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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003
Apolonio: Fragmentos conservados por Eusebio
Fragmentos tomados de Historia Eclesiástica V, 18,1-14, en la traducción de Argimiro Velasco Delgado, edición BAC 2008 (3ª reimpr).
Fuentes: SC 41, CPG 1328

Sitios de internet para hallar la obra:
»» www.monasterio.org.ar: otra presentación

1 Como la herejía llamada catafriga estuviera floreciente aún por aquel entonces en Frigia, también Apolonio, escritor eclesiástico, acometió la empresa de una refutación. Compuso contra ellos un escrito propio, en el que, palabra por palabra, corrige las falsas profecías por ellos alegadas y describe cómo fue la vida de los cabecillas de la herejía. Pero escucha esto que dice sobre Montano, a la letra:

2 «Mas sus obras y su enseñanza muestran quién es este nuevo maestro. Este es el que enseñó las rupturas de matrimonios , el que impuso leyes de ayunos, el que dio el nombre de Jerusalén a Pepuza y a Timio (ciudades éstas insignificantes de Frigia), porque quería reunir allí a gente de todas partes el que estableció recaudadores de dinero, el que inventaba la aceptación de donativos bajo el nombre de ofrendas, el que asalariaba a los heraldos de su doctrina, con el fin de que la enseñanza de su doctrina se afirmase por medio de la glotonería».

3 Esto sobre Montano. Pero un poco más abajo también escribe acerca de sus profetisas como sigue:
«Demostramos, por lo tanto, que estas primeras profetisas en persona son las que, desde el momento en que fueron llenas del espíritu, abandonaron a sus maridos. ¿Cómo, pues, trataban de engañarnos llamando virgen a Priscila?»

4 Todavía sigue diciendo:
«¿No te parece que toda la Escritura prohíbe que un profeta reciba dones y dinero? Por lo tanto, cuando veo que la profetisa ha recibido oro y plata y vestidos suntuosos, ¿cómo no voy a rechazarla?»

5 Y un poco más abajo, otra vez dice sobre algunos de sus confesores lo que sigue:
«Más aún: también Temiso, que envolvió su avidez con visos de aceptabilidad y que no soportó las insignias de la confesión , sino que depuso las cadenas a cambio de abundante dinero, cuando por todo esto debía humillarse, se las dio de mártir y, componiendo una Carta católica(1), a imitación del Apóstol, se atrevió a catequizar a los que eran mejores creyentes que él, a combatir con palabras vacías de sentido y a blasfemar contra el Señor, los apóstoles y la santa Iglesia».

(1) Es la primera vez que se aplica el adjetivo «católica» a una carta, en el sentido que se hará general más tarde para todas las cartas no paulinas del NT. (n. del t.)

6 Y acerca de otro, también de los que ellos estiman como mártires , escribe así:
«Y para no hablar de más, que nos diga la profetisa lo que hay de Alejandro, el que a sí mismo se llama mártir, con el cual ella banquetea y al que muchos incluso adoran. No es preciso que digamos los latrocinios y demás crímenes suyos por los que ha sido castigado: los conserva el opistodomo.

7 » ¿Quién, pues, perdona a quién de sus pecados ? ¿Cuál de los dos: el profeta al mártir sus latrocinios, o el mártir al profeta su avaricia? Porque, teniendo dicho el Señor: no poseáis ni oro ni plata ni dos túnicas , éstos han pecado haciendo todo lo contrario en lo que atañe a la posesión de estas cosas prohibidas. Efectivamente, vamos a demostrar que los llamados entre ellos profetas y mártires no solamente hacen a la calderilla de los ricos, sino también a la de los pobres, de los huérfanos y de las viudas.

8 »Y si están seguros, que se planten aquí y se expliquen sobre estos puntos para que, en el caso de quedar convictos, en adelante dejen de prevaricar. Efectivamente, hay que examinar los frutos de los profetas,

9 »ya que por su fruto se conoce al árbol . Y para que cuantos lo deseen conozcan la historia de Alejandro, fue juzgado por Emilio Frontino, procónsul de Efeso , no por causa del nombre, sino por los robos que había osado cometer, porque era ya un delincuente. Luego, añadiendo mentira a mentira en nombre del Señor, engañó a los fieles del lugar y fue puesto en libertad, y su propia comunidad de origen no lo recibió, por ser ladrón; los que quieran saber su historia tienen el archivo público de Asia.

10 »El profeta no lo conoce, a pesar de convivir con él muchos años. Nosotros, desenmascarándole a él, por él ponemos en evidencia la naturaleza del profeta. Cosas parecidas podemos demostrar de muchos; y, si se atreven, que soporten la prueba».

11 Y de nuevo, en otro lugar de la obra, añade lo que sigue, acerca de los profetas de que se jactan:
«Si por ventura niegan que sus profetas han recibido regalos, que admitan esto: si se les prueba que los han recibido, no son profetas, y nosotros aduciremos pruebas de ello a miles. Es preciso comprobar todos los frutos del profeta. Un profeta, dime, ¿se tiñe los cabellos? Un profeta, ¿se pinta de negro cejas y pestañas? Un profeta, ¿es amigo de afeites? Un profeta, ¿juega a tableros y dados? Un profeta, ¿presta dinero a interés? Que confiesen si está permitido esto o no, que yo demostraré que entre ellos se ha dado».

12 Este mismo Apolonio refiere en la misma obra que, cuando él escribía su libro, habían transcurrido ya cuarenta años desde que Montano emprendiera su fingida profecía.

13 Y dice además, que estando Maximila en Pepuza fingiendo que profetizaba, Zotico —del que también hizo mención el anterior escritor— se le enfrentó intentando refutar al espíritu que obraba en ella, pero que se lo impidieron los que pensaban lo mismo que aquella mujer. Menciona también a cierto Traseas, uno de los mártires de entonces.

14 Dice además, como proveniente de una tradición, que el Salvador ordenó a sus apóstoles no alejarse de Jerusalén en doce años; utiliza también testimonios tomados del Apocalipsis de Juan y refiere que el mismo Juan resucitó en Efeso con poder divino a un muerto; y aún dice otras cosas mediante las cuales enmendó acertada y cumplidísimamente el error de la antedicha herejía.
Esto dice Apolonio.

 

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