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El Testigo Fiel
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Documentación: Catequesis del Papa León XIV:

Jesucristo, nuestra esperanza (2ª etapa)
Papa León retoma el conjunto de las catequesis jubilares comenzado por Papa Francisco e interrumpido por su muerte: las catequesis jubilares que tienen como tema la esperanza, pero en donde el centro de esa esperanza es la persona concreta de Jesucristo.

1 - El sembrador (21 de mayo de 2025)

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra darles la bienvenida en mi primera audiencia general. Retomo el ciclo de catequesis jubilares sobre el tema «Jesucristo, nuestra esperanza», iniciado por el Papa Francisco.

Hoy seguiremos meditando sobre las parábolas de Jesús, que nos ayudan a recuperar la esperanza, porque nos muestran cómo obra Dios en la historia. Hoy me gustaría detenerme en una parábola un poco particular, porque es una especie de introducción a todas las parábolas. Me refiero a la del sembrador (cf. Mt 13, 1-17). En cierto sentido, en este relato podemos reconocer la forma de comunicarse de Jesús, que tiene mucho que enseñarnos para el anuncio del Evangelio hoy.

Cada parábola cuenta una historia tomada de la vida cotidiana, pero quiere decirnos algo más, nos remite a un significado más profundo. La parábola suscita en nosotros interrogantes, nos invita a no quedarnos en las apariencias. Ante la historia que se cuenta o la imagen que se me presenta, puedo preguntarme: ¿dónde estoy yo en esta historia? ¿Qué dice esta imagen a mi vida? El término parábola proviene, de hecho, del verbo griego paraballein, que significa lanzar delante. La parábola me lanza delante una palabra que me provoca y me empuja a interrogarme.

La parábola del sembrador habla precisamente de la dinámica de la palabra de Dios y de los efectos que produce. De hecho, cada palabra del Evangelio es como una semilla que se arroja al terreno de nuestra vida. Muchas veces Jesús utiliza la imagen de la semilla, con diferentes significados. En el capítulo 13 del Evangelio de Mateo, la parábola del sembrador introduce una serie de otras pequeñas parábolas, algunas de las cuales hablan precisamente de lo que ocurre en el terreno: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza, el tesoro escondido en el campo. ¿Qué es, entonces, este terreno? Es nuestro corazón, pero también es el mundo, la comunidad, la Iglesia. La palabra de Dios, de hecho, fecunda y provoca toda realidad.

Al principio, vemos a Jesús que sale de su casa y se reúne a su alrededor una gran multitud (cf. Mt 13, 1). Su palabra fascina y despierta la curiosidad. Entre la gente hay, evidentemente, muchas situaciones diferentes. La palabra de Jesús es para todos, pero actúa en cada uno de manera diferente. Este contexto nos permite comprender mejor el sentido de la parábola.

Un sembrador, bastante original, sale a sembrar, pero no se preocupa de dónde cae la semilla. La arroja incluso donde es improbable que dé fruto: en el camino, entre las piedras, entre los espinos. Esta actitud sorprende a los oyentes y los lleva a preguntarse: ¿por qué?

Estamos acostumbrados a calcular las cosas —y a veces es necesario—, ¡pero esto no vale en el amor! La forma en que este sembrador «derrochador» arroja la semilla es una imagen de la forma en que Dios nos ama. Es cierto que el destino de la semilla depende también de la forma en que la acoge el terreno y de la situación en que se encuentra, pero ante todo, con esta parábola, Jesús nos dice que Dios arroja la semilla de su palabra sobre todo tipo de terreno, es decir, en cualquier situación en la que nos encontremos: a veces somos más superficiales y distraídos, a veces nos dejamos llevar por el entusiasmo, a veces estamos agobiados por las preocupaciones de la vida, pero también hay momentos en los que estamos disponibles y acogedores. Dios confía y espera que tarde o temprano la semilla florezca. Él nos ama así: no espera a que seamos el mejor terreno, siempre nos da generosamente su palabra. Quizás precisamente al ver que Él confía en nosotros, nazca en nosotros el deseo de ser un terreno mejor. Esta es la esperanza, fundada sobre la roca de la generosidad y la misericordia de Dios.

Al contar cómo la semilla da fruto, Jesús también está hablando de su vida. Jesús es la Palabra, es la Semilla. Y la semilla, para dar fruto, debe morir. Entonces, esta parábola nos dice que Dios está dispuesto a «desperdiciarse» por nosotros y que Jesús está dispuesto a morir para transformar nuestra vida.

Tengo en mente ese hermoso cuadro de Van Gogh: El sembrador al atardecer. Esa imagen del sembrador bajo el sol abrasador me habla también del esfuerzo del campesino. Y me llama la atención que, detrás del sembrador, Van Gogh haya representado el trigo ya maduro. Me parece una imagen de esperanza: de una forma u otra, la semilla ha dado fruto. No sabemos muy bien cómo, pero es así. En el centro de la escena, sin embargo, no está el sembrador, que está a un lado, sino que todo el cuadro está dominado por la imagen del sol, tal vez para recordarnos que es Dios quien mueve la historia, aunque a veces nos parezca ausente o lejano. Es el sol que calienta la tierra y hace madurar la semilla.

Queridos hermanos y hermanas, ¿en qué situación de la vida nos alcanza hoy la palabra de Dios? Pidamos al Señor la gracia de acoger siempre esta semilla que es su palabra. Y si nos damos cuenta de que no somos terreno fértil, no nos desanimemos, sino pidámosle que siga trabajando en nosotros para convertirnos en terreno mejor.

2 - El samaritano (28 de mayo de 2025)

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos meditando sobre algunas parábolas del Evangelio que nos ofrecen la oportunidad de cambiar de perspectiva y abrirnos a la esperanza. La falta de esperanza, a veces, se debe a que nos quedamos atrapados en una cierta forma rígida y cerrada de ver las cosas, y las parábolas nos ayudan a mirarlas desde otro punto de vista.

Hoy me gustaría hablarles de una persona experta, preparada, un doctor en la Ley, que sin embargo necesita cambiar de perspectiva, porque está concentrado en sí mismo y no se da cuenta de los demás (cf. Lc 10,25-37). De hecho, le pregunta a Jesús cómo se «hereda» la vida eterna, utilizando una expresión que la considera como un derecho inequívoco. Pero detrás de esta pregunta, quizás se esconde precisamente una necesidad de atención: la única palabra sobre la que pide explicaciones a Jesús es el término «prójimo», que literalmente significa «el que está cerca».

Por eso, Jesús cuenta una parábola que es un camino para transformar esa pregunta, para pasar del «¿quién me quiere?» al «¿quién ha querido?». La primera es una pregunta inmadura, la segunda es la pregunta del adulto que ha comprendido el sentido de su vida. La primera pregunta es la que pronunciamos cuando nos situamos en un rincón y esperamos, la segunda es la que nos impulsa a ponernos en camino.

La parábola que cuenta Jesús tiene, de hecho, como escenario un camino, y es un camino difícil y áspero, como la vida. Es el camino que recorre un hombre que baja de Jerusalén, la ciudad en la montaña, a Jericó, la ciudad bajo el nivel del mar. Es una imagen que ya presagia lo que podría ocurrir: efectivamente, sucede que ese hombre es asaltado, golpeado, despojado y abandonado medio muerto. Es la experiencia que se vive cuando las situaciones, las personas, a veces incluso aquellos en quienes hemos confiado, nos quitan todo y nos dejan tirados.

Pero la vida está hecha de encuentros, y en estos encuentros nos revelamos tal y como somos. Nos encontramos frente al otro, frente a su fragilidad y su debilidad, y podemos decidir qué hacer: cuidar de él o hacer como si nada. Un sacerdote y un levita bajan por ese mismo camino. Son personas que prestan servicio en el Templo de Jerusalén, que viven en el espacio sagrado. Sin embargo, la práctica del culto no lleva automáticamente a ser compasivos. De hecho, antes que una cuestión religiosa, ¡la compasión es una cuestión de humanidad! Antes de ser creyentes, estamos llamados a ser humanos.

Podemos imaginar que, después de haber permanecido mucho tiempo en Jerusalén, aquel sacerdote y aquel levita tienen prisa por volver a casa. Es precisamente la prisa, tan presente en nuestra vida, la que muchas veces nos impide sentir compasión. Quien piensa que su viaje debe tener la prioridad, no está dispuesto a detenerse por otro.

Pero he aquí que llega alguien que sí es capaz de detenerse: es un samaritano, es decir, alguien que pertenece a un pueblo despreciado (cf. 2Re 17). En su caso, el texto no precisa la dirección, sino que solo dice que estaba de viaje. La religiosidad aquí no tiene nada que ver. Este samaritano se detiene simplemente porque es un hombre ante otro hombre que necesita ayuda.

La compasión se expresa a través de gestos concretos. El evangelista Lucas se detiene en las acciones del samaritano, al que llamamos «bueno», pero que en el texto es simplemente una persona: el samaritano se acerca, porque si quieres ayudar a alguien, no puedes pensar en mantenerte a distancia, tienes que implicarte, ensuciarte, quizás contaminarte; le venda las heridas después de limpiarlas con aceite y vino; lo carga en su montura, es decir, se hace cargo de él, porque solo se ayuda de verdad si se está dispuesto a sentir el peso del dolor del otro; lo lleva a una posada donde gasta su dinero, «dos denarios», más o menos dos días de trabajo; y se compromete a volver y, si es necesario, a pagar más, porque el otro no es un paquete que hay que entregar, sino alguien que hay que cuidar.

Queridos hermanos y hermanas, ¿cuándo seremos capaces nosotros también de interrumpir nuestro viaje y tener compasión? Cuando hayamos comprendido que ese hombre herido en el camino nos representa a cada uno de nosotros. Y entonces, el recuerdo de todas las veces que Jesús se detuvo para cuidar de nosotros nos hará más capaces de compasión.

Recemos, pues, para que podamos crecer en humanidad, de modo que nuestras relaciones sean más verdaderas y más ricas en compasión. Pidamos al Corazón de Cristo la gracia de tener cada vez más sus mismos sentimientos.

3 - Los obreros en la viña (4 de junio de 2025)

Queridos hermanos y hermanas,

deseo detenerme una vez más en una parábola de Jesús. También en este caso, se trata de un relato que alimenta nuestra esperanza. A veces, en efecto, tenemos la impresión de que no encontramos sentido a nuestra vida: nos sentimos inútiles, inadecuados, como los obreros que esperan en la plaza del mercado a que alguien los contrate para trabajar. Pero a veces el tiempo pasa, la vida transcurre y no nos sentimos reconocidos ni apreciados. Quizás no hemos llegado a tiempo, otros se han presentado antes que nosotros, o las preocupaciones nos han retenido en otro lugar.

La metáfora de la plaza del mercado es muy adecuada también para nuestros tiempos, porque el mercado es el lugar de los negocios, donde, lamentablemente, también se compran y se venden el afecto y la dignidad, tratando de ganar algo. Y cuando no nos sentimos apreciados, reconocidos, corremos el riesgo de vendernos al mejor postor. El Señor, en cambio, nos recuerda que nuestra vida vale, y su deseo es ayudarnos a descubrirlo.

En la parábola que comentamos hoy, unos jornaleros esperan a que alguien los contrate para ese día. Estamos en el capítulo 20 del Evangelio de Mateo, y también aquí encontramos un personaje que se comporta de manera insólita, que asombra e interpela. Es el dueño de una viña, que sale personalmente a buscar a sus obreros. Evidentemente quiere establecer con ellos una relación personal.

Como decía, se trata de una parábola que da esperanza, porque nos dice que este amo sale varias veces a buscar a quienes esperan dar sentido a sus vidas. El amo sale al amanecer, y, luego, cada tres horas, vuelve a buscar obreros para enviarlos a su viña. Siguiendo este ritmo, después de salir a las tres de la tarde, ya no habría razón para salir de nuevo, porque la jornada laboral terminaba a las seis.

Mas este amo incansable, que quiere a toda costa dar valor a la vida de cada uno de nosotros, sale también a las cinco. Los jornaleros que se habían quedado en la plaza del mercado probablemente habían perdido toda esperanza. Ese día había sido en vano. Pero alguien siguió creyendo en ellos. ¿Qué sentido tiene contratar trabajadores solo para la última hora de la jornada laboral? ¿Qué sentido tiene ir a trabajar solo por una hora? Sin embargo, incluso cuando nos parece que podemos hacer poco en la vida, siempre vale la pena. Siempre existe la posibilidad de encontrar un sentido, porque Dios ama nuestra vida.

Y aquí es donde se ve la originalidad de este amo, al final del día, a la hora de pagar. Con los primeros trabajadores, los que van a la viña al amanecer, el amo había acordado una paga de un denario, que era el coste habitual de una jornada de trabajo. A los demás les dice que les dará lo que sea justo. Y aquí es donde la parábola vuelve a provocarnos: ¿qué es justo? Para el dueño de la viña, es decir, para Dios, es justo que cada uno tenga lo necesario para vivir. Él ha llamado personalmente a los trabajadores, conoce su dignidad y, en función de ella, quiere pagarles. Y da a todos un denario.

El relato dice que los trabajadores de la primera hora se sienten decepcionados: no logran ver la belleza del gesto del amo, que no ha sido injusto, sino simplemente generoso; que no ha mirado solo el mérito, sino también la necesidad. Dios quiere dar a todos su Reino, es decir, la vida plena, eterna y feliz. Y así hace Jesús con nosotros: no establece un ranking, sino se dona enteramente a quien le abre su corazón.

A la luz de esta parábola, el cristiano de hoy podría caer en la tentación de pensar: «¿Por qué empezar a trabajar enseguida? Si la remuneración es la misma, ¿por qué trabajar más?». A estas dudas san Agustín respondía así: «¿Por qué tardas en seguir a quien te llama, cuando estás seguro de la recompensa, pero incierto del día? Cuida de no privarte, por tu dilación, de lo que Él te dará según su promesa». [1]

Quisiera decir, especialmente a los jóvenes, que no esperen, sino que respondan con entusiasmo al Señor que nos llama a trabajar en su viña. ¡No lo pospongas, arremángate, porque el Señor es generoso y no te decepcionará! Trabajando en su viña, encontrarás una respuesta a esa pregunta profunda que llevas dentro: ¿qué sentido tiene mi vida?

Queridos hermanos y hermanas, ¡no nos desanimemos! Incluso en los momentos oscuros de la vida, cuando el tiempo pasa sin darnos las respuestas que buscamos, pidamos al Señor que salga de nuevo y nos alcance allí donde lo estamos esperando. ¡El Señor es generoso y vendrá pronto!

_______________________

[1] Discorso 87, 6, 8.

4 - Bartimeo (11 de junio de 2025)

Queridos hermanos y hermanas:

con esta catequesis quisiera dirigir nuestras miradas a otro aspecto esencial de la vida de Jesús, esto es, a sus curaciones. Por eso, los invito a presentar ante el Corazón de Cristo las partes más doloridas o frágiles de ustedes, aquellos lugares de su vida en los que se sienten paralizados y bloqueados. ¡Pidamos al Señor con confianza que escuche nuestro grito y nos cure!

El personaje que nos acompaña en esta reflexión nos ayuda a comprender que nunca hay que abandonar la esperanza, incluso cuando nos sentimos perdidos. Se trata de Bartimeo, un hombre ciego y mendigo, que Jesús encontró en Jericó (cf. Mc 10,40-52). El lugar es significativo: Jesús se dirige a Jerusalén, pero comienza su viaje, por así decirlo, desde los «infiernos» de Jericó, ciudad que se encuentra por bajo del nivel del mar. De hecho, Jesús, con su muerte, fue a recuperar a ese Adán que cayó y que nos representa a cada uno de nosotros.

Bartimeo significa «hijo de Timeo»: describe a ese hombre a través de una relación; sin embargo, él está dramáticamente solo. Pero este nombre también podría significar «hijo del honor» o «de la admiración», exactamente lo contrario de la situación en la que se encuentra [1]. Y dado que el nombre es tan importante en la cultura judía, significa que Bartimeo no consigue vivir lo que está llamado a ser.

Además, a diferencia del gran movimiento de personas que camina detrás de Jesús, Bartimeo permanece inmóvil. El evangelista dice que está sentado al borde del camino, por lo que necesita que alguien lo levante y lo ayude a seguir caminando.

¿Qué podemos hacer cuando nos encontramos en una situación que parece sin salida? Bartimeo nos enseña a apelar a los recursos que llevamos dentro y que forman parte de nosotros. Él es un mendigo, sabe pedir, es más, ¡puede gritar! Si realmente deseas algo, haz todo lo posible por conseguirlo, incluso cuando los demás te reprenden, te humillan y te dicen que lo dejes. Si realmente lo deseas, ¡sigue gritando!

El grito de Bartimeo, relatado en el Evangelio de Marcos —«¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!» (v. 47)— se ha convertido en una oración muy conocida en la tradición oriental, que también nosotros podemos utilizar: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador».

Bartimeo es ciego, ¡pero paradójicamente ve mejor que los demás y reconoce quién es Jesús! Ante su grito, Jesús se detiene y lo llama (cf. v. 49), porque no hay ningún grito que Dios no escuche, incluso cuando no somos conscientes de dirigirnos a Él (cf. Éx 2,23). Parece extraño que, ante un ciego, Jesús no se acerque inmediatamente a él; pero, si lo pensamos bien, es la forma de reactivar la vida de Bartimeo: lo empuja a levantarse, confía en su posibilidad de caminar. Ese hombre puede ponerse de pie, puede resucitar de sus situaciones de muerte. Pero para hacer esto debe realizar un gesto muy significativo: ¡debe arrojar su manto! (cf. v. 50)

Para un mendigo, el manto lo es todo: es la seguridad, es la casa, es la defensa que lo protege. Incluso la ley tutelaba el manto del mendigo y obligaba a devolverlo por la tarde, si había sido tomado en prenda (cf. Ex 22,25). Sin embargo, muchas veces lo que nos bloquea son precisamente nuestras aparentes seguridades, lo que nos hemos puesto para defendernos y que, en cambio, nos impide caminar. Para ir a Jesús y dejarse curar, Bartimeo debe exponerse a Él en toda su vulnerabilidad. Este es el paso fundamental para todo camino de curación.

Incluso la pregunta que Jesús le hace parece extraña: «¿Qué quieres que haga por ti?». Pero, en realidad, no es obvio que queramos curarnos de nuestras enfermedades; a veces preferimos quedarnos quietos para no asumir responsabilidades. La respuesta de Bartimeo es profunda: utiliza el verbo anablepein, que puede significar «ver de nuevo», pero que también podríamos traducir como «levantar la mirada». Bartimeo, de hecho, no solo quiere volver a ver, ¡también quiere recuperar su dignidad! Para mirar hacia arriba, hay que levantar la cabeza. A veces las personas se bloquean porque la vida las ha humillado y solo desean recuperar su propio valor.

Lo que salva a Bartimeo, y a cada uno de nosotros, es la fe. Jesús nos cura para que podamos ser libres. Él no invita a Bartimeo a seguirlo, sino le dice que se vaya, que se ponga en camino (cf. v. 52). Marcos, sin embargo, concluye el relato refiriendo que Bartimeo se puso a seguir a Jesús: ¡ha elegido libremente seguir a Aquel que es el Camino!

Queridos hermanos y hermanas, llevemos con confianza ante Jesús nuestras enfermedades, y también las de nuestros seres queridos, llevemos el dolor de quienes se sienten perdidos y sin salida. Clamemos también por ellos, y estemos seguros de que el Señor nos escuchará y se detendrá.

[1] Es la interpretación que da también Agustín en El consenso de los evangelistas, 2, 65, 125: PL 34, 1138.

5 - «¿Quieres curarte?» (18 de junio de 2025)

Queridos hermanos y hermanas,

seguimos contemplando a Jesús que sana. Hoy quisiera invitarlos de manera particular a pensar en las situaciones en las que nos sentimos “bloqueados” y encerrados en un camino sin salida. A veces de hecho nos parece que sea inútil continuar esperando; nos resignamos y no tenemos más ganas de luchar. Esta situación es descrita en los Evangelios con la imagen de la parálisis. Por esta razón desearía detenerme hoy sobre la sanación de un paralítico, narrada en el quinto capítulo del Evangelio de san Juan (5,1-9).

Jesús va Jerusalén para una fiesta de los judíos. No va directamente al Templo; se detiene ante una puerta, donde seguramente se lavaban a las ovejas que luego eran ofrecidas en sacrificio. Cerca a esta puerta, se ubicaban también tantos enfermos, que, a diferencia de las ovejas, ¡eran excluidos del Templo porque eran considerados impuros! Es entonces Jesús mismo quien los alcanza en su dolor. Estas personas esperaban un prodigio que pudiese cambiar su destino; de hecho, junto a la puerta se encontraba una piscina, cuyas aguas eran consideradas taumatúrgicas, o sea capaces de sanar: en algún momento cuando el agua se agitaba, según la creencia del tiempo, quien primero se zambullía, se curaba.

De esta forma se creaba una especie de “guerra de los pobres”: podemos imaginar la triste escena de estos enfermos que se arrastraban con fatiga para tratar de entrar en la piscina. Aquella piscina se llamaba Betzatá, que significa “casa de la misericordia”: podría ser una imagen de la Iglesia, en donde los enfermos y los pobres se juntan y hasta donde el Señor llega para sanar y donar esperanza.

Jesús se dirige específicamente a un hombre que está paralizado desde hace treinta y ocho años. Ya está resignado, porque no logra sumergirse en la piscina cuando el agua se agita (cfr v. 7). En efecto, aquello que muchas veces nos paraliza es precisamente la desilusión. Nos sentimos desanimados y corremos el riesgo de caer en la dejadez.

Jesús dirige a este paralítico una pregunta que puede parecer superficial: «¿Quieres curarte?» (v. 6). En cambio, es una pregunta necesaria, porque, cuando uno se encuentra bloqueado desde hace tantos años, puede también faltarle la voluntad de sanarse. A veces preferimos permanecer en condición de enfermos, obligando a los otros a ocuparse de nosotros. Es a veces también un pretexto para no decidir qué cosa hacer con nuestra vida. Jesús en cambio reconduce a este hombre a su deseo veraz y profundo.

Este hombre de hecho responde de manera más articulada a la pregunta de Jesús, revelando su visión de la vida. Ante todo, dice que no ha tenido nadie que lo sumerja en la piscina : entonces no es suya la culpa, sino de los otros que no se preocupan por él. Esta actitud se convierte en el pretexto para evitar asumirse las propias responsabilidades. ¿Pero es verdad que no había nadie que lo ayudase? He aquí la respuesta iluminadora de San Agustín: «Si, para ser sanado tenía absolutamente necesidad de un hombre, pero de un hombre que fuese también Dios. […] Ha venido por lo tanto el hombre que era necesario; ¿por qué postergar de nuevo la sanación?». [1]

El paralítico agrega que cuando trata de sumergirse en la piscina hay siempre alguien que llega antes que él. Este hombre está expresando una visión fatalista de la vida. Pensamos que las cosas nos pasan porque no somos afortunados, porque el destino nos es adverso. Este hombre está desanimado. Se siente derrotado en la lucha de la vida.

Jesús en cambio lo ayuda a descubrir que su vida también está en sus manos. Le invita a levantarse, a alzarse de su situación crónica, y a recoger su camilla (cfr v. 8). Ese camastro no se deja o se echa: representa su pasado de enfermedad, es su historia. Hasta aquel momento el pasado lo ha bloqueado; lo ha obligado a yacer como un muerto. Ahora es él que puede cargar aquella camilla y llevarla a donde quiera: ¡puede decidir qué cosa hacer con su historia! Se trata de caminar, asumiéndose la responsabilidad de escoger cual camino recorrer. ¡Y esto gracias a Jesús!

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor el don de entender dónde se ha bloqueado nuestra vida. Intentemos dar voz a nuestro deseo de sanar. Y recemos por todos aquellos que se sienten paralizados, que no ven una salida. ¡Pidamos regresar a vivir en el Corazón de Cristo que es la verdadera casa de la misericordia!

[1] Omelia 17, 7.

6 - «No temas, solo ten fe» (Mc 5,36) (25 de junio de 2025)

Queridos hermanos y hermanas,

hoy también meditamos sobre las curaciones de Jesús como señal de esperanza. En Él hay una fuerza que nosotros también podemos experimentar cuando entramos en relación con su Persona.

Una enfermedad muy difundida en nuestro tiempo es el cansancio de vivir: la realidad nos parece demasiado compleja, pesada, difícil de afrontar. Y entonces nos apagamos, nos adormecemos, con la ilusión que al despertarnos las cosas serán diferentes. Pero la realidad va afrontada, y junto con Jesús podemos hacerlo bien. A veces nos sentimos bloqueados por el juicio de aquellos que pretenden colocar etiquetas a los demás.

Me parece que estas situaciones puedan cotejarse con un pasaje del Evangelio de Marcos, donde se entrelazan dos historias: aquella de una niña de doce años, que yace en su lecho enferma a punto de morir; y aquella de una mujer, que, precisamente desde hace doce años, tiene perdidas de sangre y busca a Jesús para sanarse (cfr Mc 5,21-43).

Entre estas dos figuras femeninas, el Evangelista coloca al personaje del padre de la muchacha: él no se queda en casa lamentándose por la enfermedad de la hija, sino sale y pide ayuda. Si bien sea el jefe de la sinagoga, no pone pretensiones argumentando su posición social. Cuando hay que esperar no pierde la paciencia y espera. Y cuando le vienen a decir que su hija ha muerto y es inútil disturbar al Maestro, él sigue teniendo fe y continúa esperando.

El coloquio de este padre con Jesús es interrumpido por la mujer que padecía flujo de sangre, que logra acercarse a Jesús y tocar su manto (v. 27). Con gran valentía esta mujer ha tomado la decisión que cambia su vida: todos seguían diciéndole que permanezca a distancia, que no se deje ver. La habían condenado a quedarse escondida y aislada. A veces también nosotros podemos ser víctimas del juicio de los demás, que pretenden colocarnos un vestido que no es el nuestro. Y entonces estamos mal y no logramos salir de eso.

Aquella mujer emboca el camino de la salvación cuando germina en ella la fe que Jesús puede sanarla: entonces encuentra la fuerza para salir e ir a buscarlo. Al menos quiere llegar a tocar sus vestidos.

Alrededor de Jesús había una muchedumbre, muchas personas lo tocaban, pero a ellos no les pasó nada. En cambio, cuando esta mujer toca a Jesús, se sana. ¿Dónde está la diferencia? Comentando este punto del texto, San Agustín dice – en nombre de Jesús –: «La multitud apretuja, la fe toca» (Sermones 243, 2, 2). Y así: cada vez que realizamos un acto de fe dirigido a Jesús, se establece un contacto con Él e inmediatamente su gracia sale de Él. A veces no nos damos cuenta, pero de una forma secreta y real la gracia nos alcanza y lentamente trasforma la vida desde dentro.

Quizás también hoy tantas personas se acercan a Jesús de manera superficial, sin creer de verdad en su potencia. ¡Caminamos la superficie de nuestra iglesia, pero quizás el corazón está en otra parte! Esta mujer, silenciosa y anónima, derrota a sus temores, tocando el corazón de Jesús con sus manos consideradas impuras a causa de la enfermedad. Y he aquí que inmediatamente se siente curada. Jesús le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Mc 5,34).

Mientras tanto, llevaron a aquel padre la noticia que su hija había muerto. Jesús le dice: «¡No temas, basta que creas!» (v. 36). Luego fue a su casa y, viendo que todos lloraban y gritaban, dijo: «La niña no está muerta, sino que duerme» (v. 39). Luego entra donde está la niña, le toma la mano y le dice: «Talitá kum», “¡Niña, levántate!”. La muchacha se levanta y se pone a caminar (cfr vv. 41-42). Aquel gesto de Jesús nos muestra que Él no solo sana toda enfermedad, sino que también despierta de la muerte. Para Dios, que es Vida eterna, la muerte del cuerpo es como un sueño. La muerte verdadera es aquella del alma: ¡de esta debemos tener miedo!

Un último detalle: Jesús, luego de haber resucitado a la niña, dice a los padres que le den de comer (cfr v. 43). Esta es otra señal muy concreta de la cercanía de Jesús a nuestra humanidad. Podemos también entenderlo en sentido más profundo y preguntarnos: ¿cuándo nuestros muchachos se encuentran en crisis y tienen necesidad de nutrición espiritual, sabemos dársela? ¿Y cómo podemos hacerlo si nosotros mismos no nos nutrimos del Evangelio?

Queridos hermanos y hermanas, en la vida hay momentos de desilusión y de desánimo, y hay también la experiencia de la muerte. Aprendamos de aquella mujer, de aquel padre: vamos hacia Jesús: Él puede sanarnos, puede hacernos renacer. ¡Jesús es nuestra esperanza!

7 - El sordomudo (30 de julio de 2025)

Queridos hermanos y hermanas:

Con esta catequesis terminamos nuestro recorrido por la vida pública de Jesús, hecha de encuentros, parábolas y curaciones.

También este tiempo que estamos viviendo necesita curación. Nuestro mundo está atravesado por un clima de violencia y odio que mortifica la dignidad humana. Vivimos en una sociedad que se está enfermando a causa de una «bulimia» de conexiones en las redes sociales: estamos hiperconectados, bombardeados por imágenes, a veces incluso falsas o distorsionadas. Somos arrollados por múltiples mensajes que suscitan en nosotros una tormenta de emociones contradictorias.

En este escenario, es posible que surja en nosotros el deseo de apagar todo. Podemos llegar a preferir no sentir nada. Nuestras palabras también corren el riesgo de ser malinterpretadas, y podemos sentir la tentación de encerrarnos en el silencio, en una incomunicación en la que, por muy cercanos que estemos, ya no somos capaces de decirnos las cosas más simples y profundas.

A este respecto, me gustaría detenerme hoy en un texto del Evangelio de Marcos que nos presenta a un hombre que no habla ni oye (cf. Mc 7, 31-37). Precisamente como nos podría pasar a nosotros hoy, este hombre quizá decidió no hablar más porque no se sentía comprendido, y apagar toda voz porque se sentía decepcionado y herido por lo que había oído. De hecho, no es él quien acude a Jesús para ser sanado, sino que lo llevan otras personas. Se podría pensar que quienes lo conducen al Maestro son los que están preocupados por su aislamiento. Sin embargo, la comunidad cristiana ha visto en estas personas también la imagen de la Iglesia, que acompaña a cada ser humano hasta Jesús para que escuche su palabra. El episodio tiene lugar en un territorio pagano, por lo que nos encontramos en un contexto en el que otras voces tienden a cubrir la voz de Dios.

El comportamiento de Jesús puede parecer extraño al principio, porque toma consigo a esta persona y la lleva aparte (v. 33a). Parece así acentuar su aislamiento; pero, mirándolo bien, este gesto nos ayuda a comprender lo que se esconde detrás del silencio y la cerrazón de este hombre, como si hubiera captado su necesidad de intimidad y cercanía.

Jesús le ofrece ante todo una proximidad silenciosa, a través de gestos que hablan de un encuentro profundo: toca los oídos y la lengua de este hombre (cf. v. 33b). Jesús no usa muchas palabras, dice lo único que es necesario en este momento: «¡Ábrete!» (v. 34). Marcos reproduce la palabra en arameo, “efatà”, casi para hacernos sentir «en vivo» el sonido y el soplo. Esta palabra, sencilla y hermosa, contiene la invitación que Jesús dirige a este hombre que ha dejado de escuchar y de hablar. Es como si Jesús le dijera: «¡Ábrete a este mundo que te asusta! ¡Ábrete a las relaciones que te han decepcionado! ¡Ábrete a la vida que has renunciado a afrontar!». Cerrarse, de hecho, nunca es una solución.

Después del encuentro con Jesús, esa persona no solo vuelve a hablar, sino que lo hace «normalmente» (v. 35). Este adverbio insertado por el evangelista parece querer decirnos algo más sobre los motivos de su silencio. Quizás este hombre dejó de hablar porque le parecía que decía las cosas mal, quizás no se sentía adecuado. Todos experimentamos que se nos malinterpreta y que no nos sentimos comprendidos. Todos necesitamos pedirle al Señor que sane nuestra forma de comunicarnos, no solo para ser más eficaces, sino también para evitar herir a los demás con nuestras palabras.

Volver a hablar “normalmente” es el comienzo de un camino, no es todavía el punto de llegada. De hecho, Jesús prohíbe a ese hombre contar lo que le ha sucedido (cf. v. 36). Para conocer verdaderamente a Jesús hay que recorrer un camino, hay que estar con Él y atravesar también su Pasión. Cuando lo hayamos visto humillado y sufriendo, cuando experimentemos el poder salvífico de su Cruz, entonces podremos decir que lo hemos conocido verdaderamente. No hay atajos para convertirse en discípulos de Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que podamos aprender a comunicarnos con honestidad y prudencia. Oremos por todos aquellos que han sido heridos por las palabras de los demás. Oremos por la Iglesia, para que nunca falte en su tarea de llevar a las personas a Jesús, para que puedan escuchar su Palabra, ser sanadas por ella y convertirse, a su vez, en portadoras de su anuncio de salvación.

8 - La preparación de la cena (6 de agosto de 2025)

Queridos hermanos y hermanas,

seguimos nuestro camino jubilar al descubrimiento del rostro de Cristo, en el que nuestra esperanza toma forma y consistencia. Hoy comenzamos a reflexionar sobre el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Iniciemos meditando una palabra que parece sencilla, pero que custodia un secreto precioso de la vida cristiana: preparar.

En el Evangelio de Marcos se cuenta que «el primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”». (Mc 14,12). Es una pregunta práctica, pero también cargada de expectación. Los discípulos intuyen que algo importante está a punto de suceder, pero no conocen los detalles. La respuesta de Jesús parece casi un enigma: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua.» (v. 13). Los detalles se vuelven simbólicos: un hombre que lleva un cántaro —gesto habitualmente femenino en aquella época—, una sala en el piso superior ya preparada, un dueño de la casa desconocido. Es como si todas las cosas hubieran sido preparadas de antemano. De hecho, así es. En este episodio, el Evangelio nos revela que el amor no es fruto del azar, sino de una elección consciente. No se trata de una simple reacción, sino de una decisión que requiere preparación. Jesús no afronta su pasión por fatalidad, sino por fidelidad a un camino acogido y recorrido con libertad y cuidado. Esto es lo que nos consuela: saber que el don de su vida nace de una intención profunda, no de un impulso repentino.

Esa «sala en el piso superior ya preparada» nos dice que Dios siempre nos precede. Incluso antes de que nos demos cuenta de que necesitamos acogida, el Señor ya ha preparado para nosotros un espacio donde reconocernos y sentirnos sus amigos. Este lugar es, en el fondo, nuestro corazón: una “sala” que puede parecer vacía, pero que solo espera ser reconocida, llenada y custodiada. La Pascua, que los discípulos deben preparar, está en realidad ya preparada en el corazón de Jesús. Es Él quien lo ha pensado todo, dispuesto todo, decidido todo. Sin embargo, pide a sus amigos que hagan su parte. Esto nos enseña algo esencial para nuestra vida espiritual: la gracia no elimina nuestra libertad, sino que la despierta. El don de Dios no anula nuestra responsabilidad, sino que la hace fecunda.

Hoy, como entonces, hay una cena que preparar. No se trata solo de la liturgia, sino de nuestra disponibilidad a entrar en un gesto que nos supera. La Eucaristía no se celebra solo en el altar, sino también en la vida cotidiana, donde es posible vivir todo como ofrenda y acción de gracias. Prepararse para celebrar esta acción de gracias no significa hacer más, sino dejar espacio. Significa quitar lo que estorba, rebajar las pretensiones, dejar de cultivar expectativas irreales. Con demasiada frecuencia, de hecho, confundimos los preparativos con las ilusiones. Las ilusiones nos distraen, los preparativos nos orientan. Las ilusiones buscan un resultado, los preparativos hacen posible un encuentro. El amor verdadero —nos recuerda el Evangelio— se da incluso antes de ser correspondido. Es un don anticipado. No se basa en lo que recibe, sino en lo que desea ofrecer. Es lo que Jesús vivió con los suyos: mientras ellos aún no entendían, mientras uno estaba a punto de traicionarlo y otro de renegar de él, Él preparaba una cena de comunión para todos.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros estamos invitados a «preparar la Pascua» del Señor. No solo la litúrgica, sino también la de nuestra vida. Cada gesto de disponibilidad, cada acto gratuito, cada perdón ofrecido por adelantado, cada esfuerzo aceptado con paciencia es una forma de preparar un lugar donde Dios puede habitar. Podemos entonces preguntarnos: ¿qué espacios de mi vida necesito reordenar para que estén listos para acoger al Señor? ¿Qué significa para mí hoy «preparar»? Quizás renunciar a una pretensión, dejar de esperar que el otro cambie, dar el primer paso. Quizás escuchar más, obrar menos o aprender a confiar en lo que ya está dispuesto.

Si acogemos la invitación a preparar el lugar de la comunión con Dios y entre nosotros, descubrimos que estamos rodeados de signos, encuentros, palabras que nos orientan hacia esa sala, espaciosa y ya preparada, en la que se celebra incesantemente el misterio de un amor infinito, que nos sostiene y siempre nos precede. Que el Señor nos conceda ser humildes preparadores de su presencia. Y, en esta disponibilidad cotidiana, crezca también en nosotros esa confianza serena que nos permite afrontar todo con el corazón libre. Porque donde se ha preparado el amor, la vida puede realmente florecer.

9 - «¿Seré yo?» (Mc 14,19) (13 de agosto de 2025)

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos nuestro camino en la escuela del Evangelio, siguiendo los pasos de Jesús en los últimos días de su vida. Hoy nos detenemos en una escena íntima, dramática, pero también profundamente verdadera: el momento en el que durante la cena pascual Jesús revela que uno de los Doce está a punto de traicionarlo: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo» (Mc 14,18).

Son palabras contundentes. Jesús no las pronuncia para condenar, sino para mostrar que el amor, cuando es verdadero, no puede prescindir de la verdad. La habitación del piso superior, donde poco antes se había preparado todo con atención, se llena de repente de un dolor silencioso, hecho de preguntas, de sospechas, de vulnerabilidad. Es un dolor que conocemos bien también nosotros, cuando en las relaciones más queridas se insinúa la sombra de la traición.

Sin embargo, el modo en el que Jesús habla de lo que está a punto de suceder es sorprendente. No levanta la voz, no señala con el dedo, no pronuncia el nombre de Judas. Habla de tal modo que cada uno pueda cuestionarse a sí mismo. Y es precisamente eso lo que sucede: «Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro: ‘¿Seré yo?’» (Mc 14,19).

Queridos amigos, esta pregunta – “¿Seré yo?” – es quizá una de las preguntas más sinceras que podemos hacernos a nosotros mismos. No es la pregunta del inocente, sino la del discípulo que descubre su fragilidad. No es el grito del culpable, sino el susurro de quien, aunque queriendo amar, sabe que puede herir. Es en esta consciencia donde inicia el camino de la salvación.

Jesús no denuncia para humillar. Dice la verdad porque quiere salvar. Y para ser salvados hay que sentir: sentir que se está involucrado, sentir que se es amado a pesar de todo, sentir que el mal es real pero no tiene la última palabra. Solo quien ha conocido la verdad de un amor profundo puede aceptar también la herida de una traición.

La reacción de los discípulos no es rabia, sino tristeza. No se indignan, se entristecen. Es un dolor que nace de la posibilidad real de ser involucrados. Y precisamente esta tristeza, si se acoge con sinceridad, se convierte en un lugar de conversión. El Evangelio no nos enseña a negar el mal, sino a reconocerlo como una ocasión dolorosa para renacer.

Jesús, después, añade una frase que nos inquieta y nos hace pensar: «El Hijo del hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre será entregado!; ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!» (Mc 14,21). Son palabras duras, ciertamente, pero hay que entenderlas bien: no se trata de una maldición, es más bien un grito de dolor. En griego ese “ay de aquel” suena como un lamento, como un “ay”, una exclamación de compasión sincera y profunda.

Nosotros estamos acostumbrados a juzgar. Dios, en cambio, acepta sufrir. Cuando ve el mal, no se venga, sino que se entristece. Y aquel “más le valdría a ese hombre no haber nacido” no es una condena impuesta a priori, sino una verdad que cada uno de nosotros puede reconocer: si renegamos del amor que nos ha engendrado, si traicionando nos volvemos infieles a nosotros mismos, entonces realmente perdemos el sentido de nuestra venida al mundo y nos autoexcluimos de la salvación.

Sin embargo, precisamente allí, en el punto más oscuro, la luz no se apaga. Es más, comienza a brillar. Porque si reconocemos nuestro límite, si nos dejamos tocar por el dolor de Cristo, entonces podemos finalmente nacer de nuevo. La fe no nos evita la posibilidad del pecado, sino que nos ofrece siempre una vía para salir: la de la misericordia.

Jesús no se escandaliza frente a nuestra fragilidad. Sabe bien que ninguna amistad es inmune al riesgo de traición. Pero sigue fiándose. Sigue sentándose en la mesa con los suyos. No renuncia a partir el pan, incluso para quien lo traicionará. Esta es la fuerza silenciosa de Dios: no abandona nunca la mesa del amor, ni siquiera cuando sabe que lo dejarán solo.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros podemos preguntarnos hoy, con sinceridad: “¿Seré yo?”. No para sentirnos acusados, sino para abrir un espacio a la verdad en nuestro corazón. La salvación comienza aquí: en la conciencia de que podremos ser nosotros los que rompamos la confianza en Dios, pero que podemos ser también nosotros los que la recojamos, la custodiemos y la renovemos.

En el fondo, esta es la esperanza: saber que, aunque podamos fallar, Dios nunca nos falla. Aunque podamos traicionar, Él nunca deja de amarnos. Y si nos dejamos alcanzar por este amor – humilde, herido, pero siempre fiel – entonces podemos de verdad renacer. Y empezar a vivir ya no como traidores, sino como hijos siempre amados.

10 - El perdón (20 de agosto de 2025)

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy nos detenemos en uno de los gestos más conmovedores y luminosos del Evangelio: el momento en que Jesús, durante la última cena, ofrece el bocado a aquel que está a punto de traicionarlo. No es solo un gesto de compartir, es mucho más: es el último intento del amor por no rendirse.

San Juan, con su profunda sensibilidad espiritual, nos cuenta así ese instante: «Durante la cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de traicionarlo [...] Jesús, sabiendo que había llegado su hora [...] los amó hasta el extremo» (Jn 13,1-2). Amar hasta el final: he aquí la clave para comprender el corazón de Cristo. Un amor que no se detiene ante el rechazo, la decepción, ni siquiera la ingratitud.

Jesús conoce la hora, pero no la sufre: la elige. Es Él quien reconoce el momento en que su amor tendrá que pasar por la herida más dolorosa, la de la traición. Y en lugar de retirarse, acusar, defenderse... sigue amando: lava los pies, moja el pan y lo ofrece.

«Es aquel por quien mojaré el bocado y se lo daré» (Jn 13,26). Con este gesto sencillo y humilde, Jesús lleva adelante y hasta el fondo su amor. No porque ignore lo que está sucediendo, sino precisamente porque lo ve con claridad. Ha comprendido que la libertad del otro, incluso cuando se extravía en el mal, todavía puede alcanzarse con la luz de un gesto manso. Porque sabe que el verdadero perdón no espera el arrepentimiento, sino que se ofrece primero, como un don gratuito, incluso antes de ser acogido.

Judas, por desgracia, no lo comprende. Después del bocado —dice el Evangelio—, «Satanás entró en él» (v. 27). Este pasaje nos impacta: es como si el mal, hasta ese momento oculto, se manifestara después de que el amor ha mostrado su rostro más desarmado. Y precisamente por eso, hermanos y hermanas, ese bocado es nuestra salvación: porque nos dice que Dios lo hace todo, absolutamente todo, para alcanzarnos, incluso en el momento en que lo rechazamos.

Es aquí donde el perdón se revela en toda su potencia y manifiesta el rostro concreto de la esperanza. No es olvido, no es debilidad. Es la capacidad de dejar libre al otro, amándolo hasta el final. El amor de Jesús no niega la verdad del dolor, pero no permite que el mal sea la última palabra. Este es el misterio que Jesús realiza por nosotros, en el que también nosotros, a veces, estamos llamados a participar.

Cuántas relaciones se rompen, cuántas historias se complican, cuántas palabras no dichas quedan en suspenso. Sin embargo, el Evangelio nos muestra que siempre hay una manera de seguir amando, incluso cuando todo parece irremediablemente comprometido. Perdonar no significa negar el mal, sino impedir que genere más mal. No es decir que no ha pasado nada, sino hacer todo lo posible para que no sea el rencor el que decida el futuro.

Cuando Judas sale de la habitación, «era de noche» (v. 30). Pero inmediatamente después, Jesús dice: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado» (v. 31). La noche sigue allí, pero una luz ya ha comenzado a brillar. Y brilla porque Cristo permanece fiel hasta el final, y así su amor es más fuerte que el odio.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros vivimos noches dolorosas y fatigosas. Noches del alma, noches de decepción, noches en las que alguien nos ha herido o traicionado. En esos momentos, la tentación es cerrarse, protegerse, devolver el golpe. Pero el Señor nos muestra la esperanza que existe, que siempre hay otro camino. Nos enseña que se puede ofrecer un bocado incluso a quien nos da la espalda. Que se puede responder con el silencio de la confianza. Y que se puede seguir adelante con dignidad, sin renunciar al amor.

Pidamos hoy la gracia de saber perdonar, incluso cuando no nos sentimos comprendidos, incluso cuando nos sentimos abandonados. Porque es precisamente en esos momentos cuando el amor puede alcanzar su cima. Como nos enseña Jesús, amar significa dejar al otro libre —incluso libre de traicionar— sin dejar nunca de creer que incluso esa libertad, herida y perdida, puede ser arrancada del engaño de las tinieblas y devuelta a la luz del bien.

Cuando la luz del perdón logra filtrarse entre las grietas más profundas del corazón, comprendemos que nunca es inútil. Aunque el otro no lo acoja, aunque parezca vano, el perdón libera a quien lo da: disuelve el resentimiento, devuelve la paz, nos devuelve a nosotros mismos.

Jesús, con el sencillo gesto de ofrecer el pan, muestra que toda traición puede convertirse en una oportunidad de salvación, si se elige como espacio para un amor más grande. No cede al mal, sino que lo vence con el bien, impidiéndole apagar lo que hay más verdadero en nosotros: la capacidad de amar.

11 - «¿A quién buscan?» (27 de agosto de 2025)

Queridos hermanos y hermanas,

Hoy nos detenemos en una escena que marca el inicio de la pasión de Jesús: el momento de su detención en el huerto de los Olivos. El evangelista Juan, con su habitual profundidad, no nos presenta a un Jesús asustado, que huye o se esconde. Al contrario, nos muestra a un hombre libre, que se adelanta y toma la palabra, afrontando con valentía la hora en la que puede manifestarse la luz del amor más grande.

«Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscan?”» (Jn 18,4). Jesús lo sabe. Sin embargo, decide no retroceder. Se entrega. No por debilidad, sino por amor. Un amor tan pleno, tan maduro, que no teme el rechazo. Jesús no es capturado: se deja capturar. No es víctima de un arresto, sino autor de un don. En este gesto se encarna una esperanza de salvación para nuestra humanidad: saber que, incluso en la hora más oscura, se puede seguir siendo libre para amar hasta el final.

Cuando Jesús responde «Soy yo», los soldados caen al suelo. Se trata de un pasaje misterioso, ya que esta expresión, en la revelación bíblica, evoca el nombre mismo de Dios: «Yo soy». Jesús revela que la presencia de Dios se manifiesta precisamente allí donde la humanidad experimenta la injusticia, el miedo y la soledad. Precisamente allí, la luz verdadera está dispuesta a brillar sin temor a ser abrumada por el avance de las tinieblas.

En plena noche, cuando todo parece derrumbarse, Jesús muestra que la esperanza cristiana no es evasión, sino decisión. Esta actitud es fruto de una profunda oración en la que no se pide a Dios que nos libre del sufrimiento, sino que nos dé la fuerza para perseverar en el amor, conscientes de que la vida ofrecida libremente por amor nadie nos la puede quitar.

«Si me buscan a mí, dejen que estos se vayan» (Jn 18,8). En el momento de su detención, Jesús no se preocupa por salvarse a sí mismo: solo desea que sus amigos puedan irse libres. Esto demuestra que su sacrificio es un verdadero acto de amor. Jesús se deja capturar y encarcelar por los guardias solo para poder dejar en libertad a sus discípulos.

Jesús vivió cada día de su vida como preparación para este momento dramático y sublime. Por eso, cuando llega, tiene la fuerza de no buscar una vía de escape. Su corazón sabe bien que perder la vida por amor no es un fracaso, sino que posee una misteriosa fecundidad. Como el grano de trigo que, al caer en tierra, no permanece solo, sino que muere y da fruto.

También Jesús se siente turbado ante un camino que parece conducir solo a la muerte y al fin. Pero está igualmente convencido de que solo una vida perdida por amor, al final, se reencuentra. En esto consiste la verdadera esperanza: no en tratar de evitar el dolor, sino en creer que, incluso en el corazón de los sufrimientos más injustos, se esconde la semilla de una nueva vida.

¿Y nosotros? Cuántas veces defendemos nuestra vida, nuestros proyectos, nuestras seguridades, sin darnos cuenta de que, al hacerlo, nos quedamos solos. La lógica del Evangelio es diferente: solo lo que se da florece, solo el amor que se vuelve gratuito puede devolver la confianza incluso allí donde todo parece perdido.

El Evangelio de Marcos también nos habla de un joven que, cuando Jesús es arrestado, huye desnudo (Mc 14,51). Es una imagen enigmática, pero profundamente evocadora. También nosotros, en nuestro intento de seguir a Jesús, vivimos momentos en los que nos vemos sorprendidos y quedamos despojados de nuestras certezas. Son los momentos más difíciles, en los que nos sentimos tentados de abandonar el camino del Evangelio porque el amor nos parece un viaje imposible. Sin embargo, será precisamente un joven, al final del Evangelio, quien anunciará la resurrección a las mujeres, ya no desnudo, sino vestido con una túnica blanca.

Esta es la esperanza de nuestra fe: nuestros pecados y nuestras vacilaciones no impiden que Dios nos perdone y nos devuelva el deseo de retomar nuestro seguimiento, para hacernos capaces de dar la vida por los demás.

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos también nosotros a entregarnos a la buena voluntad del Padre, dejando que nuestra vida sea una respuesta al bien recibido. En la vida no es necesario tenerlo todo bajo control. Basta con elegir cada día amar con libertad. Esta es la verdadera esperanza: saber que, incluso en la oscuridad de la prueba, el amor de Dios nos sostiene y hace madurar en nosotros el fruto de la vida eterna.

12 - «Tengo sed» (3 de septiembre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas,

En el centro del relato de la pasión, en el momento más luminoso y a la vez más oscuro de la vida de Jesús, el Evangelio de Juan nos entrega dos palabras que encierran un misterio inmenso: «Tengo sed» (19,28), e inmediatamente después: «Todo está cumplido» (19,30). Palabras últimas, pero cargadas de toda una vida, que revelan el sentido de toda la existencia del Hijo de Dios. En la cruz, Jesús no aparece como un héroe victorioso, sino como un mendigo de amor. No proclama, no condena, no se defiende. Pide, humildemente, lo que por sí solo no puede darse de ninguna manera.

La sed del Crucificado no es solo la necesidad fisiológica de un cuerpo destrozado. Es también y, sobre todo, la expresión de un deseo profundo: el de amor, de relación, de comunión. Es el grito silencioso de un Dios que, habiendo querido compartir todo de nuestra condición humana, se deja atravesar también por esta sed. Un Dios que no se avergüenza de mendigar un sorbo, porque en ese gesto nos dice que el amor, para ser verdadero, también debe aprender a pedir y no solo a dar.

«Tengo sed», dice Jesús, y de este modo manifiesta su humanidad y también la nuestra. Ninguno de nosotros puede bastarse a sí mismo. Nadie puede salvarse por sí mismo. La vida se «cumple» no cuando somos fuertes, sino cuando aprendemos a recibir. Y precisamente en ese momento, después de haber recibido de manos ajenas una esponja empapada en vinagre, Jesús proclama: «Todo está cumplido». El amor se ha hecho necesitado, y precisamente por eso ha llevado a cabo su obra.

Esta es la paradoja cristiana: Dios salva no haciendo, sino dejándose hacer. No venciendo al mal con la fuerza, sino aceptando hasta el fondo la debilidad del amor. En la cruz, Jesús nos enseña que el ser humano no se realiza en el poder, sino en la apertura confiada a los demás, incluso cuando son hostiles y enemigos. La salvación no está en la autonomía, sino en reconocer con humildad la propia necesidad y saber expresarla libremente.

El cumplimiento de nuestra humanidad en el diseño de Dios no es un acto de fuerza, sino un gesto de confianza. Jesús no salva con un golpe de efecto, sino pidiendo algo que por sí solo no puede darse. Y aquí se abre una puerta a la verdadera esperanza: si incluso el Hijo de Dios ha elegido no bastarse a sí mismo, entonces también su sed —de amor, de sentido, de justicia— no es un signo de fracaso, sino de verdad.

Esta verdad, aparentemente tan simple, es difícil de aceptar. Vivimos en una época que premia la autosuficiencia, la eficiencia, el rendimiento. Sin embargo, el Evangelio nos muestra que la medida de nuestra humanidad no la da lo que podemos conquistar, sino la capacidad de dejarnos amar y, cuando es necesario, también ayudar.

Jesús nos salva mostrándonos que pedir no es indigno, sino liberador. Es el camino para salir de la ocultación del pecado, para volver al espacio de la comunión. Desde el principio, el pecado ha generado vergüenza. Pero el perdón, el verdadero, nace cuando podemos mirar de frente nuestra necesidad y ya no temer ser rechazados.

La sed de Jesús en la cruz es entonces también la nuestra. Es el grito de la humanidad herida que sigue buscando agua viva. Y esta sed no nos aleja de Dios, sino que nos une a Él. Si tenemos el valor de reconocerla, podemos descubrir que también nuestra fragilidad es un puente hacia el cielo. Precisamente en el pedir —no en el poseer— se abre un camino de libertad, porque dejamos de pretender bastarnos a nosotros mismos.

En la fraternidad, en la vida sencilla, en el arte de pedir sin vergüenza y de ofrecer sin cálculo, se esconde una alegría que el mundo no conoce. Una alegría que nos devuelve a la verdad original de nuestro ser: somos criaturas hechas para dar y recibir amor.

Queridos hermanos y hermanas, en la sed de Cristo podemos reconocer toda nuestra sed. Y aprender que no hay nada más humano, nada más divino, que saber decir: necesito. No temamos pedir, sobre todo cuando nos parece que no lo merecemos. No nos avergoncemos de tender la mano. Es precisamente allí, en ese gesto humilde, donde se esconde la salvación.

13 - «Jesús, dando un fuerte grito, expiró» (10 de septiembre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas:

Buenos días y gracias por vuestra presencia, ¡un hermoso testimonio!

Hoy contemplamos la cumbre de la vida de Jesús en este mundo: su muerte en la cruz. Los Evangelios recogen un detalle muy valioso, que merece ser contemplado con la inteligencia de la fe. En la cruz, Jesús no muere en silencio. No se apaga lentamente, como una luz que se consume, sino que deja la vida con un grito: «Jesús, dando un fuerte grito, expiró» (Mc 15,37). Ese grito encierra todo: dolor, abandono, fe, ofrenda. No es solo la voz de un cuerpo que cede, sino la última señal de una vida que se entrega.

El grito de Jesús va precedido por una pregunta, una de las más lacerantes que se pueden pronunciar: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Es el primer versículo del Salmo 22, pero en los labios de Jesús adquiere un peso único. El Hijo, que siempre ha vivido en íntima comunión con el Padre, experimenta ahora el silencio, la ausencia, el abismo. No se trata de una crisis de fe, sino de la última etapa de un amor que se entrega hasta el fondo. El grito de Jesús no es desesperación, sino sinceridad, verdad llevada al límite, confianza que resiste incluso cuando todo calla.

En ese momento, el cielo se oscurece y el velo del templo se rasga (cf. Mc 15,33.38). Es como si la creación participara de ese dolor y al mismo tiempo revelara algo nuevo: Dios ya no habita detrás de un velo, su rostro es ahora plenamente visible en el Crucifijo. Es allí, en aquel hombre desgarrado, donde se manifiesta el amor más grande. Es allí donde podemos reconocer a un Dios que no permanece distante, sino que atraviesa hasta el fondo nuestro dolor.

El centurión, un pagano, lo entiende. No porque haya escuchado un discurso, sino porque vio morir a Jesús en ese modo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39). Es la primera profesión de fe después de la muerte de Jesús. Es el fruto de un grito que no se dispersó en el viento, sino que tocó un corazón. A veces, lo que no somos capaces de decir con palabras lo expresamos con la voz. Cuando el corazón está lleno grita. Y esto no siempre es una señal de debilidad, puede ser un profundo acto de humanidad.

Nosotros estamos acostumbrados a pensar en el grito como algo descompuesto, que hay que reprimir. El Evangelio confiere a nuestro grito un valor inmenso, recordándonos que puede ser una invocación, una protesta, un deseo, una entrega. Es más, puede ser la forma extrema de la oración, cuando ya no nos quedan palabras en ese grito, Jesús puso todo lo que le quedaba: todo su amor, toda su esperanza.

Sí, porque también hay esto en el grito: una esperanza que no se resigna. Se grita cuando se cree que alguien todavía puede escuchar. Se grita no por desesperación, sino por deseo. Jesús no gritó contra el Padre, sino hacia Él. Incluso en el silencio, estaba convencido de que el Padre estaba allí. Y así nos mostró que nuestra esperanza puede gritar, incluso cuando todo parece perdido.

Gritar se convierte entonces en un gesto espiritual. No es solo es primer acto de nuestro nacimiento – cuando llegamos al mundo llorando – : es también un modo para permanecer vivos. Se grita cuando se sufre, pero también cuando se ama, se llama, se invoca. Gritar es decir que estamos, que no queremos apagarnos en silencio, que tenemos todavía algo que ofrecer.

En el viaje de la vida, hay momentos en los que guardar todo dentro puede consumirnos lentamente. Jesús nos enseña a no tener miedo del grito, mientras sea sincero, humilde, orientado al Padre. Un grito no es nunca inútil si nace del amor. Y nunca es ignorado si se entrega a Dios. Es una vía para no ceder al cinismo, para continuar creyendo que otro mundo es posible.

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos también esto del Señor Jesús: aprendamos el grito de la esperanza cuando llega la hora de la prueba extrema. No para herir, sino para encomendarnos. No para gritar contra alguien, sino para abrir el corazón. Si nuestro grito es verdadero, podrá ser el umbral de una nueva luz, de un nuevo nacimiento. Como para Jesús: cuando todo parece acabado, en realidad, la salvación estaba a punto de iniciar. Si se manifiesta con la confianza y la libertad de los hijos de Dios, la voz sufriente de nuestra humanidad, unida a la voz de Cristo, se puede convertir en fuente de esperanza para nosotros y para quien está a nuestro lado.

14 - El misterio del Sábado Santo (17 de septiembre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas,

en nuestro camino de catequesis sobre Jesús, nuestra esperanza, hoy contemplamos el misterio del Sábado Santo. El Hijo de Dios yace en el sepulcro. Pero esta «ausencia» suya no es un vacío: es espera, plenitud contenida, promesa custodiada en la oscuridad. Es el día del gran silencio, en el que el cielo parece mudo y la tierra inmóvil, pero es precisamente allí donde se cumple el misterio más profundo de la fe cristiana. Es un silencio cargado de significado, como el vientre de una madre que custodia al hijo aún no nacido, pero ya vivo.

El cuerpo de Jesús, bajado de la cruz, es vendado con cuidado, como se hace con lo que es precioso. El evangelista Juan nos dice que fue sepultado en un jardín, dentro de «una tumba nueva, en la que aún no había sido depositado nadie» (Jn 19,41). Nada se deja al azar. Ese jardín recuerda el Edén perdido, el lugar donde Dios y el hombre estaban unidos. Y ese sepulcro nunca usado habla de algo que aún debe suceder: es un umbral, no un final. Al principio de la creación, Dios había plantado un jardín, ahora también la nueva creación comienza en un jardín: con una tumba cerrada que pronto se abrirá.

El Sábado Santo es también un día de descanso. Según la ley judía, en el séptimo día no se debe trabajar: de hecho, después de seis días de creación, Dios descansó (cf. Génesis 2,2). Ahora también el Hijo, después de completar su obra de salvación, descansa. No porque esté cansado, sino porque ha terminado su trabajo. No porque se haya rendido, sino porque ha amado hasta el final. No hay nada más que añadir. Este descanso es el sello de la obra realizada, es la confirmación de que lo que debía hacerse se ha llevado a cabo. Es un descanso lleno de la presencia oculta del Señor.

Nos cuesta detenernos y descansar. Vivimos como si la vida nunca fuera suficiente. Corremos para producir, para demostrar, para no perder terreno. Pero el Evangelio nos enseña que saber detenernos es un gesto de confianza que debemos aprender a realizar. El Sábado Santo nos invita a descubrir que la vida no siempre depende de lo que hacemos, sino también de cómo sabemos despedirnos de lo que hemos podido hacer.

En el sepulcro, Jesús, la Palabra viva del Padre, calla. Pero es precisamente en ese silencio donde la nueva vida comienza a fermentar. Como una semilla en la tierra, como la oscuridad antes del amanecer. Dios no teme al paso del tiempo, porque también es Señor de la espera. Así, incluso nuestro tiempo «inútil», el de las pausas, los vacíos, los momentos estériles, puede convertirse en matriz de resurrección. Cada silencio acogido puede ser la premisa de una nueva Palabra. Cada tiempo suspendido puede convertirse en tiempo de gracia, si lo ofrecemos a Dios.

Jesús, enterrado en la tierra, es el rostro manso de un Dios que no ocupa todo el espacio. Es el Dios que deja hacer, que espera, que se retira para dejarnos la libertad. Es el Dios que confía, incluso cuando todo parece haber terminado. Y nosotros, en ese sábado suspendido, aprendemos que no debemos tener prisa por resucitar: primero hay que quedarse, acoger el silencio, dejarnos abrazar por el límite. A veces buscamos respuestas rápidas, soluciones inmediatas. Pero Dios obra en lo profundo, en el tiempo lento de la confianza. El sábado del entierro se convierte así en el seno del que puede brotar la fuerza de una luz invencible, la de la Pascua.

Queridos amigos, la esperanza cristiana no nace en el ruido, sino en el silencio de una espera habitada por el amor. No es hija de la euforia, sino del abandono confiado. Nos lo enseña la Virgen María: ella encarna esta espera, esta confianza, esta esperanza. Cuando nos parezca que todo está parado, que la vida es un camino interrumpido, recordemos el Sábado Santo. Incluso en el sepulcro, Dios está preparando la sorpresa más grande. Y si sabemos acoger con gratitud lo que ha sido, descubriremos que, precisamente en la pequeñez y en el silencio, Dios ama transfigurar la realidad, haciendo nuevas todas las cosas con la fidelidad de su amor. La verdadera alegría nace de la espera habitada, de la fe paciente, de la esperanza de que lo que se ha vivido en el amor, sin duda, resucitará a la vida eterna.

15 - El descenso a los infiernos (24 de septiembre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

también hoy nos detenemos en el misterio del Sábado Santo. Es el día del Misterio pascual en el que todo parece inmóvil y silencioso, mientras que en realidad se cumple una invisible acción de salvación: Cristo desciende al reino de los infiernos para llevar el anuncio de la Resurrección a todos aquellos que estaban en las tinieblas y en la sombra de la muerte.

Este evento, que la liturgia y la tradición nos han entregado, representa el gesto más profundo y radical del amor de Dios por la humanidad. De hecho, no basta decir ni creer que Jesús ha muerto por nosotros: es necesario reconocer que la fidelidad de su amor ha querido buscarnos allí donde nosotros mismos nos habíamos perdido, allí donde se puede empujar solo la fuerza de una luz capaz de atravesar el dominio de las tinieblas.

Los infiernos, en la concepción bíblica, no son tanto un lugar, sino una condición existencial: esa condición en la que la vida está debilitada y reinan el dolor, la soledad, la culpa y la separación de Dios y de los demás. Cristo nos alcanza también en este abismo, atravesando las puertas de este reino de tinieblas. Entra, por así decir, en la misma casa de la muerte, para vaciarla, para liberar a los habitantes, tomándoles de la mano uno por uno. Es la humildad de un Dios que no se detiene delante de nuestro pecado, que no se asusta frente al rechazo extremo del ser humano.

El apóstol Pedro, en el breve pasaje de su primera Carta que hemos escuchado, nos dice que Jesús, vivificado en el Espíritu Santo, fue a llevar el anuncio de salvación también «a los espíritus encarcelados» (1 Pe 3,19). Es una de las imágenes más conmovedoras, que no se encuentra desarrollada en los Evangelios canónicos, sino en un texto apócrifo llamado Evangelio de Nicodemo. Según esta tradición, el Hijo de Dios se adentró en las tinieblas más espesas para alcanzar también al último de sus hermanos y hermanas, para llevar también allí abajo su luz. En este gesto está toda la fuerza y la ternura del anuncio pascual: la muerte nunca es la última palabra.

Queridos, este descenso de Cristo no tiene que ver sólo con el pasado, sino que toca la vida de cada uno de nosotros. Los infiernos no son sólo la condición de quien está muerto, sino también de quien vive la muerte a causa del mal y del pecado. Es también el infierno cotidiano de la soledad, de la vergüenza, del abandono, del cansancio de vivir. Cristo entra en todas estas realidades oscuras para testimoniarnos el amor del Padre. No para juzgar, sino para liberar. No para culpabilizar, sino para salvar. Lo hace sin clamor, de puntillas, como quien entra en una habitación de hospital para ofrecer consuelo y ayuda.

Los Padres de la Iglesia, en páginas de extraordinaria belleza, han descrito este momento como un encuentro: entre Cristo y Adán. Un encuentro que es símbolo de todos los encuentros posibles entre Dios y el hombre. El señor desciende allí donde el hombre se ha escondido por miedo, y lo llama por nombre, lo toma de la mano, lo levanta, lo lleva de nuevo a la luz. Lo hace con plena autoridad, pero también con infinita dulzura, como un padre con el hijo que teme que ya no es amado.

En los iconos orientales de la Resurrección, Cristo es representado mientras derriba las puertas de los infiernos y, extendiendo sus brazos, agarra las muñecas de Adán y Eva. No se salva solo a sí mismo, no vuelve a la vida solo, sino que lleva consigo a toda a la humanidad. Esta es la verdadera gloria del Resucitado: es poder de amor, es solidaridad de un Dios que no quiere salvarse sin nosotros, sino sólo con nosotros. Un Dios que no resucita si no es abrazando nuestras miserias, y nos levanta de nuevo para una vida nueva.

El Sábado Santo es, por tanto, el día en el que el cielo visita la tierra más en profundidad. Es el tiempo en el que cada rincón de la historia humana es tocado por la luz de la Pascua. Y si Cristo ha podido descender hasta allí, nada puede ser excluido de su redención. Ni siquiera nuestras noches, ni siquiera nuestros pecados más antiguos, ni siquiera nuestros vínculos rotos. No hay pasado tan arruinado, no hay historia tan comprometida que no pueda ser tocada por su misericordia.

Queridos hermanos y hermanas, descender, para Dios, no es una derrota, sino el cumplimiento de su amor. No es un fracaso, sino el camino a través del cual Él muestra que ningún lugar está demasiado lejos, ningún corazón demasiado cerrado, ninguna tumba demasiado sellada para su amor. Esto nos consuela, esto nos sostiene. Y si a veces nos parece tocar el fondo, recordemos: ese es el lugar desde el cual Dios es capaz de comenzar una nueva creación. Una creación hecha de personas que se han vuelto a levantar, de corazones perdonados, de lágrimas secadas. El Sábado Santo es el abrazo silencioso con el que Cristo presenta toda la creación al Padre para volver a colocarla en su plan de salvación.

16 - La resurrección (1 de octubre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El centro de nuestra fe y el corazón de nuestra esperanza están profundamente arraigados en la resurrección de Cristo. Al leer atentamente los Evangelios, nos damos cuenta de que este misterio es sorprendente no solo porque un hombre —el Hijo de Dios— resucitó de entre los muertos, sino también por la forma en que eligió hacerlo. De hecho, la resurrección de Jesús no es un triunfo estrepitoso, no es una venganza o una revancha contra sus enemigos. Es el maravilloso testimonio de cómo el amor es capaz de levantarse después de una gran derrota para continuar su imparable camino.

Cuando nos levantamos después de un trauma causado por otros, a menudo la primera reacción es la ira, el deseo de hacer pagar a alguien por lo que hemos sufrido. El Resucitado no reacciona de esta manera. Al salir de los infiernos de la muerte, Jesús no toma ninguna revancha. No regresa con gestos de poder, sino que con mansedumbre manifiesta la alegría de un amor más grande que cualquier herida y más fuerte que cualquier traición.

El Resucitado no siente ninguna necesidad de reafirmar o afirmar su superioridad. Se aparece a sus amigos, los discípulos, y lo hace con extrema discreción, sin forzar los tiempos de su capacidad de acogida. Su único deseo es volver a estar en comunión con ellos, ayudándoles a superar el sentimiento de culpa. Lo vemos muy bien en el cenáculo, donde el Señor se aparece a sus amigos encerrados en el miedo. Es un momento que expresa una fuerza extraordinaria: Jesús, después de haber descendido a los abismos de la muerte para liberar a quienes estaban prisioneros allí, entra en la habitación cerrada de quienes están paralizados por el miedo, trayendo un regalo que nadie se habría atrevido a esperar: la paz.

Su saludo es sencillo, casi ordinario: «¡La paz sea con vosotros!» (Jn 20,19). Pero va acompañado de un gesto tan hermoso que resulta casi inapropiado: Jesús muestra a los discípulos sus manos y su costado con las marcas de la pasión. ¿Por qué mostrar las heridas precisamente ante quienes, en aquellas horas dramáticas, lo negaron y abandonaron? ¿Por qué no ocultar esas marcas de dolor y evitar reabrir la herida de la vergüenza?

Sin embargo, el Evangelio dice que, al ver al Señor, los discípulos se alegraron (cf. Jn 20,20). La razón es profunda: Jesús está ahora plenamente reconciliado con todo lo que ha sufrido. No hay sombra de rencor. Las heridas no sirven para reprochar, sino para confirmar un amor más fuerte que cualquier infidelidad. Son la prueba de que, precisamente en el momento de nuestro fracaso, Dios no se echó atrás. No renunció a nosotros.

Así, el Señor se muestra desnudo y desarmado. No exige, no chantajea. El suyo es un amor que no humilla; es la paz de quien ha sufrido por amor y ahora puede afirmar finalmente que ha valido la pena.

Nosotros, en cambio, a menudo enmascaramos nuestras heridas por orgullo o por miedo a parecer débiles. Decimos «no importa», «todo es pasado», pero en realidad no estamos en paz con las traiciones que nos han herido. A veces preferimos ocultar nuestra dificultad para perdonar para no parecer vulnerables y no correr el riesgo de sufrir de nuevo. Jesús no. Él ofrece sus heridas como garantía de perdón. Y muestra que la Resurrección no es la cancelación del pasado, sino su transfiguración en una esperanza de misericordia.

Luego, el Señor repite: «¡La paz sea con vosotros!». Y añade: «Como el Padre me envió, así os envío yo» (v. 21). Con estas palabras, confía a los apóstoles una tarea que no es tanto un poder como una responsabilidad: ser instrumentos de reconciliación en el mundo. Como si dijera: «¿Quién podrá anunciar el rostro misericordioso del Padre, si no vosotros, que habéis experimentado el fracaso y el perdón?».

Jesús sopla sobre ellos y les da el Espíritu Santo (v. 22). Es el mismo Espíritu que lo sostuvo en la obediencia al Padre y en el amor hasta la cruz. A partir de ese momento, los apóstoles ya no podrán callar lo que han visto y oído: que Dios perdona, levanta, devuelve la confianza.

Este es el corazón de la misión de la Iglesia: no administrar un poder sobre los demás, sino comunicar la alegría de quien ha sido amado precisamente cuando no lo merecía. Es la fuerza que ha hecho nacer y crecer a la comunidad cristiana: hombres y mujeres que han descubierto la belleza de volver a la vida para poder donarla a los demás.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros somos enviados. También a nosotros el Señor nos muestra sus heridas y nos dice: La paz sea con vosotros. No tengáis miedo de mostrar vuestras heridas sanadas por la misericordia. No temáis acercaros a quienes están encerrados en el miedo o en el sentido de culpa. Que el soplo del Espíritu nos haga también a nosotros testigos de esta paz y de este amor más fuerte que cualquier derrota.

17 - Volver a encender (8 de octubre de 2025)

Hoy quisiera invitaros a reflexionar sobre un aspecto sorprendente de la resurrección de Cristo: su humildad. Si repasamos los relatos evangélicos, nos damos cuenta de que el Señor resucitado no hace nada espectacular para imponerse a la fe de sus discípulos. No se presenta rodeado de huestes de ángeles, no realiza gestos sensacionales, no pronuncia discursos solemnes para desvelar los secretos del universo. Al contrario, se acerca con discreción, como un viajero cualquiera, como un hombre hambriento que pide compartir un poco de pan (cf. Lc 24,15.41).

María Magdalena lo confunde con un jardinero (cf. Jn 20,15). Los discípulos de Emaús lo creen un forastero (cf. Lc 24,18). Pedro y los demás pescadores piensan que es un transeúnte cualquiera (cf. Jn 21,4). Nosotros habríamos esperado efectos especiales, signos de poder, pruebas contundentes. Pero el Señor no busca eso: prefiere el lenguaje de la cercanía, de la normalidad, de la mesa compartida.

Hermanos y hermanas, en esto hay un mensaje precioso: la Resurrección no es un giro teatral, es una transformación silenciosa que llena de sentido cada gesto humano. Jesús resucitado come un trozo de pescado delante de sus discípulos: no es un detalle marginal, es la confirmación de que nuestro cuerpo, nuestra historia, nuestras relaciones no son un envoltorio que hay que tirar. Están destinadas a la plenitud de la vida. Resucitar no significa convertirse en espíritus evanescentes, sino entrar en una comunión más profunda con Dios y con los hermanos, en una humanidad transfigurada por el amor.

En la Pascua de Cristo, todo puede convertirse en gracia. Incluso las cosas más ordinarias: comer, trabajar, esperar, cuidar la casa, apoyar a un amigo. La Resurrección no sustrae la vida al tiempo y al esfuerzo, sino que cambia su sentido y su «sabor». Cada gesto realizado con gratitud y comunión anticipa el Reino de Dios.

Sin embargo, hay un obstáculo que a menudo nos impide reconocer esta presencia de Cristo en lo cotidiano: la pretensión de que la alegría debe estar libre de heridas. Los discípulos de Emaús caminan tristes porque esperaban otro final, un Mesías que no conociera la cruz. A pesar de haber oído decir que el sepulcro está vacío, no logran sonreír. Pero Jesús se pone a su lado y con paciencia les ayuda a comprender que el dolor no es la negación de la promesa, sino el camino por el que Dios ha manifestado la medida de su amor (cf. Lc 24,13-27).

Cuando finalmente se sientan a la mesa con Él y parten el pan, se les abren los ojos. Y se dan cuenta de que su corazón ya ardía, aunque no lo sabían (cf. Lc 24,28-32). Esta es la mayor sorpresa: descubrir que bajo las cenizas del desencanto y el cansancio siempre hay una brasa viva, que solo espera ser reavivada.

Hermanos y hermanas, la resurrección de Cristo nos enseña que no hay historia tan marcada por la decepción o el pecado que no pueda ser visitada por la esperanza. Ninguna caída es definitiva, ninguna noche es eterna, ninguna herida está destinada a permanecer abierta para siempre. Por muy lejos, perdidos o indignos que nos sintamos, no hay distancia que pueda apagar la fuerza inquebrantable del amor de Dios.

A veces pensamos que el Señor solo nos visita en los momentos de recogimiento o de fervor espiritual, cuando nos sentimos a la altura, cuando nuestra vida parece ordenada y luminosa. Sin embargo, el Resucitado se acerca precisamente en los lugares más oscuros: en nuestros fracasos, en las relaciones desgastadas, en las fatigas cotidianas que pesan sobre nuestros hombros, en las dudas que nos desaniman. Nada de lo que somos, ningún fragmento de nuestra existencia le es ajeno.

Hoy, el Señor resucitado se acerca a cada uno de nosotros, precisamente mientras recorremos nuestros caminos —los del trabajo y el compromiso, pero también los del sufrimiento y la soledad— y con infinita delicadeza nos pide que dejemos que nos caliente el corazón. No se impone con clamor, no pretende ser reconocido de inmediato. Con paciencia espera el momento en que nuestros ojos se abran para ver su rostro amigo, capaz de transformar la decepción en espera confiada, la tristeza en gratitud, la resignación en esperanza.

El Resucitado solo desea manifestar su presencia, hacerse nuestro compañero de camino y encender en nosotros la certeza de que su vida es más fuerte que cualquier muerte. Pidamos, pues, la gracia de reconocer su presencia humilde y discreta, de no pretender una vida sin pruebas, de descubrir que todo dolor, si está habitado por el amor, puede convertirse en lugar de comunión.

Y así, como los discípulos de Emaús, volvamos también nosotros a nuestras casas con el corazón ardiente de alegría. Una alegría sencilla, que no borra las heridas, sino que las ilumina. Una alegría que nace de la certeza de que el Señor está vivo, camina con nosotros y nos da en cada instante la posibilidad de empezar de nuevo.

18 - El Resucitado, fuente de esperanza (15 de octubre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las catequesis del Año Jubilar, hasta ahora hemos recorrido la vida de Jesús siguiendo los Evangelios, desde su nacimiento hasta su muerte y resurrección. De este modo, nuestra peregrinación en la esperanza ha encontrado su fundamento sólido, su camino seguro. Ahora, en la última parte del camino, dejaremos que el misterio de Cristo, que culmina en la Resurrección, irradie su luz de salvación en contacto con la realidad humana e histórica actual, con sus preguntas y sus desafíos.

Nuestra vida está marcada por innumerables acontecimientos, llenos de matices y experiencias diferentes. A veces nos sentimos alegres, otras veces tristes, otras veces satisfechos, o estresados, gratificados o desmotivados. Vivimos ocupados, nos concentramos en alcanzar resultados, llegamos a alcanzar metas incluso altas y prestigiosas. Por el contrario, permanecemos en suspenso, precarios, esperando éxitos y reconocimientos que tardan en llegar o que no llegan en absoluto. En resumen, nos encontramos en una situación paradójica: nos gustaría ser felices, pero es muy difícil conseguirlo de forma continua y sin sombras. Nos enfrentamos a nuestras limitaciones y, al mismo tiempo, al impulso irrefrenable de intentar superarlas. Sentimos en lo más profundo que siempre nos falta algo.

En realidad, no hemos sido creados para la carencia, sino para la plenitud, para disfrutar de la vida y de la vida en abundancia, según la expresión de Jesús en el Evangelio de Juan (cf. 10,10).

Este deseo abismal de nuestro corazón puede encontrar su respuesta última no en los roles, no en el poder, no en el tener, sino en la certeza de que hay alguien que se hace garante de este impulso constitutivo de nuestra humanidad; en la conciencia de que esta espera no será defraudada ni frustrada. Esta certeza coincide con la esperanza. Esto no significa pensar de manera optimista: a menudo el optimismo nos decepciona, ve implosionar nuestras expectativas, mientras que la esperanza promete y cumple.

Hermanas y hermanos, ¡Jesucristo resucitado es la garantía de este destino! Él es la fuente que sacia nuestra sed, la sed infinita de plenitud que el Espíritu Santo infunde en nuestro corazón. La resurrección de Cristo, de hecho, no es un simple acontecimiento de la historia humana, sino el acontecimiento que la ha transformado desde dentro.

Pensemos en una fuente de agua. ¿Cuáles son sus características? Sacia y refresca a las criaturas, riega la tierra, las plantas, hace fértil y vivo lo que de otro modo permanecería árido. Da descanso al caminante cansado, ofreciéndole la alegría de un oasis de frescura. Una fuente aparece como un don gratuito para la naturaleza, para las criaturas, para los seres humanos. Sin agua no se puede vivir.

El Resucitado es la fuente viva que no se seca ni sufre alteraciones. Permanece siempre pura y lista para cualquiera que tenga sed. Y cuanto más saboreamos el misterio de Dios, más nos atrae, sin que nunca quedemos completamente saciados. San Agustín, en el décimo libro de las Confesiones, capta precisamente este anhelo inagotable de nuestro corazón y lo expresa en el famoso Hinojo a la belleza: «Derramaste tu fragancia, y respiré y anhelo hacia ti, probé y tengo hambre y sed; me tocaste, y ardo en deseo de tu paz» (X, 27, 38).

Jesús, con su Resurrección, nos ha asegurado una fuente permanente de vida: Él es el Viviente (cf. Ap 1,18), el amante de la vida, el vencedor de toda muerte. Por eso es capaz de ofrecernos descanso en el camino terrenal y asegurarnos la paz perfecta en la eternidad. Solo Jesús, muerto y resucitado, responde a las preguntas más profundas de nuestro corazón: ¿hay realmente un punto de llegada para nosotros? ¿Tiene sentido nuestra existencia? ¿Y el sufrimiento de tantos inocentes, cómo podrá ser redimido?

Jesús Resucitado no nos da una respuesta «desde arriba», sino que se hace nuestro compañero en este viaje a menudo fatigoso, doloroso, misterioso. Solo Él puede llenar nuestra cantimplora vacía, cuando la sed se vuelve insoportable.

Y Él es también el punto de llegada de nuestro camino. Sin su amor, el viaje de la vida se convertiría en un vagar sin meta, un trágico error con un destino fallido. Somos criaturas frágiles. El error forma parte de nuestra humanidad, es la herida del pecado que nos hace caer, renunciar, desesperar. Resucitar significa, en cambio, levantarse y ponerse en pie. El Resucitado nos garantiza la llegada, nos lleva a casa, donde se nos espera, se nos ama, se nos salva. Hacer el viaje con Él a nuestro lado significa experimentar que, a pesar de todo, se nos sostiene, se nos sacia y se nos reconforta en las pruebas y fatigas que, como pesadas piedras, amenazan con bloquear o desviar nuestra historia.

Queridos hermanos, de la resurrección de Cristo brota la esperanza que nos hace anticipar, a pesar de las fatigas de la vida, una quietud profunda y gozosa: esa paz que solo Él podrá darnos al final, sin fin.

19 - Respuesta a la tristeza del ser humano (22 de octubre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡Y bienvenidos a todos!

La resurrección de Jesucristo es un acontecimiento que nunca dejamos de contemplar y meditar, y cuanto más lo profundizamos, más nos llena de asombro, nos atrae, como una luz insoportable y al mismo tiempo fascinante. Fue una explosión de vida y alegría que cambió el sentido de toda la realidad, de negativo a positivo; sin embargo, no ocurrió de manera espectacular, y mucho menos violenta, sino suave, oculta, se diría humilde.

Hoy reflexionaremos sobre cómo la resurrección de Cristo puede curar una de las enfermedades de nuestro tiempo: la tristeza. Invasiva y difusa, la tristeza acompaña los días de muchas personas. Se trata de un sentimiento de precariedad, a veces de profunda desesperación, que invade el espacio interior y parece prevalecer sobre cualquier impulso de alegría.

La tristeza le quita sentido y vigor a la vida, que se convierte en un viaje sin dirección y sin significado. Esta experiencia tan actual nos remite al famoso relato del Evangelio de Lucas (24, 13-29) sobre los dos discípulos de Emaús. Decepcionados y desanimados, se marchan de Jerusalén, dejando atrás las esperanzas depositadas en Jesús, que ha sido crucificado y sepultado. En sus primeras líneas, este episodio se presenta como un paradigma de la tristeza humana: el fin de la meta en la que se habían invertido tantas energías, la destrucción de lo que parecía esencial en la propia vida. La esperanza se ha desvanecido, la desolación se ha apoderado del corazón. Todo ha implosionado en muy poco tiempo, entre el viernes y el sábado, en una dramática sucesión de acontecimientos.

La paradoja es realmente emblemática: este triste viaje de derrota y retorno a la normalidad se realiza el mismo día de la victoria de la luz, de la Pascua que se ha consumado plenamente. Los dos hombres dan la espalda al Gólgota, al terrible escenario de la cruz aún grabado en sus ojos y en sus corazones. Todo parece perdido. Hay que volver a la vida anterior, con perfil bajo, esperando no ser reconocidos.

En cierto momento, un viajero se acerca a los dos discípulos, tal vez uno de los muchos peregrinos que han estado en Jerusalén para la Pascua. Es Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocen. La tristeza nubla su mirada, borra la promesa que el Maestro había hecho varias veces: que sería asesinado y que al tercer día resucitaría. El desconocido se acerca y se muestra interesado en lo que están diciendo. El texto dice que los dos «se detuvieron, con el rostro triste» (Lc 24,17). El adjetivo griego utilizado describe una tristeza integral: en sus rostros se refleja la parálisis del alma.

Jesús los escucha, les deja desahogar su decepción. Luego, con gran franqueza, los reprende por ser «necios e insensibles de corazón, por no creer en todo lo que han dicho los profetas» (v. 25), y a través de las Escrituras les demuestra que Cristo debía sufrir, morir y resucitar. En los corazones de los dos discípulos se reaviva el calor de la esperanza, y entonces, cuando ya cae la tarde y llegan a su destino, invitan al misterioso compañero a quedarse con ellos.

Jesús acepta y se sienta a la mesa con ellos. Luego toma el pan, lo parte y lo ofrece. En ese momento, los dos discípulos lo reconocen... pero Él desaparece inmediatamente de su vista (vv. 30-31). El gesto del pan partido reabre los ojos del corazón, ilumina de nuevo la vista nublada por la desesperación. Y entonces todo se aclara: el camino compartido, la palabra tierna y fuerte, la luz de la verdad... Inmediatamente se reaviva la alegría, la energía vuelve a fluir en los miembros cansados, la memoria vuelve a ser agradecida. Y los dos regresan rápidamente a Jerusalén, para contarlo todo a los demás.

«El Señor ha resucitado verdaderamente» (cf. v. 34). En este adverbio, verdaderamente, se cumple el destino seguro de nuestra historia como seres humanos. No en vano es el saludo que los cristianos se intercambian el día de Pascua. Jesús no ha resucitado con palabras, sino con hechos, con su cuerpo que conserva las marcas de la pasión, sello perenne de su amor por nosotros. La victoria de la vida no es una palabra vana, sino un hecho real, concreto.

La alegría inesperada de los discípulos de Emaús sea para nosotros un dulce recordatorio cuando el camino se hace difícil. Es el Resucitado quien cambia radicalmente la perspectiva, infundiendo la esperanza que llena el vacío de la tristeza. En los senderos del corazón, el Resucitado camina con nosotros y por nosotros. Da testimonio de la derrota de la muerte, afirma la victoria de la vida, a pesar de las tinieblas del Calvario. La historia aún tiene mucho que esperar en el bien.

Reconocer la Resurrección significa cambiar la mirada sobre el mundo: volver a la luz para reconocer la Verdad que nos ha salvado y nos salva. Hermanas y hermanos, permanezcamos vigilantes cada día en el asombro de la Pascua de Jesús resucitado. ¡Solo Él hace posible lo imposible!

20 - La Pascua da esperanza a la vida cotidiana (5 de noviembre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Y bienvenidos todos.

La Pascua de Jesús no es un acontecimiento que pertenezca a un pasado lejano, ya sedimentado en la tradición como tantos otros episodios de la historia humana. La Iglesia nos enseña a hacer memoria actualizada de la Resurrección cada año en el Domingo de Pascua y cada día en la celebración eucarística, durante la cual se realiza de manera plena la promesa del Señor resucitado: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Por eso, el misterio pascual constituye el eje de la vida del cristiano, alrededor del cual giran todos los demás acontecimientos. Podemos decir entonces, sin irenismo ni sentimentalismo, que cada día es Pascua. ¿De qué manera?

Vivimos, hora tras hora, muchas experiencias diferentes: dolor, sufrimiento, tristeza, entremezclados con alegría, asombro, serenidad. Pero a través de cada situación, el corazón humano anhela la plenitud, una felicidad profunda. Una gran filósofa del siglo XX, santa Teresa Benedicta de la Cruz, cuyo nombre de pila era Edith Stein, que profundizó mucho en el misterio de la persona humana, nos recuerda este dinamismo de búsqueda constante de la plenitud. «El ser humano —escribe— siempre anhela volver a recibir el don del ser, para poder aprovechar lo que el momento le da y al mismo tiempo le quita» (Essere finito ed Essere eterno. Per una elevazione al senso dell’essere, Roma 1998, 387). Estamos inmersos en la limitación, pero también nos esforzamos por superarla.

El anuncio pascual es la noticia más bella, alegre y conmovedora que jamás haya resonado a lo largo de la historia. Es el «Evangelio» por excelencia, que da testimonio de la victoria del amor sobre el pecado y de la vida sobre la muerte, y por eso es el único capaz de saciar la demanda de sentido que inquieta nuestra mente y nuestro corazón. El ser humano está animado por un movimiento interior, tendido hacia un más allá que lo atrae constantemente. Ninguna realidad contingente lo satisface. Tendemos hacia el infinito y lo eterno. Esto contrasta con la experiencia de la muerte, anticipada por los sufrimientos, las pérdidas, los fracasos. De la muerte «nullu homo vivente po skampare», canta San Francisco (cf. Cántico del hermano sol).

Todo cambia gracias a aquella mañana en la que las mujeres, que habían ido al sepulcro para ungir el cuerpo del Señor, lo encontraron vacío. La pregunta que hicieron los Magos, llegados de Oriente a Jerusalén: «¿Dónde está el que ha nacido, el rey de los judíos?» (Mt 2,1-2), encuentra su respuesta definitiva en las palabras del misterioso joven vestido de blanco que habla a las mujeres en la madrugada pascual: «Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado» (Mc 16,6).

Desde aquella mañana hasta hoy, cada día, Jesús tendrá también este título: el Viviente, como él mismo se presenta en el Apocalipsis: «Yo soy el Primero y el Último, y el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre» (Ap 1,17-18). Y en Él tenemos la seguridad de poder encontrar siempre la estrella polar hacia la que dirigir nuestra vida de aparente caos, marcada por hechos que a menudo nos parecen confusos, inaceptables, incomprensibles: el mal, en sus múltiples facetas, el sufrimiento, la muerte, acontecimientos que nos afectan a todos y a cada uno. Meditando el misterio de la Resurrección, encontramos respuesta a nuestra sed de sentido.

Ante nuestra frágil humanidad, el anuncio pascual se convierte en cuidado y curación, alimenta la esperanza frente a los retos aterradores que la vida nos plantea cada día a nivel personal y planetario. En la perspectiva de la Pascua, el Vía Crucis se transfigura en Vía Lucis. Necesitamos saborear y meditar la alegría después del dolor, volver a recorrer con nueva luz todas las etapas que precedieron a la Resurrección.

La Pascua no elimina la cruz, sino que la vence en el prodigioso duelo que cambió la historia de la humanidad. También nuestro tiempo, marcado por tantas cruces, invoca el amanecer de la esperanza pascual. La Resurrección de Cristo no es una idea, una teoría, sino el Acontecimiento que fundamenta la fe. Él, el Resucitado, por medio del Espíritu Santo, sigue recordándonoslo, para que podamos ser sus testigos incluso allí donde la historia humana no ve luz en el horizonte. La esperanza pascual no defrauda. Creer verdaderamente en la Pascua a través del camino cotidiano significa revolucionar nuestra vida, ser transformados para transformar el mundo con la fuerza mansa y valiente de la esperanza cristiana.

21 - «Todos hermanos» (12 de noviembre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Creer en la muerte y resurrección de Cristo y vivir la espiritualidad pascual infunde esperanza en la vida y anima a invertir en el bien. En particular, nos ayuda a amar y alimentar la fraternidad, que es sin duda uno de los grandes retos de la humanidad contemporánea, como ha visto claramente el Papa Francisco.

La fraternidad nace de un dato profundamente humano. Somos capaces de relacionarnos y, si queremos, sabemos construir vínculos auténticos entre nosotros. Sin relaciones, que nos sostienen y nos enriquecen desde el comienzo de nuestra vida, no podríamos sobrevivir, crecer, aprender. Son múltiples, diferentes en modalidad y profundidad. Pero lo cierto es que nuestra humanidad se realiza mejor cuando estamos y vivimos juntos, cuando logramos experimentar vínculos auténticos, no formales, con las personas que nos rodean. Si nos encerramos en nosotros mismos, corremos el riesgo de enfermar de soledad, e incluso de un narcisismo que se preocupa por los demás solo por interés. El otro se reduce entonces a alguien de quien tomar, sin que estemos nunca realmente dispuestos a dar, a entregarnos.

Sabemos bien que, incluso hoy, la fraternidad no es algo que se dé por sentado, no es inmediata. Muchos conflictos, tantas guerras esparcidas por el mundo, tensiones sociales y sentimientos de odio parecerían demostrar lo contrario. Sin embargo, la fraternidad no es un hermoso sueño imposible, no es un deseo de unos pocos ilusos. Pero para superar las sombras que la amenazan, hay que ir a las fuentes y, sobre todo, sacar luz y fuerza de Aquel que solo nos libera del veneno de la enemistad.

La palabra «hermano» deriva de una raíz muy antigua, que significa cuidar, tener en el corazón, sostener y mantener. Aplicada a cada persona humana, se convierte en un llamamiento, una invitación. A menudo pensamos que el papel de hermano o hermana remite al parentesco, a ser consanguíneos, a formar parte de la misma familia. En realidad, sabemos bien cómo los desacuerdos, las fracturas y, a veces, el odio pueden devastar incluso las relaciones entre parientes, y no solo entre extraños.

Esto demuestra la necesidad, hoy más urgente que nunca, de reconsiderar el saludo con el que San Francisco de Asís se dirigía a todos, independientemente de su procedencia geográfica y cultural, religiosa o doctrinal: «omnes fratres» (todos hermanos) era la forma inclusiva con la que San Francisco ponía en el mismo plano a todos los seres humanos, precisamente porque los reconocía en el destino común de dignidad, diálogo, acogida y salvación. El papa Francisco ha retomado este enfoque del Poverello de Asís, valorando su actualidad después de 800 años, en la encíclica Fratelli tutti.

Ese «todos», que para San Francisco significaba el signo acogedor de una fraternidad universal, expresa un rasgo esencial del cristianismo, que desde el principio ha sido el anuncio de la Buena Nueva destinada a la salvación de todos, nunca de forma exclusiva o privada. Esta fraternidad se basa en el mandamiento de Jesús, que es nuevo en cuanto realizado por Él mismo, cumplimiento sobreabundante de la voluntad del Padre: gracias a Él, que nos ha amado y se ha entregado por nosotros, nosotros podemos a nuestra vez amarnos y dar la vida por los demás, como hijos del único Padre y verdaderos hermanos en Jesucristo.

Jesús nos ha amado hasta el final, dice el Evangelio de Juan (cf. 13,1). Cuando se acerca la pasión, el Maestro sabe bien que su tiempo histórico está a punto de concluir. Teme lo que está a punto de suceder, experimenta el tormento más terrible y el abandono. Su resurrección, al tercer día, es el comienzo de una nueva historia. Y los discípulos se convierten plenamente en hermanos, después de tanto tiempo de vida juntos, no solo cuando viven el dolor de la muerte de Jesús, sino, sobre todo, cuando lo reconocen como el Resucitado, reciben el don del Espíritu y se convierten en testigos de él.

Los hermanos y hermanas se sostienen mutuamente en las pruebas, no dan la espalda a quienes están necesitados: lloran y se alegran juntos en la perspectiva activa de la unidad, la confianza y la entrega mutua. La dinámica es la que Jesús mismo nos da: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (cf. Jn 15,12). La fraternidad que nos ha dado Cristo, muerto y resucitado, nos libera de la lógica negativa del egoísmo, de las divisiones, de la prepotencia, y nos devuelve a nuestra vocación original, en nombre de un amor y una esperanza que se renuevan cada día. El Resucitado nos ha indicado el camino que debemos recorrer junto a Él, para sentirnos y ser «todos hermanos».

22 - Espiritualidad pascual y ecología integral (19 de noviembre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En este Año Jubilar dedicado a la esperanza, estamos reflexionando sobre la relación entre la resurrección de Cristo y los retos del mundo actual, es decir, nuestros retos. A veces, Jesús, el Viviente, también nos pregunta: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?». De hecho, los retos no se pueden afrontar solos y las lágrimas son un don de vida cuando purifican nuestros ojos y liberan nuestra mirada.

El evangelista Juan nos señala un detalle que no encontramos en los otros Evangelios: llorando junto al sepulcro vacío, Magdalena no reconoció inmediatamente a Jesús resucitado, sino que pensó que era el guardián del jardín. De hecho, al narrar el entierro de Jesús, al atardecer del Viernes Santo, el texto era muy preciso: «Ahora bien, en el lugar donde había sido crucificado, había un jardín, y en el jardín un sepulcro nuevo, en el que aún no había sido depositado nadie. Allí, pues, como era la víspera de la Pascua de los judíos y el sepulcro estaba cerca, depositaron a Jesús» (Jn 19,40-41).

Así termina, en la paz del sábado y en la belleza de un jardín, la dramática lucha entre las tinieblas y la luz desatada con la traición, el arresto, el abandono, la condena, la humillación y la muerte del Hijo, que «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Cultivar y custodiar el jardín es la tarea original (cf. Gn 2,15) que Jesús llevó a cabo. Su última palabra en la cruz —«Todo está cumplido» (Jn 19,30)— invita a cada uno a reencontrar la misma tarea, su tarea. Por eso, «inclinando la cabeza, entregó su espíritu» (v. 30).

Queridos hermanos y hermanas, María Magdalena, entonces, no se equivocó del todo al creer que se encontraba con el guardián del jardín. De hecho, tenía que volver a escuchar su nombre y comprender su tarea del Hombre nuevo, aquel que en otro texto joánico dice: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). El papa Francisco, con la encíclica Laudato si’, nos ha señalado la extrema necesidad de una mirada contemplativa: si no es guardián del jardín, el ser humano se convierte en su devastador. La esperanza cristiana, por tanto, responde a los retos a los que se enfrenta hoy toda la humanidad, deteniéndose en el jardín en el que el Crucificado fue depositado como una semilla, para resucitar y dar mucho fruto.

El Paraíso no se ha perdido, sino que se ha reencontrado. La muerte y resurrección de Jesús son, así, el fundamento de una espiritualidad de la ecología integral, fuera de la cual las palabras de la fe no tienen influencia sobre la realidad y las palabras de la ciencia quedan fuera del corazón. «La cultura ecológica no puede reducirse a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que se plantean en relación con la degradación del medio ambiente, el agotamiento de las reservas naturales y la contaminación. Debería ser una mirada diferente, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que den forma a una resistencia» (Laudato si’, 111).

Por eso hablamos de una conversión ecológica, que los cristianos no pueden separar de ese cambio de rumbo que les exige seguir a Jesús. Es un signo de ello el giro de María, en aquella mañana de Pascua: solo de conversión en conversión pasamos de este valle de lágrimas a la nueva Jerusalén. Este paso, que comienza en el corazón y es espiritual, modifica la historia, nos compromete públicamente, activa la solidaridad que desde ahora protege a las personas y a las criaturas de las ansias de los lobos, en nombre y por la fuerza del Cordero Pastor.

Así, los hijos e hijas de la Iglesia pueden encontrar hoy a millones de jóvenes y otros hombres y mujeres de buena voluntad que han escuchado el grito de los pobres y de la tierra y han dejado que les toque el corazón. Son muchas también las personas que desean, a través de una relación más directa con la creación, una nueva armonía que les lleve más allá de tantas laceraciones. Por otra parte, «los cielos narran la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento. El día al día confía su relato y la noche a la noche transmite la noticia. Sin lenguaje, sin palabras, sin que se oiga su voz, por toda la tierra se difunde su anuncio y hasta los confines del mundo su mensaje» (Sal 18,1-4).

Que el Espíritu nos dé la capacidad de escuchar la voz de quienes no tienen voz. Entonces veremos lo que aún no ven nuestros ojos: ese jardín, o Paraíso, al que solo llegamos acogiendo y cumpliendo cada uno su tarea.

23 - Esperar en la vida para generar vida (26 de noviembre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Pascua de Cristo ilumina el misterio de la vida y nos permite mirarla con esperanza. Esto no siempre es fácil ni evidente. Muchas vidas, en todas partes del mundo, parecen fatigosas, dolorosas, llenas de problemas y obstáculos que superar. Sin embargo, el ser humano recibe la vida como un don: no la pide, no la elige, la experimenta en su misterio desde el primer día hasta el último. La vida tiene una especificidad extraordinaria: se nos ofrece, no podemos dárnosla a nosotros mismos, pero hay que alimentarla constantemente: se necesita un cuidado que la mantenga, la dinamice, la custodie, la relance.

Se puede decir que la pregunta sobre la vida es una de las cuestiones abismales del corazón humano. Hemos entrado en la existencia sin haber hecho nada para decidirlo. De esta evidencia brotan como un río caudaloso las preguntas de todos los tiempos: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es el sentido último de todo este viaje?

Vivir, en efecto, invoca un sentido, una dirección, una esperanza. Y la esperanza actúa como el impulso profundo que nos hace caminar en las dificultades, que no nos hace rendirnos en la fatiga del viaje, que nos da la certeza de que la peregrinación de la existencia nos lleva a casa. Sin la esperanza, la vida corre el riesgo de parecer un paréntesis entre dos noches eternas, una breve pausa entre el antes y el después de nuestro paso por la tierra. Esperar en la vida significa, en cambio, anticipar la meta, creer como seguro lo que aún no vemos ni tocamos, confiar y entregarnos al amor de un Padre que nos ha creado porque nos ha querido con amor y nos quiere felices.

Queridos hermanos, hay una enfermedad muy extendida en el mundo: la falta de confianza en la vida. Como si nos hubiéramos resignado a una fatalidad negativa, a la renuncia. La vida corre el riesgo de dejar de ser una posibilidad recibida como un don, para convertirse en una incógnita, casi una amenaza de la que hay que protegerse para no quedar decepcionados. Por eso, el valor de vivir y de generar vida, de dar testimonio de que Dios es por excelencia «el amante de la vida», como afirma el Libro de la Sabiduría (11,26), es hoy una llamada más urgente que nunca.

En el Evangelio, Jesús confirma constantemente su preocupación por curar a los enfermos, sanar los cuerpos y los espíritus heridos, devolver la vida a los muertos. Al hacerlo, el Hijo encarnado revela al Padre: devuelve la dignidad a los pecadores, concede la remisión de los pecados e incluye a todos, especialmente a los desesperados, los excluidos, los alejados, en su promesa de salvación.

Engendrado por el Padre, Cristo es la vida y ha engendrado vida sin reservas hasta el punto de darnos la suya, y nos invita también a nosotros a dar nuestra vida. Engendrar significa dar vida a otra persona. El universo de los seres vivos se ha expandido a través de esta ley, que en la sinfonía de las criaturas conoce un admirable «crescendo» que culmina en el dúo del hombre y la mujer: Dios los creó a su imagen y les confió la misión de generar también a su imagen, es decir, por amor y en el amor.

La Sagrada Escritura, desde el principio, nos revela que la vida, precisamente en su forma más elevada, la humana, recibe el don de la libertad y se convierte en un drama. Así, las relaciones humanas también están marcadas por la contradicción, hasta el fratricidio. Caín percibe a su hermano Abel como un competidor, una amenaza, y en su frustración no se siente capaz de amarlo y estimarlo. Y ahí están los celos, la envidia, la sangre (Génesis 4,1-16). La lógica de Dios, en cambio, es muy diferente. Dios permanece fiel para siempre a su designio de amor y vida; no se cansa de sostener a la humanidad incluso cuando, siguiendo los pasos de Caín, obedece al instinto ciego de la violencia en las guerras, en las discriminaciones, en los racismos, en las múltiples formas de esclavitud.

Generar significa, pues, confiar en el Dios de la vida y promover lo humano en todas sus expresiones: ante todo, en la maravillosa aventura de la maternidad y la paternidad, incluso en contextos sociales en los que las familias luchan por soportar la carga del día a día, viéndose a menudo frenadas en sus proyectos y sus sueños. En esta misma lógica, generar es comprometerse con una economía solidaria, buscar el bien común que todos disfruten por igual, respetar y cuidar la creación, ofrecer consuelo con la escucha, la presencia, la ayuda concreta y desinteresada.

Hermanas y hermanos, la resurrección de Jesucristo es la fuerza que nos sostiene en este desafío, incluso cuando las tinieblas del mal oscurecen el corazón y la mente. Cuando la vida parece haberse apagado, bloqueada, el Señor resucitado sigue pasando, hasta el fin de los tiempos, y camina con nosotros y por nosotros. Él es nuestra esperanza.

24 - La respuesta sobre nuestra muerte (10 de diciembre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡Bienvenidos todos!

El misterio de la muerte siempre ha suscitado profundas preguntas en el ser humano. De hecho, parece ser el acontecimiento más natural y, al mismo tiempo, más antinatural que existe. Es natural, porque todos los seres vivos de la tierra mueren. Es antinatural porque el deseo de vida y de eternidad que sentimos por nosotros mismos y por las personas que amamos nos hace ver la muerte como una condena, como un «contrasentido».

Muchos pueblos antiguos desarrollaron ritos y costumbres relacionados con el culto a los muertos, para acompañar y recordar a quienes se encaminaban hacia el misterio supremo. Hoy, en cambio, se observa una tendencia diferente. La muerte parece una especie de tabú, un acontecimiento que hay que mantener alejado; algo de lo que hay que hablar en voz baja, para no perturbar nuestra sensibilidad y tranquilidad. A menudo, por eso, también se evita visitar los cementerios, donde descansan los que nos han precedido a la espera de la resurrección.

¿Qué es, pues, la muerte? ¿Es realmente la última palabra sobre nuestra vida? Solo el ser humano se plantea esta pregunta, porque solo él sabe que tiene que morir. Pero ser consciente de ello no le salva de la muerte, sino que, en cierto sentido, le «agobia» más que a todas las demás criaturas vivientes. Los animales sufren, sin duda, y se dan cuenta de que la muerte está cerca, pero no saben que la muerte forma parte de su destino. No se preguntan por el sentido, el fin o el resultado de la vida.

Al constatar este aspecto, deberíamos pensar entonces que somos criaturas paradójicas, infelices, no solo porque morimos, sino también porque tenemos la certeza de que este acontecimiento ocurrirá, aunque ignoremos cómo y cuándo. Nos descubrimos conscientes y al mismo tiempo impotentes. Probablemente de ahí provienen las frecuentes represiones, las huidas existenciales ante la cuestión de la muerte.

San Alfonso María de Ligorio, en su famoso escrito titulado Apparecchio alla morte (Preparación para la muerte), reflexiona sobre el valor pedagógico de la muerte, destacando que es una gran maestra de vida. Saber que existe y, sobre todo, meditar sobre ella nos enseña a elegir qué hacer realmente con nuestra existencia. Rezar, para comprender lo que es beneficioso de cara al reino de los cielos, y dejar ir lo superfluo que nos ata a las cosas efímeras, es el secreto para vivir de forma auténtica, con la conciencia de que el paso por la tierra nos prepara para la eternidad.

Sin embargo, muchas visiones antropológicas actuales prometen inmortalidad inmanente y teorizan sobre la prolongación de la vida terrenal mediante la tecnología. Es el escenario de lo transhumano, que se abre camino en el horizonte de los retos de nuestro tiempo. ¿Podría la ciencia vencer realmente a la muerte? Pero entonces, ¿podría la misma ciencia garantizarnos que una vida sin muerte es también una vida feliz?

El acontecimiento de la resurrección de Cristo nos revela que la muerte no se opone a la vida, sino que es parte constitutiva de ella como paso a la vida eterna. La Pascua de Jesús nos hace pregustar, en este tiempo aún lleno de sufrimientos y pruebas, la plenitud de lo que sucederá después de la muerte.

El evangelista Lucas parece captar este presagio de luz en la oscuridad cuando, al final de aquella tarde en la que las tinieblas habían envuelto el Calvario, escribe: «Era el día de la Parasceve y ya brillaban las luces del sábado» (Lc 23,54). Esta luz, que anticipa la mañana de Pascua, ya brilla en la oscuridad del cielo que aún parece cerrado y mudo. Las luces del sábado, por primera y única vez, anuncian el amanecer del día después del sábado: la nueva luz de la Resurrección. Solo este acontecimiento es capaz de iluminar hasta el fondo el misterio de la muerte. En esta luz, y solo en ella, se hace realidad lo que nuestro corazón desea y espera: que la muerte no sea el fin, sino el paso hacia la luz plena, hacia una eternidad feliz.

El Resucitado nos ha precedido en la gran prueba de la muerte, saliendo victorioso gracias al poder del Amor divino. Así nos ha preparado el lugar del descanso eterno, la casa en la que se nos espera; nos ha dado la plenitud de la vida en la que ya no hay sombras ni contradicciones.

Gracias a Él, que murió y resucitó por amor, con San Francisco podemos llamar a la muerte «hermana». Esperarla con la esperanza segura de la Resurrección nos preserva del miedo a desaparecer para siempre y nos prepara para la alegría de la vida sin fin.

25 - La Pascua: refugio del corazón inquieto (17 de diciembre de 2025)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La vida humana se caracteriza por un movimiento constante que nos empuja a hacer, a actuar. Hoy en día se exige en todas partes rapidez para conseguir resultados óptimos en los ámbitos más diversos. ¿De qué manera la resurrección de Jesús ilumina este aspecto de nuestra experiencia? Cuando participemos en su victoria sobre la muerte, ¿descansaremos? La fe nos dice: sí, descansaremos. No estaremos inactivos, sino que entraremos en el descanso de Dios, que es paz y alegría. Bien, ¿solo tenemos que esperar, o esto puede cambiarnos desde ahora?

Estamos absortos en tantas actividades que no siempre nos satisfacen. Muchas de nuestras acciones tienen que ver con cosas prácticas, concretas. Tenemos que asumir la responsabilidad de muchos compromisos, resolver problemas, afrontar fatigas. También Jesús se involucró con las personas y con la vida, sin escatimar esfuerzos, sino entregándose hasta el final. Sin embargo, a menudo percibimos que el exceso de actividad, en lugar de darnos plenitud, se convierte en un torbellino que nos aturde, nos quita la serenidad y nos impide vivir mejor lo que es realmente importante para nuestra vida. Entonces nos sentimos cansados, insatisfechos: el tiempo parece dispersarse en mil cosas prácticas que, sin embargo, no resuelven el significado último de nuestra existencia. A veces, al final de días llenos de actividades, nos sentimos vacíos. ¿Por qué? Porque no somos máquinas, tenemos un «corazón», es más, podemos decir que somos un corazón.

El corazón es el símbolo de toda nuestra humanidad, la síntesis de pensamientos, sentimientos y deseos, el centro invisible de nuestra persona. El evangelista Mateo nos invita a reflexionar sobre la importancia del corazón, al citar esta hermosa frase de Jesús: «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).

Por lo tanto, es en el corazón donde se conserva el verdadero tesoro, no en las cajas fuertes de la tierra, ni en las grandes inversiones financieras, hoy más que nunca descabelladas e injustamente concentradas, idolatradas a costa del sangriento precio de millones de vidas humanas y de la devastación de la creación de Dios.

Es importante reflexionar sobre estos aspectos, porque en los numerosos compromisos que afrontamos continuamente, cada vez es mayor el riesgo de dispersión, a veces de desesperación, de falta de sentido, incluso en personas aparentemente exitosas. En cambio, leer la vida bajo el signo de la Pascua, mirarla con Jesús Resucitado, significa encontrar el acceso a la esencia de la persona humana, a nuestro corazón: cor inquietum. Con este adjetivo «inquieto», san Agustín nos hace comprender el impulso del ser humano que tiende a su plena realización. La frase completa remite al comienzo de las Confesiones, donde Agustín escribe: «Señor, tú nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (I, 1,1).

La inquietud es la señal de que nuestro corazón no se mueve al azar, de forma desordenada, sin un fin o un objetivo, sino que está orientado hacia su destino último, el de «volver a casa». Y el auténtico destino del corazón no consiste en la posesión de los bienes de este mundo, sino en alcanzar lo que puede colmarlo plenamente, es decir, el amor de Dios, o mejor dicho, Dios Amor. Sin embargo, este tesoro solo se encuentra amando al prójimo que se encuentra en el camino: los hermanos y hermanas de carne y hueso, cuya presencia interpela e interroga a nuestro corazón, llamándolo a abrirse y a donarse. El prójimo te pide que reduzcas la velocidad, que lo mires a los ojos, a veces que cambies de planes, tal vez incluso que cambies de dirección.

Queridos hermanos, he aquí el secreto del movimiento del corazón humano: volver a la fuente de su ser, disfrutar de la alegría que no falla, que no defrauda. Nadie puede vivir sin un significado que vaya más allá de lo contingente, más allá de lo que pasa. El corazón humano no puede vivir sin esperanza, sin saber que está hecho para la plenitud, no para la carencia.

Jesucristo, con su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, ha dado un fundamento sólido a esta esperanza. El corazón inquieto no se verá decepcionado si entra en el dinamismo del amor para el que ha sido creado. El destino es seguro, la vida ha vencido y en Cristo seguirá venciendo en cada muerte cotidiana. Esta es la esperanza cristiana: ¡bendigamos y demos gracias siempre al Señor que nos la ha dado!

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