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Colirio para un mundo que NO quiere ver

9 de febrero de 2016
El autor plantea el modo ignaciano de volver a una experiencia mística que sea a la vez una apertura de ojos a la presencia concreta de Jesús, crucificado entre nosotros.

Recientemente ha aparecido una noticia que advierte de la desaparición de 10.000 niños/as refugiados en Europa. Hay quien niega que sea cierto. Otros no queremos que lo sea. No queremos verlo. Demasiado dolor. Demasiada brutalidad. Demasiada deshumanización. Supongamos pues, que no es cierto… ¿Negaremos también las fotografías diarias de menores ahogados en el Mediterráneo? Son vidas que YA NO cuentan. Seguramente recordamos la imagen del primer niño ahogado, boca abajo, como dormido, bañado por el mar… pero ya nos hemos cansado. Nuestros ojos están embotados, y quizás las tripas nos piden saltarnos esas imágenes a golpe de clic en busca de novedad. ¡Qué pesadez! Otro niño/a ahogado… En esta cultura de la sobreinformación y la sobreexposición, necesitamos situarnos frente a la realidad con un corazón que vea. Hemos de cultivar la mística, el silencio, tiempos densos de ir a lo profundo para después poder mirar y ver, oír y escuchar, sentir y gustar. Y así caer en la cuenta de que Dios, que no ha abandonado a su creación, aún tiene una palabra que decirnos a cada uno/a sobre ella. De otro modo podemos caer en el riesgo de pasar de puntillas por la realidad o, por el contrario, derrumbarnos bajo su peso.

Mística de ojos abiertos: ¿De qué mística se trata?

La etimología de la palabra mística proviene del adjetivo griego “mystikós” y comparte la raíz del verbo “myein” que designa el acto de cerrar los ojos y la boca, y que da  origen a los términos mudo o miope y a misterio. Remite a lo que no se puede oír y ver o de lo que no se puede hablar. Aplicada a la teología designa una forma especial de unión con lo divino.

La mística ignaciana no se restringe a tener “visiones extraordinarias”, sino a la experiencia de Dios que hace ver toda la realidad de modo nuevo. Este ver la realidad a la luz de Dios, es la mística que J.B. Metz ha bautizado como una “mística de los ojos abiertos”, la mística de quien encuentra a Dios y es interpelado/a por Dios en el sufrimiento del mundo que es críticamente consciente de su parte y responsabilidad con estos “crucificados” y por tanto se aproxima a su realidad desde abajo y humildemente. En este mundo globalizado e inundado por imágenes manipuladas para emitir “sensaciones seductoras” (Buelta) necesitamos cultivar la experiencia de Dios que educa nuestra mirada, para contemplar, para “sentir y gustar” a Dios que está presente en la realidad.

Esta mirada a lo profundo de la realidad captando el sentido de las cosas, se traduce en unos deseos de ayudar a los demás con la acción. Esta mirada unificadora aúna acción de Dios y misión, encuentro con Dios (mística) y servicio a los hermanos, porque es el Dios que “trabaja” en su creación es el mismo que llama y envía a trabajar en su misión. Se trata de un encuentro con Dios en la acción misma porque lo que hace espiritual a la acción es el amor que la informa. Para San Ignacio de este encuentro nace la misión: se es enviado a servir con Cristo en el corazón del mundo y con otros: la mística ignaciana es una mística “de la unión en la misión y el servicio” (Mollá). La mística de los ojos abiertos consiste en ser mirados por Dios para poder mirar, desde Dios, todas las cosas y contemplar el mundo como Dios lo mira.

Ser contemplativos en el actuar. La mística ignaciana es apostólica y se encarna en un modo concreto de proceder.

En la espiritualidad ignaciana que es “encarnacional”, el “lugar” de la revelación de Dios es la realidad misma que Dios sostiene en el ser y en la que sigue trabajando. Pero esto no es evidente. Necesitamos de la ayuda del Espíritu, para percibir la mirada de Dios sobre el mundo y descubrir así su presencia en nuestra propia vida y en el tejido de la realidad. Se trata de aprender a ver cómo Dios trabaja y así poder también desenmascarar los mecanismos ocultos que niegan la plenitud a los hijos de Dios. Es por tanto una mística que nos lanza 

Esta es la expresión acuñada por Jerónimo Nadal cuando trata de explicar el estilo de vida que Ignacio pide a los jesuitas. En concreto, con ella se refiere a la facilidad de Ignacio para “encontrar a Dios en todas las cosas”. Por supuesto que no se puede pretender que buscar y hallar a Dios en la vida o ser contemplativo en la acción sea exclusivo de Ignacio, es antes que nada esencial a la religión cristiana. La intuición central es evidente: no hay contradicción entre acción y contemplación sino fidelidad a hacer lo que Dios pida aquí y ahora. Se trata de una escucha atenta del corazón para más amar y servir al Dios de la Vida que sigue trabajando en su mundo. No se trata pues de elegir nosotros/as como servir al Señor sino de hacer lo que el Señor pida. Como explica magistralmente Santa Teresa de Jesús,  “sería recia cosa que nos estuviese claramente diciendo Dios que fuésemos a alguna cosa que le importa y no quisiéramos sino estarle mirando, porque estamos más a nuestro placer”.[1] La espiritualidad ignaciana es una espiritualidad que busca a Dios en el mundo, que encarna la fe en el quehacer diario, es un “misticismo de servicio”[2] a Dios en el prójimo, en la historia que se pregunta (discierne): qué significa seguir a Jesús hoy en mis circunstancias concretas, dónde servir a Dios hoy que sea más necesario o se pueda hacer más fruto (MAGIS). Ser contemplativos en el actuar, supone un modo de estar y de servir, supone que “situar al otro en el centro de mi mirada, de mi interés, de mi acción” lo cual requiere “observación, mirada, escucha” de modo que “la otra persona sea la protagonista” (Darío Mollá).al compromiso con la realidad, que la busca y la afirma, que busca a Dios inmerso en los pliegues a veces caóticos de la realidad. Se trata de ser contemplativos en la vida, en la acción.

Es una “mística afectada” por el oír, sentir y gustar la realidad. La mística ignaciana es inseparable del compromiso por la Justicia, es necesariamente “política”: consiste en participar de “la pasión divina como sympathia, como mística práctica de la compasión” (Metz).Es una mística que grita hoy:  Porque la mística de ojos abiertos permite percibir el latido del Dios de la Vida incluso en “las situaciones humanas aplastadas”, permite descubrir que incluso los “infiernos de la historia” son santuarios “donde Dios habita” (Buelta) y donde nos invita a hacer presente su misericordia. La espiritualidad ignaciana es una mística de la que brota la justicia porque se discierne bajo la mirada misericordiosa de un Dios-crucificado. Es sobretodo una “mística del seguimiento” en el servicio de Cristo porque nace de su llamada a vivir con Él y como Él y porque su dinamismo interno consiste en preguntarse continuamente: ¿Qué hago? ¿Qué he hecho? ¿Qué he de hacer por Cristo? A este Jesús encarnado, cargado con su cruz en los refugiados, los niños ahogados, las mujeres maltratadas, los parados de larga duración…, es a quien nos invita a servir y seguir la mística ignaciana.

por José María Segura

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