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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
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Oración comunitaria de confianza, fundada en la presencia de Dios en la ciudad santa, en el templo. La situación conjurada en el poema es un asalto a la ciudad, frustrado por intervención divina. El poema está formalmente articulado por un estribillo en tres estrofas o cuadros. Las imágenes míticas o históricas del monte escogido las han traspuesto los profetas al contexto escatológico. Así es posible trasponer este salmo al nuevo monte y ciudad de Dios, al terrestre, todavía atacado, como imagen del celeste, reino de paz. En la trasposición, las grandes imágenes de ascendencia mítica adquieren nueva profundidad y esplendor. [L. Alonso Schökel]
[1 Del maestro de coro. De los hijos de Coré. Para oboes. Cántico.]

2 Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

3 Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

4 Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

5 El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

6 Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

7 Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

8 El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

9 Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

10 Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

11 "Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra".

12 El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
V. 2. No se trata del templo en su materialidad, sino como presencia de Dios.
VV. 3-4. Imagen de la lucha mítica de Dios contra el océano primordial, subterráneo, que amenaza la estabilidad de la tierra.
V. 4. El estribillo usa el título "Señor de los ejércitos", que originariamente estaba asociado al arca, como "paladio" de los israelitas en sus batallas. Esos ejércitos serán, según los textos y las épocas, las estrellas, los mismos israelitas, los ángeles.
V. 5. La imagen procede del paraíso, morada de los dioses, regado por acequias que brotan de un gran río.
VV. 5-6. Hay una progresión que explicita: la ciudad, el santuario, Dios.
V. 7. En correspondencia con la lucha mítica del océano, figura aquí la lucha histórica del poder hostil a Dios. Rechaza la agresión en una teofanía, con su trueno.
V. 9. La invitación se dirige inmediatamente a la asamblea cúltica.
V. 10. Dios no sólo vence al enemigo, sino que vence la guerra.
V. 11 Al final del himno suena el oráculo divino que desde su templo exige reverencia. [L. Alonso Schökel]

Los versículos entre [] no se leen en la liturgia
en la liturgia: Salmo 45
se utiliza en:
- viernes de la primera semana: Vísperas

Para el rezo cristiano

Introducción general

Para comprender este salmo, un himno a Sión, hay que situarse en la perspectiva de Isaías 2,1-5 o de Isaías 60: un monte se yergue sobre toda la tierra; hacia él confluyen los pueblos por la soberana razón de ser la "Santa Morada del Altísimo". Es una peregrinación hacia la Ciudad Santa, un camino ascendente hacia el futuro, hacia arriba, hacia Dios. Desde esta meta que convoca a la humanidad (v. 9), dimana el bien supremo de la paz (v. 10). Se comprende que quienes son llamados hacia esos supremos ideales canten el poder de Dios y la confianza que tienen en su presencia protectora. Los motivos se entremezclan. Unos son míticos, otros proféticos, cultuales o escatológicos. Todos ellos al servicio de la sublime emoción que embarga a quienes aquí cantan el poder de Dios. El salmo puede ser una composición muy antigua, hecha quizá con ocasión de la derrota de Senaquerib el año 701 antes de Cristo.

Como himno que es, puede ser proclamado al unísono; tanto más cuando este himno es un cántico colectivo de confianza. Es aconsejable guardar un breve silencio después de la recitación de cada estrofa con su estribillo incluido (vv. 2-4, 5-8 y 9-12). De este modo se puede obtener mayor solemnidad en la recitación hímnica. El estribillo puede ser cantado (vv. 4b, 8 y 12).

La celebración del Dios guerrero

Aunque el salmo haya sido compuesto con motivo de una victoria concreta, ésta se trasciende en la celebración del Dios guerrero. Venció el caos primordial (Gn 1,2), símbolo de las fuerzas militares, que también son inutilizadas, y llevará a cabo la extraordinaria acción de eliminar todo aparato bélico (Sal 45,10; Is 2,4; 9,4; Os 2,20; Ez 39,3). Al fin habrá "estallado la paz", cuando el lobo y el cordero habiten juntos porque la tierra estará llena del conocimiento de Dios (Is 11,6-9). La era de la paz es posible hoy, que el enemigo del hombre ha muerto en la tierra en la que se creía segura: la muerte ha sido derrotada en la carne para que la Ley llegue a su plenitud en nosotros (Rm 8,3-4). Plenitud que es un amor inmensamente potenciado en los cristianos animados por el Espíritu, que nos lleva a dar a todos el nombre de hermanos. El amor fraterno será la batalla pacífica del Señor de los ejércitos.

Un himno al Emmanuel

El salmista centra desde el principio el nervio de su confianza. Es Dios, refugio y fortaleza (v. 2). Si la Ciudad Santa o el Templo pueden generar falsas seguridades, el salmista destaca una vez más dónde está la certeza de su confianza: en Dios que socorre (vv. 5-7). Su certeza se formaliza en el estribillo en que se alaba al "Dios-con-nosotros". En un principio fue tan sólo un signo de su presencia y asistencial (Is 7); sólo cuando el Espíritu vino sobre María, en su carne floreció la "Presencia" de Dios. El "Dios-con-nosotros" puso su tienda en nuestro campamento. A este gesto de amor corresponde en el creyente la "co-habitación" con la Palabra; y a su dinamismo salvífico, la docilidad subjetiva. Sólo así los creyentes veremos los nuevos cielos y la tierra nueva, donde el "Dios-con-nosotros" será nuestro Dios. Cantemos nuestra confianza en el Emmanuel.

El bautismo de la regeneración

El agua es un signo bivalente: puede ser destructora, como la del caos o la de los grandes ríos que se interponen en el camino hacia la tierra prometida, y también puede ser un agua que lleva consigo la fertilidad, como la del Paraíso, la que saliendo del Templo lleva la vida donde había muerte (Ez 47). Las aguas bautismales, que brotan de los cimientos del nuevo Templo, generan un nuevo ser. Esas aguas son el Espíritu derramado sobre cuantos creen en Cristo. Son aguas que alegran la ciudad de Dios con el nombre hasta ahora desconocido de "Abba", y que, ya ahora, hacen que en la Ciudad fructifique exuberantemente el árbol de la vida. Cantemos entusiasmados el fabuloso poder de Dios que despierta en nosotros una inefable confianza.

Resonancias en la vida religiosa

Él es nuestro alcázar imbatible: Jesús prometió a su comunidad eclesial, de la cual nosotros formamos parte, que "las puertas del Hades no prevalecerán contra ella". Por eso tenemos la seguridad de que, "teniendo a Dios en medio, no vacilaremos". Ser Iglesia es la garantía de nuestra perennidad y es nuestra fuerza revitalizadora como comunidad religiosa. El Jesús resucitado está por su Espíritu en el núcleo de su comunidad. Nada ni nadie podrá atentar definitivamente contra ella; ni el tiempo rutinario y corrosivo, ni las confabulaciones o maquinaciones bélicas de los hombres, ni el creciente materialismo o los procesos secularistas y ateos, ni la violencia, ni el saber racionalista y engreído. El poder del Resucitado, fuerza amorosa y reconciliadora, pone fin a todas las asechanzas y violencias; resucita a los muertos, hace nuevas todas las cosas. Él es el Señor. Presente en su Iglesia y en las comunidades que viven su misterio. Él es nuestro alcázar imbatible, a quien aclamamos.

Oraciones sálmicas

Oración I: Señor Dios nuestro, poderoso defensor en el peligro, Tú que has derrotado a la muerte en la carne de tu Hijo, rompe ahora el arco, quiebra las lanzas, prende fuego a los escudos y haz que cuantos estamos animados por el Espíritu, honremos con la conducta el nombre de hermanos que llevamos, y de este modo colaboremos en la batalla decisiva de la paz. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Dios Padre nuestro, que por la fuerza del Espíritu hiciste germinar en el seno de María tu sublime Presencia, y en la carne de Jesús eres el Dios-con-nosotros; teniéndote en medio de nosotros no vacilamos, porque Tú nos conduces a la nueva Ciudad, donde serás para siempre nuestro Dios. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: El correr de las acequias alegra tu Ciudad, Dios nuestro, con el gozoso nombre de "Padre" que te tributamos los cristianos; concede a cuantos han nacido del agua y del Espíritu, que de tal suerte se gloríen en tu poder regenerador, que ya ahora gusten los frutos de la vida y un día puedan ver y gozar la maravilla de la eterna transformación filial que realizas en nosotros. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

Comentario exegético

El Señor del cosmos, del mundo estelar, es el Dios nuestro, de Jacob. El Dios que domina los astros es "para nosotros" un alcázar; o sea, construcción defensiva frente a ataques o asaltos. Encumbrado e inaccesible al ataque enemigo, está "perfectamente accesible" a nosotros. El templo centra el salmo, pero no debe ofuscar el carácter personal: el alcázar es Dios mismo.

Imágenes: Podemos apreciar la función del "agua" construyendo un modelo genético. La ciudad se asienta en una colina, en medio de la cual sobresale el templo. La cercan y atacan ejércitos enemigos, que mugen y se agitan como una marea amenazadora; como el tumulto del océano caótico y primordial contra el orden de tierra y montañas. La ciudad se siente segura con su agua apacible y vital. Lo puede ilustrar Is 8,6s. El poeta invierte el presunto orden genético para servirnos primero la visión cósmica, imprimiendo profundidad y trascendencia al acontecimiento histórico. Traba historia con creación, coloca a Jerusalén en el centro del universo y sobre ella al Señor de los astros en el cielo y de un pueblo en la tierra [L. Alonso Schökel: Biblia del peregrino]

[La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Dios con nosotros. Cántico de Sión. La presencia divina en el Templo protege la Ciudad Santa, y aguas simbólicas la purifican y fecundan, convirtiéndola en un nuevo Edén. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Dios, protector de su pueblo. Canto de triunfo y de confianza en Dios por haber librado a su pueblo de poderosos enemigos. De aquí se eleva el salmista a la proclamación de Yahvé Rey universal, reconocido y acatado por todos los pueblos. Tiene, pues, un sentido ciertamente mesiánico: el reinado universal de Yahvé, realizado en el Mesías, Cristo Jesús.]

Los salmos 46, 47 y 48 tienen una relación íntima por su contenido ideológico. En el 46 se destaca, sobre todo, la presencia de Yahvé en medio de su pueblo, juntamente con el sentimiento de seguridad a su sombra protectora. Fundamentalmente es un canto de triunfo y de confianza en Yahvé por haber liberado a su pueblo de poderosos enemigos. Se divide en tres estrofas, separadas por un estribillo que se repite regularmente (vv. 4b. 8 y 12). En la primera (vv. 2-4), se canta la fe absoluta en Dios; en la segunda (vv. 5-8), se destaca la solicitud de Dios, que ha manifestado su poder liberando a su pueblo de un enemigo implacable; en la tercera (vv. 9-12), se invita a reconocer las gestas de Yahvé en favor de su pueblo.

Literariamente, esta composición se destaca por su vigor expresivo y por la abundancia de metáforas. Kittel la define como "Cantar de los Cantares de la fe". Por encima de todas las conmociones cósmicas está el inconmovible Dios de Israel.

Los antiguos autores suponían que este himno, de confianza absoluta en la omnipotencia divina, fue compuesto después de la liberación de Jerusalén del ejército de Senaquerib el año 701 antes de Cristo (cf. 2 Re 18,13-16). Incluso no pocos creen que es el mismo Isaías el autor de esta magnífica pieza literaria, pues no faltan concomitancias conceptuales con los escritos del gran profeta de Judá. Los críticos modernos, en cambio, ven en esta composición salmódica no pocas expresiones escatológicas de índole cósmica: temblor de la tierra y del mar, ataque de las naciones paganas contra Jerusalén, victoria de Yahvé, establecimiento de la paz en el mundo y entronización final de Yahvé como soberano del universo. Todos estos rasgos escatológicos hacen pensar que el salmo es de época posterior al exilio, cuando estaban de moda los escritos escatológico-apocalípticos. Pero muchas de estas transformaciones cósmicas, acompañando a las teofanías de Yahvé, aparecen ya en textos primitivos de la Biblia. No implican, pues, necesariamente expectación escatológica. Por tanto, no hay razón para rebajar la fecha de composición a los tiempos de la literatura escatológica. El contexto del salmo puede reflejar la situación de alivio en Israel después del peligro de una invasión enemiga, provocada por los asirios, los babilonios, los moabitas, los amonitas, los sirios o los escitas.

La presencia de Dios, garantía de victoria (vv. 1-4). El salmista empieza cantando la seguridad que le da la protección de Dios, que en cualquier momento es asequible, particularmente en las tribulaciones. La experiencia de la ayuda divina es una garantía de que en todo momento los ha de salvar. Aunque ocurra un cataclismo y tiemble la tierra y se conmuevan los montes en el seno del mar -terremotos y maremotos-, el Dios de los ejércitos estará siempre con los suyos.

Yahvé habita en Sión y la protege (vv. 5-8). El poder omnímodo de Dios llega hasta domar las fuerzas del mar alborotado, haciendo salir de él un río [las acequias] que, lejos de traer la desolación y la ruina, trae la bendición, alegrando la ciudad de Dios. Los autores que suponen que el salmo es de Isaías, creen que aquí río [las acequias] alude al canal de Ezequías. En Isaías 8,6 se habla de "las aguas de Siloé, que fluyen mansamente" -símbolo del gobierno paternal y suave de Dios, que habita en el templo, teniendo bajo su sombra protectora a la ciudad de Sión, en contraposición al río impetuoso de Asiria, el Éufrates, que todo lo anega, sembrando la desolación-, y en Isaías 33,21 se dice que Yahvé es para los israelitas como lugar de "ríos y anchos canales" que protegen y rodean a su ciudad santa. Podemos considerar la frase del salmo El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios como una explicación del texto de Isaías, si bien insistiendo, más que en la idea de protección, en la de fuente de fertilidad y alegría.

La ciudad de Dios es Jerusalén, santificada con la presencia divina, lo que es una garantía de permanencia. Allí mora el Altísimo, expresión poética arcaizante para designar al Dios de Israel; por eso, aunque se conmueva toda la naturaleza, no vacila, no será movida. La derrota del ejército de Senaquerib era una prueba de la especial protección divina sobre ella. La liberación milagrosa es como la aurora o clarear de la mañana, que sucede a la noche tenebrosa de la opresión y el peligro.

El salmista juega con el doble símil del ataque de los ejércitos de las naciones, que hostigan al pueblo elegido, y la conmoción de la naturaleza. Todo parece trastocarse: los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan...; pero interviene Dios, y todo se calma, como, cuando se conmueven las fuerzas cósmicas, da su voz, lanza su trueno, y se derrite o tambalea la tierra por sus rayos fulgurantes y abrasadores. El pueblo israelita puede estar tranquilo en medio de esta conmoción de los pueblos y de la naturaleza, porque Yahvé, el Señor de los ejércitos -alusión a su señorío sobre las constelaciones celestes, que se mueven a su mando con precisión militar; a su dominio sobre todas las cosas y, sobre todo, a su intervención en favor de Israel en la historia contra sus enemigos-, está con él. Es el título característico de la literatura profética, especialmente en los escritos de Isaías.

Yahvé es Dios de paz (vv. 9-12). Después de presentar a Yahvé dominando las fuerzas cósmicas y las grandes conmociones históricas en beneficio de su pueblo, el poeta hace una invitación a reflexionar sobre las proezas y gestas de Yahvé, obra de su omnipotencia. La invitación se dirige a todos, pero especialmente a las naciones gentílicas, que deben recibir una lección de los hechos ocurridos (v. 11). La intervención divina acabará por imponer la paz universal, haciendo cesar la guerra hasta los confines de la tierra. La perspectiva del salmista, como la de los profetas en general, se ensancha y proyecta hacia los tiempos mesiánicos, idealizando el futuro conforme a las ansias de paz que hay en el corazón del hombre. En Isaías 2,4 se habla de una época venturosa futura en la que "de las espadas forjarán arados, y de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, ni se adiestrarán para la guerra". El salmista se sitúa en la misma panorámica deslumbradora: Él (Yahvé) rompe los arcos, quiebra las lanzas y prende fuego a los escudos (v. 10b). Es el mismo pensamiento de Isaías 9,4. Es la obra del Emmanuel ("Dios con nosotros"). Justamente en el salmo se repite el estribillo de que el Señor de los ejércitos hará la liberación porque está con nosotros (Immanu 'El). La dependencia del salmo de los escritos de Isaías es tan estrecha, que bien podemos ver en ello una relación con los grandes vaticinios liberadores del profeta. La perspectiva de la paz mesiánica futura era la estrella polar de los angustiados corazones israelitas, tantas veces probados por los sobresaltos bélicos. Así, el salmista, después de aludir a una portentosa liberación de Jerusalén de una invasión de pueblos enemigos, anuncia a sus contemporáneos que esto será el símbolo de otra liberación más amplia y definitiva, cuando desaparezcan todos los instrumentos de guerra. Zacarías se hace eco de esta ansia universal de paz: "Suprimirá los carros de guerra de Efraín y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de guerra, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio alcanzará de mar a mar".

Finalmente, el salmista pone en boca de Yahvé una amonestación a las naciones para que entren en cordura y reconozcan su señorío como Dios, y, en consecuencia, desistan de atacar a su pueblo, pues, de lo contrario, tendrán que vérselas con su omnipotencia. Rendíos y reconoced que yo soy Dios... Tiene señorío sobre las gentes y naciones, y, por tanto, no se pueden librar de su manifestación punitiva, ya que Él domina toda la tierra (v. 11). Es una amonestación similar a la de Salmo 2,10-12: "Y ahora, reyes, sed sensatos, escarmentad los que regís la tierra: servid al Señor con temor, rendidle homenaje temblando; no sea que se irrite, y vayáis a la ruina, porque se inflama de pronto su ira".

El estribillo final repite la confianza en la protección de Dios, que es el Señor de los ejércitos, y, al mismo tiempo, Dios de Jacob, vinculado a su descendencia por un pacto.

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

De los Santos Padres

Catequesis de Juan Pablo II

1. Acabamos de escuchar el primero de los seis himnos a Sión que recoge el Salterio (cf. Sal 47, 75, 83, 86 y 121). El salmo 45, como las otras composiciones análogas, celebra la ciudad santa de Jerusalén, "la ciudad de Dios, la santa morada del Altísimo" (v. 5), pero sobre todo expresa una confianza inquebrantable en Dios, que "es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro" (v. 2; cf. vv. 8 y 12). Este salmo evoca los fenómenos más tremendos para afirmar con mayor fuerza la intervención victoriosa de Dios, que da plena seguridad. Jerusalén, a causa de la presencia de Dios en ella, "no vacila" (v. 6).

El pensamiento va al oráculo del profeta Sofonías, que se dirige a Jerusalén y le dice: "Alégrate, hija de Sión; regocíjate, Israel; alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén. (...) El Señor, tu Dios, está en medio de ti, como poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti; te renovará por su amor; se regocijará por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta" (Sof 3, 14. 17-18).

2. El salmo 45 se divide en dos grandes partes mediante una especie de antífona, que se repite en los versículos 8 y 12: "El Señor de los Ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob". El título "Señor de los ejércitos" es típico del culto judío en el templo de Sión y, a pesar de su connotación marcial, vinculada al arca de la alianza, remite al señorío de Dios sobre todo el cosmos y sobre la historia.

Por tanto, este título es fuente de confianza, porque el mundo entero y todas sus vicisitudes se encuentran bajo el gobierno supremo del Señor. Así pues, este Señor está "con nosotros", como lo confirma la antífona, con una referencia implícita al Emmanuel, el "Dios con nosotros" (cf. Is 7,14; Mt 1,23).

3. La primera parte del himno (cf. Sal 45,2-7) está centrada en el símbolo del agua, que presenta dos significados opuestos. En efecto, por una parte, braman las olas del mar, que en el lenguaje bíblico son símbolo de devastaciones, del caos y del mal. Esas olas hacen temblar las estructuras del ser y del universo, simbolizadas por los montes, que se desploman por la irrupción de una especie de diluvio destructor (cf. vv. 3-4). Pero, por otra parte, están las aguas saludables de Sión, una ciudad construida sobre áridos montes, pero a la que alegra "el correr de las acequias" (v. 5). El salmista, aludiendo a las fuentes de Jerusalén, como la de Siloé (cf. Is 8,6-7), ve en ellas un signo de la vida que prospera en la ciudad santa, de su fecundidad espiritual y de su fuerza regeneradora.

Por eso, a pesar de las convulsiones de la historia que hacen temblar a los pueblos y vacilar a los reinos (cf. Sal 45,7), el fiel encuentra en Sión la paz y la serenidad que brotan de la comunión con Dios.

4. La segunda parte del salmo 45 (cf. vv. 9-11) puede describir así un mundo transfigurado. El Señor mismo, desde su trono en Sión, interviene con gran vigor contra las guerras y establece la paz que todos anhelan. Cuando se lee el versículo 10 de nuestro himno: "Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe, rompe los arcos, quiebra las lanzas, prende fuego a los escudos", el pensamiento va espontáneamente a Isaías.

También el profeta cantó el fin de la carrera de armamentos y la transformación de los instrumentos bélicos de muerte en medios para el desarrollo de los pueblos: "De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra" (Is 2,4).

5. La tradición cristiana ha ensalzado con este salmo a Cristo "nuestra paz" (cf. Ef 2,14) y nuestro liberador del mal con su muerte y resurrección. Es sugestivo el comentario cristológico que hace san Ambrosio partiendo del versículo 6 del salmo 45, en el que se asegura que Dios "socorre" a la ciudad "al despuntar la aurora". El célebre Padre de la Iglesia ve en ello una alusión profética a la resurrección.

En efecto -explica-, "la resurrección matutina nos proporciona el apoyo del auxilio celestial; esa resurrección, que ha vencido a la noche, nos ha traído el día, como dice la Escritura: "Despiértate y levántate, resucita de entre los muertos. Y brillará para ti la luz de Cristo". Advierte el sentido místico. Al atardecer se realizó la pasión de Cristo. (...) Al despuntar la aurora, la resurrección. (...) Muere al atardecer del mundo, cuando ya desaparece la luz, porque este mundo yacía totalmente en tinieblas y estaría inmerso en el horror de tinieblas aún más negras si no hubiera venido del cielo Cristo, luz de eternidad, a restablecer la edad de la inocencia al género humano. Por tanto, el Señor Jesús sufrió y con su sangre perdonó nuestros pecados, ha resplandecido la luz de una conciencia más limpia y ha brillado el día de una gracia espiritual" (Commento a dodici Salmi, SAEMO, VIII, Milán-Roma, 1980, p. 213).

[Audiencia general del Miércoles 16 de junio de 2004]

Catequesis de Benedicto XVI

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