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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
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San Cesáreo de Arlés, monje y obispo
fecha: 27 de agosto
n.: c. 470 - †: 542 - país: Francia
otras formas del nombre: Cesario, Caesarius
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Arlés, de la Provenza, san Cesáreo, obispo, que, después de haber llevado vida monástica en la isla de Lérins, recibió este episcopado en contra de sus deseos. Preparó y reunió sermones apropiados para las festividades, que los presbíteros debían leer con objeto de instruir al pueblo, y escribió también reglas de vida, tanto para hombres como para religiosas, para dirigir la vida monástica.
Patronazgos: protector en riesgos de incendio.

San Cesáreo nació el año 470, cerca de Chalon-sur-Saóne. Pertenecía a una familia galo-romana. A los dieciocho años, cuando ya había adquirido un respetable cúmulo de ciencia, determinó abrazar la carrera sacerdotal. Dos años más tarde, se retiró a la abadía de Lérins, que había dado ya a la Iglesia muchos varones santos y sabios. El abad le nombró bodeguero. Pero, como las pasiones humanas alcanzan aun los sitios más alejados de los incentivos del vicio, algunos monjes tomaron a mal la administración escrupulosa de Cesáreo, y el abad se vio obligado a relevarle del oficio. Cesáreo quedó encantado de poder disponer de más tiempo para la contemplación y la penitencia; pero, como su salud se empezaba a resentir, fue enviado a reponerse en Arlés. El santo era pariente de Enoo, el obispo del lugar, a quien llamó la atención el cuidado con que el monje evitaba la lectura de los autores paganos a los jóvenes que se preparaban al sacerdocio. Así pues, escribió al abad de Cesáreo suplicándole que le cediese al religioso para su diócesis. Una vez que Cesáreo recibió la ordenación sacerdotal, Enoo le puso al frente de un monasterio en el que la disciplina estaba muy relajada. El santo redactó una regla, gobernó el monasterio durante tres años y consiguió convertirlo en un modelo, a pesar de su propia juventud e inexperiencia. En su lecho de muerte, el obispo de Arlés propuso que le sucediese Cesáreo. Este huyó a ocultarse en el cementerio, pero fue descubierto, y el pueblo y el clero le obligaron a aceptar la elección. Tenía entonces treinta y tres años, e iba a gobernar la diócesis durante cuarenta más.

San Cesáreo no tenía el hábito de suntuosidad y el espíritu de orden que movían a tantos obispos de la época a exagerar la importancia de su cargo para asegurar la estabilidad. Pero poseía en cambio un profundo espíritu religioso, que hizo de él el principal prelado de las Galias. Una de sus primeras empresas fue regularizar el canto del oficio divino. Hasta entonces, sólo se cantaba en público, en Arlés, los sábados, los domingos y los días de fiesta, pero san Cesáreo lo impuso diariamente, como se acostumbraba en otros sitios Y no tuvo reparos en modificarlo para conseguir que los cristianos acudiesen más regularmente. Por otra parte, enseñó a su grey a orar de verdad, a elevar a Dios los deseos de su corazón y no simplemente a mover los labios en vano y aun con riesgo de cometer sacrilegio, ya que la verdadera oración consiste en levantar el corazón hasta Dios. Solía decir: «El hombre adora aquello en lo que tiene puesta la mente cuando reza. El que al orar piensa en los asuntos políticos o en la construcción de su casa, no adora a Dios sino a su casa o a los asuntos políticos». San Cesáreo predicaba siempre los domingos y días de fiesta, mañana y tarde y, con frecuencia, lo hacía también entre semana. Si por alguna razón se hallaba impedido, hacía que los sacerdotes y diáconos leyesen al pueblo alguna homilía de los Padres. También mandó que se leyesen esas homilías después de los maitines y vísperas para que el pueblo nunca saliese de la iglesia sin haber aprendido algo. El estilo del santo, que detestaba los discursos complicados, era sencillo, natural y agradable. Solía descender a detalles y clamaba contra los vicios más extendidos, en particular contra la costumbre de dejar el arrepentimiento para el día de mañana. Con frecuencia, hablaba de las penas del purgatorio por los pecados veniales y de la necesidad de repararlos con las frecuentes penitencias. Sobre todo, predicaba acerca de la oración, el ayuno, la limosna, el perdón de las injurias, la castidad y la práctica de las buenas obras. En resumen, fue el primer predicador «popular» cuyos sermones han llegado hasta nosotros; están llenos de comparaciones familiares y rara vez duran más de un cuarto de hora. Al mismo tiempo, el santo inculcaba a sus oyentes el valor de la oración litúrgica, que tanto se esforzó por popularizar. «Que vuestras acciones correspondan a vuestras palabras -repetía-. Que vuestras almas sean tan puras como lo exige el texto: Dichosos los que van por camino perfecto (Sal 119,1). Al entonar el versículo 'sean confundidos los soberbios' (Sal 119,78), procurad detestar el orgullo y huir de él. En esa forma, en tanto que os dejáis encantar por la melodía, comprenderéis lo que el salmista quería decir cuando exclamaba: ¡Cuán dulces en mis labios tus palabras!' (Sal 119,103).»

Uno de sus primeros biógrafos llama a san Cesáreo «otro Noé que construyó un arca para proteger a sus hijos contra los peligros de su tiempo». Se trata de una alusión al monasterio que abrió como refugio para las doncellas y viudas del sur de las Galias que querían consagrarse a Dios. El monasterio se hallaba, al principio, en Aliscamps, entre las tumbas romanas; más tarde, fue trasladado al interior de las murallas de la ciudad. Su primer nombre fue San Juan; después tomó el nombre de San Cesáreo. Éste confió al gobierno del convento a su hermana santa Cesaria, redactó personalmente la regla y siempre consideró a aquella obra como una de las principales empresas de su vida. En sus reglas, insistía en la inviolabilidad absoluta de la clausura. También redactó otras parecidas para los monasterios masculinos y la impuso a todos los de su diócesis. La costumbre de la clausura fue extendiéndose poco a poco a otras regiones. Tras haber defendido con éxito su extensa jurisdicción contra las pretensiones del obispo de Vienne, san Cesáreo fue promovido a la sede de Arlés, que tenía como sufragáneas a varias diócesis. En calidad de primado, el santo presidió varios sínodos, de los que el más importante fue el de Orange en 529. Dicho sínodo se pronunció contra los que afirmaban que Dios predestina a ciertas almas a la condenación; también declaró que a la gracia de Dios debemos el primer movimiento de nuestras almas hacia Él, de suerte que Dios es el autor de toda conversión, contra lo que sostenían los semipelagianos.

Junto con esta actividad eclesiástica, san Cesáreo participó también en los principales acontecimientos sociales y políticos de su tiempo. La ciudad de Arlés estaba entonces bajo el dominio del rey visigodo Alarico II. Las malas lenguas dijeron al monarca que san Cesáreo, quien había nacido en Borgoña, estaba tratando de anexar el territorio de Arlés a los dominios del rey de Borgoña. La acusación era falsa; pero Alarico desterró al santo a Burdeos el año 505. Cuando el monarca cayó en la cuenta de la injusticia que había cometido, llamó a san Cesáreo del destierro y condenó a su calumniador a morir apedreado, aunque acabó por perdonarle, a ruegos del santo. Cuando los borgoñones sitiaron Arlés, la mayoría de los prisioneros fueron conducidos a la ciudad. Viéndoles mal vestidos y peor alimentados, san Cesáreo no tuvo reparo en emplear las riquezas de su iglesia para socorrerlos. Así pues, mandó fundir toda la plata, los incensarios, los cálices, las patenas y declaró: «Nuestro Señor, en la Última Cena, empleó platos de barro, no de plata. Bien está, pues, que usemos los vasos sagrados para socorrer a quienes Él redimió con su sangre. Quienes nos critican por ello serían los primeros en alegrarse, si se hallasen en las circunstancias de los prisioneros».

Después de la muerte del monarca visigodo, se apoderó de los dominios del Languedoc el ostrogodo Teodorico, rey de Italia. Habiendo concebido ciertas sospechas contra san Cesáreo, mandó arrestarle y conducirle a Ravena. Al llegar a la presencia de Teodorico, el santo le saludó y el rey, al ver el aspecto venerable e intrépido del anciano, se levantó y le saludó también. En seguida hablaron ambos amigablemente acerca del estado de Arlés. Después de despedir al santo, Teodorico dijo a los presentes: «Quiera Dios castigar a los que son responsables de que este santo haya tenido que hacer un viaje tan largo e inútil. Cuando quedó en mi presencia, me estremecí al ver su rostro de ángel. No puedo creer que un hombre así sea capaz de cometer los crímenes de que se le acusa». El rey envió a san Cesáreo una bandeja de plata con trescientas monedas de oro y un mensaje que decía: «Acepta este regalo del rey, tu hijo, como una prueba de su amistad». El santo vendió la bandeja y empleó el dinero en rescatar cautivos. Después continuó el viaje hacia Roma, donde el papa san Símaco confirmó los derechos primaciales de la sede de Arlés, nombró a Cesáreo delegado apostólico en las Galias y le confirió el palio. Según se dice, san Cesáreo fue el primer obispo de Europa occidental que recibió el palio.

El año 514 retornó a Arlés, y siguió en el gobierno y la instrucción de su grey durante muchos años. Cuando los francos tomaron la ciudad, el año 536, se retiró un tanto de la vida pública al convento de San Juan. A los setenta y tres años, sintiendo que la muerte se acercaba, hizo su testamento en favor de las religiosas del convento y empezó a prepararse para la muerte. Poco antes de la fiesta de San Agustín, preguntó si la fecha estaba aún muy lejana, y añadió: «Espero que para entonces ya habré muerto, pues bien sabéis la predilección que he tenido siempre por la doctrina tan católica de ese santo». Haciéndose transportar en una silla de brazos al monasterio que había fundado, exhortó a las religiosas a soportar con paciencia la pena que iba a causarle su muerte. La superiora del monasterio, que había sucedido a la hermana del santo, se llamaba también Cesaria, y había entonces más de doscientas religiosas. San Cesáreo, «verdadero maestro de la Galia franca», murió la víspera de la fiesta de San Agustín, el año 543.

Existen dos biografías antiguas. Ambas fueron publicadas por Mabillon y los bolandistas, y editadas críticamente por B. Krusch en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores Merov., vol. III, pp. 547-501. El mismo crítico ha puesto en duda la autenticidad del testamento de san Cesáreo; pero la respuesta de G. Morin, en Revue Bénédictine, vol. XVI (1899), pp. 97-112, quien publicó otro texto revisado del documento, es completamente satisfactoria. En 1894, aparecieron dos importantes monografías sobre san Cesáreo: la de B. F. Arnold, Caesarius von Arelate und di gallische Kirche seiner Zeit, y la de A. Malnory, St Césaire Evéque d'Arles. Pero el autor que posee claramente mayor competencia acerca de los escritos y la vida del santo es Dom G. Morin. En Etudes, Textes, Découvertes (1913), pp. 41-45, hay una lista de sus primeros estudios sobre San Cesáreo. Morin hizo una edición de los sermones y otras obras de San Cesáreo (1937-1942); en el segundo volumen se halla la biografía escrita por Cipriano de Toulon. Dom Morin demostró que, si bien san Cesáreo no fue personalmente el autor del Credo Atanasiano (Quicumque vult...), fue el primer escritor que lo conoció a fondo. En una época, Morin se inclinaba a atribuir a San Cesáreo la importante colección canónica llamada Statuta Ecclesiae antiqua; pero tal atribución ha sido muy discutida. Se hallará una introducción actualizada a la vida y la obra del santo en la Patrología IV, de Di Berardino, BAC, 2000, pág 363ss.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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