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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
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Hegesipo: Fragmentos conservados por Eusebio
Los fragmentos de la Historia Eclesiástica en los que Eusebio se refiere a Hegésipo o cita sus Memorias (Hypomnemata) son: II,23,3-18, III,20,1-2, III,32,3-7, IV,8,2, IV,22,2-7, que recopilamos aquí de la traducción de Argimiro Velasco Delgado, edición BAC 2008 (3ª reimpr).
Fuentes: CPG 1302

3 El modo como tuvo lugar la muerte de Santiago ya lo han dejado claro las palabras citadas de Clemente, que cuenta cómo lo arrojaron desde el pináculo del templo y lo apalearon hasta matarlo. Pero quien narra con mayor exactitud todo lo que a él se refiere es Hegesipo, que pertenece a la primera generación sucesora de los apóstoles y que, en el libro V de sus Memorias, dice así:

4 «Sucesor en la dirección de la Iglesia es, junto con los apóstoles, Santiago, el hermano del Señor. Todos le dan el sobrenombre de ‘Justo’, desde los tiempos del Señor hasta los nuestros, pues eran muchos los que se llamaban Santiago.

5 »Pero sólo éste fue santo desde el vientre de su madre. No bebió vino ni bebida fermentada, ni comió carne; sobre su cabeza no pasó tijera ni navaja y tampoco se ungió con aceite ni usó del baño.

6 »Sólo a él le estaba permitido entrar en el santuario, pues no vestía de lana, sino de lino. Y sólo él penetraba en el templo, y allí se le encontraba arrodillado y pidiendo perdón por su pueblo, tanto que sus rodillas se encallecieron como las de un camello, por estar siempre de rodillas adorando a Dios y pidiendo perdón para el pueblo.

7 »Por su eminente rectitud se le llamaba 'el Justo’ y 'Oblias’, que en griego quiere decir protección del pueblo y justicia, como declaran los profetas acerca de él.

8 »Así, pues, algunos de las siete sectas que hay en el pueblo y que yo describí anteriormente (en las Memorias) trataban de informarse de él sobre quién era la puerta de Jesús, y él respondía que éste era el Salvador.

9 »Algunos creyeron que Jesús era el Cristo. Pero las sectas mencionadas anteriormente no creyeron ni en la resurrección ni en que vendrá a dar a cada uno según sus obras. Mas cuantos creyeron, creyeron por Santiago.

10 »Siendo, pues, muchos los que creyeron, incluso de entre los jefes, los judíos, escribas y fariseos se alborotaron diciendo: todo el pueblo corre el peligro de esperar al Cristo en Jesús. Se reunieron, pues, delante de Santiago y dijeron: ‘Te lo pedimos: retén al pueblo, que está en un error respecto de Jesús, como si él fuera el Cristo. Te pedimos que persuadas acerca de Jesús a todos los que vengan para el dia de la Pascua, porque a ti todos te obedecemos. Nosotros, efectivamente, y todo el pueblo, damos testimonio de ti, de que eres justo y no tienes acepción de personas.

11 »Tú, pues, convence a toda la muchedumbre de que no se engañe respecto del Cristo. El pueblo entero y nosotros te obedecemos. Yérguete, pues, sobre el pináculo del templo para que desde lo alto seas bien visible y el pueblo todo oiga tus palabras, porque con motivo de la Pascua se reúnen todas las tribus, incluso con los gentiles’.

12 »Y asi los susodichos escribas y fariseos pusieron a Santiago de pie sobre el pináculo del templo y le dijeron a gritos: ‘¡Oh, tú, el Justo!, a quien todos debemos obedecer, puesto que el pueblo anda extraviado detrás de Jesús el crucificado, dinos quién es la puerta de Jesús’.

13 »Y él respondió con una gran voz: ‘¿Por qué me preguntáis sobre el Hijo del hombre? También él está sentado en el cielo a la diestra del gran poder y ha de venir sobre las nubes del cielo’.

14 »Y siendo muchos los que se convencieron del todo y ante el testimonio de Santiago, prorrumpieron en alabanzas diciendo: '¡Hosanna al Hijo de David!’ Entonces los mismos escribas y fariseos de nuevo se dijeron unos a otros: 'Hicimos mal en proporcionar un testimonio así a Jesús, pero subamos y arrojémosle abajo, para que cobren miedo y no le crean’.

15 »Y se pusieron a gritar diciendo: '¡Oh, oh, también el Justo se ha extraviado!’ Y así cumplieron la Escritura que se halla en Isaías: Quitemos de en medio al justo, que nos es incómodo. Entonces comerán el fruto de sus obras.

16 »Subieron, pues, y arrojaron abajo al Justo. Y se decían unos a otros: '¡Lapidemos a Santiago el Justo!’ Y comenzaron a apedrearlo, porque al caer arrojado no había muerto. Mas él, volviéndose, se arrodilló y dijo: 'Yo te lo pido, Señor, Dios Padre: perdónalos, porque no saben lo que hacen’.

17 «Y cuando estaban así lapidándole, un sacerdote, uno de los hijos de Récab, hijo de los Recabín, de los que el profeta Jeremías había dado testimonio, gritaba diciendo: '¡Parad!, ¿qué estáis haciendo? ¡El Justo ruega por vosotros!’

18 »Y uno de ellos, batanero, agarró el mazo con que batía los paños y dio con él en la cabeza del Justo, y así es cómo éste sufrió martirio. Lo enterraron en el lugar aquel, junto al templo, y todavía se conserva su estela al lado del templo. Santiago era ya un testigo veraz para judíos y para griegos de que Jesús es el Cristo. Y en seguida Vespasiano los sitió» (II,23,3-18).

 

1 «De la familia del Señor vivían todavía los nietos de Judas, llamado hermano suyo según la carne, a los cuales delataron por ser de la familia de David. El evocato(1) los condujo a presencia del césar Domiciano, porque éste, al igual que Herodes, temía la venida de Cristo.

(1) Evocatus: soldado veterano, movilizado de nuevo para estar al servicio de los magístrados desempeñando funciones administrativas secundarias (n. del t.).

2 »Y les preguntó si descendían de David; ellos lo admitieron. Entonces les preguntó cuántas propiedades tenían o de cuánto dinero disponían, y ellos dijeron que entre los dos no poseían más que nueve mil denarios, la mitad de cada uno, y aun esto repetían que no lo poseían en metálico, sino que era la evaluación de sólo treinta y nueve pletros de tierra, cuyos impuestos pagaban y que ellos mismos cultivaban para vivir» (III,20,1-2).

 

3 Pero nada mejor que escuchar al mismo escritor, que relata esto mismo textualmente como sigue: «A partir de esto, evidentemente algunos herejes acusan a Simón, el hijo de Clopás, por ser descendiente de David y cristiano, y así sufre martirio a la edad de ciento veinte años, bajo el emperador Trajano y el gobernador Atico».

4 El mismo autor dice que incluso los mismos verdugos ocurrió que fueron apresados cuando se buscó a los descendientes de la tribu real de los judíos, por serlo ellos también. Haciendo un cálculo se podría decir que también Simeón vio y oyó personalmente al Señor, basándose en la larga duración de su vida y en la mención que el texto de los evangelios hace de María de Clopás, del cual ya antes se demostró que aquél era hijo.

5 El mismo escritor dice que también otros descendientes de uno de los llamados hermanos del Salvador, de nombre Judas, sobrevivieron hasta este mismo reinado, después de haber dado testimonio de su fe en Cristo bajo Domiciano, como ya antes hemos referido. Escribe lo siguiente:

6 «Vienen, pues, y se ponen al frente de toda la Iglesia como mártires y como miembros de la familia del Salvador. Cuando en toda la Iglesia se hizo paz profunda, viven todavía hasta el tiempo del emperador Trajano, hasta que el hijo del tío del Salvador, el llamado anteriormente Simón, hijo de Clopás, fue denunciado y acusado igualmente por las sectas, también por la misma razón, bajo el gobernador consular Atico. Durante muchos días lo torturaron y dio testimonio, de manera que todos, incluido el gobernador, quedaron grandemente admirados de cómo seguía resistiendo a pesar de sus ciento veinte años. Y lo mandaron crucificar».

7 Después de esto, el mismo autor, explicando lo referente a los tiempos indicados, añade que, efectivamente, hasta aquellas fechas la Iglesia permanecía virgen, pura e incorrupta, como si hasta ese momento los que se proponían corromper la sana regla de la predicación del Salvador, si es que los había, se ocultaran, en tiniebla oscura (III,32,3-7).

 

1 Entre éstos destacaba Hegesipo. De él hemos utilizado ya anteriormente numerosas citas, con el fin de establecer, tomándolos de su tradición, algunos hechos de los tiempos de los apóstoles.

2 Efectivamente, en cinco libros comentó la tradición limpia de error de la predicación apostólica, con un estilo sencillísimo. El tiempo en que se dio a conocer lo indica él mismo al escribir así de los que desde un principio instalaron los ídolos: «Les erigían cenotafios y templos, como hasta hoy. De ellos es también Antínoo, esclavo del emperador Adriano. Aunque contemporáneo nuestro, en su honor se celebran los juegos antinoeos. Adriano incluso fundó una ciudad con el nombre de Antínoo y creó profetas» (IV,8,1-2).

 

1 Es el caso, pues, que Hegesipo nos dejó un monumento completísimo de su propio pensamiento en los cinco libros de Memorias que han llegado hasta nosotros. En ellos muestra cómo, realizando un viaje hasta Roma, estuvo en contacto con muchos obispos y cómo de todos ellos había recibido una misma doctrina. Bueno será escucharle, después que ha dicho algunas cosas acerca de la Carta de Clemente a los corintios, añadir lo siguiente:

2 «Y la iglesia de los corintios permaneció en la recta doctrina hasta que Primo fue obispo de Corinto. Cuando yo navegaba hacia Roma, conviví con los corintios y con ellos pasé bastantes días, durante los cuales me reconforté con su recta doctrina.

3 »Y llegado a Roma, me hice una sucesión hasta Aniceto, cuyo diácono era Eleuterio. A Aniceto le sucede Sotero, y a éste, Eleuterio. En cada sucesión y en cada ciudad las cosas están tal como las predican la Ley, los Profetas y el Señor.

4 El mismo escritor nos explica los comienzos de las herejías de su tiempo en estos términos: «Y después que Santiago el Justo hubo sufrido el martirio, lo mismo que el Señor y por la misma razón, su primo Simeón, el hijo de Clopás, fue constituido obispo. Todos le habían propuesto, por ser el otro primo del Señor. Por esta causa llamaban virgen a la Iglesia, pues todavía no se había corrompido con vanas tradiciones.

5 »Mas fue Tebutis, por no haber sido él nombrado obispo, quien comenzó a corromperla, partiendo de las siete sectas que había en el pueblo, de las cuales también él formaba parte. De ellas salieron Simón —de ahí los simonianos—, Cleobio —de donde los cleobinos—, Dositeo —de donde los dositianos—, Gorteo —de donde los goratenos— y los masboteos. De éstos proceden los menandristas, los marcianistas, los carpocratianos, los valentinianos, los basilidianos y los saturnilianos. Cada uno de éstos introdujo su propia opinión por caminos propios y diferentes.

6 »De ellos salieron pseudocristos, pseudoprofetas y pseudoapóstoles, quienes despedazaron la unidad de la Iglesia con sus doctrinas corruptoras contra Dios y contra su Cristo».

7 El mismo autor describe además incluso las sectas que hubo en otro tiempo entre los judíos, diciendo: «Existían diferentes opiniones en la circuncisión, entre los hijos de los israelitas, contra la tribu de Judá y contra el Cristo, a saber: esenios, galileos, hemerobautistas, masboteos, samaritanos, saduceos y fariseos» (IV,22,1-7).

 

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