrantes o directamente refugiadas. Por ejemplo en República Centroafricana. Para ellos la realidad de los refugiados no es de los otros, los que padecen dificultades tienen un destino común con nosotros. Nuestras religiosas en Iraq perdieron todas sus casas, los conventos. Están buscando cómo vivir, igual que la gente común. La situación de los migrantes y refugiados es muy importante en todo el mundo. Estamos tratando de ver cómo acoger a estas personas en Europa e involucrarnos en el espacio político, para ayudar a nuestros países a no producir más refugiados, a no usarlos, a no crecer sobre las espaldas de ellos. Ayudar a pensar la política y a las personas con competencia. En Italia, Francia y otros países europeos, cada comunidad nacional ha hecho un proyecto para acoger a estas personas, incluso hemos abierto algún convento vacío para eso, por ejemplo en Pisa. Eo es lo normal.

Hace 800 años santo Domingo luchaba contra las herejías. En la tiempos de diálogo interreligioso ¿es válido hablar de eso?

No se usa fácilmente (ese término), pero debemos aclarar que la herejía es hacer decir a Dios algo que no ha dicho o hecho. Cuando alguien le hace decir a Dios cosas que él no hace se tiene que decir. Esta es la enseñanza de Jesús. Él mismo dijo: “Ustedes dicen que esto es el poder de Dios, la voluntad de Dios, pero eso no es verdad”. Cuando comenzó a hacerlo algunos replicaron: “debemos matarlo”.

¿Cuál es hoy la herejía que más le preocupa?

La peor es usar a Dios para ejercer poder sobre los demás. Esto es una tentación de todos, es la tentación más importante que Jesús quería combatir. Dios no se puede usar.

¿Es el terrorismo, que asesina en nombre de Dios?

Todas las formas que usan a Dios para justificar un poder humano sobre los otros seres humanos. Existen muchas maneras de hacer esto. El terrorismo con armas es una manera, pero también la ideología del liberalismo absoluto, diciendo que no existe otro sistema posible para nuestra sociedad.

Entrevista por Andrés Beltramo Álvarez

en Iglesia en el Mundo

Los asesinatos de sacerdotes en México, un misterio no del todo claro

19 de ene de 2017
En 27 años han sido asesinados 44 sacerdotes y el guión es siempre el mismo: mentiras, despistes, calumnias, intimidaciones anticlericales y justicia en muy pocas ocasiones. Las “dudas” insidiosas y dolorosas

Joaquín Hernández Sifuientes es el último de los sacerdotes asesinados en México. Había desaparecido el 3 de enero en la ciudad de Saltillo, Coahuila, y nueve días después su cuerpo fue encontrado con otros dos cadáveres en Parras.

Según la policía local, el sacerdote fue estrangulado, probablemente poco tiempo después del momento de su desaparición. El año pasado en México otros tres sacerdotes fueron ajusticiados casi con la misma modalidad: secuestro, desaparición y asesinato. En total, en los últimos cuatro años han sido asesinados 16 sacerdotes, y desde 2006 hasta la fecha, 37. En los últimos 27 años, de 1990 a la fecha, los sacerdotes asesinados han sido 44. El Siame, Sistema de Información de la Arquidiócesis de la Ciudad de México, y el Ccm, el Centro Católico Multimedia, en sus investigaciones, han documentado una situación alarmante para el clero mexicano, en particular diocesano: homicidios, secuestros, torturas, extorsiones, profanaciones de lugares de culto, amenazas de muerte y agresiones o intimidaciones de diferente índole.

Misterios, mentiras, miedos y silencios

Estos son los elementos básicos de un dato que ha sido confirmado incontrovertiblemente por muchas investigaciones, incluso de periódicos: México, desde hace varios años, es el país más peligroso del mundo para los sacerdotes y, en general, para los agentes pastorales. Alrededor de esta especie de «maldición» es posible identificar una serie de consideraciones que complican la cuestión debido al tejido de mentiras, silencios, despistes, venganzas, miedos, chantajes e intimidaciones anticlericales.

En el asesinato de todos estos sacerdotes, incluido el padre Hernández Sifuentes, la última víctima de la larga lista, el guión se ha repetido con precisión casi mecánica. Cambian los nombres de las víctimas, pero el «modelo», corregido y aumentado, es cada vez más eficiente.

Está claro que parece que los autores intelectuales de estos asesinatos de sacerdotes, casi nunca identificados, han descubierto un método criminal que recuerda al de «golpear a uno para educar a cien».

A menudo las víctimas elegidas han sido sacerdotes con un arraigo importante en el territorio y con grandes dotes de comunicación, casi siempre comprometidos en la denuncia y en la condena de la criminalidad, que es endémica en muchas regiones del país. Personas, pues, muy comprometidas en la pastoral social con gran capacidad de movilización, capaces de poner en marcha, con una fuerte participación ciudadana, proyectos de promoción humana y, al mismo tiempo, capaces de organizar y dar voz a las protestas en contra de las injusticias, los abusos y la contaminación de las investigaciones que las organizaciones criminales imponen a las comunidades rurales y en las ciudades (a menudo con el visto bueno y con la corrupción del ese mismo poder que debería proteger a los ciudadanos) por los intereses de ese monstruo que está devorando a México: el narcotráfico.

Una vez identificado el objetivo, los criminales mexicanos privilegian el secuestro, antecámara del homicidio, porque saben que pueden obtener beneficios también con la desaparición de la víctima y, en esta fase del plan criminal, pueden contar con curiosos apoyos de la prensa. Como se sabe, pocas horas después de la noticia del secuestro de un sacerdote llegan casi por descontado los artículos que siembran las dudas de siempre en la opinión pública: las razones de tal desaparición tal vez están relacionadas con cuestiones sentimentales; la víctima era el blanco de chismes por algunos de sus comportamientos sexuales; era un pederasta; gastaba el dinero de las ofrendas apostando; en su vida pasada hay pasajes poco claros y un oscuro pasado ha vuelto para exigir el pago de la factura…

El año pasado, en un caso que fue muy sonado en la prensa, los medios más importantes incluso difundieron un video en el que, decían, se «ve salir al sacerdote desaparecido de un hotel en compañía de un muchachito» con el que habría pasado la noche. Cuando el señor del video, que obviamente no era el sacerdote secuestrado, se presentó a la policía para declarar que el niño era su hijo, ninguno de los medios tuvo el más mínimo interés en desmentir la mentira y la calumnia. Y nunca ha pasado que sobre estas víctimas, todavía desaparecidas o muertas comprobadas, calumniadas en la prensa con todo tipo de infamias, o, en el mejor de los casos, con conjeturas fantásticas y sensacionalistas, haya habido después un desmentido, una corrección o una precisión.

Lo que está sucediendo en México con el asesinato de sacerdotes es cada vez más evidente, y lo sostienen todos los analistas de los centros de estudios más serios y relevantes: en este país las diferentes formas y organizaciones del narcotráfico, cárteles y formas de micro criminalidad, han declarado la guerra a esa parte de la Iglesia católica, sobre todo a los sacerdotes, que denuncia y contrarresta sus intereses criminales. Lo sostienen desde hace años y en diferentes informes el Departamento de Estado de los Estados Unidos de América, además de los principales centros internacionales y regionales que monitorean la realidad mexicana.

Los comportamientos de contubernio con los criminales

Que esta sea la situación no parece ser una opinión compartida amplia y convencidamente, sino todo lo contrario. En general, las autoridades gubernamentales federales y estatales, tratan de disminuir la gravedad de estos hechos, y no pocas veces altos funcionarios contribuyen a crear mayores confusiones, a despistar las investigaciones, o matar por segunda vez a la víctima con el terrorismo de los chismes.

Parecería que la palabra de orden sea siempre y toda costa «minimizar», con cualquier medio y, sobre todo, criticando las estadísticas; así, con técnicas mediáticas denigradoras o del silencio, estos crímenes del narcotráfico se transforman en «tristes y deplorables» asuntos de crónica negra, fruto de peleas casuales, robos con violencia que acabaron mal o asuntos exquisitamente privados. Mientras tanto, obviamente, el crimen organizado calla: no reivindica nunca nada, hace finta de ser ajeno a los hechos o, peor, cuando puede hacer que circulen rumores escandalosos contra los asesinados lo hace con enorme entusiasmo y seguridad, apoyándose en esa parte del tejido social contaminado y que convive con el narcotráfico. En diferentes casos se han visto, días después de los secuestros o durante las investigaciones, muchos «testigos» que ofrecen sus declaraciones sobre el desaparecido con el claro objetivo de denigrar su figura y su obra, como si quisieran sentenciar: si lo secuestraron, habrá habido alguna razón.

El análisis de la Iglesia mexicana

Sin embargo, sorprende que la misma Iglesia católica en México, al respecto, tenga una conducta singular y ondulante. Las numerosas declaraciones que muchos obispos han dado a lo largo de estos años tienen el común denominador de una preocupación general: la de no hacer que pase la idea de que tras tantos crímenes haya una persecución religiosa, juicio que seguramente es verdadero y correcto. En la maravillosa historia de la Iglesia católica mexicana hay un pasado, terrible y lacerante, de persecución y esta memoria dolorosa a menudo condiciona muchas de sus conductas. En esta comunidad eclesial siempre ha estado vivo el temor de volver a vivir situaciones semejantes y, por lo tanto, instintivamente, tiende a alejar el fantasma de nuevas persecuciones. Es por ello que frente a esta especie de hecatombe de sacerdotes la jerarquía sea perentoria: no hay ninguna persecución religiosa. Como se dijo antes, sí, sustancialmente se trata de un juicio verdadero, pero…

Está claro que no se trata de acciones criminales «in odium fidei» y que, por lo tanto en este sentido, no sería correcto hablar de persecución religiosa. Pero también está claro, y es indiscutible, que los sacerdotes mexicanos se han convertido desde hace años en blancos específicos del narcotráfico, y por ello la Iglesia no puede ser reductiva en sus consideraciones y análisis. Esta forma de razonar puede provocar confusión y no es educativa, además de que puede ser incluso injusto para con los que han perdido la guerra en esta guerra subterránea.

El padre Alfonso Miranda Guardiola, responsable de la comunicación de la Conferencia Episcopal de México, declaró en octubre del año pasado en el que fue su primer encuentro con la prensa: «No vemos ninguna persecución abierta contra los sacerdotes como si fueran un blanco. Para nosotros son hechos que deben incluidos en el clima social que vive el país», y en este clima «los sacerdotes no son inmunes, son como cualquier ciudadano. Como Iglesia, debemos estar atentos y prepararnos para saber cómo tratar este clima, puesto que los sacerdotes se encuentran en todos los rincones del país, incluyendo esos en donde existe la máxima violencia y en donde hay una presencia del crimen».

Se comprende bien el sentido último de las palabras del padre Miranda, en particular cuando, sin decirlo explícitamente, relaciona, justamente, la suerte de los sacerdotes mexicanos con la del pueblo que también está involucrado en el martirio. Pero hay algo que convence un poco menos, y es que los sacerdotes de esta nación no son un objetivo específico de la violencia que azota al país. Algo indican los números de las estadísticas y no se puede evitar sacar conclusiones, por lo menos en relación con la pastoral de la Iglesia que en la defensa de la dignidad humana de cada mexicano se le acerca, con audacia profética y valentía evangélica, en las fronteras del crimen. Es cierto que las víctimas no fueron ajusticiadas solo porque eran sacerdotes, pero también es cierto que fueron ajusticiadas porque eran fieles a su ministerio y a su misión.

Por Luis Badilla y Francesco Gagliano

en Roma

Amoris laetitia: “L´Osservatore Romano” publica las líneas guía

16 de ene de 2017
Difunden las instrucciones para utilizar la exhortación post-sinodal, firmada por los obispos malteses Scicluna y Grech, que abren la posibilidad de los sacramentos para quienes viven una segunda unión. El periódico vaticano las publica en primera plana.

«Como los Magos que, al haber encontrado a Jesús, volvieron a sus países por otra vía, así sucede» con las personas «separadas o divorciadas que están viviendo una nueva relación», que «a veces, después de un viaje largo y tortuoso, encuentran a Cristo que les da un porvenir incluso cuando les resulta imposible volver por la misma vía de antes». Es lo que se lee en las primeras líneas de un documento que fue publicado el 14 de enero de 2017, firmado por los dos obispos malteses Charles Scicluna (arzobispo de Malta y que fue promotor de Justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe) y Mario Grech (de Gozo). La nota contiene indicaciones pastorales concretas dirigidas a los sacerdotes para que apliquen la exhortación apostólica post-sinodal «Amoris laetitia», sobre todo el capítulo octavo dedicado a las familias heridas, al acompañamiento y al discernimiento de las situaciones. El texto de los dos obispos fue significativamente publicado por «L’Osservatore Romano».

Antes que nada, los dos obispos recuerdan que «nuestro ministerio pastoral hacia las personas que viven en situaciones familiares complejas es el ministerio de la Iglesia, que es madre y maestra. Nosotros, los presbíteros, tenemos el deber de iluminar las conciencias con el anuncio de Cristo y del ideal pleno del Evangelio. Al mismo tiempo, también tenemos el deber de, siguiendo las mismas huellas de Cristo, ejercer “el arte del acompañamiento” y convertirnos en fuente de confianza, esperanza e integración para los que piden ver a Jesús (cfr. Juan, 12, 21), particularmente entre las personas más vulnerables».

«Cuando encontramos o nos enteramos de personas que se encuentran en situaciones llamadas “irregulares” —se lee en el documento— debemos comprometernos para entrar en diálogo con ellas y conocerlas en un clima de amor auténtico». Y si estas personas «manifiestan el deseo o aceptan emprender un proceso serio de discernimiento personal de su situación, acompañémoslas de buen grado y con mucho respeto, cuidado y atención», haciendo que se sientan «parte de la Iglesia». «En este proceso», continúan los dos obispos, «nuestra tarea no es simplemente la de dar un permiso para acceder a los sacramentos o la de ofrecer “simples recetas” o sustituir la conciencia de estas personas, sino la de ayudarles con paciencia a formarla e iluminarla para que sean ellas mismas las que lleguen a tomar una decisión sincera frente a Dios y para que hagan el mayor bien posible».

Después de haber invitado a la atención pastoral por quienes conviven o se han casado por lo civil (sin tener un matrimonio fracasado en su pasado), la nota de los obispos Scicluna y Grech afronta el tema de las personas que se han vuelto a casar. Se retoma la indicación de verificar la validez del matrimonio canónico fracasado y después se sugiere proceder pidiendo la declaración de nulidad. Durante este discernimiento, se lee en la nota, «hay que hacer una distinción adecuada entre una situación y la otra, porque no todos los casos son iguales». Después se cita un amplio párrafo de «Amoris laetitia»: «Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que “cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación”. También está el caso de los que han hecho grandes esfuerzos para salvar el primer matrimonio y sufrieron un abandono injusto, o el de “los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido”. Pero otra cosa es una nueva unión que viene de un reciente divorcio, con todas las consecuencias de sufrimiento y de confusión que afectan a los hijos y a familias enteras, o la situación de alguien que reiteradamente ha fallado a sus compromisos familiares. Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia».

Después se sugiere acompañar a las personas para que hagan un examen de conciencia, mediante momentos de reflexión y de arrepentimiento, con preguntas sobre cómo se han comportado los hijos, si han tratado de reconciliarse con el cónyuge y cuál es la situación de la pareja abandonada. «En el discernimiento —añaden los obispos malteses— debemos evaluar la responsabilidad moral en las situaciones particulares, considerando los condicionamientos y las circunstancias atenuantes». Debido a estos «condicionamientos y circunstancias, el Papa enseña que ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación llamada “irregular” vivan en estado de pecado mortal, privados de la gracia santificadora».

Es posible, pues, se lee en el documento, que «dentro de una situación objetiva de pecado (que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea plenamente), se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar y se pueda incluso crecer en la vida de gracia y de caridad, recibiendo para tal objetivo la ayuda de la Iglesia. Este discernimiento es importante porque, como explica el Pontífice, en algunos de estos casos esta ayuda puede ser también la de los sacramentos». Por ello, «necesitamos ejercer con prudencia en la ley de la gradualidad para encontrar y descubrir la presencia, la gracia y la acción de Dios en cada situación, y ayudar a las personas a acercarse más a Dios, incluso cuando no estén en condiciones de comprender, de apreciar o de practicar plenamente las exigencias objetivas de la ley».

En el proceso de discernimiento, piden los obispos malteses, «examinemos también la posibilidad de la continencia conyugal. A pesar de que sea un ideal nada fácil, puede haber parejas que con la ayuda de la gracia practiquen esta virtud sin poner en riesgo otros aspectos de su vida juntas. Por otra parte, hay situaciones complejas cuando la decisión de vivir como “hermano y hermana” resulta humanamente imposible o provoca mayor daño». Es por ello que, cuando «como proceso de discernimiento, llevado a cabo con humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y en el deseo de llegar a una respuesta más perfecta a ella, una persona separada o divorciada que viva en una nueva unión llegue (con una conciencia formada e iluminada) a reconocer y a creer que está en paz con Dios, no se le podrá impedir acercarse a los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía».

Al mismo tiempo, la nota, retomando las palabras de «Amoris laetitia», pone en guardia frente a los automatismo. «Si alguien ostenta un pecado objetivo como si formara parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo diferente de lo que enseña la Iglesia, no puede pretender hacer catequesis o predicar. A una persona de este tipo tenemos el deber de anunciar nuevamente el anuncio del Evangelio y la invitación a la conversión. A pesar de ello, incluso esta persona puede participar de alguna manera en la vida de la comunidad: en compromisos sociales, en reuniones de oración, o según los que su iniciativa personal y su discernimiento puedan sugerir».

«Junto con el Santo Padre —concluyen los dos obispos— también nosotros advertimos que hay algunos que prefieren una pastoral más rígida, pero junto a él, nosotros creemos sinceramente que Jesús quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu esparce en medio de las fragilidades: una Madre que, en el momento mismo en el que expresa claramente su enseñanza objetiva, no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de ensuciarse con el fango de la calle».

en Roma

“La oración hace crecer la esperanza”

18 de ene de 2017
Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza cristiana”, el Obispo de Roma comenta el Libro de Jonás, «una especie de parábola que contiene una gran enseñanza, la de la misericordia de Dios que perdona».

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la Sagrada Escritura, entre los profetas de Israel, resalta una figura un poco anómala, un profeta que trata de escaparse de la llamada del Señor rechazando en ponerse al servicio del plan divino de salvación. Se trata del profeta Jonás, de quien se narra la historia en un pequeño libro de sólo cuatro capítulos, una especie de parábola que contiene una gran enseñanza, la de la misericordia de Dios que perdona.

Jonás es un profeta “en salida” – pero también un profeta en fuga –, es un profeta en salida que Dios invita a ir “a las periferias”, a Nínive, para convertir a los habitantes de aquella gran ciudad. Pero Nínive, para un israelita como Jonás, representa una realidad peligrosa, el enemigo que ponía en peligro a la misma Jerusalén, y por lo tanto para destruir, no para salvar. Por eso, cuando Dios envía a Jonás a predicar en aquella ciudad, el profeta, que conoce la bondad del Señor y su deseo de perdonar, trata de escapar de su misión y huye.

Durante su fuga, el profeta entra en contacto con algunos paganos, los marineros del navío en el cual se había embarcado para alejarse de Dios y de su misión. Y huye lejos, porque Nínive estaba en la zona de Irak y él huye a España, huye en serio. Y es justamente el comportamiento de estos hombres, como después será el de los habitantes de Nínive, que nos permite hoy reflexionar un poco sobre la esperanza que, ante el peligro y la muerte, se expresa en oración.

De hecho, durante la travesía en el mar, se desata una fuerte tormenta, y Jonás baja a la bodega del barco y se queda dormido. Los marineros en cambio, viéndose perdidos, «invocaron cada uno a su dios», eran paganos (Jon 1,5). El capitán de la nave despertó a Jonás diciéndole: «¿Qué haces aquí dormido? Levántate e invoca a tu dios. Tal vez ese dios se acuerde de nosotros, para que no perezcamos» (Jon 1,6).

La reacción de estos “paganos” es la justa reacción ante la muerte, ante el peligro; porque es entonces que el hombre tiene la completa experiencia de la propia fragilidad y de la necesidad de salvación. El instintivo horror de morir revela la necesidad de esperar en el Dios de la vida. «Tal vez Dios se acuerde de nosotros, para que no perezcamos»: son las palabras de la esperanza que se convierte en oración, la suplica llena de angustia que sale de los labios del hombre ante un inminente peligro de muerte.

Con demasiada facilidad despreciamos el dirigirnos a Dios en la necesidad como si fuera solo una oración interesada, y por ello imperfecta. Pero Dios conoce nuestra debilidad, sabe que nos acordamos de Él para pedir ayuda, y con la sonrisa indulgente de un padre, Dios responde afectuosamente.

Cuando Jonás, reconociendo sus propias responsabilidades, se hace arrojar al mar para salvar a sus compañeros de viaje, la tempestad se calma. La muerte inminente ha llevado a aquellos hombres paganos a la oración, ha hecho también que el profeta, no obstante todo, viviera su propia vocación al servicio de los demás aceptando sacrificarse por ellos, y ahora conduce a los sobrevivientes al reconocimiento del verdadero Señor y a la alabanza. Los marineros, que habían orado por miedo dirigiéndose a sus dioses, ahora, con sincero temor del Señor, reconocen al verdadero Dios y ofrecen sacrificios y elevan votos. La esperanza, que les había llevado a orar para no morir, se revela aún más potente y obra en una realidad que va más allá de cuanto ellos esperaban: no solo no perecen en la tempestad, sino se abren al reconocimiento del verdadero y único Señor del cielo y de la tierra.

Sucesivamente, también los habitantes de Nínive, ante la perspectiva de ser destruidos, orarán, impulsados por la esperanza en el perdón de Dios. Harán penitencia, invocaran al Señor y se convertirán a Él, empezando por el rey, que, como el capitán del barco, da voz a la esperanza diciendo: «Tal vez Dios se vuelva atrás y se arrepienta, […] de manera que no perezcamos» (Jon 3,9). También para ellos, como para la tripulación en la tormenta, haber enfrentado la muerte y haber salido vivos los ha llevado a la verdad. Así, bajo la misericordia divina, y todavía más a la luz del misterio pascual, la muerte puede convertirse, como ha sido para San Francisco de Asís, en “nuestra hermana muerte” y representar, para todo hombre y para cada uno de nosotros, la sorprendente ocasión para conocer la esperanza y encontrar al Señor. Que el Señor nos haga entender esto, la relación entre oración y esperanza. La oración te lleva adelante en la esperanza y cuando las cosas se vuelven oscuras, más oración. Y habrá más esperanza. Gracias.

en Iglesia en el Mundo

Para seguir a Jesús es necesario moverse

16 de ene de 2017
De la homilía en Casa Santa Marta

Para seguir a Jesús es necesario caminar y no permanecer detenidos con “el alma sentada”. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Al comentar el Evangelio del día – que narra la vicisitud del paralítico al que hicieron entrar por el techo en la casa en la que se encontraba Jesús, el Pontífice subrayó que la fe, si es auténtica, siempre nos hace correr riesgos, pero nos da la esperanza verdadera.

La gente sigue a Jesús, lo sigue por interés o para recibir una palabra de consuelo. El Papa Bergoglio destacó que incluso si la pureza de intención no es total o perfecta, es importante seguir a Jesús, caminar detrás de Él. Y afirmó que la gente se sentía atraída por su autoridad, por las cosas que decía o por cómo las decía. Sí, porque se hacía entender. Y también porque curaba y tanta gente iba detrás de Él para ser curada.

No a los cristianos detenidos que miran la vida desde el balcón y juzgan a los demás

“Otras veces – dijo también Francisco – la gente quería hacerlo Rey, porque pensaba: ‘¡Este es el político perfecto!’”. Y reafirmó que el problema más grande no eran los que seguían a Jesús, sino aquellos que permanecían “detenidos”:

“¡Los inmóviles! Aquellos que estaban en el borde del camino, miraban. Estaban sentados. Propiamente sentados. Allá estaban sentados algunos escribas: estos no seguían, miraban. Miraban desde el balcón. No iban caminando en su propia vida: ‘¡Balconeaban’ la vida! Precisamente allí: ¡jamás corrían ningún riesgo! Sólo juzgaban. Eran los puros y no se implicaban. También los juicios eran fuertes, ¿no? En su corazón: ‘¡Qué gente ignorante! ¡Qué gente supersticiosa!’. Y cuántas veces también nosotros, cuando vemos la piedad de la gente sencilla nos viene a la cabeza aquel clericalismo que tanto mal hace a la Iglesia”.

El Papa destacó que aquellos constituían un grupo de inmóviles: aquellos que estaban allí, en el balcón, mirando y juzgando. Y añadió que hay otro tipo de inmóviles en la vida, refiriéndose así al hombre que, desde hacía 38 años, estaba cerca de la piscina: inmóvil, amargado y sin esperanza, y que “digería” su propia amargura. También aquel es otro inmóvil, que no seguía a Jesús y carecía de esperanza.

Para encontrar verdaderamente a Jesús es necesario arriesgarse

En cambio, esta gente que seguía a Jesús – prosiguió explicando Francisco – “se arriesgaba” con tal de encontrarlo, para encontrar lo que quería:

“Estos de hoy, estos hombres se arriesgaron cuando hicieron el agujero en el techo: corrieron el riesgo de que el dueño de la casa les hiciera una causa, los llevara ante el juez y les hiciera pagar. Se arriesgaron, pero querían ir a lo de Jesús. Aquella mujer enferma desde hacía 18 años se arriesgó cuando, a escondidas, sólo quería tocar el borde del manto de Jesús: corrió el riesgo de provocar vergüenza. Corrió el riesgo: quería la salud, quería llegar a Jesús. Pensemos en la Cananea: y las mujeres se arriesgan más que los hombres, ¡eh! Eso es verdad: ¡son mejores! Y esto debemos reconocerlo”.

Evitar tener el alma “sentada”, un alma cerrada que no tiene esperanza

Preguntémonos, dijo el Santo Padre: “¿Yo corro el riesgo o siempre sigo a Jesús según las reglas de la casa de seguros?”. Así, preocupados por no hacer una cosa u otra, no se sigue a Jesús, sino que se permanece sentados, como estos que juzgaban”:

“Seguir a Jesús, porque tenemos necesidad de alguna cosa, o seguir a Jesús arriesgando, significa seguir a Jesús con fe: ésta es la fe. Encomendarse a Jesús, fiarse de Jesús y con esta fe en su persona, estos hombres hicieron un agujero en el techo para hacer bajar la camilla delante de Jesús, para que Él lo curara. ‘¿Me fío de Jesús? ¿Encomiendo mi vida a Jesús? ¿Estoy en camino detrás de Jesús, incluso si hago el ridículo alguna vez? ¿O estoy sentado mirando lo que hacen los demás, mirando la vida, o estoy sentado con el alma ‘sentada’ – digamos así – con el alma cerrada por la amargura, la falta de esperanza?’. Cada uno de nosotros puede hacerse estas preguntas hoy”.

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