Me darás la heredad de los que veneran tu nombre. Añade días a los días del rey, que sus años alcancen varias generaciones; que reine siempre en presencia de Dios.
La heredad del santo es esta: la vida, la incorrupción, el reino y la coeterna comunión con Dios. Esta heredad no sólo se promete a Israel, sino a los que veneran el nombre de Dios.
Son eternos los días del rey: bien porque los santos, al no ser siervos del pecado, poseen la dignidad real según aquello del Apóstol: Ya habéis conseguido el reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos; bien porque, en el presente texto, el mismo profeta es rey o bien porque el que se sienta a la derecha del Padre en el reino eterno debe reinar hasta hacer de sus enemigos estrado de sus pies. Y no es que hasta entonces él no fuese rey, sino que cuando entregare el reino a Dios Padre, Cristo reinará con los que son reyes.
Todo esto me parece que explique cómo a los días del rey puedan añadirse más días, por varias generaciones, mientras él reina para siempre en presencia de Dios. De hecho, el tiempo que él debe reinar hasta hacer de sus enemigos estrado de sus pies, abarca de una a otra generación, porque la generación de entre los muertos sigue a esta generación del nacimiento espiritual; pero el salmo predice además la eternidad del rey, que reina para siempre en presencia de Dios. Pues Cristo es el primogénito de entre los muertos.
De esta nueva generación habla el Señor a los apóstoles con estas palabras: Creedme, cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Así pues, Cristo nos muestra el tiempo de esta generación, y hasta que ésta no llegue, siempre cabe la posibilidad de añadir a los días del rey días y años. Él, por lo demás, permanecerá en presencia de Dios como rey eterno, una vez que haya elevado a los redimidos a la categoría de reyes del cielo y coherederos de la eternidad, y los haya entregado como reino a Dios Padre.
En este nuevo estado, hechos copartícipes, concorpóreos y conformes con él, libres ya del dominio de la corrupción y de la muerte, y enriquecidos con la plenitud de Dios, añade el espíritu del profeta: ¿Quién de entre ellos irá en busca de tu gracia y tu lealtad? Estas generaciones no carecerán ya de su gracia y de su lealtad, pues en él han sido regeneradas de entre los muertos para la vida y permanecieron en la esperanza de la gloria de Dios; entonces, entregadas por él como reino a Dios Padre, serán recibidas como reyes, totalmente perfectos en la gracia y la lealtad de Cristo, dichosos por haber sido por él redimidos para la vida y admitidos al encuentro con el Padre. Después de lo cual, no se pedirá más a Dios la gracia y la lealtad, enriquecidos como están de la plenitud de Dios.