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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
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¿Qué salmos se rezan en las cuatro semanas del salterio?

pregunta realizada por erick gonzalez
4 de marzo de 2014

Esta pregunta fue sintéticamente respondida ya en este mismo libro, por tanto, quien desee una respuesta sencilla y que contenga lo esencial, puede remitirse allí; me permito, por mi parte, ampliar el tratamiento. En todo este contexto citaré los salmos con su numeración litúrgica, es decir, latina (la que en las biblias está entre paréntesis), pero debe tenerse presente que en las ediciones bíblicas, en este propio sitio, e incluso en la sección "Orar los Salmos", se encuentran siempre con la numeración hebrea (véase este documento para las diferencias)

Aunque la Liturgia de las Horas está en principio asociada a la piedad monástica, y luego por extensión a la de los consagrados y clérigos, no hay nada en ella que no pueda ser un profundo y conveniente alimento espiritual para el laicado, y así quiso el Concilio Vaticano II que llegara a ser algún día un libro de piedad para todos los creyentes, si bien todavía expresa ese deseo tímidamente (Sacrosanctum Concilium, 100), y no con la amplitud que tomó en la actualidad el uso entre los fieles, en muchas parroquias, comunidades, y en grupos virtuales de internet que nos reunimos con el sólo objeto de rezar las Horas.

Sin embargo, aunque el Concilio no previera ese desarrollo, sí estuvo atento a la necesaria reforma del curso del salterio, que ya estaba en realización para ese momento. Unos años más tarde, en 1970, la Constitución Apostólica «Laudis Canticum», de SS Pablo VI, presenta la reforma de la Liturgia de las Horas, con el nuevo curso -en cuatro semanas en vez de en una sola- del salterio, y con la vista puesta ya en que la celebración será principalmente en lengua vernácula, no en latín (las prioridades eran al revés todavía siete años antes, en la Sacrosactum Concilium); y así dirá el papa: «En esta nueva distribución del Salterio han sido omitidos unos pocos salmos y algunos versículos que contenían expresiones de cierta dureza, teniendo presentes las dificultades que pueden encontrarse, principalmente en la celebración hecha en lengua vulgar.» (n. 4).

El número 131 de la Ordenación General repetirá esta doctrina, agregando cuáles son los salmos omitidos: «En el curso del salterio se omiten los salmos 57, 82 y 108, en los que predomina el carácter imprecatorio. Asimismo se han pasado por alto algunos versos de ciertos salmos, como se indica al comienzo de cada uno de ellos. La omisión de estos textos se debe a cierta dificultad psicológica, a pesar de que los mismos salmos imprecatorios afloran en la espiritualidad noetestamentaria, Por ejemplo: Apoc. 6, 10, sin que en modo alguno induzcan a maldecir.»

Lo que no detalla este documento es cuáles son los versículos omitidos (y es verdad que sería un poco prolijo hacerlo); los salmos de los que se han quitado versículos son: 5, 27, 30, 34, 39, 53, 54, 55, 58, 62, 68, 78, 109, 136, 138, 139, 140 y 142.

En muchos casos es un solo un versículo, en otros es un poco más, aunque siempre del mismo tenor que los tres salmos que han sido omitidos por completo: cuando tienen un caracter fuertemente imprecatorio, de tal modo que parecen inducir a la maldición del enemigo.

De estos salmos o versículos sueltos no hay propiamente traducción litúrgica al español, sin embargo en la sección "Orar los salmos" los hemos tomado de la biblia del P. Alonso Schökel, el mismo traductor litúrgico del salterio oficial, y están puestos entre corchetes, de modo que quien quiera puede verificar los fragmentos omitidos (siempre teniendo en cuenta la diferencia de numeración de cada salmo).

Veamos, por ejemplo, el salmo 5:

 

Versión litúrgica (Laudes del lunes de la semana I):

 

Señor, escucha mis palabras,

atiende a mis gemidos,

haz caso de mis gritos de auxilio,

Rey mío y Dios mío.

 

A ti te suplico, Señor;

por la mañana escucharás mi voz,

por la mañana te expongo mi causa,

y me quedo aguardando.

 

Tú no eres un Dios que ame la maldad,

ni el malvado es tu huésped,

ni el arrogante se mantiene en tu presencia.

 

Detestas a los malhechores,

destruyes a los mentirosos;

al hombre sanguinario y traicionero

lo aborrece el Señor.

 

Pero yo, por tu gran bondad,

entraré en tu casa,

me postraré ante tu templo santo

con toda reverencia.

 

Señor, guíame con tu justicia,

porque tengo enemigos;

alláname tu camino.

 

En su boca no hay sinceridad,

su corazón es perverso;

su garganta es un sepulcro abierto,

mientras halagan con la lengua.

 

Que se alegren los que se acogen a ti, 

con júbilo eterno;

protégelos, para que se llenen de gozo

los que aman tu nombre.

 

Porque tú, Señor, bendices al justo,

y como un escudo lo rodea tu favor.

 

 

Versión completa:

[1 Del maestro de coro. Para flautas. Salmo. De David.]

 

2 Señor, escucha mis palabras,

atiende a mis gemidos,

3 haz caso de mis gritos de auxilio,

Rey mío y Dios mío.

 

A ti te suplico, Señor;

4 por la mañana escucharás mi voz,

por la mañana te expongo mi causa,

y me quedo aguardando.

 

5 Tú no eres un Dios que ame la maldad,

ni el malvado es tu huésped,

6 ni el arrogante se mantiene en tu presencia.

 

Detestas a los malhechores,

7 destruyes a los mentirosos;

al hombre sanguinario y traicionero

lo aborrece el Señor.

 

8 Pero yo, por tu gran bondad, 

entraré en tu casa,

me postraré ante tu templo santo

con toda reverencia.

 

9 Señor, guíame con tu justicia,

porque tengo enemigos;

alláname tu camino.

 

10 En su boca no hay sinceridad, 

su corazón es perverso;

su garganta es un sepulcro abierto,

mientras halagan con la lengua.

 

[11 Castígalos, oh Dios,

que fracasen sus planes;

expúlsalos por sus muchos crímenes,

porque se rebelan contra ti.]

 

12 Que se alegren los que se acogen a ti,

con júbilo eterno;

protégelos, para que se llenen de gozo

los que aman tu nombre.

 

13 Porque tú, Señor, bendices al justo,

y como un escudo lo rodea tu favor.

 

 

De éste, como de todos los demás salmos, se quita siempre en la versión litúrgica el encabezado autoral y modal (en este caso el v. 1 entero).

 

En algunos salmos los versículos imprecatorios son más extensos. Por ejemplo, del salmo 34 se excluye lo siguiente:

 

3 [blande la lanza

y cierra el paso a los que me persiguen;]

 

[4 Sufran una derrota vergonzosa

los que me persiguen a muerte,

vuelvan la espalda con ignominia

los que traman mi daño;

 

5 sean paja frente al viento,

cuando el ángel del Señor los desbarate;

6 sea su camino oscuro y resbaladizo,

cuando el ángel del Señor los persiga.

 

7 Porque sin motivo me escondían redes,

me abrían zanjas mortales:

8 que los sorprenda el desastre imprevisto,

que los enrede la red que escondieron,

y caigan en la zanja que abrieron.]

 

[20 pues no viven en paz

ni con la gente pacífica,

traman engaños.

21 Se ríen de mí a carcajadas:

"Ja, ja, lo estamos viendo."]

 

[24 Júzgame según tu justicia,

Señor Dios mío.

25 Que no canten victoria, que no piensen:

¡Qué bien! lo que queríamos;

que no digan: Nos lo hemos tragado.

 

26 Sufran una derrota afrentosa

los que se alegran de mi desgracia;

queden cubiertos de vergüenza y oprobio

los que se envalentonan contra mí.]

 

Hasta llegar a la tremenda imprecación del final del bellísimo salmo 136:

 

[7 Toma cuentas, Señor, a los idumeos

del día de Jerusalén,

cuando incitaban: ¡Desnudadla,

desnudadla hasta los cimientos!

 

8 ¡Capital de Babilonia, destructora!

¡Dichoso el que pueda pagarte

el mal que nos has hecho!

 

9 ¡Dichoso el que agarre y estrelle

tus hijos contra la peña!]

 

Debe decirse, sin embargo, que incluso este final ha sido "acristianado" en la tradición espiritual, en el no menos bello romance X de san Juan de la Cruz, en el que identifica a la "roca" de la que habla el salmista con la Roca que es Cristo:

«[...] ¡Oh hija de Babilonia,

mísera y desventurada!

Bienaventurado era

aquél en quien confiaba,

que te ha de dar el castigo

que de tu mano llevaba,

y juntará sus pequeños,

y a mí, porque en ti lloraba,

a la piedra, que era Cristo,

por el cual yo te dejaba.»

 

ingeniosa y sutil trasposición.

 

Todos los demás salmos y fragmentos se leen en el ciclo litúrgico de cuatro semanas, o en su defecto en el de Completas (los salmos 4, 133 y 90 sólo se leen en Completas, de ciclo semanal).

 

Los salmos 77, 104 y 105 (los tres desarrollan la historia de la salvación) se leen en el ciclo de cuatro semanas, pero sólo en los tiempos fuertes, no en el tiempo ordinario, que tiene en su lugar otros salmos. En Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua estos salmos ocupan: Oficio de lecturas del viernes de la IV (salmo 77); Oficio de lecturas del sábado de la I (salmo 104) y Oficio de lecturas del sábado de la II (salmo 105), que en tiempo ordinario se reemplazan por el salmo 54, los 130 y 131, y el 135 respectivamente; estos mismos salmos «de reemplazo» se leen en tiempos fuertes, en otras horas y días, los mismos que ocupan normalmente en el tiempo ordinario.

 

En la sección «Orar los salmos» está indicado el uso en la liturgia de las horas de cada salmo y cántico.

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