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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

Para estudiar la Biblia

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
6 de junio de 2012
Algunas indicaciones y reflexiones para invitar a acometer ese tan importante como muchas veces postergado estudio

 

Desde hace unos cuantos años que la Iglesia nos invita a todos los creyentes, y no sólo a los clérigos, a los religiosos o a los especialistas, a leer la Biblia, a tener un contacto frecuente con ella. Uno de los puntos centrales de la reforma litúrgica ordenada por el Concilio Vaticano II fue precisamente mejorar la cantidad y calidad de selección de las lecturas bíblicas, lo que unido a que se hacen en la lengua de cada lugar, puede ayudar a que la participación del creyente en las celebraciones lo vaya insensiblemente llevando a ese contacto estrecho con la Palabra Divina.

 

Pero yo creo que es también una experiencia de muchos, de casi todos los que intentan la lectura de la Biblia, darse cuenta de que en cierto sentido permanece como cerrada, como sellada. Quizás se nota más en la lectura del Antiguo Testamento que en la del Nuevo, porque este último nos es más cercano en el tiempo, además de que habla de cosas que conocemos mejor. Pero en realidad toda la Biblia es difícil de leer. Yo diría que la Biblia, en todas sus partes, siempre requiere la mediación del estudio, si no queremos reducir nuestra lectura a un mero acopiar tal o cual frase "provocadora" que encontramos en ella, o incluso si no queremos terminar entendiendo cosas que no se dicen allí, y pasando por alto las que se dicen.

 

Biblia y divulgación bíblica

Sin embargo, estudiar la Biblia se ha vuelto complicado: el nivel de especialización al que llega el estudio bíblico actual es altísimo y en muchos casos habla en un lenguaje completamente técnico, refractario al saber común del creyente de a pie. No sólo pasa en la Biblia: cualquier persona inquieta que quiera estudiar hoy en qué anda la física cuántica se las vería de figurillas, porque entre las teorías atómicas que estudiamos en los colegios, y los desarrollos científicos hay casi un abismo. Sin embargo, hay dos aspectos que diferencian la cuestión del estudio de la Biblia de la de cualquier otra especialización científica:

 

-Estudiar física cuántica, para el hombre de a pie, puede ser un hermoso "hobby", pero no le cambia la vida; en términos bíblicos, no le "salva". En cambio el contacto con la Palabra de Dios es fundamental para la vida del creyente. Es verdad que cualquiera que lea con apertura de corazón la Biblia, sepa poco o sepa mucho, puede encontrar a Dios en ella, y es verdad también que la mucha erudición no siempre ayuda al contacto con el Dios que se revela "a los pequeños". estas dos verdades son muy ciertas, y también muy bíblicas; pero no menos cierto es que la Biblia es un don de Dios y una tarea para el hombre: se nos dio no para que la dejáramos dormir, o para que nos contentemos con un lindo aforismo espiritual que encontramos casualmente, sino para que continuamente seamos capaces de penetrar mejor en lo profundo de nuestra existencia a la luz de la palabra divina, para lo cual ante todo hay que tratar de entender los moldes en los que esa Palabra quiso expresarse.

Porque es Dios mismo quien escogió revelarse en la forma de La Biblia, con todas las dificultades y escollos de lectura que ese libro tiene, y aunque podemos salvarnos con el evangelio simple y espontaneo trasmitido por la sabiduría cristiana popular, también estamos llamados por el propio Dios a hacer un esfuerzo mayor en la medida de las posibilidades de cada uno.

 

-El otro aspecto diferente entre el estudio bíblico y cualquier otra ciencia en la actualidad es que de las ciencias en general hay una cierta conciencia del mundo de que hay que tender puentes entre el "gran saber" y el público de a pie. Junto a los desarrollos medulares de la ciencia ha crecido también  una profusa "divulgación científica". No siempre es de calidad, pero hay tanta, que uno puede elegir la que concite su interés. Hay programas de TV, de radio, revistas populares, e incluso colecciones de libros escritos, como divulgadores, por los que son a la vez los grandes científicos del momento. Es el saber mismo el que está interesado en llegar al gran público.

En el caso del estudio bíblico, lamentablemente, falta esa conciencia, y falta por los dos lados. Los creyentes no demandan saber bíblico: los cursos de Biblia que se hacen en algunas parroquias llevan a 20, 30 personas como mucho; y en cuanto el profesor empieza a cuestionar un poco el saber con el que la gente llega, en cuanto no se usa la clase para tranquilizar y acariciar el lomo de los estudiantes, la mitad deja. El creyente de a pie no quiere complicaciones. Pero crudo lo tiene: Dios es complicado. En vez de un evangelio, tenemos cuatro, que no coinciden en todo, en vez de una doctrina unificada y centralizada, supervisada por expertos y predigerida, tenemos cartas de Pablo y de Santiago, de Pedro y de Juan, y donde un evangelio dice que el juicio del mundo ya ha llegado, un apocalipsis dice que todavía no... La tentación está en reemplazar la Biblia por el Catecismo, pero no son iguales, ni el segundo suplanta a la primera.

También por el lado de los dirigentes eclesiásticos hay mucha comodidad: es más fácil que la gente no pregunte que que pregunte por qué tal texto es distinto que tal otro, o por qué tal genealogía es distinta que tal otra, o cómo puede ser que Jesús haya hecho una cosa y la contraria... lo diré claramente: no se fomenta la divulgación bíblica. Con el pretexto de proteger la fe de los débiles no se ayuda a fortalecer la fe.

 

Tomando como ejemplo el país donde vivo, España (pero se podría tomar cualquier otro), yo me pregunto de qué sirven tantos años de religión en la escuela, si los alumnos salen sin haber abierto nunca la Biblia, sin haber siquiera buscado un texto bíblico. Y de eso no se puede echar la culpa al estado laicista, al mundo secularizado, ni a Juan de los Palotes, eso es deficiencia nuestra, de los mayores. Y deficiencia por empezar de quienes plantean las prioridades en la enseñanza religiosa de las escuelas. Un alumno que en las clases de literatura está capacitado para discernir el género literario de tal poema o de tal prosa, ¿no estaría capacitado ese mismo año para aprender algo sobre los géneros literarios y las maneras de expresarse de la Biblia? puede estudiar las complicadas métricas y rimas de la poesía española, ¿no puede a esa misma edad aprender la expresión paralelística, mucho más simple y tan propia de la poesía bíblica? Enseñar eso es apostar por creyentes que sepan leer la Biblia, y es formarlos en algo que es mejor que la apologética argumentativa, que es una apologética que descubre y piensa por sí misma. 

 

De todos modos, la cuestión de la enseñanza religiosa la comento sólo como termómetro: cada creyente es, en definitiva, responsable frente a su fe, responsable de leer, de buscar respuestas y de querer crecer en el conocimiento de la Biblia. Pero tenemos de antemano que saber que estamos en inferioridad de condiciones respecto de aquel que quiere comprender la física moderna: no tenemos tanto material divulgativo, que haga el puente entre el saber de la calle y el saber especializado.

 

El miedo al estudio bíblico

Y como factor añadido a todo esto, hay miedo al estudio de la Biblia: miedo que a veces nos meten quienes se sienten cómodos con la fe infantil de los adultos, y miedo que muchas veces los creyentes desarrollan por sí mismos, miedo a que las dudas les minen la fe:  han escuchado dos o tres cosas sueltas sobre la Biblia, y temen que esas cosas sueltas, que les suenan extrañas, les hagan volverse ateos.

 

El miedo es el gran enemigo de cualquier estudio, y también de los estudios bíblicos y teológicos. Quien, por ejemplo, estudia con bibliografía anticuada puede ser que discuta cuestiones que ya nadie discute, o adopte soluciones que ya se han descartado, pero no hay mayor peligro que ese; en cambio, quien estudia con miedo no aprovecha nada de lo que estudia, sea lo que sea, porque, ocupado en defender lo que cree que sabe, no amplía el horizonte de su mundo, que es el objetivo de cualquier estudio.

 

A esto hay que agregar que el verdadero peligro para la fe es, como en la parábola de los talentos, enterrarla para protegerla. Es cierto que cuando comenzamos a estudiar se abre todo un mundo de cuestiones que ni sabíamos que existían, y que incluso la forma de expresarse de muchos autores nos hacen pensar si no habrán ellos mismos perdido la fe, pretendiendo guiar la nuestra.

Sin embargo hay que ser muy firmes en esto: la Iglesia quiere el estudio bíblico, lo promueve, lo fomenta, lo recomienda. Es verdad que cada tanto aparece alguna reconvención del Magisterio hacia un teólogo u otro que con sus afirmaciones puede estar desviándose de la fe... pero precisamente eso nos hace estar tranquilos: la Iglesia advierte cuando algo es peligroso o francamente errado. Cuando no advierte, no tenemos por qué estar a la defensiva nosotros. 

Nos puede llamar la atención que un biblista diga que tal o cual expresión del evangelio es "creación de la comunidad", o que tal frase de Jesús "refleja la teología de Mateo [o de Lucas, o lo que sea]"; nos puede llamar la atención que se afirme que tal acontecimiento fundamental de la fe "no es histórico", o que las pruebas arqueológicas contradicen tal relato bíblico. Esas afirmaciones llaman la atención y escandalizan al lego, pero precisamente nos tenemos que dar cuenta que vivimos en un mundo sobreabundante de información (y también de pseudoinformación) y que no vamos a poder evitar abrir el periódico y encontrarnos con extravagantes noticias arqueológicas que hacen afirmaciones sobre Jesús (como si el redactor supiera de lo que habla...); es mejor que conozcamos las cuestiones bíblicas por quienes estudian de verdad, y no sólo por medias afirmaciones pescadas al vuelo y transmitidas sin conocimiento.

 

A pesar de lo que algunos interesados nos quieren hacer creer (siempre es más fácil controlar a gente ignorante que a gente estudiada), esas tesis sobre lo histórico o no histórico, sobre los géneros literarios de tal o cual libro bíblico o sobre la compatibilidad de tal hallazgo arqueológico con lo que leemos en la Biblia, no provienen de trasnochados herejes con diploma de teólogos, sino de estudiosos muy serios, que escriben y trabajan en esta o aquella universidad, en la Pontificia Gregoriana de Roma o en la Escuela Bíblica de Jerusalén. Es de muy mala entraña dejar caer sospechas generalizadas (como se hace en tantas páginas católicas de internet, dirigidas por gente de buena voluntas pero escaso conocimiento) sobre la fe personal de gente que está estudiando y publicando en las más prestigiosas instituciones religiosas del mundo, y sobre las que el Magisterio de la Iglesia no sólo no sospecha, sino que se nutre de sus estudios para dar forma actual a los enunciados de la fe de siempre.

 

Como el Dr. Ratzinger es a la vez el Papa, entonces muchos católicos se lanzaron a comprar sus volúmenes de "Jesús de Nazaret", que resultó un verdadero "Best-Seller". A quienes los hayan leído, les pregunto, con una mano en el corazón y respondiéndose a sí mismos, no a mí: ¿eran libros legibles? ¿no notaron un salto y un vacío entre lo que sabemos y lo que exigía como "suelo" de conocimientos esa lectura? Los libros del Dr. Ratzinger son la clase de libros que, si él no fuera el Papa, ya encontraríamos católicos bien dispuestos a advertirnos de los "peligrosos" que son los teólogos para la fe. Creo, por el contrario, que con esas obras, esparcidas a lo ancho y alto del planeta, el Papa ha mostrado lo importante que es crear puentes entre la fe del creyente medio y el lenguaje de los especialistas. Lamentablemente hay pocas obras así, y estas no son específicamente de estudio bíblico, sino de teología, que no es exactamente lo mismo.

 

Orientarse en la maraña bibliográfica

Al faltar bibliografía divulgativa sobre las cuestiones bíblicas, el camino del creyente de a pie que se ha dado cuenta de la importancia de estudiar la Biblia se hace muy difícil. Pero no imposible. Porque si es verdad que faltan libros divulgativos, hay en internet muchos foros, y gente con buena formación dispuestas a ayudarnos en la búsqueda. 

 

¿Pero serán seguros? Vuelvo a insistir en la importancia de desterrar el miedo: el estudio siempre es parcial y provisorio, y es verdad que todo lo que estudiemos hoy puede cambiar mañana, con nuevos estudios; pero no comprenderemos lo de mañana si no comenzamos por lo de hoy. Desterrar el miedo significa, entre otras cosas, saber que lo que estudiamos son siempre hipótesis de trabajo (incluso aunque el autor no lo aclare), nunca son un saber firme y para siempre, y el hecho de que un especialista diga A no nos obliga a aceptar eso que dice, tenemos que aprender a evaluar lo que leemos, pero eso sólo lo conseguiremos leyendo y estudiando.

 

Cuando comencé mis estudios bíblicos, venía con la cabeza llena de ideología: todos eran herejes (menos yo y los autores que yo leía, claro). Me acuerdo que uno de esos autores "buenos", vamos a llarlo C, decía que las enseñanzas de Jesús se habían transmitido oralmente hasta llegar a los evangelios, y daba los esquemas de transmisión, etc; con la mala práctica de decir explícitamente, o al menos deslizar, que quien explicara de otro modo la transmisión de las enseñanzas de Jesús estaba haciendo peligrar la fe, o era francamente hereje. Tan metido tenía eso, que en cuanto en la facultad explicaron la teoría sinóptica literaria de las dos fuentes, es decir, que había dos documentos primitivos Mc y Q, que se combinaban dando lugar a los tres evangelios que conocemos, lo que explica sus semejanzas y diferencias, yo no interpreté que estaba ante una teoría -la mejor apoyada y de más consenso científico en esos momentos- sino ante unos peligrosos herejes que, con título pontificio, me querían hacer perder la fe. 

 

Gracias a Dios, mi curiosidad pudo más que esos prejuicios, y poco tiempo más tarde ya estaba leyendo y comprendiendo cosas que la excesiva prevención y el miedo me habían impedido leer antes. Sin embargo tenía un compañero que se sentaba al lado mío, que se pasó todo el primer año de Introducción a la Biblia recitando el Credo al comenzar y terminar la clase, y en el segundo dejó de estudiar. El miedo es peligroso, mucho más que el limitado (y por tanto siempre en algo equivocado) saber humano. Con el tiempo me di cuenta que la postura de C debía ser matizada con otras, que ninguna teoría agota los problemas que plantean las semejanzas y diferencias de los evangelios, y por lo tanto, aunque ninguno sabe a ciencia cierta cómo se transmitieron las enseñanzas de Jesús para dar lugar a cuatro evangelios, toda teoría aporta algún punto de luz.

 

Y mira por dónde, lo que se ha vuelto a poner en el tapete en estos últimos años (es lo más reciente y novedoso en este aspecto del estudio bíblico) son precisamente los estudios sobre oralidad y esquemas de transmisión en las culturas rurales, de modo que yo podría decir: "ah, finalmente C tenía razón". Pero no: una cosa es estudiar la cuestión en detalle, comprendiendo que hay un verdadero problema en tratar de saber qué pasó con esas enseñanzas entre los mínimos 30 años que hay entre Jesús y los primeros evangelios escritos, y otra tomar de los pelos una teoría de la oralidad sobre los beduinos del siglo XX, sin explicar cómo se adapta en concreto a unos evangelios que no nacieron entre beduinos sino entre gente urbanizada del siglo I de nuestra era.

 

Pero, como decía, hay que suplir la falta de bibliografía divulgativa. Aunque no es que no haya nada, algo hay, y no es inhallable. Los biblistas actuales de escuela norteamericana (Meier, Brown) son más sensibles a esta necesidad de tender puentes con el gran público, que lo que lo eran los biblistas alemanes que dominaron el panorama hasta hace unos 30 años. Son muy recomendables, para quienes quieren estudiar la Biblia, los Cuadernos Bíblicos de la editorial Verbo Divino. Son cientos de trabajos monográficos, que abordan distintas cuestiones bíblicas, y en general siguen muy de cerca la tarea de los grandes especialistas y las teorías más aceptadas en cada momento. No es que el saber se rija por modas, pero sí que es verdad, y es importante saberlo, que en cada momento hay un "corpus" de conocimiento que se da por mayoritario y consensuado. Puede que luego cambie, pero ese saber es el que vale la pena conocer cuando una persona no es especialista, porque es el que hace al suelo de las discusiones de cada tiempo. Junto a ese saber "establecido" hay siempre posturas minoritarias o alternativas; algunas de ellas consiguen ser mayoritarias más adelante, otras mueren en el camino: de eso trata el saber humano, de ensayar caminos, algo fascinante, y mucho más cuando su objeto es noble y firme como lo es la Biblia.

 

Lo que pienso que debe evitarse siempre son aquellos libros que inculcan (o pretenden inculcar) en el lector una mirada maniquea sobre el estudio. Cuando al autor lo primero (o a veces lo único) que se le ocurre decir sobre las teorías de otros es que se han desviado de la fe, que son herejes, o algo por el estilo, mejor dejar tal libro de lado: no es la manera correcta de enfocar ni el estudio bíblico ni ningún otro estudio. Las posturas de otros son eso: posturas, tentativas. Si se consideran erradas, hay que demostrar en qué lo son, y dejar al lector que escoja lo que le parezca más razonable, mejor expuesto y más sólidamente fundado. Y si el lector escoge mal, paciencia.

 

 

Algunos títulos

No se tome esto como una lista exhaustiva ni mucho menos. La hice pensando en obras que yo haya leído y de las que pueda decir de primera mano que pueden tener interés, que a la vez se consigan en castellano, y preferentemente estén en bibliotecas electrónicas (de hecho, la mayoría se consigue en la de ETF). Todas estas exigencias hacen que muchos libros no sean los más actuales, pero sí que son sólidos.

 

-Como introducción muy general, sobre todo pensando en esas dudas que nos asaltan sobre la Biblia, y sobre los estudios bíblicos:

Brown, Raymond: 101 preguntas y respuestas sobre la Biblia.

 

-Una introducción que, aunque de ya unos cuantos años, sigue siendo muy interesante para el que quiere acercarse a estudiar la Biblia

Grollemberg, Luc: Visión Nueva de la Biblia.

 

-Dentro de los que mencioné como Cuadernos Bíblicos, hay algunos de carácter introductorio o general, o que toca temas globales:

35: Primeros pasos por la Biblia

27: Palestina en tiempos de Jesús

26: San Pablo en su tiempo

96: Qué es el Evangelio

y otros de parecido tenor (la lista completa puede verse en la Biblioteca de ETF, sección Biblia, ordenados por número). Recuérdese que para cada tema de estudio bíblico recomiendo que el lector general busque el cuadernillo que corresponda al tema.

 

-Las cuestiones históricas tienen un excepcional interés para el estudio de la Biblia, ya que aunque ella misma no es una historia en el sentido normal del término, narra la relación de Dios con el hombre como una historia, y supone la realidad histórica de al menos algunos hechos.

Hay varias historias de Israel que pueden servir para aproximarse, desde clásicas como la de Bright o de De Vaux hasta "rompedoras" (más en el escándalo con la que fue presentada que en el fondo) como "La Biblia desenterrada". Creo yo que si no se conoce nada del esquema de la historia de Israel en los 2000 años que aproximadamente abarca desde los Patriarcas hasta Jesús, conviene comenzar por una historia "clásica", y cuestionarla luego en lo que tenga de cuestionable. Por eso recomendaría alguna de las dos clásicas mencionadas, o puede también usarse como referencia una más breve, la que viene en el tomo V del "Comentario Bíblico San Jerónimo".

 

-Ya que mencioné esta obra, es bueno tenerla en cuenta: no es una obra nueva, es de la década del 80, y ha corrido no mucha sino muchísima agua desde aquellos años a esta parte en los estudios bíblicos, pero los estudios generales del volumen V siguen siendo realmente útiles, como precisamente la Historia de Israel mencionada recién, o el de Instituciones del Antiguo Testamento, etc. Los demás volúmenes también son útiles, pero muchas de sus hipótesis ya no se sostienen. Igualmente representan una síntesis de lo que dicen sobre la Biblia los más representativos biblistas de esos momentos.

 

-Hay un "Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo", representativo de estudios más actuales, pero en pdf sólo he visto el volumen correspondiente al Nuevo Testamento.

 

-Dentro de las cuestiones históricas, posiblemente las más candentes sean las referidas a la cuestión de la historicidad de Jesús. No siempre es posible indicar una bibliografía, porque en muchos casos incluso lo divulgativo roza lo especializado. El esfuerzo más completo, abarcador y actual seguirá siendo, por mucho tiempo, la obra de Meier "Un Judío Marginal", que ya lleva cuatro tomos (el último de 2009), sin embargo, no es de sencilla lectura (aunque vale la pena acometer el trabajo). 

De todos modos, como aproximación a la metodología y fuentes que usan los historiadores cuando se aproximan a la figura de Jesús, y a la vez como una presentación histórica bien narrada y científicamente sólida, puede leerse "La sombra del Galileo", de Gerd Theissen, que, aunque escrito con técnica novelística, proviene de una de las plumas más importantes de los estudios histórico-críticos. La obra, de este mismo autor, que puede usarse para estudiar el tema, no ya en forma novelada sino académica, es "El Jesús histórico". De esta obra puede ser especialmente útil la síntesis del primer capítulo, para quien no tenga idea de lo que se ha venido trabajando sobre el tema en los últimos dos siglos, y que ha dado lugar a un cierto corpus de problemas y soluciones que no puede desconocer quien quiera estudiar el Nuevo Testamento.

 

La bibliografía sobre cada tema y subtema es infinita, tómese estas sugerencias sólo como una cierta indicación, adecuada a distintos gustos e intereses, y como para abrir bocado. ¡Bon appétit!

 

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