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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003
Orígenes: De principiis
Prólogo
La obra más importante de Orígenes es su De principiis (Peri arjón o Sobre los principios). Es el primer sistema de teología cristiana y el primer manual de dogma. Como tal, destaca majestuosa, en su aislamiento, en toda la historia de la Iglesia primitiva. La escribió en Alejandría entre los años 220 y 230. Todo lo que queda del texto griego son unos fragmentos en la Philocalia y en dos edictos del emperador Justiniano I. En cambio, la conservamos íntegra en la traducción libre de Rufino, quien se metió indudablemente con ella, suprimiendo en una parte y en otra pasajes discutibles. A una traducción literal hecha por San Jerónimo le cupo la misma suerte que al original.
La obra comprende cuatro libros, cuyo contenido puede resumirse bajo estos títulos: Dios, Mundo, Libertad, Revelación. El título, «fundamentos» o «principios», revela el objetivo de toda la obra. Orígenes se propuso en esta obra estudiar las doctrinas fundamentales de la fe cristiana. (Quasten)

La versión que presentamos proviene de Clerus.org, sitio que habitualmente cita sus fuentes, pero no lo ha hecho en este caso.
Partes de esta serie: Prólogo; Libro I; Libro II; Libro III; Libro IV;

Prefacio

Planteamientos de los temas a tratar

1. Todos los que creen y tienen la convicción de que la gracia y la verdad nos han sido dadas por Jesucristo, saben que Cristo es la verdad, como Él mismo dijo: "Yo soy la verdad" (Jn 14,6), y que la sabiduría que induce a los hombres a vivir bien y alcanzar la felicidad no viene de otra parte que de las mismas palabras y enseñanzas de Cristo. Por las palabras de Cristo no entendemos sino aquellas que Él mismo habló cuando se hizo el hombre y habitó en la carne; ya que antes de ese tiempo, Cristo, la Palabra de Dios, estaba en Moisés y en los profetas. Porque sin la Palabra de Dios, ¿cómo podrían haber sido capaces de profetizar de Cristo?

Si no fuera nuestro propósito reducir el tratado presente dentro de los límites de la mayor brevedad posible, no sería difícil mostrar, en prueba de esta afirmación, con las Santas Escrituras, cómo Moisés y los profetas hablaron e hicieron lo que hicieron debido a que estaban llenos del Espíritu de Cristo. Y por lo tanto pienso que es suficiente citar el testimonio de Pablo en la Epístola a los Hebreos, se dice: "Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija del Faraón; escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que disfrutar de los placeres temporales de pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios" (He 11,24-26). Además, que después de su ascensión al cielo Cristo habló a sus apóstoles, Pablo lo muestra con estas palabras: "Pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí" (2Co 13,3).

La regla de fe y la doctrina de la Iglesia

2. Sin embargo, muchos de los que profesan creer en Cristo no están de acuerdo entre sí no sólo en las cosas pequeñas e insignificantes, sino aun en las grandes e importantes, como es en lo que se refiere a Dios, o al mismo Señor Jesucristo, o al Espíritu Santo; y no sólo en cuanto a estos asuntos, sino también en cuanto a otros, como son las existencias creadas, a saber, los poderes y las virtudes santas; por esto parece necesario que acerca de todas estas cuestiones sigamos una línea segura y una regla clara; luego ya podremos hacer investigaciones acerca de lo demás. De la misma manera que muchos de entre los griegos y bárbaros prometen la verdad, nosotros ya hemos dejado de buscarla entre ellos, puesto que sólo tenían opiniones falsas, y hemos venido a creer que Cristo es el Hijo de Dios y que es de Él de quien hemos de aprender la verdad, así también cuando entre los muchos que piensan tener los sentimientos de Cristo hay algunos que opinan de manera distinta que los demás, hay que guardar la doctrina de la Iglesia, la cual proviene de los apóstoles por la tradición sucesoria, y permanece en la Iglesia hasta el tiempo presente; y sólo hay que dar crédito a aquella verdad que en nada se aparta de la tradición eclesiástica y apostólica.

Lo que es necesario creer y lo que es preciso buscar

3. Sin embargo, hay que hacer notar que los santos apóstoles que predicaron la fe de Cristo, comunicaron algunas cosas que claramente creían necesarias para todos los creyentes, aun para aquellos que se mostraban perezosos en su interés por las cosas del conocimiento de Dios, dejando, en cambio, que las razones de sus afirmaciones las investigaran aquellos que se hubieren hecho merecedores de dones superiores, principalmente los que hubieren recibido del mismo Espíritu Santo el don de la palabra, de la sabiduría y de la ciencia. Respecto de ciertas cosas, afirmaron ser así, pero no dieron explicación del cómo ni del por qué de las mismas, sin duda para que los más diligentes de sus sucesores, mostrando amor a la sabiduría, tuvieran en qué ejercitarse y hacer fructificar su ingenio, esos sucesores, quiero decir, que tenían que prepararse para ser receptores aptos y dignos de sabiduría.

Los puntos esenciales de la fe sobre Dios Padre, Cristo y el Espíritu Santo

4. Los puntos particulares claramente entregados en la enseñanza de los apóstoles son como siguen:

Primero, que hay un Dios, que creó y ordenó todas las cosas, quien, cuando nada existía, llamó todas las cosas a la existencia. Dios desde el principio de la creación y la fundación del mundo; el Dios de todos los justos, de Adán, Abel, Set, Enós, Enoc, Noé, Sem, Abrahán, Isaac, Jacob, los doce patriarcas, Moisés, y los profetas; y que este Dios, en los últimos días, como había anunciado de antemano por sus profetas, envió a nuestro Señor Jesucristo para llamar en primer lugar a Israel de vuelta a Él, y en segundo lugar los gentiles, después de la infidelidad del pueblo de Israel. Este Dios justo y bueno, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Él mismo dio la ley y los profetas, y los Evangelios, siendo también el Dios de los apóstoles y de los Testamentos Viejo y Nuevo.

En segundo lugar, aquel Jesucristo mismo, que vino al mundo, nació del Padre antes de todas las criaturas; y después de haber sido el siervo del Padre en la creación de todas las cosas: "Todas las cosas por él fueron hechas" (Jn 1,3), en los últimos días, despojándose a sí mismo (de Su gloria), se hizo un hombre, y se encarnó aunque era Dios, y mientras fue hombre permaneció siendo el mismo Dios que era; y asumió un cuerpo como el nuestro, distinguiéndose de nosotros sólo en que nació de una virgen y del Espíritu Santo; así este Jesucristo nació realmente y realmente sufrió, y no soportó esta muerte sólo en apariencia, sino que realmente murió y realmente resucitó de entre los muertos; y que después de su resurrección Él habló con sus discípulos, y ha tornado arriba (en el cielo). En tercer lugar, los apóstoles cuentan que, después de la Ascensión, el Espíritu Santo es asociado al Padre y al Hijo en honor y dignidad. Pero acerca de Él no podemos decir claramente si ha de ser considerado como engendrado (nato) o inengendrado (innato), o si es o no Hijo de Dios; ya que estos son los puntos que tienen que ser investigados desde la Escritura sagrada según lo mejor de nuestra capacidad, lo que exige una investigación cuidadosa. Y que este Espíritu inspiró a cada uno de los santos, tanto profetas como apóstoles; y que no hubo un Espíritu en los hombres de la antigua dispensación y otro en los que han sido inspirados en el advenimiento de Cristo, lo cual se enseña con mucha claridad en todas las iglesias.

El alma y su libertad

5. Después de estos puntos, la enseñanza apostólica también consiste en que el alma, teniendo una sustancia y vida propias, después de su salida del mundo, será recompensada según su méritos, siendo destinada a recibir su herencia de vida eterna y felicidad, si sus acciones procuraron esto, o a ser entregado al fuego eterno y al castigo, si la culpa de sus crímenes la ha llevado a eso; y también, que habrá un tiempo de resurrección de los muertos, cuando este cuerpo, que ahora "es sembrado en la corrupción, se elevará en incorrupción", y el que "es sembrado en deshonra se elevará en gloria" (1Co 15,42).

El punto siguiente también está definido por la predicación eclesiástica: toda alma racional está dotada de libre albedrío y de voluntad; y está en lucha con diablo y sus ángeles, así como las potencias adversas, que se esfuer zan entonces por cargarla de pecados; pero si vivimos co rrecta y sabiamente, debemos procurar sacudirnos y que dar libres de una carga de esta clase.

De esto se sigue, por tanto, que entendemos que no estamos sometidos a la necesidad y que no somos forza dos de todas maneras ni a pesar nuestro a obrar el mal o el bien. Dotados como lo estamos del libre albedrío, algu ñas potencias nos pueden empujar al mal y otras ayudarnos a obrar nuestra salvación; sin embargo no estamosconstreñidos por la necesidad a obrar bien o mal.

Piensan lo contrario los que nos dicen que el curso y los movimientos de las estrellas son la causa de los actos humanos, no sólo de aquellos que no dependen del libre albedrío, sino también de los que están en nuestro poder.

Pero en lo que concierne al alma, si el alma se propaga mediante el semen, de manera que su esencia y sustancia se encuentre en el mismo semen corporal, o bien tenga otro origen por generación o sin ella, o si es infundida en el cuerpo desde el exterior o no, no está suficientemente precisado por la predicación apostólica.

El diablo y sus ángeles

6. En cuanto a la existencia del diablo y sus ángeles, y también de las potencias adversas, la predicación apostólica no ha expuesto con claridad suficiente su naturaleza y modo de ser. Muchos son de la opinión de que el diablo ha sido un ángel y que, devenido apóstata, ha convencido a numerosos ángeles para que lo siguieran en su aleja miento; por eso estos últimos son llamados hasta ahora sus ángeles.

La creación de la nada en el tiempo

7. Esto también es parte de la enseñanza de la Iglesia, que el mundo fue hecho y tomó su principio en un cierto tiempo, y que será destruido debido a su maldad. Pero qué existió antes de este mundo, o qué existirá después de él, muchos no lo saben con certeza, porque no hay ninguna declaración clara sobre ello en la enseñanza de la Iglesia.

Las Escrituras inspiradas divinamente

8. Entonces, finalmente, que las Escrituras han sido escritas por el Espíritu de Dios, y tienen un significado, no sólo el que es evidente a primera vista, sino también otro, que se escapa del conocimiento de la mayoría. Porque aquellas (palabras] que están escritas son las formas de ciertos misterios (sacramentos) y las imágenes de las cosas divinas. Respecto a lo cual hay una opinión universal en toda la Iglesia, que la ley entera es verdaderamente espiritual; pero que el significado espiritual que la ley encierra no es conocido a todos, sino únicamente a aquellos a quienes es concedida la gracia del Espíritu Santo en la palabra de sabiduría y de conocimiento.

El término aswmaton, esto es, incorpóreo, está en desuso y es desconocido, no sólo en muchas otras escrituras, sino también en las nuestras propias. Y si alguien nos las cita del pequeño tratado titulado la Doctrina de Pedro, donde el Salvador parece decir a sus discípulos:

"No soy un espíritu (daemonium) sin cuerpo", tengo que contestar, en primer lugar, que esta obra no está incluida entre los libros eclesiásticos; ya que podemos mostrar que no ha sido compuesta ni por Pedro ni por ningún otro inspirado por el Espíritu de Dios. Pero aunque admitiera este punto, la palabra aswmaton no tiene allí el mismo significado que es requerido por los autores griegos y gentiles cuando la naturaleza incorpórea es discutida por filósofos. Porque en el pequeño tratado referido, se usa la frase "espíritu incorpóreo" para denotar que aquella for ma o contorno de cuerpo espiritual, sea lo que fuere, no se parecen a este cuerpo nuestro, palpable y visible; pero, de acuerdo con la intención del autor del tratado, debe entenderse que quiere decir que Él no tenía tal cuerpo como los espíritus tienen, que es naturalmente fino (sutil) y delgado, como formado de aire (por esta razón es con siderado o llamado por muchos incorpóreo), sino que Él tenía un cuerpo sólido y palpable. Ahora, según la costum- saber sibre humana, todo que no es de esta naturaleza es llamado incorpóreo por el simple o ignorante; como si uno tuviera que decir que el aire que respiramos es incorpóreo, porque el aire no es un cuerpo de tal naturaleza que pueda ser como agarrado y sostenido, o que pueda ofrecer resistencia a la presión.

El tema de la incorporeidad de Dios

9. Investigaremos, sin embargo, si lo que los filósofos griegos llaman aswmaton, "o incorpóreo", se encuentra en diferente la Santa Escritura bajo otro nombre. Ya que debe también ser un tema de investigación saber si Dios mismo tiene que ser entendido como corpóreo o compuesto según alguna forma, o de una naturaleza diferente de los cuerpos; un punto que no está claramente indicado en nuestra enseñanza. Y las mismas averiguaciones tienen que hacerse en cuanto a Cristo y el Espíritu Santo, así como respecto a cada alma y todo lo que posee una naturaleza racional.

Los ángeles, ministros de Dios para la salvación humana

10. Esto también es una parte de la enseñanza de la Iglesia, que hay ciertos ángeles de Dios, y ciertas influencías buenas, que son sus siervos en el cumplimiento de la salvación de hombres. Sin embargo, cuándo fueron creados, o cuál es su naturaleza, o cómo existen, no está dicho con claridad. Respecto al sol, la luna, y las estrellas, si ellas son criaturas vivas o sin vida, no hay ninguna afirmación distintiva.

Cada uno, por lo tanto, debe aprovechar elementos y fundamentos de esta clase, según el precepto: "Encender en vosotros la luz del conocimiento" (Os 10,12). Y así construir una serie y un cuerpo de doctrinas a partir de las razones y de todo eso, para profundizar con la ayuda de asertos claros y necesarios la verdad de cada punto, a fin de construir con ellos, como hemos dicho, un solo cuerpo de doctrina, ayudándose con comparaciones y afirmaciones que se hayan encontrado en las Sagradas Escrituras o que se hayan descubierto, buscando la consecuencia lógica y siguiendo un razonamiento recto.

 

Partes de esta serie: Prólogo; Libro I; Libro II; Libro III; Libro IV;
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