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No hay humildad sin humillación

1 de febrero de 2016
No hay humildad y no hay santidad sin pasar a través del camino de la humillación: es esta la verdad que Francisco ha vuelto a proponer —recordando la historia de David— durante la misa del lunes por la mañana, en la capilla de Santa Marta.

«En la primera lectura se continúa con la historia del rey David, el santo rey David», hizo notar inmediatamente el Papa, refiriéndose al pasaje tomado del segundo libro de Samuel (15, 13-14,30; 16, 5-13). Es una historia, explicó, «que comienza cuando Samuel fue a casa de su padre y David fue ungido rey», aun siendo todavía un muchacho. Después «creció, tuvo sus dificultades, pero siempre había sido un hombre que respetaba al rey que no lo quería». El soberano, en efecto, «sabía que él sería su sucesor». Y «al final David pudo unificar el reino de Israel: todos en torno a él» pero «se sintió seguro y comenzó a debilitarse el celo por la casa del Señor».

Precisamente «en aquel momento —hemos escuchado el otro día— David está a un paso de entrar en la corrupción», continuó Francisco. Así «el santo rey David, pecador pero santo, llegó a ser corrupto». Sin embargo, he aquí que «el profeta Natán, enviado por Dios», le hace entender qué cosa fea había hecho, una cosa mala: porque un corrupto no se da cuenta. Es necesaria una gracia especial para cambiar el corazón corrupto». Así «David, que aún tenía el corazón noble», reconoce haber pecado, «reconoce su culpa». ¿Y qué dice Natán? He aquí sus palabras: «El Señor perdona tu pecado, pero la corrupción que tu sembraste crecerá. Tú mataste un inocente para encubrir un adulterio. La espada no se alejará jamás de tu casa». Por lo tanto, explicó el Papa, «Dios perdona el pecado, David se convierte, pero las heridas de una corrupción difícilmente se curan. Lo vemos en tantas partes del mundo».

Es en este punto de la historia de David, afirmó Francisco, que «llegamos al pasaje de hoy: el hijo de David hace la guerra al padre. Quiere el poder: el hijo ya está corrompido». Pero «¿qué hace David? con esa nobleza que, después de su pecado, reconquistó —también la penitencia que había hecho para salvar al hijo que había muerto, el hijo del adulterio— reúne a los suyos: “Dejemos la ciudad, para que Absalón —el hijo— no haga caer sobre nosotros la desgracia y pase a la ciudad bajo el filo de la espada”, como era costumbre en aquellos tiempos».

«Dios le impuso a David un duro castigo: “La espada no se alejará jamás de tu casa”», recordó el Pontífice. Pero «él defiende la casa y huye, se va». ¿Es quizá «un cobarde? No, es un padre». Y «deja que regrese el arca», no se pone a «usar a Dios, para defenderse». En definitiva, David «se va para salvar a su pueblo: este es el camino de santidad que David, después de aquel momento en el que había entrado la corrupción, comienza a recorrer».

El pasaje bíblico, prosiguió el Papa, nos presenta a David mientras sube, llorando, la cuesta de los olivos. Llevaba «la cabeza cubierta», en señal de luto, y caminaba descalzo. Hacía penitencia. También «toda la gente que estaba con él, los más íntimos, llevaba la cabeza cubierta y subía llorando: el llanto y la penitencia». La Escritura nos hace saber que «algunos, que no lo querían, comenzaron a seguirle e insultarle». Entre estos, estaba Simei, que lo llamaba «sanguinario», recordándole «el crimen que haía cometido con Urías el hitita para encubrir el adulterio».

Abisaí, una de las personas más cercanas a David, «quiere defenderlo» y quiere cortarle la cabeza a Simei para hacerle callar. Pero David da «un paso más: “si este hombre maldice es porque el Señor se lo ha dicho: maldice a David”». Y «después dice a sus siervos: “He aquí que, el hijo salido de mis entrañas busca quitarme al vida”». Piensa, en efecto, en su hijo Absalón. Y por esto se dirige aún a su siervos: «A este hombre de la tribu de Benajmín dejadlo maldecir, ya que se lo ha ordenado el Señor».

La cuestión, explicó Francisco, es que «David sabe ver las señales: es el momento de la humillación, es el momento en el que él está pagando su culpa». Tanto es así que exclama: «Quizá el Señor mirará mi aflicción y me devolverá bien a cambio de la maldición de hoy». En resumen «se confía a las manos del Señor: este es el recorrido de David, desde el momento de la corrupción a este abandono en las manos del Señor. Y esta es santidad. Esta es humildad».

Yo pienso —prosiguió el Papa— que cada uno de nosotros, si alguien dice una cosa fea», reacciona diciendo: «Pero no, yo no lo he hecho, esto no es verdad, no». En la práctica nosotros «buscamos inmediatamente decir que no es verdad». O bien «hacemos como Simei: damos una respuesta aún peor». Pero «la humildad —afirmó Francisco— puede llegar a un corazón solamente a través de la humillación: no hay humildad sin humillaciones». Y «si tú no eres capaz de soportar algunas humillaciones en tu vida, no eres humilde. Es así: yo diría así de matemático, así de simple».

Por ello, volvió a decir el Papa, «el único camino para la humildad es la humillación». Por lo tanto, «el fin de David, que es la santidad, llega a través de la humillación». También «el fin de la santidad que Dios regala a sus hijos, regala a la Iglesia, viene a través de la humillación de su Hijo que se deja insultar, que se deja llevar sobre la cruz, injustamente». Y «este hijo de Dios que se humilla es el camino de la santidad: David, con su actitud, profetiza esta humillación de Jesús».

Antes de continuar con la celebración eucarística, Francisco pidió «al Señor, por cada uno de nosotros, para toda la Iglesia, la gracia de la humildad, y también la gracia de entender que no es posible ser humildes sin humillación».

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