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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

El hombre rico

por Maite
31 de agosto de 2003
Se llama Salomón y es muy, muy rico. En eso si se parece al viejo rey judío, pero sólo en eso. Bueno, y en que él también es judío, pero en nada más...

Se llama Salomón y es muy, muy rico. En eso si se parece al viejo rey judío, pero sólo en eso. Bueno, y en que él también es judío, pero en nada más.

Salomón sólo piensa en una cosa, en tener y tener cosas. Para ello no duda en hacer lo que sea. Entiéndase bien: Salomón no roba ni e hombre que incumpla sus deberes religiosos, pero sabe

andarse con tiento.

Él paga los diezmos para el Templo, como ordena la Ley, pero procura que sea el diezmo justo: ni centavo de más ni uno de menos.

Salomón da limosnas, así lo mando Moisés. Pero como Moisés no indicó las veces ni las cuantías, se contenta con dar 1 o 2 centavos una vez al año.

Tiene pocos amigos. Bueno, en realidad casi ninguno. Ni siquiera falsos, ya que estos se suelen acercar esperando obtener algún tipo de beneficio. Y Salomón no está, ni para perder tiempo, que

tiene que invertir en sus negocios, ni menos, dinero. «Hay que ahorrar», repite una y otra vez.

Tampoco tiene familia. Sus padres fallecieron, y sus hermanos y hermanas apenas lo visitan. Al principio lo hacían, pero vista el hambre que les hacía pasar, y que los ponía a trabajar todo el

día, y que los trataba como esclavos, decidieron dejar al «hermanito» con sus cosas.

A veces, aunque pocas, visita la taberna; casi siempre para contratar personal para sus múltiples haciendas. Le es difícil encontrar «porque en este mundo no hay más que vagos», es decir,

gente que no quieren trabajar gratis. Cuando consigue alguno suele ser un desesperado que le trabaja casi por un trozo de pan. No vayáis a pensar que les da a sus operarios o jornaleros sus sobras.

Nada de eso. Comen como él: que apenas come.

No tiene esposa, aunque está enamorado de una joven muy bella, Raquel. Pero no tiene tiempo de casarse: «Lo primero es hacerse un porvenir, llenar los graneros de trigo, llenar las despensas, y

cuando tenga aceite, mosto, trigo, cebada, fruta, dátiles y carne para muchos años....» Entonces, sólo entonces empezará a divertirse. «Y ya verán».

Algunos le dicen que piense que a lo mejor ese día no llega nunca, pero Salomón se ríe: es un hombre joven, sólo tiene 30 años, sus abuelos murieron como el viejo Salomón con más de 80, nada

tiene que temer, tiene mucha vida por delante. Después, cuando toda su vida este solucionada, se buscará amigos, se buscará una esposa, y hasta se comprara un esclavo y una esclava a los que

promete tratar lo mejor que pueda. Y se divertirá: acudirá a fiestas, dará más limosnas, y hasta es posible que haga un viaje. Y enseñará a sus hijos a trabajar.

Salomón hoy cumple 35 años. Su vida no ha variado nada. Eso sí. Hoy por fin ha visto cumplido su sueño: es necesario que abandone su trabajo, pues ya no es posible poder guardar más de lo que

tiene. Se siente satisfecho.

Antes de acostarse da gracias a Dios, y luego se dice a si mismo. «Bravo, Salomón, tienes bienes acumulados para muchos años. Ahora sólo te queda descansar, darte buena vida, y cumplir tus

sueños.» Pero sus palabras interiores son interrumpidas por una visión sombría: una mujer pálida, de rubios cabellos y ojos azules. Salomón se frota los ojos, creyéndose presa de un sueño,

pero la aparición lo toca; y le dice:

-No duermes, he venido a buscarte.

-¿A buscarme? ¿a mí? ¿por qué? ¿para ir a dónde?

-Porque éste es el día que el Creador te había asignado. La hora de tu muerte. Y en cuanto al lugar, no temas, serás conducido al seno de Abraham.

-¿La muerte? ¡pero si sólo tengo 35 años, y tengo tantos planes...!

-El tiempo de la vida lo marca Dios, no los hombres. Tuviste tiempo para hacerlos realidad, pudiste formar una familia y tener amigos, fue cosa tuya el no hacerlo.

-No, espera, tengo que avisar a mis hermanos. Viven fuera de Israel, en la Diáspora, y es preciso que les avise y que redacte mi testamento.

-No hay tiempo- repite la muerte.

-¿Pero entonces lo que yo he ahorrado de quien será?

-De Herodes. De Pilatos, o tal vez se lo repartan los soldados. O es posible que lo manden al César. Desde luego no va ser para tu pueblo.

-¿Entonces he trabajado en balde? ¿Me voy y tengo que dejar aquí todas estas cosas. Y ningún hijo que llore y rece por mí...?

«Salomón, Salomón, ¡despierta! has dicho que hoy teníamos mucho trabajo. Y me pediste te viniese ayudar». Salomón abre los ojos, y a su lado esta Heli, su vecino. Mira la mesa y ve un vaso

con un poco de vino aguado, que le sobró o que hizo sobrar de la cena. Aun tiene 30 años.

-Heli, deja la azada. Hoy nos lo vamos tomar de descanso. Ven. Vamos a cargar unos sacos con trigo y cebada, y unas ánforas con aceite y vino, y vamos a repartirlo a nuestros hermanos que no han

tenido cosechas este año.

Heli no da crédito a lo que oyen sus oídos. No se atreve a hacer lo que le dice, por si es una broma. Pero Salomón insiste. Y ambos salen a repartir a los menos favorecidos.

-Y ahora sabes qué voy hacer -agrega Salomón- pues, declararme a Raquel, y si me acepta nos casaremos. Y voy dar tierras a mis hermanos, porque yo para qué quiero tantas si con unas pocas nos da

para vivir y educar los hijos con que el Eterno nos bendiga.

Desde aquel día Salomón fue un hombre alegre. Se lleno de amigos, y no, no se volvió un vago, simplemente supo darle a las cosas su valor. Y cuando murió, que murió muy viejito, le lloraron y

rezaron por él sus nietos, sus amigos, los pobres a los que había ayudado y los esclavos, para los que había sido como un padre.

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