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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

El proceso a Lutero y la excomunión

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
18 de marzo de 2017
Traducción del artículo del historiador Giancarlo Pani, S.J., en La Civiltà Cattolica, 2017 I 364-376, 4000, de febrero de 2017

En los años 1517 a 1521 la historia de la Reforma -precisamente en sus orígenes- presenta un interesante caso de comunicación fallida al interior de la iglesia: por un lado Martín Lutero, por el otro su obispo ordinario, Hieronymus Schulze, además del arzobispo Alberto de Brandeburgo -después papa León X-, y finalmente el emperador Carlos V. El desarrollo de los eventos dependió, sea de las investiduras, sea de los condicionamientos ambientales, mas sobre todo de los personajes ahora recordados, esto es, de sus libres decisiones, o de sus negligencias y aplazamientos. Son acontecimientos que han marcado radicalmente la historia de la Reforma en los primeros años del S. XVI. Interesa aquí tomar nota que el desarrollo de la conciencia europea encuentra al cabo su razón más verdadera en estas difíciles situaciones existenciales, en las cuales convergen las consecuencias de un largo pasado histórico, y en primer lugar el empeño o el no empeño ante esa conversión de la Iglesia entera que estaba en las aspiraciones sinceras de todos.

Intentaremos ahora reconstruir, en cuanto sea posible, desde adentro, la historia de acontecimientos muy notorios que estuvieron en el origen de la Reforma, pero desde un ángulo menos acostumbrado: el de la comunicación y del diálogo, del comportamiento eclesial entre los fieles y la jerarquía, entre los religiosos y los obispos, entre los obispos y el Papa, entre el Emperador -que es el brazo secular de la Iglesia- y los súbditos del Imperio. A tal fin examinamos, a través de la documentación más reciente, los diversos momentos de la historia.

En precedentes artículos[1] han sido analizados diversos problemas: ante todo la autenticidad de la vocación de Lutero; después las famosas Noventa y cinco tesis de Wittenberg, y el hecho de que no fueron fijadas a la puerta el 31 de octubre de 1517; esto último no es un detalle insignificante, sino un problema determinante que destierra la leyenda de la fijación como gesto de desconfianza de Lutero en la Iglesia. El escándalo por el modo en el cual vienen presentadas las indulgencias para la reconstrucción de la nueva Basílica de San Pedro ha turbado el ánimo del docente universitario, por esto el 31 de octubre de 1517, la vigilia de la fiesta patronal de la iglesia del castillo de Wittenberg, donde se encontraban las más preciosas reliquias del príncipe Federico el Sabio, Lutero toma papel y pluma y escribe a su propio obispo, Hieronymus Schulze, en cuya diócesis está Wittenberg, y al arzobispo Alberto de Brandeburgo, responsable por la predicación de las indulgencias. Importaba poner un remedio al modo en el cual eran presentadas las indulgencias -la seguridad de la salvación- y el engaño que se perpetraba para daño de los fieles. De aquí el pedido de clarificación, en el cual Lutero recuerda también al obispo su primer deber: el anuncio del Evangelio y la caridad con los pobres, no la predicación de las indulgencias[2].

El Arzobispo resultó sumamente irritado por esta carta, porque apuntaba directo a una herida abierta de la cual Lutero estaba en la oscuridad, al menos en aquel momento. Tras la predicación de las indulgencias había un juego de poder y un tráfico de dinero, además de pagar la reconstrucción de la Basílica de San Pedro: los gastos por la dispensa dada a Alberto de Brandeburgo para obtener un tercer episcopado. En 1514, a los 24 años, había sido ordenado obispo con dispensa (la edad mínima era 27 años) y tenía ya dos episcopados, el de Magdeburgo y el de Halberstadt, un conjunto de cargos inusuales para Alemania. Aquel año quedó vacante el Arzobispado de Maguncia, uno de los más importantes políticamente, por ser sede del elector imperial. Alberto presentó la candidatura para el tercer episcopado, para el cual debía pedir la dispensa a Roma, dispensa que el Papa concedió a precio de una enorme tasa. El arzobispo se vio forzado a pedir un préstamo a la banca de los Fugger, a pagar con la venta de las indulgencias, de cuya recaudación la mitad iba a la Basílica de San Pedro y la otra mitad al pago del préstamo.

La denuncia a Roma

El arzobispo, apenas leyó las tesis, las envío a los teólogos de su universidad en Maguncia y les pidió su juicio. Después, sin atender su parecer, hizo abrir un proceso contra Lutero, que en lo inmediato no tuvo resultado. Lo denunció también a Roma, no por herejía, sino por «difusión de nuevas doctrinas»[3]. La práctica siguió el 'iter' ordinario y no fue considerada con particular atención hasta marzo del año siguiente, 1518, cuando el capítulo de la provincia sajona de la Orden Dominicana (de la cual formaba parte Tetzel, el más notorio de los predicadores de las indulgencias) citó a Lutero por sospecha de herejía[4].

En Roma se tenía la impresión de que se trataba de una controversia entre dominicanos y agustinianos, una «pelea de hermanos» cómo se decía en aquel momento. De hecho, solo a mitad de junio Silvestre Mazzolini, llamado «Prierias», teólogo dominicano y maestro del Sacro Palacio, recibió el encargo de documentar los puntos de acusación contra Lutero, y redactó una respuesta apresurada a las Tesis. El escrito, «Diálogo contra las presuntuosas tesis de Martín Lutero sobre el poder del Papa», redactado en solo dos días, era paternalista, áspero en el tono, y, como poco, inconsistente en el contenido[5]. Reducía el problema de las indulgencias a un ataque contra la autoridad del Papa, que era el Vicario de Cristo y por ello infalible. Más que sobre la Escritura y sobre los Padres, basaba las argumentaciones sobre la autoridad de Santo Tomás. En particular no hacía ninguna diferencia entre la enseñanza vinculante en materia de fe, y las opiniones teológicas de escuela. Esta era la primera «respuesta» que -después de muchos meses- la Iglesia daba a los problemas de conciencia elevados por el teólogo de Wittenberg; sin embargo, más que una respuesta, se trataba de una amenaza de excomunión. Lutero quedaba definido como herético y citado a Roma para disculparse dentro de los 60 días[6].

Los humanistas que leyeron el escrito quedaron perplejos por la superficialidad de la respuesta, y el mismo Erasmo de Rotterdam la definió insulssisima[7].

La intervención del emperador Maximiliano I

El caso Lutero, no obstante los acontecimientos ahora recordados, fue tomado en serio en Roma solo después de una preocupada intervención del emperador Maximiliano I, en agosto de 1518. Este había reclamado la atención del Papa sobre el movimiento suscitado por el monje agustino y por su enseñanza, que constituía un peligro para la unidad de la fe. Solo entonces le fue encargado tratar la causa al legado pontificio en Alemania, el cardenal Tomás de Vío, llamado «el Cayetano» por su ciudad natal: él tenía el encargo de interrogar a Lutero y eventualmente conducirlo a Roma.

Cayetano tomó con gran conciencia y responsabilidad el encargo a él confiado. Se encontró con el elector Federico el Sabio y le informó del proceso sumario por herejía que estaba abierto en Roma contra un súbdito suyo. Acogió el deseo de tratar el caso en Alemania y se preparó al encuentro con Lutero leyendo las Resolutiones sobre las tesis y el Sermo de poenitentia, que estaban entre las primeras obras impresas de Lutero. Las estudió atentamente, al punto que en menos de tres semanas escribió catorce ensayos en los cuales se exponían las contradicciones internas de estos escritos y sus incoherencias con la fe de la Iglesia[8].

El encuentro ocurrió en octubre del 1518, en Augusta. El cardenal, que era el representante del Papa, trato a Lutero de modo cordial y paterno; sin embargo el coloquio entre los dos resultó difícil desde el primer momento.

Cayetano demostró un notable sentido de discernimiento al circunscribir el interrogatorio a dos únicos puntos, de los cuales estaba firmemente decidido a pedirle la retractación. La Resolutio 58, según la cual El tesoro de la iglesia no debía identificarse con los méritos de Cristo y de los santos, contradecía la bula Unigenitus de Clemente VI, de 1343. Y además estaba la cuestión relativa a la fides sacramenti, esto es, la eficacia de la absolución sacramental: Lutero reclamaba que el penitente tuviese la certeza de fe que los pecados le habían sido remitidos, de otro modo el sacramento no era eficaz. Cayetano objetaba que así se extendía el ámbito de la fe más allá de lo que afirmaba la revelación. Lutero respondió que se retractaría, sí, pero que primero se demostrase lo infundado de las propias Tesis sobre la base de la Escritura; en cuanto a la bula Unigenitus, él la conocía bien (incluso dio pruebas de ello corrigiendo una cita incorrecta del cardenal), pero no le atribuía valor vinculante: la bula de hecho no se fundaba sobre la Escritura y allí donde la citaba, distorsionaba el sentido

A las objeciones de Cayetano de que el Papa tenía la capacidad de interpretar la Escritura de modo autorizado, puesto que su enseñanza era superior a la del simple fiel, Lutero respondió que incluso el Papa podía errar, como había ocurrido en la confrontación entre Pedro y Pablo. Cierto, al Papa se le debía obediencia, pero cualquier fiel es superior al Papa y al Concilio cuando se revela en él la voz de Cristo, según la directiva pastoral dada por Pablo para poner en orden las asambleas de los creyentes: en ellas, si un profeta habla y otro recibe una revelación improvista, el primero hace bien en callar. Por tanto Lutero permanecía inconmovible, ante todo porque mantenía fundar sus convicciones en la Escritura.

Fue un diálogo de sordos. No obstante la minuciosa preparación y las buenas intenciones por las que estaba movido, Cayetano no llegó a comprender cuánta autenticidad animaba la experiencia religiosa y la misión pastoral de Lutero, más allá de la ortodoxia de algunas tesis aisladas. A su favor puede apuntarse la capacidad de discernimiento teológico, por el cual al tercer encuentro él se restringió a un solo punto, el de la Resolutio 58, el reclamo esencial para hacerle a Lutero[9]. Este particular, de no poco valor, no está documentado en la relación sobre el encuentro -los Acta Augustana- escrita por Lutero[10].

Debe notarse que los propios consejeros que acompañaban a Lutero quedaron sorprendidos de la perspicacia teológica del Cardenal, el cual, más allá del problema de las indulgencias, había descubierto en la justificación por la fe el núcleo central de la nueva teología, y en la pretensión de una certeza de fe en las controversias de la salvación, la exigencia de una diversa economía eclesial, aquella por la cual habría de escribir: «esto significa fundar una nueva Iglesia»[11].

El Coloquio de Augusta falló. Entre las razones de este fallo se incluye la gran diversidad de caracteres y de mentalidad de los dos interlocutores, así como fue determinante el valor excesivo qué Cayetano atribuía a la bula de Clemente VI, casi como si fuese en sentido estricto una definición de fe.

Lutero por su parte, veía en el Cardenal un famoso teólogo tomista, pero más aún un alto exponente de la Orden de Predicadores, esto es, del «partido» opuesto a él. Y sobre todo veía en él un juez incompetente, en tanto le reclamaba retractarse de una posición ciertamente discutible, pero sobre la cual no había una enseñanza vinculante de la Iglesia, y que para colmo, no estaba fundada sobre la Escritura. Por esto solicitó a Cayetano, y lo obtuvo, que la demanda fuese presentada en Roma, al Papa León X.

Era ya claro que Lutero no era más, como en octubre del año anterior, un monje en busca de interlocutores que lo ayudarán a resolver un nudo de conciencia acerca del valor de las indulgencias. Ahora estaba creciendo en él una actitud nueva en los confrontamientos de la vida cristiana, que apuntaba al puro volverse a las fuentes: la Escritura y los Padres de la Iglesia, sobre todo Agustín. He aquí el fundamento de la nueva teología de Wittenberg.

Después del tercer coloquio, ocurrido el 14 de octubre, Cayetano instó a Lutero a no presentarse más si primero no cambiaba de idea. El Cardenal hizo todavía un último intento de influir en él a través de Staupitz. El resultado fue que Lutero se excusó por escrito con Cayetano por su propio comportamiento irrespetuoso en las discusiones, y por las palabras ásperas acerca de la relación entre el Papa y la Escritura, al mismo tiempo que pidió un pronunciamiento del Papa sobre muchas cuestiones no resueltas a propósito de las indulgencias: solo así la autoridad de la Iglesia podría exigir de él una retractación. Nació en esta ruptura la apelación «al Papa, que no está bien informado, para informarlo mejor»[12].

Apelación a la convocatoria de un Concilio

Hay un “crescendo” en los acontecimientos. De retorno a Wittenberg, Lutero extendió un llamado para solicitar la convocatoria de un Concilio: este tendría que reunirse legítimamente en el Espíritu Santo y representar a la Iglesia Católica; en materia de fe, el Concilio sería superior al Papa[13]. Lutero hizo imprimir el texto del llamado, pero intentaba mantenerlo en secreto: lo expondría al debate público solo en caso de excomunión. Pero la edición se vendió entera, aun antes de que Lutero tuviera en su mano un solo ejemplar. Un caso de esta envergadura ¿fue un movimiento suyo diplomático o más bien ocurrió por casualidad, sin que lo supiera Lutero? Atendiendo a la documentación epistolar, Lutero se mostró disgustado por el hecho, pero atribuyó el suceso de la divulgación a la voluntad de Dios[14].

Que la venta de aquel texto haya ocurrido contra su voluntad, es sin embargo una tesis poco creíble, por varias razones. El príncipe elector le había hecho saber que estaban en curso mediaciones con la Curia Romana, y que entonces esa publicación resultaba, como poco, inoportuna; este aviso le llego a Lutero cuando el tipografo había ya impreso casi por entero el fascículo, pero no hizo nada para detenerlo. Lutero por otra parte sabía muy bien cuán ávidamente eran buscados sus impresos y con qué facilidad se distribuían, y podía prever, por haber tenido ya experiencia, cómo terminaría la cosa, es decir que los intereses comerciales del tipógrafo y las presiones del público prevalecerían sobre a la falta de consentimiento del autor a la venta.

Esto es lo que de hecho ocurrió. Se trata de otro ejemplo documentado de interacción entre los hechos de conciencia y el aplauso popular, cuando asume dimensiones nacionales. Pero esta vez no es posible hablar de pura y simple coincidencia. El hecho era irremediablemente grave: la apelación al Concilio, formulada en estas circunstancias, en estos términos, volvía menos creíble la sinceridad de cualquier retractación y significaba simplemente romper los puentes tras de sí. 

El episodio de la publicación de las Tesis se volvió en este punto el preludio de un drama todavía más vasto. Del 1518 al 1520 se asiste no solo a una radicalización de la actitud de Lutero, sino también a una evolución y ampliación de los temas y problemas que al inicio de los hechos habían sido solo mencionados: ahora se pone en discusión la autoridad del Papa,  el Magisterio de la Iglesia, el valor de los concilios ecuménicos. Y aún más: si la publicación de las Tesis podía ser considerada en un primer momento un hecho de crónica local, ahora se volvía un elemento clave al interior de la gran política europea, y en particular de la imperial.

La sucesión al trono de Maximiliano I

El 12 de enero de 1519 moría el emperador Maximiliano I. Se abría la sucesión al trono imperial. El candidato emergente, y ya desde hacía tiempo designado, era Carlos I de España, sobrino de Maximiliano I. En él se reunían la herencia de la Casa de Habsburgo y de España, así que el Estado de la Iglesia venía a quedar cercado de territorios del nuevo emperador. León X, papa Medici, dio inmediatamente instrucciones para que se impidiese la elección de Carlos I.

Federico el Sabio, el príncipe de Lutero, recibió presiones para elegir emperador al rey de Francia, Francisco I, y si no se pudiese llegar a esto, aceptar él mismo la corona imperial[15].

León X por lo tanto se encontró casi obligado a suspender el proceso contra Lutero; estaba más preocupado por las cuestiones imperiales, que por los problemas de fe y de vida cristiana puestos por el monje de Wittenberg.

La suspensión del proceso se prolongó incluso después de la elección de Carlos V como emperador, y duró casi un año, dando tiempo a la crisis luterana a criar raíces y extenderse ulteriormente, e incluso de revelar a fondo sus componentes reales. Esto ocurrió sobre todo en la disputa de Leipzig de julio de 1519. Johannes Eck, doctor en Teología, ilustre docente en la Universidad, que conocía la Biblia de memoria y era un hábil y ambicioso dialéctico, había desafiado a Karlstadt -e implícitamente a Lutero mismo- a una disputa: su sueño era «enfrentar y posiblemente desarmar al adversario», y ensombrecer su fama[16]. De hecho en las disputas emergió en sus líneas esenciales la novedad sobre la que se movía Lutero, y aún más el movimiento que se reconocía en él: no se quería solo una reforma de la Iglesia sino más bien un ataque a sus estructuras[17].

Según Lutero la Iglesia no tenía necesidad de una cabeza terrena, porque su verdadera cabeza era Cristo; el primado de la Iglesia de Roma no podía ser considerado de fe, porque no se encontraba en la Escritura[18]. Finalmente Eck había logrado hacer confesar a Lutero que los concilios podían errar, y de hecho el Concilio de Constanza había errado al condenar a Jan Hus. En Leipzig el monje de Wittenberg parecía derrotado, pero el verdadero vencedor no era Eck, sino el propio Lutero, cuya fama después de la disputa de Leipzig creció todavía más. Se saludaba en él al héroe de la nación alemana, aquel que había sabido plantarle cara al Papado romano.

La respuesta a Lutero: una amenaza de excomunión

A los problemas presentados por Lutero no se había aún dado respuesta. Los teólogos de la Universidad de Maguncia se habían limitado a dar un consejo al arzobispo Alberto: hacer examinar las tesis por Roma. La Universidad de Erfurt, donde Lutero había estudiado y era conocido personalmente, no estuvo en capacidad de formular un juicio. La primera toma de posición, en agosto de 1519, fue la de la Universidad de Colonia, plaza fuerte de la Inquisición en Alemania, y fue seguida por la de Lovaina. Esta lentitud puede explicarse también por las resistencias de las universidades a tomar posición o al menos por las dificultades de contrarrestar el coro de consenso suscitado por Lutero.

En todo caso los juicios dados por las universidades confluyeron en la promulgación de la bula «Exsurge, Domine», del 15 de junio de 1520, uno de cuyos principales redactores fue Johannes Eck. La bula comenzaba con las palabras del Salmo 80: «Levántate, Señor», y proseguía, «un jabalí salvaje intenta devastar tu viña»[19]. He aquí el inicio de la primera respuesta «oficial» de la Iglesia a la instancia de Lutero: no sin embargo a sus preguntas iniciales, a su voluntad de poner fin a un escándalo, a su angustia por el modo vulgar y profano con el cual se trataban cuestiones de conciencia.

El documento condenaba 41 proposiciones, extraídas de los escritos de Lutero, como «heréticas, escandalosas, falsas, ofensivas para los píos oídos, seductoras de los ánimos simples, contrarias a la doctrina católica», e imponía 60 días de tiempo para la retractación. La condena no especificaba cuál de cada una de estas censuras correspondía a las proposiciones singulares, por lo cual no era claro donde se iniciaba la herejía verdadera y propia, y dónde habría solo una afirmación discutible o peligrosa para los simples. De tal modo se restaba eficacia a la bula, cuyo tono altisonante resultó de no poco daño para la autoridad de la Iglesia.

Hasta el Concilio de Trento la bula fue el único pronunciamiento oficial de la Iglesia sobre un drama en el cual la persona de Lutero tendía a retirarse a un segundo plano, pero las consecuencias próximas, y luego remotas, de la crisis nacida con él, se multiplicaban y se dilataban por todos los costados. Innecesario decir que la bula fue de difícil publicación y que surtió el efecto contrario al deseado.

La excomunión

Después los acontecimientos se precipitaron, sea por la publicación de las obras reformistas de Lutero de 1520[20], sea porque en Colonia sus escritos fueron quemados en la hoguera (y Lutero hizo otro tanto con los decretales del Papa y con la bula Exsurge Domine),  sea en fin por la publicación de la bula de excomunion Decet Romanum Pontificem del 3 de enero de 1521. El Estado, brazo secular de la Iglesia según la tradición jurídica medieval, debía tomar nota de la sentencia y realizar la condena. Pero Carlos V no la ejecutó, no tanto porque al momento de la elección imperial había jurado que ningún súbdito sería condenado sin primero haber sido interrogado, cuanto porque Federico el Sabio había obtenido que se convocase a Lutero a la dieta de Worms y se le diese la posibilidad de defenderse. Era ya notable el hecho de que la Dieta Imperial pretendiese dirimir por propia iniciativa una causa religiosa en vez de proceder directamente contra el excomulgado.

Esto puede parecer un paso adelante respecto a las costumbres del pasado, pero tiene como inmediata consecuencia que la exégesis de textos bíblicos y las reflexiones teológicas con las cuales se debía responder a Lutero, eran propuestas y debatidas en una dieta imperial, que es entre todas la sede menos apta. Era inevitable que se recurrirse a alternativas simplificadoras y a decisiones del todo exteriores, que no conseguían ni siquiera tocar la crisis de conciencia nacida de la predicación de las indulgencias; y que no quedase espacio a aquellas razones profundamente religiosas -aunque enunciadas en la profanidad de una asamblea política- que Lutero en aquellas fechas quizás aun estaba dispuesto a escuchar.

El interrogatorio de Worms

El 16 de abril de 1521 Lutero llego a Worms, y al día siguiente fue interrogado. Le fueron presentados veinte libros y le fue preguntado si los había escrito él y si estaba dispuesto a retractarlos en todo o en parte. Lutero los reconoció como suyos, y pidió tiempo para reflexionar pues no estaba dispuesto a retractar nada sin una previa refutación de los errores. Es notable su reacción cuando al día siguiente le fue renovado el pedido: «si no quedo convencido mediante el testimonio de la Escritura o de evidentes argumentos de razón (yo de hecho no creo ni al Papa ni al Concilio solos, porque es claro que se han equivocado muchas veces y se contradicen), yo quedo convencido por los textos de la Escritura citados por mí; mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios, por ello no puedo ni quiero retractar nada, porque obrar contra la conciencia no es seguro ni saludable. Dios me ayude. Amén.»[21]

El coloquio con Cayetano, y después la dieta de Worms muestran que Lutero fue condenado por su rechazo de la autoridad de la Iglesia, con motivaciones que, de una parte y de la otra, eran muy distintas al problema de las indulgencias; y que aun (cosa para el determinante) no le había sido nunca indicada la razón por la cual la doctrina que el contrastaba, estaba fundada sobre una precisa exégesis bíblica, aunque fuera radicalmente diversa. No faltó de parte de Cayetano un diálogo abierto y fraterno con el monje de Wittenberg, pero para uno y otro interlocutor resultó rápidamente evidente que había un umbral insuperable más allá de cual todo intento hubiera resultado hipócrita: para Cayetano era la fidelidad a la enseñanza de Cristo y a la tradición de la Iglesia que lo interpreta; para Lutero el primado de la Biblia (o de su particular exégesis) de modo que la tradición resultaba filtrada por la autoridad de la Sola Scriptura.

Fuera de Cayetano, los otros no habían entendido que Lutero traía a la conciencia de la fe no sólo graves problemas pastorales y cuestiones teológicas sino también un modo nuevo de pensar el cristianismo. Era un modo de pensar quizás testarudo y tenaz, pero que, en las profundas convicciones de Lutero, se enraizaba en la Escritura: para él, el lugar del encuentro salvífico en última instancia era la Palabra de Dios infalible, la Biblia y no la Iglesia, que, en tanto intérprete autorizada de la Palabra de Dios, en el curso de la historia había fallado en varias ocasiones.

En cambio la jerarquía eclesiástica descansaba en la ilusión de que bastaba una respuesta desde arriba para resolver definitivamente problemas que requerían una atención y un empeño distintos para remover los tropiezos poco a poco originados por la falta de «reforma en la cabeza y en los miembros».

La historia había volteado página: del Medioevo se había pasado a la Edad Moderna, con sus novedades y con una atención del todo inédita a la persona, a la conciencia, al derecho de ser interrogado y de poder defenderse. En la respuesta de Lutero toma el relevo el coraje de apelar a la propia conciencia. Él dice: «Mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios», que tiene un valor mucho mayor que una palabra humana, por cuanto tiene autoridad.

Lutero a estas alturas reconoce la autoridad del Papa, pero no la reconoce superior a la Palabra de Dios. De aquí su pedido de un diálogo leal y de conocer en qué cosa él había efectivamente errado, sobre la base de la Escritura. Todos de hecho podemos errar, y él mismo había escrito tres años antes al papa León X: «Espero haber dicho con bastante claridad que yo puedo, sí, equivocarme, pero no podrán hacer de mí un hereje»[22]. Hoy, a posteriori, es bastante obvio afirmar que el diálogo con Lutero no sería fácil y casi ciertamente saldría fallido. De hecho, lamentablemente, no ocurrió.

 


[1] Cfr G. Pani, «La Lettera ai Romani e Lutero», in Civ. Catt. 2016 I 17-29; Id., «Cattolici e luterani. L’ecumenismo nell “Ecclesia semper reformanda”», in Civ. Catt. 2016 III 17-25; Id., «L’affissione delle 95 Tesi di Lutero: storia o leggenda?», in Civ. Catt. 2016 IV 213-226.

[2] Cfr Id., «L’affissione delle 95 Tesi...», cit., 219-220; E. Iserloh, Lutero tra Riforma cattolica e protestante, Brescia, Queriniana, 1970 (or., 1966); W. Uwe, Iserloh. Der Thesenanschlag fand nicht statt, Basel, E Reinhardt, 2013. Iserloh se plantea la cuestión de si Lutero se convirtió en "reformador" disputando a la Iglesia y el papado, o con un sincero deseo de reformar la Iglesia. El académico está por la segunda alternativa, que se demuestra también por la ausencia de la fijación de las Tesis. Cfr anche H. Schilling, Martin Lutero. Ribelle in un’epoca di cambiamenti radicali, Torino, Claudiana, 2016, 133 s.

[3] Cfr G. Miegge, Lutero. L’uomo e il pensiero fino alla Dieta di Worms (1483- 1521), Torino, Claudiana, 2008, 226.

[4] Ibi.

[5] Cfr S. Mazzolini da Prierio, «Dialogus in praesumptuosas Martini Lutheri Conclusiones de potestate Papae», in Dokumente zur causa Lutheri, I, Corpus Catholicorum, Münster, Aschendorff, 1988, 52-107.

[6] G. Miegge, Lutero..., cit., 233.

[7] P. S. - H. M. Allen, Opus epistolarum Des. Erasmi Roterodami, III, Oxford, Clarendon, 1913, 409, 16. La carta es del 17 de octubre de 1518.

[8] Para toda la historia, cfr J. Wicks, Cajetan und die Anfänge der Reformation, Münster, Aschendorff, 1983.

[9] Ibi, 102 s.

[10] Cfr Acta F. Martini Luther Augustiniani apud D. Legatum Apostolicum Augustae, in D. Martin Luthers, Werke. Kritische Gesamtausgabe (Weimarer Ausgabe), Weimar, H. ßöhlau, 1883 e ss (= WA) 2, 6-22.

[11] Hoc enimn est novam ecclesiam construere (cfr Opuscola, Lyon, 1562, lila): cfr K. V. Selge, «La Chiesa in Lutero», en Martin Lutero, Milano, Vita e Pensiero, 1984, 31 s, nota 30.

[12] Appellatio M. Lutheri a Caietano ad Papam. 1518, en WA 2, 28-33.

[13] Appellatio F. Martini Luther ad Concilium. 1518, en WA 2, 36-40.

[14] Lettera a V. Link, del 18 de diciembre de 1518, en WABr 1, 270, 15-17.

[15] G. Miegge, Lutero..., cit., 247 s.

[16] J. Lortz, La Riforma in Germania. I, Premesse, inizio, primi risultati, Milano, Jaca Book, 1971, 252.

[17] Cfr H. Schilling, Martin Lutero..., cit., 158-161.

[18] Cfr G. Miegge, Lutero..., cit., 254-261.

[19] Exsurge Domine et iudica causam tuam. [...] Exterminare nititur eam aper de silva (Sal 80 [79],14): en Dokumente zur causa Lutheri. II, Corpus Catholicorum, Münster, Aschendorff, 1991, 364; G. Miegge, Lutero..., cit., 391-397.

[20] Se trata de las tres grandes obras del 1520. Puesto que el Papa y los obispos no estaban en disposición de reformar a la Iglesia, Lutero se dirige, en aemán, a la nobleza de la nación, esto es, al laicado, para que venga en ayuda de la renovación. El texto, A la nobleza de la nación alemana, sobre la reforma de la sociedad cristiana, fue publicado en ago­sto de 1520, e la primera edición, de 4000 copias, fue vendida en 18 días. La segunda obra, en latín, De Captivitate Babilonica Ecclesiae. Praeludium Martini Lutherii, trata de los sacramentos, que tienen prisionera a la Iglesia, mientras deberían ser la garantía de su libertad. Lutero abolió los sacramentos que no tienen fundamento en la Escritura, dejando la eucaristía, el bautismo y la penitencia. La tercera obra es La libertad del cristiano, en latín y en alemán, sobre la libertad que Cristo ha adquirido y dado al creyente (cfr G. Miegge, Lutero..., cit., 321-388; H. Schilling, Martin Lutero..., cit., 162-164).

[21] Cfr WA, 7, 838, 4-9. La frase «Esta es mi posición y no puedo tener otra» es un agregado posterior, aunque de antigua data. Cfr G. Miegge, Lutero..., cit., 451-455; G. Dall’Olio, Martin Lutero, Roma, Carocci, 2013, 93 s.

[22] Dedicatoria de las Resolutiones disputationum de indulgentiarum virtute a León X (1518), en WA 1, 530, 10-12.

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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.
 
Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.
 
Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).
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