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El Testigo Fiel
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Necesitamos dejar de lado lo que nos impide ser cristianos auténticos ¡nuevo!

por P. Inácio Lopes Filho
8 de septiembre de 2019
Homilía al XXIII domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C

Lecturas:

Sb 9,13-18: ¿Quién comprende lo que Dios quiere?

Sal 89,3-4.5-6.12-13.14.17: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Flm 9b-10.12-17: Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.

Lc 14,25-33: El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

 

Hermanos, una de las cosas más ricas en una persona es la humildad, reconociendo que estamos aquí en la tierra de paso y debemos disfrutar este tiempo, esta gracia de Dios para hacer el bien y evitar el mal.

Por lo tanto, la sabiduría es fundamental para guiar la mente y los corazones de aquellos que buscan seguir la verdad. La sabiduría y la humildad nos dan equilibrio.

En la primera lectura es muy claro:

"¿Quién conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría y le envías tu santo espíritu desde lo alto"?

La arrogancia es enemiga de la humildad. Los que son sabios pero actúan con arrogancia están lejos de tener corazones sedientos de guía y amor.

La sabiduría es un don del Espíritu Santo de Dios, y quienes la reciben deben usarla para servir a los demás.

 

Dios es nuestro refugio, el salmo nos asegura esta verdad.

Eso significa que no estás solo en medio de las dificultades de la vida.

De una manera muy especial hemos experimentado esta certeza: Dios está con nosotros.

Cuando sufrimos la derrota, nos toma de la mano y nos levanta.

Si estamos en soledad, Él es nuestra compañía.

La misericordia de Dios nos alcanza con su amor eterno.

Pablo sufrió a causa del Evangelio de Cristo y, en medio de los muchos tormentos y persecuciones, no dejó de amar, no dejó de hacer el bien, no dejó de proclamar la Palabra.

San Pablo está preocupado por salvar de la esclavitud al que le ha hecho tanto bien.

Nos deja una lección, un aprendizaje: No podemos evitar ayudar a quienes sufren, incluso si nos cuesta mucho.

Seguir a Jesús es un compromiso diario, un acto de libertad, adhesión y amor.

Para seguir a Cristo debemos pasar por una transformación interna, una conversión interna.

Aquellos que tuvieron un encuentro personal con Cristo y fueron tocados por Él tuvieron sus vidas transformadas.

Los primeros apóstoles dejaron las redes, el bote, la familia y lo siguieron.

Seguir a Cristo es tomar la Cruz para que puedas entrar en la gloria.

Necesitamos dejar de lado lo que nos impide ser cristianos auténticos y aceptar el llamado de Jesús a nuestras vidas.

Que así sea.

 

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