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El Testigo Fiel
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San Cipriano de Cartago, obispo y mártir
fecha: 14 de septiembre
n.: c. 200 - †: 258 - país: África Septentrional
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Cartago, de la África romana, pasión de san Cipriano, obispo muy esclarecido en santidad y doctrina, que gobernó sabiamente la Iglesia en tiempos difíciles, consolidó la fe de los cristianos en medio de tribulaciones, y, en tiempo del emperador Galieno, después de sufrir un penoso exilio, consumó su fe en el martirio, decapitado por orden del procónsul ante gran concurrencia de pueblo. Su memoria se celebra también pasado mañana.
Patronazgos: protector contra la peste.

San Cipriano desempeñó un papel importantísimo en la historia de la Iglesia de Occidente y en el desarrollo y progreso del pensamiento cristiano durante el siglo tercero, particularmente en África, donde su influencia fue preponderante. Por su prestigio personal más que por el de su sede, llegó a ser reconocido, de hecho, como el primado de la iglesia africana, y se le menciona en el canon de la misa romana. Su nombre completo era el de Cecilio Cipriano, sus íntimos le llamaban Tascio y vino al mundo alrededor del año 200, posiblemente en Cartago. Seguramente que era nativo del África proconsular, puesto que así lo afirma san Jerónimo. Es muy poco lo que se sabe de su vida antes de su conversión aI cristianismo: era un orador público, profesor de retórica, defensor de oficio en los tribunales y participaba de lleno en la vida pública y social de Cartago. El instrumento de Dios en su conversión, cuando ya había pasado de la juventud, fue un anciano sacerdote llamado Cecilio, a quien el santo respetó y veneró siempre como a su padre y a su ángel guardián. Cecilio, a su vez, confiaba enteramente en la virtud de su discípulo y, cuando el anciano sacerdote se hallaba en su lecho de muerte, encomendó al cuidado y la protección de Cipriano a su mujer y a sus hijos. Al abrazar el cristianismo, la vida de Cipriano cambió radicalmente. Antes de recibir el bautismo, hizo el voto de mantener perfecta castidad, lo cual dejó asombrados a los cartagineses y aun sorprendió a su biógrafo, san Poncio, que exclama: «¡Quién vio jamás un milagro semejante!» Al estudio detenido de las Sagradas Escrituras, agregó Cipriano el de sus mejores expositores y comentaristas de manera que, en un tiempo relativamente corto, se familiarizó con los trabajos de los mejores escritores religiosos de su época. Le deleitaban particularmente los escritos de su compatriota Tertuliano; casi a diario leía alguno de sus pasajes y, cuando sentía el deseo de consultarlo, solía decir: «Veamos lo que dice mi maestro». No fue el menor de sus sacrificios renunciar a toda literatura profana, y en ninguno de sus numerosos escritos hay una sola cita de cualquier autor pagano. Poco después de haberse convertido, recibió Cipriano las órdenes sacerdotales y, en 248, fue designado para ocupar la sede episcopal de Cartago. Al principio, se negó a aceptar el cargo con tanta vehemencia, que incluso intentó huir, pero al fin y al cabo comprendió que sería inútil toda resistencia y consintió en que le consagraran obispo. Algunos de los sacerdotes y buena parte del pueblo se opusieron a su elección que, sin embargo, se llevó a cabo con toda validez, «de acuerdo con el juicio divino, la voz del pueblo y el consentimiento del episcopado». Cipriano administró su puesto con caridad, bondad y valor, virtudes éstas que mezcló hábilmente con la energía y una prudente serenidad. Sobre su aspecto físico nos dice Poncio que era majestuoso y atractivo hasta el punto de inspirar confianza a primera vista y que nadie podía mirarle a la cara sin sentir admiración por él; en su porte se advertía un extraño equilibrio entre la alegría y la gravedad, de suerte que todo aquél que le trataba, no sabía si debía quererlo o respetarlo más; pero lo cierto es que merecía el máximo respeto y el más grande amor.

Desde la elevación de Cipriano a la sede de Cartago hasta que hubo transcurrido poco más de un año, la Iglesia gozó de una paz perfecta, pero el emperador Decio, al tomar el poder, inició su reinado con una persecución. La época de quietud y de prosperidad había causado un efecto de debilitamiento entre los cristianos, de manera que, al anunciarse en Cartago el edicto persecutorio, éstos se apresuraron a presentarse en el capitolio para dejar registro de su apostasía ante los magistrados y sumarse a los grupos de paganos que recorrían las calles al grito de: «¡Cipriano a los leones!» El obispo fue proscrito, y se ordenó la confiscación de sus bienes, pero ya para entonces él se había retirado a un escondite y se hallaba a buen recaudo, mientras su proceder suscitaba críticas adversas tanto en Roma como en África. Cipriano creyó prudente defenderse y expuso las razones que le justificaban en una serie de cartas dirigidas al clero. Y no hay duda de que al esconderse, en medio de las circunstancias adversas, obró cuerdamente. Desde su refugio, reemplazó su presencia personal ante los fieles con sus frecuentes epístolas para exhortarles a la continua plegaria. «Pedid y recibiréis», les decía. «Que cada uno de nosotros ruegue a Dios no sólo por sí mismo y para sus propias necesidades, sino por todos los hermanos, según el modelo que nos dejó el Señor, por el cual se nos enseña a orar en común, como una hermandad, por todos en conjunto y no como individuos, ni tan sólo por nosotros. Cuando el Señor nos vea humildes, pacíficos, unidos entre nosotros, con el propósito de mejorar por nuestros actuales sufrimientos, nos salvará de manos de nuestros perseguidores». Les aseguraba que aquella tormenta había sido revelada por Dios, antes de que se produjera, a una devota persona de Cartago por medio de una visión del enemigo bajo la figura de un retiarius que se disponía a matar a los fieles, ya que éstos no estaban en guardia (un retiarius era un gladiador armado con una espada y una red -rete- con la que trataba de arrapar al oponente para matarlo). En la misma carta mencionaba otra revelación de Dios que él mismo había tenido, sobre el fin de la persecución y el restablecimiento de la paz para la Iglesia. Con aquellas cartas desde su escondite, el obispo advertía y alentaba a su grey, fortalecía a los confesores prisioneros y recomendaba a los sacerdotes que los visitaran por turnos y se las arreglaran para darles la comunión en sus calabozos.

Durante la ausencia de san Cipriano, uno de los sacerdotes que se habían opuesto a su elección episcopal, llamado Novato, se declaró abiertamente en cisma. Algunos de los apóstatas y también de los confesores que se hallaban en contra de la disciplina adoptada por san Cipriano contra los renegados, se adhirieron al cismático, puesto que Novato recibía, sin ningún requisito ni previa penitencia canónica, a todos los apóstatas que quisieran reintegrarse a la comunión de la Iglesia. San Cipriano denunció a Novato y, durante un consejo convocado en Cartago cuando se alivió un poco el rigor de la persecución, leyó el tratado que había escrito sobre la unidad de la Iglesia. «Hay -decía en él- un solo Dios, un solo Cristo y solamente una silla episcopal, originalmente fundada sobre Pedro por la autoridad del Señor. Por consiguiente, no podrá establecerse otro altar ni otro sacerdocio. Y si un hombre cualquiera, impulsado por su cólera o su temeridad, establece otra en abierto desafío a la institución divina, su ordenanza será espuria, profana y sacrílega». Vale decir que así como Pedro es el fundamento terrenal de la Iglesia entera, lo es también el obispo legítimo de cada diócesis. En aquel consejo se excomulgó a todos los jefes cismáticos, y Novato partió hacia Roma, donde Novaciano se había constituido como antipapa, con el objeto de crear disturbios en la capital del imperio. Cipriano reconoció a Cornelio, el que ocupaba por entonces la sede de san Pedro, como el único Papa, y desplegó una gran actividad para apoyarlo durante todo el cisma, lo mismo en Italia que en África. Con la ayuda de san Dionisio, obispo de Alejandría, conquistó la adhesión de los obispos de Oriente para Cornelio y les advirtió que su unión con cualquier falso obispo de Roma era lo mismo que apartarse de la comunión de la Iglesia. En relación con aquellas perturbaciones, Cipriano agregó a su tratado sobre la unidad, un capítulo sobre la cuestión de los apóstatas.

En varios pasajes de sus escritos san Cipriano se queja de que la paz de que gozó la Iglesia debilitó la vigilancia y el espíritu de algunos cristianos y abrió las puertas de la Iglesia a muchos convertidos que carecían de la verdadera fe, de suerte que sobrevino un gran relajamiento y, al ponerse a prueba la virtud de los cristianos en la persecución desatada por Decio, a muchos les faltó el valor para hacerle frente. Aquéllos fueron los renegados que ofrecieron sacrificios a los ídolos o bien los libellatici, es decir los que, sin haber sacrificado, adquirieron mediante grandes sumas de dinero, certificados donde se hacía constar que ya habían ofrecido sacrificios; a ésos se les llamó relapsos (lapsi) y, a causa de ellos y del tratamiento que debía dárseles, surgió una amarga y extensa controversia durante la persecución de Decio y varios años después: por una parte, el cismático Novato predicaba una excesiva indulgencia hacia los relapsos y, por la otra, la severidad de Novaciano se tradujo en la herejía de privar a la Iglesia del poder de absolver y perdonar a un apóstata. Fue por entonces cuando los culpables de algún pecado abominable, aparte del de apostasía, estaban en la imposibilidad de asistir a los sagrados misterios, sin haber pasado antes por una severa prueba de penitencia pública que comprendía cuatro grados y continuaba durante varios años. Sólo en ocasiones extraordinarias se concedía una disminución de aquellas penitencias y también se acostumbraba conceder «indulgencias» a los penitentes que recibían una bendición o una recomendación de alguno de los mártires en marcha al sitio de su ejecución o de algún confesor de la fe que estuviese en prisión y aun en esos casos, se requería una solicitud del mártir o del confesor en favor del penitente, solicitud ésta que el obispo y su clero examinaban antes de dar su ratificación. En los tiempos de San Cipriano, esta costumbre, adoptada en África, degeneró en un abuso por el gran número de los libelli martyrum, porque a menudo se otorgaba la solicitud de conmutación en términos muy vagos o bien perentorios y porque se otorgaban sin discernimiento y sin examen previo. Los períodos de tiempo (300 días, 7 años, plenaria, etc.) en que hoy se conceden las indulgencias, es una práctica que sobrevive desde los tiempos en que la disciplina de las penitencias públicas estaba en vigor en la Iglesia.

Cipriano condenó esos abusos con toda severidad y, no obstante que en apariencia podría pensarse que él se inclinaba por el rigorismo, en realidad seguía el término medio y, en la práctica, era considerado e indulgente. Para hacer frente a la situación que se le planteaba, recurrió a la prudencia y, luego de consultar con el clero romano, insistió para que se obedecieran sin discusión las medidas y ordenanzas que había tomado, hasta que se presentara la oportunidad de estudiar la cuestión en conjunto, entre todos los obispos y sacerdotes del África. La ocasión se presentó en el año de 251, durante el concilio de Cartago, donde se decidió que los libellaticii podían ser readmitidos tras un período de penitencia más o menos largo, según el caso, mientras que los sacrificati sólo podrían recibir la comunión en caso de muerte. Pero al año siguiente, se desató la persecución de Gallo y Volusiano, y un nuevo concilio de los obispos africanos decretó que «todos los penitentes que manifestasen nuevamente su disposición de entrar a la Iglesia y sumarse a las listas para ir a la lucha, combatir valerosamente por el nombre del Señor y por su propia salvación, recibiesen la paz de la Iglesia». El obispo dijo que tal medida era necesaria y recomendable, «a fin de citar en forma general y colectiva a los soldados de Cristo en el campo de Cristo y, así, los que verdaderamente están ansiosos de tomar las armas en sus manos y de lanzarse a la lucha, que lo hagan en buena hora. Mientras gozábamos de tiempos pacíficos, había razones de peso para mantener durante más tiempo a los penitentes en un estado de mortificación que sólo se modificaría en caso de enfermedad o de peligro. Pero ahora, los vivos tienen tanta necesidad de comunión, como los moribundos la tenían entonces, de lo contrario, sería como dejar sin armadura y sin defensa precisamente a aquéllos a quienes exhortamos y alentamos para que luchen en la batalla del Señor: a ésos son a los que debemos apoyar y fortalecer con la Sangre y el Cuerpo de Cristo. Si el objeto de la Eucaristía es dar una defensa y una seguridad a los que participan de ella, debemos fortificar a aquéllos por cuya seguridad nos preocupamos, con la armadura del banquete del Señor. ¿Cómo podrán tener la capacidad de morir por Cristo, si les negamos la Sangre de Cristo? ¿Cómo les prepararemos para que apuren la copa del martirio, si no les damos a beber antes el cáliz del Señor?»

Entre los años de 252 y 254, Cartago estuvo flagelado por una terrible epidemia de cuyas devastaciones san Poncio nos ha dejado una vivaz descripción. En aquellos tiempos de horror y desolación, san Cipriano reunió y organizó a los cristianos de la ciudad, les habló severamente sobre sus deberes de misericordia y caridad y los instruyó para que prodigaran sus cuidados no sólo a sus propias gentes, sino también a sus perseguidores y a sus enemigos. Los fieles le ofrecieron seguir fielmente sus directivas y cumplieron con su palabra. Los servicios de los cristianos fueron muy diversos: los ricos contribuyeron con muy cuantiosas sumas de dinero, los pobres dieron su trabajo y su atención personal. Los pobres y los necesitados, no solamente durante la peste, sino en todo tiempo, fueron el principal objeto de la preocupación de san Cipriano, como lo prueban sus continuas recomendaciones para que no se les desamparara y las ordenanzas que daba con frecuencia para suministrarles ayuda. Uno de sus dichos preferidos era éste: «No dejéis que duerma en vuestros cofres lo que puede ser de provecho para los pobres. Todo aquello de lo que el hombre tenga que desprenderse necesariamente tarde o temprano, es bueno que lo distribuya voluntariamente antes de su muerte, para que Dios pueda recompensarlo en la eternidad». Para consuelo y fortalecimiento de su grey durante la epidemia de peste, el santo obispo escribió su tratado De Mortalitate.

Si bien san Cipriano respaldó siempre al papa san Cornelio, en los últimos años de su vida se opuso con igual energía al papa san Esteban I en el asunto del bautismo conferido por herejes o cismáticos. Él y otros obispos africanos se negaron a reconocer la validez de esos bautismos. A pesar de que en el curso de la disputa san Cipriano publicó un tratado sobre la virtud de la paciencia, durante las discusiones, hizo un despliegue de apasionamiento y de vehemencia, un exceso que, según dice san Agustín, compensó con creces por su glorioso martirio.

En el mes de agosto del 257, se promulgó el primer edicto de la persecución de Valeriano para prohibir toda asamblea de cristianos y para exigir a los obispos, sacerdotes y diáconos, que tomasen parte en el culto oficial, bajo pena de exilio. El día 30 del mismo mes, el obispo de Cartago fue llevado ante el procónsul. El relato de su proceso y sus interrogatorios ha sido tomado de tres documentos distintos: un informe de fuentes oficiales sobre su juicio en el año de 257, que culminó con una condena al destierro; otro informe oficial sobre el segundo proceso, en el año 258, del que salió condenado a muerte; un breve relato sobre su pasión. El compilador de estos documentos agrega algunas palabras para vincular las tres narraciones. Dice como sigue:

Cuando el emperador Valeriano fue cónsul por cuarta vez y Galieno por tercera, el 30 de agosto (del 257), el procónsul Paterno dijo a Cipriano, el obispo, en la cámara de las audiencias: Los muy sagrados emperadores Valeriano y Galieno se han dignado darme cartas en las que me mandan vigilar que, de ahora en adelante, observen estrictamente el ceremonial de nuestra religión los que no profesan el culto de los romanos. Por esa razón, te hice comparecer ante mí. ¿Qué me respondes?
Cipriano: Soy cristiano y soy obispo. No conozco a otros dioses más que al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. A ese Dios servimos nosotros los cristianos; a él elevamos nuestras oraciones de día y de noche, por nosotros mismos, por todos los hombres y por la salvación de los mismos emperadores.
Paterno: ¿Persistes en mantener esas intenciones?
Cipriano: Una buena intención que reconoce a Dios no puede cambiar.
Paterno: En ese caso y de acuerdo con el edicto de Valeriano y Galieno, irás al exilio en Curubis. [Curubis era una pequeña ciudad a unos ciento ochenta kilómetros de Cartago, en una península de la costa del mar de Libia]
Cipriano: Iré.
Paterno: Los emperadores se han dignado escribirme no sólo respecto a los obispos, sino también a los sacerdotes. Por lo tanto, deseo saber por ti quiénes son los sacerdotes que viven en esta ciudad.
Cipriano: Por vuestras leyes y con sabiduría, habéis prohibido que un hombre se vuelva informador, de manera que yo no puedo revelar esos nombres. Pero se les puede encontrar en sus ciudades respectivas.
Paterno: Desde hoy los buscaré en ésta.
Cipriano: Nuestra disciplina prohibe que alguien se entregue voluntariamente y semejante actitud es contraria a nuestros principios; pero sí los buscas, los encontrarás.
Paterno: Los encontraré. Los emperadores han prohibido también que se realicen asambleas en cualquier lugar, así como el acceso a los cementerios. Si alguno de ellos no ha obedecido este saludable decreto, ha incurrido en la pena de muerte.
Cipriano: Cumple con lo que se te ha ordenado.

Entonces Paterno, el procónsul, ordenó que el bendito Cipriano fuese exilado y cuando ya había pasado algún tiempo en el destierro, el procónsul Galerio Máximo sucedió a Aspasio Paterno. El nombrado en primer lugar mandó que el santo obispo Cipriano fuese llamado del exilio para que compareciese ante él (agosto de 258) [A Cipriano se le hizo regresar del destierro en obediencia a otro edicto donde se ordenaba la sentencia de muerte para los obispos, sacerdotes y diáconos]. Cuando Cipriano, el venerable mártir elegido de Dios, hubo regresado de la ciudad de Curubis -a donde había sido exilado de acuerdo con el decreto del entonces procónsul Aspasio Paterno-, permaneció vigilado en sus propios jardines, según el mandato de los emperadores. Ahí esperaba todos los días que fueran a buscarle como le había sido revelado en un sueño. Y de pronto, mientras estaba ahí, durante el consulado de Tusco y Basso, el día 13 de septiembre, llegaron dos oficiales a buscarle: uno era el jefe de carceleros del procónsul Galerio Máximo y el otro era mariscal de la guardia del mismo procónsul. Lo colocaron entre ellos en un carro y se lo llevaron a Villa Sexti, adonde se había retirado el procónsul para recuperar su salud. El mismo ordenó que el juicio fuese diferido para el día siguiente y, mientras tanto, se llevaron al bendito Cipriano a la casa del jefe de carceleros como huésped suyo, en el barrio llamado de Saturno, entre el templo de Venus y el templo de Bienestar público. Y hasta ahí llegaron a reunirse todos los hermanos. Cuando el santo Cipriano se enteró de esto, mandó que todas las mujeres jóvenes fueran protegidas, ya que todos los que habían venido permanecían allí, en el barrio, frente a las puertas de la casa del oficial. Al día siguiente, 14 de septiembre, por la mañana, una gran muchedumbre se congregó en Villa Sexti, en espera de que se cumpliera lo que había ordenado Galerio Máximo. El mismo día, éste mandó que Cipriano compareciese ante él, en la corte llamada de Sauciolum. Cuando hubo llegado, Galerio Máximo, el procónsul, dijo a Cipriano, el obispo: ¿Eres tú Tascio Cipriano?
Cipriano: Yo soy.
Máximo: ¿Eres el padre (Papa) de esos hombres sacrílegos?
Cipriano: Sí.
Máximo: Los más santos emperadores te ordenan que sacrifiques.
Cipriano: No sacrificaré.
Máximo: Piénsalo bien.
Cipriano: Haz lo que tengas que hacer. No hay lugar para reflexión en un asunto tan claro.

Galerio Máximo consultó a sus asesores y luego, de mala gana, dictó la sentencia como sigue: «Has vivido largo tiempo en el sacrilegio; has reunido en torno tuyo a muchos cómplices en asociación ilegal; te has convertido en un enemigo de los dioses romanos y de su religión. Nuestros muy piadosos y sagrados príncipes, Valeriano y Galieno, Valeriano el Augusto y Galieno el nobilísimo César, no han podido devolverte a la práctica de nuestros ritos. Por lo tanto y en vista de que sabemos que eres el autor y el principal organizador de repugnantes crímenes, en ti haremos un ejemplo para todos aquéllos que se han unido a ti en tus perversidades: tu sangre será la confirmación de las leyes». Una vez dichas estas palabras, leyó el decreto en una tablilla: «A Tascio Cipriano se le dará muerte por la espada». Cipriano respondió: «¡ Gracias sean dadas a Dios!» Cuando fue dictada la sentencia, los hermanos ahí reunidos dijeron: «¡Que seamos decapitados con él!» La multitud siguió al condenado tumultuosamente hasta el lugar de la ejecución, un sitio rodeado por árboles a los que algunos se treparon para ver mejor. Así fue conducido Cipriano hasta la llanura de Sextus. Allí se le despojó de su manto y él se arrodilló para orar a Dios. Cuando se hubo quitado la dalmática (especie de túnica que originalmente se usó en Dalmacia. Por entonces no era todavía la vestidura eclesiástica de los diáconos) y la había entregado a sus diáconos, quedó de pie, cubierto con sus blancas ropas interiores, en espera del verdugo. Al llegar éste, Cipriano pidió a sus amigos que le diesen veinticinco piezas de oro. Los fieles tendieron frente a Cipriano paños y lienzos. El mismo se vendó los ojos con sus manos y, como no pudiese atar los extremos del pañuelo, Julián el sacerdote y Julián el subdiácono lo hicieron en su lugar. Así sufrió el bendito Cipriano; su cuerpo fue tendido en un lugar cercano para satisfacer la curiosidad de los paganos. Después, en horas de la noche, los cristianos le trasportaron, con velas y antorchas, entre plegarias y en procesión triunfal, hasta el cementerio de Macrobius Candidianus, el procurador, que se encuentra en el camino a Mappalia, cerca de los estanques. Pocos días más tarde, murió Galerio Máximo, el procónsul.

Las cartas de San Cipriano, una breve nota del De Viris Illustribus de San Jerónimo, la pasión del santo y el esbozo biográfico atribuído a su diácono san Poncio, son nuestras principales fuentes de información. La pasión y la biografía han sido muy discutidas. En el vol. XXXIX del Texte und Untersuchungen, Harnack dedica unas páginas a Das beben Cyprianis von Pontius y la describe como la primera biografía cristiana de cuantas existen. Reizenstein, en la Sitzungsberichte Fil. e Hist. de Heidelberg (1913), da un punto de vista menos favorable y dice que no tiene importancia como fuente histórica. Delehaye discute el asunto en Les Passions des Martyr et les genres littéraires (1921). Si Delehaye tiene razón, no se puede decir que las Actas Proconsulares de san Cipriano sean «un registro único sobre el proceso y muerte de un mártir con toda su autenticidad y pureza». Por muy dignos de confianza que sean los documentos, no son copia fiel de las actas oficiales. El mismo escritor en Analecta Bollandiana, vol. XXXIX (1921), pp. 314-332, observa la singular confusión que se ha hecho entre la historia de san Cipriano de Cartago y la leyenda ficticia de san Cipriano de Antioquía. Ver también el Acta Sanctorum, sept. vol. IV. En el volumen I de la Patrología de Quasten se encontrará una amplia introducción a los escritos del santo.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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