Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra política de cookies, aquí Si continuas navegando estás aceptándola
Política de cookies +
estoy registrado  |  ¿registrarme?
rápido, gratis y seguro
El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003
Clemente de Alejandría: Églogas proféticas
Texto griego en: «Clemens Alexandrinus. Dritter Band. Stromata Buch VII und VIII. Excerpta ex Theodoto. Eclogae Propheticae. Quis Dives Salvetur. Fragmente», Leipzig, J. C. Hinrichs'sche Buchhandlung, 1909, pp. 137 ss. (Die griechischen christlichen Schriftsteller der ernsten drei Jahrhunderte, 17); «Clemente Alessandrino. Estratti profetici. Eclogae propheticae», Bologna, EDB, 2004, pp. 38 ss. (Biblioteca patristica, 4); y en la colección «Fuentes Patrísticas» (= FP), n. 24, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 2010, pp. 164 ss. En líneas generales, seguimos esta traducción castellana, pero con algunas modificaciones, y añadiendo subtítulos.
La versión que publicamos proviene del sitio del Monasterio Benedictino de Santa María de los Toldos (ver link)

Primera parte (1-26): sobre la regeneración bautismal

El cántico de los tres jóvenes en el horno ardiente

1.1. En el horno (de fuego), Sedrác, Misác y Abednagó entonaban himnos a Dios en el horno de fuego, diciendo: "Bendigan, cielos, al Señor, alábenlo y ensálcenlo por los siglos" (Dn 3,59). Además: "Bendigan, ángeles al Señor" (Dn 3,38). Y también: "Bendigan, aguas y todo lo supracelestial al Señor" (Dn 3,60).

1.2. Así es como las Escrituras colocan los cielos y las aguas entre las potencias puras, como también se revela en el Génesis (cf. Gn 1,1-10).

1.3. Puesto que la potencia (= toda criatura angélica) es llamada de varias maneras, con razón añade Daniel: "Bendiga toda potencia al Señor" (Dn 3,61). Después, en seguida: "Y bendigan, sol y luna, al Señor" (Dn 3,62).

1.4. Y: "Bendigan, astros del cielo, al Señor" (Dn 3,63); bendigan, fieles todos del Señor, al Dios de los dioses: alaben y den gracias, porque es eterna su misericordia" (Dn 3,90).

1.5. En el [libro de] Daniel está escrito que los tres jóvenes cantaban himnos en el horno (cf. Dn 3,24-91).

Los abismos

2.1. "Bendito eres el que sondeas los abismos, sentado sobre querubines" (Dn 3,55), dice Daniel, siendo de la misma opinión que Enoc, que había dicho: "Y vi todas las materias" (según Orígenes, Sobre los principios, IV,8,53; Clemente considera inspirado el libro de Enoc).

2.2. Porque abismo es lo más ilimitado, según a su propia sustancia, pero surcado por la fuerza de Dios (cf. 1 Co 1,24).

2.3. Así, por tanto, las esencias materiales, de las que proceden los géneros particulares y sus especies, son llamadas abismos; por ende, [Daniel] no pudo llamar abismo (cf. Dn 3,55) sólo al agua. Sin embargo, también la materia es denominada alegóricamente agua abismo.

La tierra

3.1. "En el principio hizo Dios el cielo y la tierra" (Gn 1,1), los seres del cielo y de la tierra (o: las realidades terrestres y celestiales).

3.2. Y que esto es verdad, lo dijo el Señor a Oseas: "Anda, toma para ti una mujer de prostitución y ten hijos de prostitución, porque el país se ha prostituido gravemente (lit.: prostituyéndose) apartándose del Señor" (Os 1,2).

3.3. Porque no habla del elemento (tierra), sino de los que están sobre el elemento, los que tienen una mentalidad terrena.

Quien cree en Cristo "será elegido"

4.1. Que el Hijo es principio (cf. Gn 1,1; Pr 8,22; Jn 1,1; Col 1,18; Ap 3,14), lo enseña claramente Oseas: "Y en el lugar en que eran llamados "No-mi-Pueblo", se les llamará también "Hijos-del-Dios-Vivo". Y se reunirán los hijos de Judá y los hijos de Israel; y se pondrán para sí mismo un único principio, y subirán de la tierra, porque grande será el día de Israel" (Os 2,1-2).

4.2. Porque quien crea en Él será elegido. Pero el que crea que el Hijo "es principio" (Col 1,18; cf. Gn 1,1; Pr 8,22; Jn 1,1; Ap 3,14). Por eso [Oseas] también añadió: "Tendré misericordia de los hijos de Judá y les salvaré en el Señor su Dios" (Os 1,7); pero salvador es el Hijo de Dios que salva. En efecto, Él es el principio (= de la creación).

El Señor nos ilumina

5.1. Por medio de Oseas dice el Espíritu: "Yo soy su maestro: "Toquen la trompeta sobre las colinas del Señor, resuenen sobre las alturas"" (Os 5,2).

5.2. Y, tal vez, el bautismo, siendo un signo de regeneración, es una salida de la materia mediante la enseñanza del Salvador, aunque una corriente enorme e impetuosa nos arrastre y nos agite continuamente.

5.3. Así, por tanto, el Señor nos ilumina, sacándonos del desorden y llevándonos a la luz sin sombra y de ningún modo material.

Moisés y Josué dividieron las aguas por el poder del Señor

6.1. Dos profetas (= Moisés y Josué) dividieron y separaron a ese río (cf. Ex 14,21; Jos 3,16) de la materia y al mar con el poder del Señor, mientras la materia era delimitada en cada lado con intervalos de agua por la voluntad de Dios (= el paso del Mar Rojo).

6.2. Estaban al servicio dos estrategas puros, por medo de los cuales fueron confiadas [al pueblo judío] las señales del cielo, para que el justo naciese de la materia, caminando previamente a través de ella.

6.3. En verdad, uno de los dos estrategas también se le había impuesto el í nombre de nuestro Salvador (= Josué; cf. Nm 3,16; Mt 1,21; Lc 1,31; 2,21).

Significado del bautismo de Cristo en el Jordán

7.1. Inmediatamente, la regeneración tiene lugar por medio "del agua y del Espíritu" (Jn 3,3. 5) como también toda generación. "Porque el Espíritu de Dios aleteaba en el abismo" (Gn 1,2).

7.2. Y por eso se hizo bautizar el Salvador (cf. Mt 3,14; Mc 1,9; Lc 3,21), aunque Él mismo no lo necesitara, para santificar todo el agua para los que debían de ser regenerados. Así somos purificados no sólo en el cuerpo, sino también en el alma.

7.3. Por tanto, es señal de que son santificadas las realidades invisibles el hecho de que incluso los espíritus impuros (= las pasiones), encadenados (o: unidos) al alma, son depurados (lit.: filtrados) por la generación nueva y espiritual.

El bautismo nos protege

8.1. "Agua encima del cielo" (Gn 1,7; Dn 3,60); puesto que el bautismo tiene lugar por medio "del agua y del Espíritu" (Jn 3,3. 5), siendo protector (o: defensor) frente al doble fuego, el que se relaciona con las realidades visibles y el que (se aplica) a las invisibles, es necesaria también un agua inteligible y otra sensible; para defendernos frente a la duplicidad del fuego.

8.2. Y el agua terrestre lava el cuerpo, pero el agua celestial, puesto que es inteligible e invisible, se refiere alegóricamente al Espíritu Santo, quien purifica lo invisible; como aquella agua corporal, así también [actúa] la del Espíritu.

El amor de Dios nos procura lo que más nos conviene

9.1. Y Dios unió mediante [su] bondad el temor con la bondad. Porque ahora procura a cada uno lo provechoso (o: conveniente), como un médico al enfermo y como un padre al hijo indisciplinado.

9.2. Puesto que "quien escatima su vara odia a su propio hijo" (Pr 13,24). También el Señor y sus apóstoles vivieron habitualmente en temor (= reverencial o filial) y fatigas.

9.3. Así, cuando el cuerpo de un creyente (está) enfermo o es porque el Señor lo castiga por algún pecado anterior, o porque lo guarda de [pecados] futuros, o también porque no ha impedido un ataque externo de la actividad del Diablo, y para su provecho (o: utilidad) y [como] ejemplo a favor de las [personas] cercanas.

Orar siempre

10.1. Así también los que habitan en un cuerpo deteriorado, como los que navegan en una nave vieja (cf. Sb 14,1), no deben ser negligentes (u: ociosos), sino que deben rezar siempre (cf. Lc 18,1; 1 Ts 5,17), extendidos hacia Dios.

La enfermedad del alma son los pecados

11.1. Los presbíteros aborrecían enormemente no sufrir algo corporalmente en cualquier circunstancia, pues temían que si no recibían en esta vida (o: aquí) los castigos [merecidos] de los pecados, que son muchos los que cometen por ignorancia los que (están) en la carne, recibirían toda la sanción (o: castigo) junta en la otra (vida), de manera que suplicaban (o: querían) ser curados ya ahora.

11.2. Entonces no hay que temer la enfermedad [que viene] de fuera, sino los pecados, causa de la enfermedad, y la enfermedad del alma, no la del cuerpo, "porque toda carne es hierba" (Is 40,6; 1 P 1,24; St 1,10), y las cosas corporales y los bienes externos son "pasajeros, pero los que no se ven invisibles (son) eternos" (2 Co 4,18).

Las bienaventuranzas son el viático para el camino del Señor

12.1. Ciertamente ya participamos de (lo referente a) la gnosis; y tenemos parte de ello, esperando con toda seguridad; porque no hemos obtenido todo ni tampoco estamos privados de todo, sino que hemos recibido como "una garantía" (2 Co 1,22; 5,5; Ef 1,14) de los bienes eternos y de la riqueza paterna; y las provisiones para el camino del Señor (son) las bienaventuranzas del Señor (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23).

12.2. Porque dijo: "Busquen y estén preocupados por el reino de Dios y todas estas cosas se les añadirán, puesto que el Padre conoce de qué tienen necesidad" (Mt 6,33. 32; Lc 12,31. 30).

12.3. De esta manera delimita no sólo las ocupaciones, sino también las preocupaciones. "Porque, dice, no pueden añadir ni una preocupación a la vida" (Mt 6,27; Lc 12,25).

12.4. Porque Dios conoce claramente lo que debemos tener y de qué conviene carecer (cf. Mt 6,8). Así, por tanto, una vez vaciados de las preocupaciones mundanas, exige que nos llenemos de la (reflexión dirigida) hacia Dios.

12.5. "Porque gemimos deseando revestirnos" (2 Co 5,2) de lo incorruptible, antes de remover la corrupción. Ciertamente, cuando se difunde la fe, desaparece la incredulidad.

12.6. De igual manera sucede también respecto de la gnosis y de la justicia. Por tanto, no se debe únicamente vaciar el alma, sino también llenarla de Dios.

12.7. Puesto que aunque no tenga mal alguno, una vez que haya cesado [el mal], todavía no posee el bien, porque aún no lo ha recibido; y lo que no es bueno ni malo, no es nada (o: no es).

12.8. En efecto, vuelve a la casa limpia y vacía, puesto que no ha entrado ninguna salvación, el espíritu impuro que antes la habitaba, tomando consigo otros siete espíritus impuros (cf. Mt 12,44-45; Lc 11,24-26).

12.9. Por eso, una vez vaciada de los males, es necesario que el alma se llene del bien divino, ya que es designada como "mansión" (2 Co 5,2). Porque, cuando es llenado lo (que estaba) vacío, entonces va detrás el sello (= el bautismo; cf. 2 Co 1,22; Ef 1,13), para que lo santo sea preservado para Dios.

La Trinidad da testimonio

13. Cualquier asunto queda firme por dos y tres testigos (cf. Dt 19,15; Mt 18,16), por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (cf. Mt 28,19; 1 Jn 5,7), sobre estos testimonios y ayudas deben ser observados los mandamientos pronunciados.

El ayuno

14.1. El ayuno es abstinencia de alimento según el sentido literal, pero el alimento no hace [personas] más justas o injustas, sino que según el sentido místico se muestra, que, al igual que para cada uno la vida proviene del alimento o que la mala alimentación es símbolo de muerte, así también nosotros debemos ayunar de las cosas mundanas, para que muramos al mundo y, una vez que hayamos cambiado ese alimento por el divino, vivamos para Dios (cf. Rm 6,10-11; 14,8).

14.2. Por otra parte, el ayuno vacía el alma de la materia y la hace pura y ligera juntamente también con el cuerpo atento (lit. dispuesto, disponible) a las palabras divinas.

14.3. Ciertamente, alimento mundano es la vida anterior y los pecados, pero alimento divino son "fe, esperanza, caridad" (1 Co 13,13), paciencia, gnosis, paz y templanza (cf. 1 Tm 6,11; 2 Tm 2,22).

14.4. "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia de Dios, porque también serán saciados" (Mt 5,6). Pero (es) el alma, no el cuerpo, la que aprecia este deseo.

La oración

15.1. El Salvador (les) mostró a los apóstoles que (tenían) fe que la oración era más poderosa que la fe, a propósito de un endemoniado, al que no habían podido purificar, diciendo: "Estas cosas se enderezan con la oración" (cf. Mc 9,29).

15.2. Ciertamente, quien tiene fe recibe del Señor la remisión de los pecados (cf. Jn 5,14; 1 Jn 3,9), pero el que está en la gnosis, como ya no tiene pecados, obtiene por ello el perdón de las demás cosas.

Dios realiza su obra por medio de los hombres

16.1. De igual manera que las curaciones, las profecías y los milagros, así también la enseñanza gnóstica se cumple cuando Dios la realiza mediante hombres, porque Dios muestra su poder por medio de hombres.

16.2. Y dice precisamente la profecía: "Les enviaré un hombre que los salvará" (Is 19,20). Por tanto, (Dios) mismo en unas ocasiones envía profetas y en otras apóstoles, como salvadores de los hombres. Así Dios obra el bien por medio de los hombres.

16.3. Porque no (es) que Dios puede unas cosas y no puede otras, ya que no (es) débil nunca, ni siquiera las cosas suceden porque Él quiere y otras no, y unas (son hechas) por Él y otras por otros, sino que nos ha hecho a nosotros mediante hombres y nos educa por medio de hombres.

Somos criaturas de Dios

17.1. Dios nos hizo cuando no preexistíamos. Porque también tendríamos que saber dónde estábamos, si hubiéramos preexistido, y cómo y para qué hemos llegado hasta aquí; ahora bien, si no preexistíamos, sólo Dios es la causa del nacimiento.

17.2. Por tanto, como nos ha hecho cuando no éramos, así también, nacidos, [nos] salva con su propia gracia, si nos mostramos dignos e idóneos; pero si no, nos dejará caer en el fin apropiado, "puesto que también es Señor de vivos y muertos" (Rm 14,9).

El poder y la providencia de Dios

18.1. Mira el poder de Dios, [que] no sólo conduce a la existencia a los hombres que no existen, y a los que han nacido también les hace crecer según el avance de la edad (cf. Lc 2,40. 52), sino que también salva a los que han creído, según lo que es propio de cada uno.

18.2. Y modifica épocas, tiempos, frutos y elementos. Porque Él es el único Dios que ha medido el principio y el fin de lo que ha venido a la existencia de manera apropiada a cada ser.

Del temor al amor a Dios Padre

19.1. Progresando hacia la gnosis desde la fe y el temor, el hombre sabe decir: "¡Señor, Señor!" (Mt 7,21), pero no como el esclavo; ha aprendido a decir: "Padre nuestro" (cf. Mt 6,9), ha liberado "el espíritu de la esclavitud para estar bajo el temor" (Rm 8,15), y progresando por el amor hacia "los hijos de adopción" (Rm 8,15), reconciliándose inmediatamente por el amor con el que antes temía.

19.2. Puesto que, por temor ya no se aparta de lo que debe estar alejado, sino que por amor observa los mandamientos. "El mismo Espíritu -dice (el Apóstol)- es testigo, cuando decimos: "¡Abbá, Padre!"" (Ga 4,6; cf. Rm 8,16; cf. Mc 14,36).

La libertad de las hijas y los hijos de Dios

20.1. El Señor nos redime "con [su] preciosa sangre" (1 P 1,19; cf. Hch 20,28; 1 P 1,18; Ap 5,9), alejándonos de los crueles antiguos dueños, de los pecados, por medio de los cuales se habían adueñado de nosotros "los espíritus malignos" (Ef 6,12).

20.2. Así, por tanto, [nos] conduce hacia la libertad del Padre, como coherederos, hijos (cf. Rm 8,14. 17. 21. 23) y amigos (cf. Jn 15,15).

20.3. El Señor dice: "Porque mis hermanos y coherederos son los que hacen la voluntad de mi Padre" (Mt 12,50; Mc 3,35; Lc 8,21; cf. Rm 8,17). Por tanto, "no llamen padre a nadie en la tierra" (Mt 23,9), porque sobre la tierra (hay) dueños, mientras que en los cielos (está) el Padre (cf. Mt 6,9), "de quien es toda familia en los cielos y en la tierra" (Ef 3,15).

20.4. Porque el amor conduce voluntariamente, pero el temor [lo hace] a disgusto (cf. 1 Jn 4,18); (es) el temor malo, pero el otro, que (es) pedagogo del bien, lleva hacia Cristo y es salvífico.

Los atributos de Dios

21. Así, si uno piensa en Dios -ciertamente jamás como conviene, sino en la medida posible, ¿porque qué puede ser digno de Dios?-, piense en una "luz inaccesible" (1 Tm 6,16), inmensa, incomprensible y hermosísima, a la que se le atribuya en todo un poder bueno (y) virtud noble, que cuida de todo, compasiva, impasible, buena, que lo conoce todo, que lo sabe de antemano todo, clara como el sol, dulce, brillante e incontaminada (cf. Sb 7,22-30).

La cooperación entre la gracia de Dios y la voluntad humana

22.1. Puesto que el alma se mueve por sí misma, la gracia de Dios reclama del alma lo que alma tiene, la buena voluntad, como contribución para la salvación; porque el Señor quiere que el bien que da al alma le sea propio, puesto que ella no es insensible, y para ser [conducida] como un cuerpo.

22.2. Ciertamente el poseer (es propio) de quien ha conseguido algo; pero el tomar (algo es característico) de quien desea y del que aspira (alguna cosa), pero el tener dominio de lo que posee (es propio) de quien se ha esforzado (lit.: se ha ejercitado en posee y tiene fuerza).

22.3. Por eso Dios ha dado al alma la facultad de elegir (o: del libre arbitro), para que Él mismo le indique lo que conviene, on su elección lo recia (o acepte) y lo posea.

Dios se encarnó para salvar al género humano

23.1. De igual manera que el Salvador hablaba y curaba por medio del cuerpo, así también anteriormente [lo realizaba] por medio de los profetas y ahora lo hace por mediación de los apóstoles y los maestros (cf Hb 1,1; Lc 11,49).

23.2. Porque la Iglesia está al servicio de la actividad (energía) del Señor; de ahí que también entonces se hiciera hombre (o: tomara la naturaleza humana), para servir por ese medio a la voluntad del Padre.

23.3. Y Dios, amigo de los hombres (philánthropos) en todo tiempo, se encarnó (lit.: se revistió de hombre) por la salvación de los hombres (o: Y siempre Dios misericordioso reviste al hombre para la salud de los hombres), primero por los profetas, ahora por la Iglesia. Porque corresponde que lo semejante preste sus servicios a lo semejante para que la salvación sea semejante.

Llevamos la imagen del hombre celestial

24.1. Cuando éramos terrenales (lit.: hechos de tierra; cf. 1 Co 15,49), éramos del César (cf. Mt 22,21). Pero el César es el príncipe temporal, y (su) imagen terrena es "el hombre viejo" (Col 3,9), al cual [Cristo] hizo retroceder.

24.2. Por consiguiente, a éste deben ser devueltas las cosas de la tierra, que "hemos llevado en la imagen del [hombre] terreno" (1 Co 15,49), y "lo que es de Dios para Dios" (Mt 22,21); porque cada una de las pasiones es para nosotros como una letra, "una señal" (Ap 13,16-17) y un signo (= del demonio).

24.3. Ahora el Señor imprime en nosotros otra señal (= el carácter impreso por el bautismo), otros nombres (= las tres Personas divinas y la imagen de Dios) y otros signos (u: otras letras), la fe frente a la incredulidad, y lo restante. De esta manera somos trasladados de las cosas materiales a las espirituales, "llevando la imagen del [hombre] celestial" (1 Co 15,49).

La acción del Espíritu Santo en la vida cristiana

25.1. Juan [Bautista] dice: "Porque yo os bautizo con agua, pero detrás de mí viene el que los bautizará en Espíritu y en fuego" (Mt 3,11; Lc 3,16). Pero [Jesús] no bautizó a nadie con fuego; "pero algunos -como dice Heracleón- marcaron con fuego los oídos de los que eran sellados" (Heracleón, Fragmentos, 49), entendiendo (lit.: escuchando) de esta manera el [mandato] apostólico. Puesto que [Él] "tiene en su mano la horquilla para limpiar la era, y recogerá el trigo en el granero; pero quemará la paja con un fuego que no se apaga" (Mt 3,12; Lc 3,17).

25.2. Así, a por medio "del fuego" (Mt 3,11; Lc 3,16), se une "mediante el Espíritu" (Mt 3,11; Lc 3,16), puesto que como el trigo es separado de la paja -es decir, del vestido material-, por el viento (= el Espíritu), ya que la paja se separa aventada por el aire, así también el Espíritu tiene el poder de separar las energías materiales.

25.3. Y puesto que las cosas que han nacido de algo inengendrado e incorruptible, las semillas de la vida, son reunidas (= corrección del editor Stählin; cf. Nota 1: Clemens Alexandrinus…) y guardadas, como (= corrección del editor Stählin) el trigo, sin embargo, lo material, mientras se encuentra unido a algo que es mejor, permanece, pero cuan do se separa de lo que es mejor, desaparece, porque tiene la existencia en otro [ser]. Por tanto, ciertamente el espíritu sirve para separar por (su) fuerza (o: un elemento puede ser separado, el espíritu), mientras que el fuego se consume; porque se entiende [por] fuego lo que es material.

25.4. Pero puesto que lo salvado se asemeja al trigo, mientras que lo que crece en derredor del alma [se asemeja] a la paja y (es) incorpóreo, pero lo separado es material; con lo incorpóreo se emparentó el espíritu, sutil y puro, casi más que la inteligencia, pero a lo material [se emparentó] el fuego, no perverso y malo, sino fuerte y purificador del mal. Porque hay que pensar que el fuego es un poder bueno y fuerte, destructor de las realidades peores y salvador de las mejores; por eso también entre los profetas este fuego es llamado inteligente (o: sabio).

Dios es "fuego devorador"

26.1. Así, cuando Dios también es llamado "fuego devorador" (Dt 4,24; Hb 12,29), se ha de entender como nombre y símbolo no de maldad, sino de poder.

26.2. Como el fuego es el más fuerte de los elementos y domina sobre todos, así también Dios (es) omnipotente (cf. Sb 7,23) y todopoderoso (cf. Sb 7,25; Ap 11,17); Él es el que puede dominar, crear, hacer, alimentar, hacer crecer, salvar, porque tiene potestad sobre el cuerpo y el alma. Por tanto, igual que el fuego está por encima de los elementos, así también el Todopoderoso (cf. Sb 7,25; Ap 11,17) (está por encima) de dioses, potestades y principados.

26.3. El poder del fuego es doble; uno referente (o: apropiado) a la producción y madurez de los frutos, y al nacimiento y alimentación de los seres vivientes, cuya imagen es el sol; pero el otro [poder] se refiere a la pérdida y destrucción, como el fuego que hay sobre la tierra.

26.4. Por tanto, cuando se llama a Dios "fuego devorador" (Dt 4,24; Hb 12,29), (es) poder fuerte e irresistible, a quien nada es imposible (cf. Lc 1,37), sino que incluso puede hacer que se extinga (o. desaparezca).

26.5. Sobre ese poder también dice el Salvador: "He venido a traer fuego a la tierra" (Lc 12,49; cf. Dt 4,24), es decir, un poder purificador de santos, de [personas] materiales, como [un poder] destructor, como algunos dicen (= alusión a la antropología gnóstica), pero que, como nosotros decimos, es [un poder] educador, pero también el fuego posee temor, y la luz, difusión.

Segunda parte (27-40): la gnosis como desarrollo de la fe cristiana

La tradición oral y escrita

27.1. Los presbíteros no escribieron, porque no querían distraer el cuidado por la enseñanza de la tradición con la distinta preocupación por escribir; ciertamente, tampoco consumían en la escritura el tiempo para cuidar lo que había que decir.

27.2. Pero quizá, convencidos de que la capacidad natural no es la misma para un buen resultado para un discurso y la enseñanza, mantuvieron aquello para lo que (tenían) las aptitudes naturales.

27.3. Porque la fluidez de quien habla se mueve consecuentemente y con ímpetu, y de alguna manera quizá también pueda arrastrar (o: cautivar); pero lo que es examinado cada vez por los que leen y expuesto a un examen riguroso, exige también un cuidado extremo, y es como una confirmación escrita de una enseñanza oral; y es la voz transmitida por medio de la composición (escrita) a la posteridad.

27.4. Porque el depósito entregado a los presbíteros (cf. 1 Tm 6,20), que hablan por medio de la escritura, necesita de ayuda del escritor respecto a la entrega de la salvación de quienes lo encuentran.

27.5. Así, por tanto, como la piedra magnética, omitiendo otra materia, sólo atrae al hierro gracias a la afinidad, así también los libros, de entre los muchos los leen, atraen sólo a los que los entienden.

27.6. Porque la palabra de la verdad (cf. St 1,18) para unos se manifiesta como "necedad" (1 Co 1,23), para otros "escándalo" (1 Co 1,23), pero igualmente para unos pocos "sabiduría y poder de Dios" (1 Co, 1,24), pero el celo (lit.: avaricia espiritual) del gnóstico se encuentra lejos.

27.7. Por eso, entonces, también hay que investigar primero si es peor dar algo al indigno o no entregárselo al digno, y correr el peligro, por un gran amor, de apartar no sólo a todo el que lo merece, sino también alguna vez a un indigno que lo pida alegremente (o: con tenacidad), no por su petición -puesto que no ama la gloria-, sino por la constancia de quien, pidiendo, se ejercita en la fe con una gran súplica (o: por medio de muchas súplicas u oraciones).

Sobre la necesidad de la gnosis

28.1. Hay quienes dicen que son gnósticos y envidian más a los de casa que a los de fuera. Como el mar está abierto a todos, pero hay quien nada, quien comercia, quien pesca los peces, como la tierra es común, pero hay quien viaja, quien labra, uno caza, otro busca metales y hay quien edifica, así también, cuando se lee la Escritura, hay quien recibe ayuda (o: es auxiliado por) de la fe y de la costumbre, y otro quita una superstición mediante el reconocimiento de las realidades.

28.2. Y el atleta (= el cristiano que profundiza en el estudio de la Escritura; cf. 1 Co 9,24-27; Ga 5,7; Flp 3,14; 1 Tm 1,18; 2 Tm 4,7-8; 1 P 5,4; Ap 3,11-12), una vez reconocido el estadio olímpico, se presenta [como adversario] en la enseñanza, lucha y deviene vencedor, seduciendo y venciendo a los adversarios y saqueadores del camino (lit.: los que hacen ibn gnóstico.

28.3. Porque la gnosis es necesaria también para el ejercicio del alma y para la dignidad de las costumbres, haciendo que los creyentes sean más dignos de consideración y diligentes espectadores de las realidades. Porque como no se puede creer sin catequesis, así tampoco se puede comprender sin gnosis.

Funciones de la gnosis

29.1. Puesto que cosas útiles y necesarias para la salvación son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (cf. Mt 28,19), pero también nuestra alma; (y) es necesario poseer totalmente la doctrina sobre esas cosas, la gnosis, que es igualmente útil y necesaria.

29.2. Pero también a quienes ejercen la autoridad prestando un servicio útil, [es provechosa] la mucha experiencia para que no quede oculto lo que otros aparentan haber descubierto por necesidad y muy sabiamente.

29.3. Pero también la explicación de la doctrina (o: enseñanza) heterodoxa conlleva un ejercicio del alma apta para investigar, y vela por el discípulo de la verdad para que no se deje engañar, haciendo sonar la trompeta por doquier, una vez ya preparado con instrumentos de guerra.

Pureza de vida del gnóstico

30.1. Sólo la vida del gnóstico -lo mismo que dicen de Creta, que no produce fieras mortales- (está) limpia de todo mala obra, pensamiento y palabra, porque en manera alguna tiene enemigo, sino que incluso la envidia, el odio y toda blasfemia y calumnia le son extraños.

El gnóstico es feliz

31.1. [El gnóstico] es bienaventurado en su larga vida, no porque habiendo nacido viva mucho (o: largamente), sino porque le fue concedido ser digno de una vida por siempre, al haber vivido bien (o: como es debido).

31.2. No ha afligido a nadie, a no ser educando con la palabra a los de corazón ulcerado, como miel151 Salvadora, dulce y mordaz. Ya que el gnóstico más que todos se distingue en mantenerse conforme (o: según) la razón.

31.3. En efecto, una vez cercenado y quitado todo apasionamiento del alma entera por lo más noble, que es puro y se encuentra liberado para la filiación adoptiva (cf. Rm 8,15. 21), persiste (o: se mantiene) y vive en el futuro.

Es necesario examinar con rigor las Sagradas Escrituras

32.1. Pitágoras estimaba no sólo el más inteligente, sino también el más antiguo de los sabios, al que había puesto los nombres a las cosas (cf. Gn 2,19-20).

32.2. Por tanto, conviene examinar rigurosamente las Escrituras (cf. Jn 5,39), puesto que se admite que están enunciadas en parábolas (cf. Sal 77 [78],2; Mt 13,34-35), (y) a partir de los nombres buscar los conceptos que el Espíritu Santo tiene sobre las cosas y que [los] enseña, puesto que ha impreso, por decirlo de alguna manera, su (propio) pensamiento en las expresiones, para que nosotros las examinemos con rigor, explicando los nombres , que son mencionados con muchas significaciones; pero lo escondido con muchos velos, buscado a tientas y examinado con cuidado, se (debe) sacar a la luz y encenderse.

32.3. Porque como también el plomo, a quienes lo frotan los cubre de cerusa (= blanco de plomo), (haciéndolos pasar) de negro a blanco, así también la gnosis, que derrama luz y esplendor (sobre) las cosas, que puede ser en realidad la sabiduría divina, pura como el sol, que ilumina a hombres puros (cf. Jn 1,9; Mt 5,8), "como la pupila del ojo" (Dt 32,10), para una visión y una comprensión segura de la verdad.

Amigos y hermanos del Señor

33.1. Así, por el deseo de aquella (luz), encendidos por los resplandores de la luz, nos asemejamos a ella lo más posible y, llenos luz, devenimos realmente israelitas (cf. Jn 1,47) refulgentes.

33.2 Porque [el Señor] llamó amigos (cf. Jn 15,15) y hermanos (cf. Mt 12,50) a los que se mantienen firmes en asemejarse a la divinidad con pasión e insistencia,

34. (luz) que recibían lugares puros y prados, teniendo voces y visiones de santas apariciones; pero el hombre, purificado perfectamente, será digno de toda enseñanza y poder divino.

La gnosis de se aparta de toda forma de ignorancia

35.1. Y yo sé que los misterios de la gnosis conllevan una burla para muchos y sobre todo cuando no son acondicionados con la tropología sofística (o: con un sofisticado lenguaje figurado); pero unos pocos, como una luz introducida repentinamente en un simposio (o: banquete) golpea primero asusta, después, acostumbrados, educados (lit.: alimentados) y ejercitados en el razonamiento, como si estuvieran contentos y jubilosos por un placer, verán al Señor.

35.2. Porque como el placer está por esencia separado del dolor, igualmente la gnosis se encuentra separada de la ignorancia.

35.3. Porque como los que más duermen piensan que (son) los que están más en vela, cayendo más clara y continuamente en las fantasías del sueño, así los más ignorantes piensan que son los más sabios.

35.4. Y bienaventurados los que despiertan de esa somnolencia y de ese extravío y alzan los ojos a la luz y a la verdad.

El ejercicio de la investigación

36.1. Conviene, por tanto, que quien quiera tener igualmente el convencimiento que posee el discípulo, ejercite la fe unida (o: mezclada) con el deseo, y practique, examinando cada vez en sí mismo, la verdad de lo que se ve (o: contempla).

36.2. Y cuando le parezca que está bien preparado, entonces también tendrá que descender a las investiga- liciones de las cosas cercanas, puesto que también los polluelos ensayan antes de volar adiestrando las alas en el nido.

"La virtud gnóstica"

37.1. Porque la virtud gnóstica (es) en todas partes algo bueno y dulce (o: afable, bondadoso), innocuo e inofensivo (o: que no causa daño o pena), dichoso y dispuesto a relacionarse de mejor manera con cualquier divinidad y de la mejor manera con los hombres, igualmente contemplativo y activo (o: práctico), (porque) dispone al hombre, imagen de Dios (cf. Gn 1,27), y lo hace amante de lo bello (o: del bien) por medio del amor.

37.2. Puesto que, como en la otra (vida) se puede contemplar y comprender con sabiduría la belleza, ahora se la puede practicar con templanza y justicia mediante la fe, practicando un servicio angélico en la carne, igual que consagrando (o: dedicando) la mente en el cuerpo como en un lugar diáfano y puro.

Afirmaciones de Taciano encratita

38.1. Y cuando Taciano dice que la expresión "hágase la luz" (Gn 1,3; Taciano, Fragmentos, 7) expresa un voto, se le debe contestar: si el que suplica reconoce superior a Dios, ¿cómo dice "yo soy Dios y no hay otro fuera de mí" (Ex 20,2-3; Dt 5,6-7; Is 44,6; 45,5-6; 46,9; Sb 12,13)?

38.2. En efecto, dijo (= Taciano) que hay castigos propios de las blasfemias, frivolidades, palabras licenciosas, en razón de quienes son castigados y educados.

Otras afirmaciones de Taciano

39. Y también decía que las mujeres eran castigadas por los cabellos y el adorno mediante un poder establecido sobre esas cosas, aquel que también a Sansón proporcionaba fuerza a los cabellos (cf. Jc 16,17), ese [poder] castiga (a las mujeres) porque mediante el ornato de los cabellos se precipitan en la fornicación.

"El juicio de Dios es un bien"

40. De igual manera que uno actúa bien por influjo (cf. Sb 7,25) del bien, así también uno obra mal por (influjo) del mal. El juicio de Dios (es) un bien: el juicio que distingue entre fieles y no creyentes, como el juicio preliminar para no engañar con un juicio más grave, y el juicio que es educativo (o: la distinción pedagógica).

 

© El Testigo Fiel - 2003-2016 - todos los contenidos del portal pueden reproducirse libremente, mencionando la fuente.
Sitio realizado por Abel Della Costa