¡Hemos recibido una acogida tan generosa en Valencia! Me gustaría dar las gracias a las familias, a las parroquias, a los representantes de las Iglesias, a las personas que trabajan en la administración de la ciudad, de la Comunitat Valenciana y del Estado, ya que todos ellos han hecho posible el excelente desarrollo de nuestro encuentro.
Cada noche, os he hablado de Siria, y muchos se preguntan: ¿qué podemos hacer ante a la violencia? La respuesta la escuché allí mismo: lo que podemos hacer es expresar que Dios no quiere la violencia, sino que Dios es amor. No solo con las palabras sino con nuestras vidas.
Mostremos que la Iglesia es una comunidad de amor, estando abiertos a las personas que nos rodean, practicando la hospitalidad, defendiendo a los oprimidos, compartiendo lo que tenemos.
Para infundir más fraternidad en nuestras sociedades, hay signos de esperanza que nos alientan. Como el signo que nos ofrecen las iniciativas, cada vez más numerosas, de compartir con otros, por ejemplo con quienes atraviesan la dura prueba del desempleo, o con las personas migrantes.
En Taizé, estamos muy felices por haber podido acoger recientemente en la colina a una familia cristiana de Irak. Están aquí en Valencia con nosotros.
Acogemos también a once jóvenes migrantes musulmanes, sudaneses y afganos. Durante una comida, nos dijeron que condenaban a los que utilizan el Islam para cometer atrocidades.
Un sencillo contacto, como este, con personas musulmanas, cambia nuestra mirada. Como cristianos, quisiéramos descubrir cómo Dios está presente también en otras religiones. Y, junto con ellas, debemos afirmar que es imposible justificar la violencia en nombre de Dios.
Otro signo de esperanza: numerosas personas son conscientes de que la fraternidad y la misericordia deben extenderse a nuestro maravilloso planeta, a toda la creación. La tierra es nuestra casa común. Nuestra solidaridad con toda la creación es también un modo de buscar la paz.
La explotación de las riquezas de la tierra sin tener en cuenta la solidaridad con las generaciones futuras es una injusticia y un egoísmo. Cada uno de nosotros puede contribuir a crear un futuro de paz, compartiendo, eligiendo un estilo de vida sobrio.
Y perseveremos en la oración por la paz. ¿Podríamos, cada domingo por la noche, pasar media hora en silencio en una iglesia? Media hora consagrada, por una parte, a confiar a Dios a los países y las personas que sufren la violencia, y por otra parte a acoger en nuestro interior la paz de Cristo.
Quisiéramos que nuestra peregrinación durante estos días participara en la construcción de Europa, con toda su bella diversidad, en estos momentos en los que la duda corre el riesgo de instalarse: una Europa en la que los pueblos sean más solidarios unos con otros, una Europa más solidaria con los otros continentes.
Este año, los hermanos de la comunidad quisiéramos vivir un signo nuevo de esta solidaridad entre los continentes. A partir de febrero, dos hermanos van a ir a Cuba y a constituir allí una pequeña fraternidad para acoger y compartir. Estoy profundamente contento de anunciar esto aquí, dado que España siempre ha sentido a Cuba muy cercana.
De vuelta a casa, todos nosotros quisiéramos ser testigos de paz a nuestro alrededor. Recordémoslo: cada una de nuestras vidas puede convertirse en una pequeña luz de paz que brilla en las tinieblas, incluso si la llama parece a veces vacilante.
Por su misteriosa presencia, Cristo, el Resucitado, nos acompaña. Humildemente, nos pregunta como a Pedro en el Evangelio: « ¿Me amas? ». Y, como Pedro, quisiéramos responderle: « Tú lo sabes todo, sabes que te amo ».