Tomemos en consideración estas cuatro realidades: el comportamiento vital de Cristo, su pasión, su resurrección y su ascensión. En efecto, apareció en el mundo y vivió entre los hombres para llamar a los suyos. Padeció para redimir, resucitó para justificar, subió a los cielos para glorificar. Llamó a los suyos de tres maneras: con la doctrina, con el ejemplo, con los milagros. Lo que enseñó con la palabra lo cumplió con las obras, lo confirmó con los milagros. Y con esta trilogía todo el mundo se convirtió a Dios. Pues los apóstoles fueron, proclamaron el evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban.
Sigue la pasión: y muy oportunamente por cierto. Pues de tal modo hemos de amar la doctrina de Cristo, de tal modo hemos de abrazarnos a la obediencia de sus preceptos, tan sabroso ha de sernos el amor de Cristo, que ni muerte, ni vida, ni aflicción, ni angustia puedan apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo.
Muchos, en efecto, animados por el ejemplo de Cristo, fieles a la doctrina recibida, combatieron felizmente hasta la efusión de la sangre por la fe en que fueron iniciados.
A la pasión sigue la resurrección. Porque quien ha muerto con Cristo, necesariamente ha de resucitar con él. Pero existe una primera resurrección consistente en la justificación del alma: a ésta le sigue la segunda, es decir, la glorificación de los cuerpos, para que, salvados en cuerpo y alma, participemos de aquella maravillosa ascensión, por la que el Cristo total, esto es, cabeza y cuerpo, es acogido en la Jerusalén celestial.
Pero considerad, hermanos, vuestra vocación; considerad también los frutos de esta misma vocación. Fijaos cómo fuisteis llamados por Cristo; a qué fuisteis llamados, cuál es la utilidad de vuestra vocación. Fuisteis llamados por Cristo; fuisteis llamados a compartir los sufrimientos de Cristo, con la expresa finalidad de que reinéis eternamente con Cristo. Y hemos sido llamados de tres modos: mediante un aviso exterior, a través de la emulación de los buenos, por una oculta inspiración.
El aviso exterior dice relación con la doctrina, la emulación de los buenos apunta al ejemplo, la oculta inspiración connota el milagro. Y ¿cabe mayor milagro que aquella admirable transformación de nuestro ser, por la que, en un momento, el hombre de impuro se convierte en puro, humilde de soberbio, de irascible en paciente, santo de impío. Pero que no se adscriba este milagro ni al predicador elocuente, ni al que lleva a los ojos de los hombres una vida laudable, sino que la alabanza ha de recaer más bien en aquel que, así como sopla donde quiere, así también sopla cuando quiere, e inspira el bien en la medida que quiere.
Así pues, de estos tres modos hemos sido llamados a seguir las huellas de aquel que cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas. Imitemos, por tanto, su pasión: pues quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él.