Cristo, el Señor, en quien se consuma la plena revelación del Dios sumo, mandó a los apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles para ello dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los profetas, lo llevó él a su más plena realidad y lo promulgó con su propia boca, como fuente de verdad salvadora y como norma de conducta para todos los hombres.
Este mandato del Señor lo realizaron fielmente tanto los apóstoles, que con su predicación oral transmitieron por medio de ejemplos y enseñanzas lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las acciones de Cristo y lo que habían aprendido por inspiración del Espíritu Santo, como aquellos apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, pusieron por escrito el mensaje de la salvación.
Para que el Evangelio se conservara vivo e íntegro en la Iglesia, los apóstoles constituyeron, como sucesores suyos, a los obispos, dejándoles su misión de magisterio. Ahora bien, lo que los apóstoles enseñaron contiene todo lo que es necesario para que el pueblo de Dios viva santamente y crezca en la fe; así, la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es y todo lo que ella cree.
La Iglesia, con la asistencia del Espíritu Santo, va penetrando cada vez con mayor intensidad en esta tradición recibida de los apóstoles: crece, en efecto, la comprensión de las enseñanzas y de la predicación apostólicas, tanto por medio de la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y experimentan en su vida espiritual, como por medio de la predicación de aquellos que, con la sucesión del episcopado, han recibido el carisma infalible de la verdad. Así, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que se realicen en ella las promesas divinas.
Las enseñanzas de los santos Padres testifican cómo está viva esta tradición, cuyas riquezas van pasando a las costumbres de la Iglesia creyente y orante.
También por medio de esta tradición la Iglesia descubre cuál sea el canon íntegro de las sagradas Escrituras, penetra cada vez más en el sentido de las mismas y saca de ellas fuente de vida y de actividad; así, Dios, que habló antiguamente a nuestros padres por los profetas, continúa hoy conversando con la Esposa de su Hijo, y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena siempre viva en la Iglesia y, por la Iglesia, en el mundo, va llevando a los creyentes hasta la verdad plena y hace que la Palabra de Cristo habite en ellos con toda su riqueza.