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El Testigo Fiel
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
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Documentación: Anselmo de Canterbury, obispo y doctor de la Iglesia
San Anselmo, obispo y doctor de la Iglesia, originario de Aosta, que fue monje y abad del monasterio de Bec, en el territorio de Normandía, donde enseñaba a los hermanos a caminar por la vía de la perfección y a buscar a Dios por la comprensión de la fe. Promovido a la insigne sede de Canterbury, en Inglaterra, trabajó denodadamente por la libertad de la Iglesia, y por ello sufrió dificultades y destierros.

No temas, que te he redimido: he dado mi vida por ti

fuente: Meditaciones (Meditación 3 : Opera omnia, 1946, 88-90)
Se utiliza en: Lunes, XXXI semana del Tiempo Ordinario (impar)

Puesto que en la cruz se operó nuestra salvación, por la cruz nuestro Cristo nos redimió. Fíjate, alma cristiana: esta es la fuerza de tu salvación, esta es la causa de tu libertad, este es el precio de tu redención. Estabas cautiva, pero de este modo has sido redimida; eras esclava y así has sido liberada. De esta forma, de desterrada te has convertido en repatriada, de perdida has sido restituida, de muerta has sido resucitada. Sea esto, oh hombre, lo que coma, rumie, saboree y trague tu corazón, cuando tu boca recibe la carne y la sangre de tu mismo Redentor. Haz de ello, en esta vida, tu pan de cada día, tu sustento y tu viático, pues por esto y sólo por esto permanecerás en Cristo, y Cristo permanecerá en ti, y en la vida futura tu gozo será pleno.

Pero, ¡oh tú, Señor, tú que aceptaste la muerte para que yo viviera!, ¿cómo podré alegrarme de mi libertad, si tiene como precio tus cadenas? ¿Cómo congratularme de mi salvación, si no es más que el fruto de tus dolores? ¿Cómo gozarme de mi vida, si tiene su origen en tu muerte? ¿O es que voy a alegrarme de tus padecimientos y de la crueldad de quienes te los infligieron, dado que si ellos no lo hicieran, no hubieras tú padecido, y si tú no hubieras padecido, estos bienes míos no existirían?

O bien, si me lamento de tus sufrimientos, ¿cómo gozarme de estos bienes que fueron la motivación de aquellos sufrimientos, y que no existirían si no existieran aquéllos? Pero lo cierto es que su malicia nada hubiera podido hacer, si tú, espontáneamente, no lo hubieras permitido; ni hubieras padecido de no haberlo piadosamente querido. Por tanto, lo que debo hacer es execrar la crueldad de tus verdugos; imitar, compadeciendo, tu muerte y tus sudores; amar, con acción de gracias, tu voluntad llena de amor; y exultar de este modo con seguridad por los bienes que me has otorgado.

Remite, pues, hombrecillo, al juicio de Dios su crueldad, y preocúpate de lo que debes a tu Salvador. Considera lo que tenías y lo que han hecho por ti, y piensa de qué amor no será signo el que esto ha hecho por ti. Pondera tu necesidad y su bondad, y mira qué acciones de gracias no has de darle y todo lo que debes a su amor.

¡Oh buen Señor! ¡Oh Señor, Cristo Jesús! En tal situación, cuando yo nada pedía, nada opinaba, tú, como un sol, me iluminaste, y me mostraste tal cual era. Me liberaste de aquel plomo que me arrastraba hacia abajo; aligeraste la carga que me oprimía desde lo alto; rechazaste a los que me empujaban y te opusiste a ellos en mi lugar. Me llamaste con un nombre nuevo, que me has dado derivándolo del tuyo, y, postrado en tu presencia, me levantaste diciendo: No temas, que te he redimido: he dado mi vida por ti. Si te mantienes unido a mí, evadirás los males en que te hallabas, y no caerás en el abismo hacia el que te precipitabas; al contrario, te conduciré a mi reino y te haré heredero de Dios y coheredero mío. Desde ese momento, me tomaste bajo tu protección, para que nada perjudique a mi alma contra su voluntad. Y he aquí que, aun cuando todavía no me he unido a ti, como me aconsejaste, sin embargo, aún no has permitido que cayera en el infierno, sino que esperas el momento en que me una a ti y poder así cumplir lo que prometiste.

Otras lecturas del mismo autor

Que te conozca y te ame, para que encuentre en ti mi alegría - [Del «Proslógion», de San Anselmo (Cap 14.16.26: Opera omnia, edición Schmittm Seckau [Austra] 1938, I, 111-113, 121-122)]
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