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El Testigo Fiel
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
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Documentación: Proclo de Constantinopla
En Constantinopla, san Proclo, obispo, que proclamó insistentemente a la Virgen María como Madre de Dios, dispuso el solemne retorno de las restos de san Juan Crisóstomo a esta ciudad, y en el Concilio Ecuménico de Calcedonia mereció ser llamado «Grande».

Venía a salvar, pero le era también necesario morir

fuente: Sermones (Sermón 1 en alabanza de santa María, 4.5.6.9.10 PG 65, 683-687.690-691)
Se utiliza en: 7 de enero (par) (7/1)
7 de enero o lunes después del domingo de Epifanía (par) (7/1)

Cristo, que por naturaleza era impasible, se sometió por su misericordia a muchos padecimientos. Es inadmisible que Cristo se hiciera pasar por Dios en provecho personal. ¡Ni pensarlo! Muy al contrario: siendo -como nos enseña la fe- Dios, se hizo hombre en aras de su misericordia. No predicamos a un hombre deificado; proclamamos más bien a un Dios encarnado. Adoptó por madre a una esclava quien por naturaleza no conoce madre y que, sin embargo, apareció sobre la tierra sin padre, según la economía divina.

Observa en primer lugar, oh hombre, la economía y las motivaciones de su venida, para exaltar en un segundo tiempo el poder del que se ha encarnado. Pues el género humano había, por el pecado, contraído una inmensa deuda, deuda que en modo alguno podía saldar. Porque en Adán todos habíamos suscrito el recibo del pecado: éramos esclavos del diablo. Tenía en su poder el documento de nuestra esclavitud y exhibía títulos de posesión sobre nosotros señalando nuestro cuerpo, juguete de las más variadas pasiones. Pues bien: al hallarse el hombre gravado por la deuda del pecado, no podía pretender salvarse por sí mismo. Ni siquiera un ángel hubiera podido redimir al género humano: el precio del rescate no hubiera sido suficiente. No quedaba más que una solución: que el único que no estaba sometido al pecado, es decir, Dios, muriera por los pecadores. No había otra alternativa para sacar al hombre del pecado.

¿Y qué es lo que ocurrió? Pues que el mismo que había sacado de la nada todas las cosas dándoles la existencia y que poseía plenos poderes para saldar la deuda, ideó un seguro de vida para los condenados a muerte y una estupenda solución al problema de la muerte. Se hizo hombre naciendo de la Virgen de un modo para él harto conocido. No hay palabra humana capaz de explicar este misterio: murió en la naturaleza que había asumido y llevó a cabo la redención en virtud de lo que ya era, según lo que dice san Pablo: por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

¡Oh prodigio realmente estupendo! Negoció y obtuvo para los demás la inmortalidad el que por naturaleza era inmortal. A nivel de encarnación, jamás existió, ni existe ni existirá un ser semejante, a excepción del nacido de María, Dios y hombre: y no sólo por el mero hecho de haberse adecuado a la multitud de reos susceptibles de redención, sino porque era, bajo tantos aspectos, superior a ellos. Pues en cuanto Hijo, conserva inmutable la misma naturaleza que su Padre; como creador del universo, posee plenos poderes; como misericordioso, posee una inmensa e inagotable misericordia; finalmente, como pontífice, está a nuestro lado cual idóneo intercesor. Bajo cualquiera de estos aspectos, jamás hallarás ningún otro que se le pueda comparar. Considera, por ejemplo, su clemencia: Entregado espontáneamente y condenado a muerte, destruyó la muerte que hubieran debido sufrir los que le crucificaban; trocó en saludable la perfidia de quienes lo mataban y que se convertían por eso mismo en obradores de iniquidad.

Venía a salvar, pero le era también necesario morir. Siendo Dios, el Emmanuel se hizo hombre; la naturaleza que era nos trajo la salvación, la naturaleza asumida soportó la pasión y la muerte. El que está en el seno del Padre es el mismo que se encarna en el seno de la madre; el que reposa en el regazo de la madre es el mismo que camina sobre las alas del viento. El mismo que en los cielos es adorado por los ángeles, en la tierra se sienta a una misma mesa con los recaudadores.

¡Oh gran misterio! Veo los milagros y proclamo la divinidad; contemplo sus sufrimientos y no niego la humanidad. Además, el Emmanuel, en cuanto hombre, abrió las puertas de la humanidad, pero en cuanto Dios ni violó ni rompió los sellos de la virginidad. Más aún: salió del útero como entró por el oído: nació del modo como fue concebido. Entró sin pasión y salió sin corrupción.

Otras lecturas del mismo autor

La santificación de las aguas - [Sermón en la Santa Teofanía 7,1-3]
El Amigo de los hombres se ha hecho hombre, naciendo de la Virgen - [sobre la Natividad del Señor, 1-2 (PG 65,843-846)]
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