Moisés subió al monte, a la misma cima de una montaña para contemplar desde allí la batalla y asistir a la acertada actuación de Josué durante la lucha. Y mientras Moisés tenía en alto la mano, Israel era el más fuerte; mientras la tenía baja, se debilitaba Israel y prevalecía Amalec. En realidad, no sólo Israel en su totalidad, pero ni siquiera quienes aisladamente consideraron como un gran honor asemejarse a Cristo, enarbolando su oprobio, es decir, su cruz venerable, pueden en modo alguno ser vencidos por el diablo ni por otro enemigo cualquiera empeñado en destruirlo. Las manos extendidas al cielo son una clara figura de la cruz.
También se nos dice que a Moisés le pesaban las manos y que las mantenía en alto no sin dificultad. Cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Esta piedra probada, angular, preciosa, de cimiento, es Cristo, sobre el cual se sientan extendiendo las manos, es decir, tomando la cruz, los israelitas más dóciles y obedientes: aquel pequeño resto según la gracia de la elección, que es confirmado y conservado por Cristo, juez y sumo sacerdote a la vez, del que Jur y Aarón eran figura.
Así pues, Cristo reúne en su única persona las prerrogativas de ambos: juez y sumo sacerdote. Él conservaba para la salvación en la fe al resto de Israel elegido por puro favor. Este creo que es el significado de aquellas palabras proféticamente pronunciadas por boca de Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado un resto, seriamos como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra.
En efecto, cuando cayó Amalec, que ofrecía resistencia, el Señor dijo a Moisés: Escríbelo en un libro de memorias y léeselo a Josué. Pues aquellas brillantes gestas de Cristo debían ser confiadas, para continua y eterna memoria, a los escritos de los santos evangelistas. Se ordenó además que este escrito se lo leyeran a Josué: pues las gestas de aquellos santos varones, cual dones celestes, o como alabanzas y encomios están dedicadas a Cristo.
Desbaratado, pues, y vencido Amalec, Moisés levantó un altar a Dios, y lo llamó: «Señor, mi estandarte». También este altar es figura de Cristo, pues se constituyó en Señor nuestro y en nuestro estandarte al debelar al príncipe de este mundo, al aplastar el poder de la muerte, y al ofrecerse a sí mismo por nosotros como hostia inmaculada de suave olor para Dios Padre. Por tanto, aquel altar fue figura de Cristo, cuyo nombre adecuado y verdadero es: «Señor, mi estandarte».