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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
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San Dionisio de Alejandría: Sobre las promesas
Eusebio nos describe las circunstancias que dieron origen a los dos libros Sobre las promesas y su contenido:
«Además de todo esto, escribió también los dos libros Sobre las promesas, cuyo tema era Nepote, obispo de los de Egipto, quien enseñaba que las promesas hechas a los santos en las divinas Escrituras deben interpretarse más al modo judío , y suponía que habría un milenio de delicias corporales sobre esta seca tierra. En todo caso, creyendo reforzar su propia suposición con el Apocalipsis de Juan, compuso sobre él una obra que tituló Refutación de los alegoristas. Contra esta obra se yergue Dionisio en sus libros Sobre las promesas. En el primero expone su propio pensamiento sobre la doctrina, y en el segundo discute acerca del Apocalipsis de Juan.» (Hist. Ecl. 7,24,1-3).
Además de los citados por Eusebio y reproducidos aquí en la traducción de Argimiro Velasco Delgado (BAC, 2008), ver otros fragmentos en los mencionados volúmenes de CL Feltoe

De Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, 24,4-9 y 25 completo

24.4 «Mas como quiera que aducen cierto libro de Népote en el que se apoyan más de la cuenta, como si demostrara irrefutablemente que el reinado de Cristo será sobre la tierra, en muchas otras cosas apruebo a Népote y lo amo: po r su fe, por su laboriosidad, por su estudio serio de las Escrituras y por su numerosa producción de himnos, con los que muchos hermanos se vienen reconfortando hasta hoy, y mi respeto por el hombre es absoluto, máxime estando ya muerto. Sin embargo, puesto que la verdad me es querida y más estimada que todas las cosas, hay que alabarlo y estar de acuerdo con él, sin reservas, si dice algo rectamente, pero también, si en algo no aparece sano lo que ha escrito, hay que examinarlo y enmendarlo.

5 «Para con uno que está presente y que se explica de palabra, podría bastar una conversación oral, que a base de preguntas y respuestas va persuadiendo y reduciendo a los contrincantes; pero habiendo de por medio un escrito, y muy persuasivo a juicio de algunos, y contando, por otra parte, con que algunos maestros, estimando en nada la Ley y los Profetas, dejando de seguir los Evangelios y despreciando las Cartas de los apóstoles, proclaman, sin embargo, la enseñanza de este libro como un misterio grande y escondido, y no permiten a nuestros hermanos más sencillos tener pensamientos elevados y magníficos acerca de la manifestación gloriosa y realmente divina de nuestro Señor, ni de nuestra resurrección de entre los muertos ni de nuestra reunión y configuración con Él, sino que los persuaden a esperar cosas mínimas y mortales, cuales son las presentes, en el reino de Dios, es necesario que también nosotros discutamos con nuestro hermano Népote como si estuviera presente».

6 A lo dicho añade, tras otras cosas, lo siguiente:

«Así, pues, hallándome en Arsinoé, donde, como sabes, hace mucho prevalecía esta doctrina, hasta el punto de que hubo cismas y apostasías de iglesias enteras, convoqué a los presbíteros y maestros de los hermanos de las aldeas, y, estando también presentes los hermanos que querían, los exhorté a realizar en público el examen de la doctrina.

7 »Al presentarme el libro este como arma y muro inatacable, estuve con ellos tres días de sesión continua, desde el alba hasta el anochecer, probando de enmendar lo que estaba escrito.

8 »Pude entonces admirar sobremanera el equilibrio, el amor a la verdad, la facilidad de comprensión y la inteligencia de los hermanos cuando, por orden y con moderación, íbamos desarrollando las preguntas, las objeciones y los puntos de coincidencia; por una parte, habíamos rehusado aferramos obstinada y porfiadamente a las decisiones tomadas una sola vez, aun cuando esto no parezca justo; y por otra, tampoco evitábamos las objeciones, sino que, en lo posible, tratábamos de abordar los temas propuestos y dominarlos; y tampoco nos avergonzábamos de cambiar de idea y concordar si el razonamiento lo exigía, antes bien, con la mejor conciencia, sin disimulos y con el corazón abierto a Dios, aceptábamos cuanto quedaba establecido por las argumentaciones y por las enseñanzas de las Santas Escrituras.

9 »Y, por último, el cabecilla e introductor de esta doctrina, el llamado Coración, confesó y atestiguó a oídos de todos los hermanos presentes que ya no se daría más a esto, ni discutiría sobre ello, ni lo recordaría ni lo enseñaría, pues estaba suficientemente convencido por los argumentos opuestos. Y de los otros hermanos, unos se alegraban del coloquio, así como de la condescendencia y disposición común para con todos...»

25.1 Continuando luego un poco más abajo, dice lo siguiente sobre el Apocalipsis de Juan:

«Así, pues, algunos de nuestros antecesores rechazaron como espurio y desacreditaron por completo el libro, examinando capitulo por capítulo y declarando que era ininteligible e ilógico, y su título engañoso.

2 »Dicen, efectivamente, que no es de Juan y que tampoco es Apocalipsis, estando como está bien velado con el grueso manto de la ignorancia, y que autor de este escrito no sólo no fue ninguno de los apóstoles, pero es que ni siquiera ningún santo o miembro de la Iglesia en absoluto, sino Cerinto, el mismo que instituyó la herejía cerintiana y que quiso acreditar su propia invención con un nombre digno de fe.

3 »Efectivamente, la doctrina que él enseña es ésta: el reino de Cristo será terreno; y como él era un amador de su cuerpo y enteramente carnal, soñaba que consistiría en lo mismo que él deseaba: hartazgos del vientre y de lo que está debajo del vientre, es decir, en comidas, en bebidas, en uniones carnales y en todo aquello con que le parecía que se procuraría estas cosas de una manera más biensonantes: fiestas, sacrificios e inmolación de víctimas.

4 »Yo, por mi parte, no podría atreverme a rechazar el libro, pues son muchos los hermanos que lo toman en serio, pero aun dado que el pensamiento que encierra excede a mi propia inteligencia, supongo que el sentido de cada pasaje está en cierto modo encubierto y es bastante admirable, porque, incluso si no lo comprendo, no obstante sospecho al menos que en las palabras se encierra alguna intención más profunda.

5 »No mido esto ni lo juzgo con propio razonamiento, sino que, aun otorgando la superioridad a la fe, he llegado a la conclusión de que esto es demasiado alto para ser concebido por mí. Y yo no repruebo lo que no he comprendido, antes bien, lo admiro más, porque ni siquiera lo vi».

6 Tras esto y después de examinar todo el libro del Apocalipsis y demostrar que es imposible entenderlo según su sentido obvio, continúa diciendo:

«Después de concluir toda su -por así decirlo- profecía, el profeta declara dichosos a los que la guardan y también, es verdad, a sí mismo: Dichoso -dice, efectivamente- el que guarda las palabras de la profecía de este libro, y yo, Juan, que estoy viendo y escuchando estas cosas.

7 »Por lo tanto, no contradiré que él se llamaba Juan y que el libro éste es de Juan, porque incluso estoy de acuerdo en que es obra de un hombre santo e inspirado por Dios. Pero yo no podría convenir fácilmente en que éste fuera el apóstol, el hijo del Zebedeo y hermano de Santiago, de quien es el Evangelio titulado de Juan y la Carta católica.

8 »Efectivamente, por el carácter de uno y otro, por el estilo y por la llamada disposición general del libro, conjeturo que no es el mismo, ya que el evangelista en ninguna parte escribe su nombre ni se predica a sí mismo: ni en el Evangelio ni en la Carta».

9 Luego, un poco más abajo, otra vez dice así:

«Pero Juan de ninguna manera, ni en primera ni en tercera persona. Sin embargo, el que escribió el Apocalipsis, al punto se pone delante, ya en el comienzo: Revelación de Jesucristo, la que le dio para mostrar prontamente a sus siervos, y la que reveló enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, el cual dio testimonio de la palabra de Dios y de su testimonio: todo lo que vio.

10 »Luego escribe también una carta: Juan a las siete iglesias que están en Asia. Gracia y paz a vosotros. Sin embargo, el evangelista ni siquiera en el encabezamiento de su Carta católica escribió su nombre, sino que comenzó sin más por el misterio mismo de la revelación divina: Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos. Con motivo de esta revelación, efectivamente, llamó el Señor dichoso a Pedro cuando dijo: Dichoso eres, Simón, hijo de Jonás, pues ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre celestial.

11 »Pero es que ni siquiera en la Carta segunda ni en la tercera que se consideran de Juan, aunque breves, aparece Juan por su nombre, sino que de una manera anónima hallamos escrito: el presbítero. En cambio, este otro no creyó bastante nombrarse una sola vez y seguir la explicación, sino que repite de nuevo: Yo, Juan, vuestro hermano y copartícipe en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesús, estuve en la isla llamada Patmos por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Y todavía, incluso hacia el final, dice lo siguiente: Dichoso el que guarda las palabras de la profecía de este libro, y yo, Juan, el que está viendo y oyendo estas cosas.

12 »Por lo tanto, que es Juan quien esto escribe hay que creerlo pues él lo dice; pero no está claro quién sea éste, puesto que no dice, como en muchos pasajes del Evangelio, que él es el discípulo amado por el Señor, el que se reclinó sobre su pecho, el hermano de Santiago, el testigo ocular y oyente directo del Señor.

13 »Porque hubiera dicho algo de lo que acabamos de indicar si hubiera querido darse a conocer claramente. Y, sin embargo, nada de eso, antes bien se dijo hermano y compañero nuestro, testigo de Jesús y dichoso por haber contemplado y escuchado las revelaciones.

14 »Yo creo que hubo muchos con el mismo nombre del apóstol Juan, los cuales, por amor a él y por admirarlo y escucharlo y por querer ser amados lo mismo que él por el Señor, se aficionaron a ese mismo nombre, de igual manera que entre los hijos de los fieles abundan los nombres de Pablo y de Pedro.

15 »Así, pues, en los Hechos de los Apóstoles hay también otro Juan, de sobrenombre Marcos, al que Bernabé y Pablo tomaron consigo y sobre el cual llega a decir: Y tenían además a Juan como servidor. Ahora bien, si fue éste el autor, yo no lo diría, porque no está escrito que llegó con ellos a Asia, sino que dice: Navegando desde Pafos, Pablo y sus compañeros llegaron a Perges de Panfilia, mientras que Juan se separó de ellos y se volvió a Jerusalén.

16 »Yo creo que fue otro de los que vivieron en Asia. Se dice que en Efeso hubo dos sepulcros y que cada uno de los dos se decía ser de Juan.

17 »Y por los pensamientos, por las palabras y por su ordenación, se comprenderá naturalmente que el uno es persona diferente del otro. Efectivamente, el Evangelio y la Carta concuerdan entre sí.

18 »Y los dos comienzan igual. Aquél dice: En el principio era el Verbo; ésta: Lo que desde el principio; y aquél dice: y el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros y contemplamos su gloria, gloria como de unigénito del Padre; y ésta las mismas palabras un poco cambiadas: Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y nuestras manos palparon acerca del Verbo de la vida, y la vida se manifestó...

19 »Porque esto es lo que pone como preludio, apuntando, según demostró en lo que sigue, a los que andaban diciendo que el Señor no había venido en la carne, por lo cual había tenido también el cuidado de añadir: Y lo que hemos visto lo atestiguamos, y os anunciamos la vida eterna, la que estaba en el Padre y se nos ha manifestado. Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos también a vosotros.

20 »Se mantiene fiel a sí mismo y no se aparta de lo que se ha propuesto, sino que todo lo va explicando con los mismos principios y las mismas expresiones, algunas de las cuales vamos a recordarlas brevemente:

21 »Quien ponga aplicación al leer encontrará en el uno y en la otra muchas veces las expresiones: 'La vida', 'la luz', 'apartamiento de las tinieblas'; y continuamente: 'la verdad', 'la gracia', 'la alegría', 'la carne y la sangre del Señor', 'el juicio', 'el perdón de los pecados', 'el amor de Dios para con nosotros', 'el mandato de amarnos los unos a los otros' y que 'hay que guardar todos los mandamientos'; la refutación del mundo, del diablo y del anticristo, la promesa del Espíritu Santo, la adopción como hijos por parte de Dios, la fe, que se nos exige absolutamente; el Padre y el Hijo, por todas las partes. Y en una palabra: es evidente que quienes se fijan en todas sus características ven que tanto el Evangelio como la Carta presentan una misma y única coloración.

22 »En cambio, el Apocalipsis es muy diferente y ajeno a estos escritos. Con ninguno de ellos está ligado ni tiene afinidad, y casi, por decirlo así, ni una sílaba tiene en común con ellos.

23 »Pero es que ni la Carta (porque dejemos ya el Evangelio) tiene la menor mención o el menor pensamiento sobre el Apocalipsis, ni el Apocalipsis sobre la Carta, en tanto que Pablo deja entrever en sus Cartas algo sobre sus revelaciones, aunque no las consignó por ellas mismas.

24 »Pero incluso por su estilo es posible todavía reconocer la diferencia del Evangelio y de la Carta respecto del Apocalipsis.

25 »Aquéllos, efectivamente, no sólo están escritos sin faltas contra la lengua griega, sino incluso con la máxima elocuencia por su dicción, sus razonamientos y la construcción de sus expresiones. Por lo menos están muy lejos de que se encuentre en ellos algún vocablo bárbaro, un solecismo o, en general, un vulgarismo, pues su autor, según parece, poseía los dos saberes, por haberle otorgado ambos graciosamente el Señor: el del conocimiento y el del lenguaje.

26 »En cambio, el otro no negaré que ha visto revelaciones y que recibió conocimiento y profecía; sin embargo, no creo que su estilo y su lengua sean exactamente griegas, antes bien utiliza idiotismos bárbaros y en algunas partes incluso comete solecismos. No es preciso ahora dar una selección,

27 »puesto que tampoco dije esto por mofa (que nadie lo piense) sino únicamente para establecer la desigualdad de estos escritos». 

 

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