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Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
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El tesoro de los Coptos

25 de abril de 2017
Basta ver sin superficialidad la historia de los coptos y su condición del presente para intuir que Papa Francisco no va a Egipto como «defensor de los cristianos perseguidos», sino como un mendigo. Uno que busca reposo en los rostros y en las historias de los mártires y de los santos.

Papa Francisco no va a Egipto a «defender a los cristianos». La superficialidad y las distorsiones con las que se ve desde el Occidente a los cristianos de Oriente asedian también la inminente y difícil visita del Obispo de Roma a El Cairo. Dan a entender que el líder cristiano más seguido por el sistema mediático global saldrá de Roma para ofrecer un poco de visibilidad efímera a los bautizados un poco desafortunados de las Iglesias orientales, diseminados en tierras musulmanas. Pero sería suficiente ver precisamente a los coptos, su historia y su condición presente, para intuir que tal vez el Sucesor de Pedro vuela a El Cairo movido por el espíritu del mendigo. Como un peregrino que busca reposo en los rostros y en las palabras de los mártires y de los santos, porque son ellos quienes ofrecen testimonio de que «Cristo está vivo» (homilía de Papa Francisco en la Basílica de San Bartolomé en la Isla tiberina, durante la liturgia en memoria de los Nuevos Mártires).

Una Iglesia que no se oculta

Los coptos no piden ser «defendidos» y tampoco han buscado protectores extranjeros. Reivindican, a veces incluso de manera exasperada la propia fisionomía de cristiandad autóctona. Dicen que son los «verdaderos» egipcios, que se hicieron cristianos durante la época de la predicación apostólica, mucho antes de que llegaran los conquistadores musulmanes. Desde entonces, siempre han mantenido la propia propensión a arreglárselas solos. Su misma historia los aleja de cualquier tentación de imaginarse como representantes del Occidente cristiano «in partibus infidelium».

Durante las controversias cristológicas del siglo V, incluso la adhesión a las fórmulas monofisitas (que rechazaban una distinción demasiado neta entre la naturaleza humana y la naturaleza divina de Cristo) y el rechazo del Concilio de Calcedonia fueron adoptadas por los coptos como factor de distinción y contraposición con respecto a los «calcedonios» ocupantes bizantinos. Cuando llegaron los conquistadores musulmanes, los coptos los recibieron como liberadores.

La fuerte huella autóctona de los coptos volvió a surgir con fuerza cuando nació el Egipto moderno, con la masiva participación en los diferentes pasajes del proceso de emancipación nacional. La gran parte de ellos, con la bendición del Patriarca Cirilo V, se involucraron en el movimiento nacionalista en contra de la dominación británica, entrando en masa (después de la Primera Guerra Mundial) al Wafd, el bloque nacionalista que llevaría a Egipto a su independencia. Su lucha común con los musulmanes en contra de los extranjeros fue sincera y convencida: los coptos no veían ningún beneficio en la perpetuación del protectorado británico, que les parecía parte del juego del proselitismo protestante y de las Iglesias occidentales. En esa época, el obispo Sergio incitaba a la revuelta desde la catedral de El Cairo, y la abría a los musulmanes, después de que el gobierno, bajo el ala británica, hubiera cerrado la mezquita de al Azhar.

Convencidos también de la consistencia numérica (en la actualidad se estima que son alrededor de 10 millones, pero ellos afirman ser muchos más), los coptos nunca se han sometido dócilmente a la condición de minoría apartada, esa que el derecho musulmán reserva a los «dimes», los que creen en las demás religiones abrahamíticas. Su visibilidad social, alimentada por el «despertar espiritual» de matriz monástica que se verificó durante el siglo pasado se expresa en manifestaciones exuberantes. Su devoción no se ha quedado encerrada en sus corazones ni en el silencio de sus iglesias: los peregrinajes, los ayunos comunitarios, las conferencias, las catequesis para jóvenes en las iglesias que pronuncian hábiles predicadores son expresión ordinaria de su vida comunitaria.

En la era Mubarak, con su compañía eclesial estructurada, los coptos representaron (con la Hermandad Musulmana) la única realidad popular capaz de ofrecer redes de tutela social, sanitaria y educativa a los propios fieles. Y el perfil no marginable de la comunidad copta siempre ha tenido un peso, incluso en las últimas décadas, en la compleja partida de sus relaciones con el poder político y con la mayoría musulmana.

Ningún descuento de los Rais

En otros países árabes, como Irak y Siria, los regímenes autoritarios «panarabistas» han representado puertos de supervivencia para las comunidades cristianas locales. Pero para los «estorbosos» coptos egipcios nunca ha sido así. Después de la revolución de 1952, justamente el régimen de Nasser, al insistir en la identidad arábigo-musulmana, trató de relegarlos a la condición marginal de entidad «extranjera», asimilándolos con otras comunidades cristianas no autóctonas. Durante los años setenta, para encontrar consensos en su marcha para alejarse del socialismo nasseriano filo-soviético, el presidente Sadat abrió al islam conservador, anunciando la intención de islamizar la legislación. La movilización de los coptos de 1980 en contra de una propuesta de ley que preveía la condena a muerte en el caso de apostasía inauguró una estación de tensiones que acentuaron el surco de mutuo resentimiento entre la comunidad copta y el régimen, con Sadat, que hizo arrestar a ocho obispos y obligó al Patriarca Shenouda III a exiliarse durante años al monasterio de Anba Bishoy.

Incluso en la formal proclamación de los principios del laicismo, bajo Sadat y después bajo Mubarak, prosiguió la marginación de los cristianos por los cuadros de las instituciones públicas. En 1910, entre los funcionarios públicos, los coptos representaban el 45%, mientras que en el parlamento de principios de los noventa, los coptos eran solamente 7 de 454. Después de las llamadas Primaveras árabes y el paréntesis islamista de Mohamed Mursi, el nuevo hombre fuerte de Egipto, el presidente ex-general Abdel Fattah al Sisi, demuestra signos inéditos de atención y consideración hacia la Iglesia copta. Que se ha convertido durante los últimos años en el objetivo de la violencia sectaria de los grupos islamistas y de las masacres perpetradas por el terror yihadista.

Las «geometrías variables» con el islam

En las relaciones más que milenarias entre los coptos y los musulmanes egipcios ha sucedido de todo. Los primeros gobernadores musulmanes garantizaron a los coptos un sitio nada marginal dentro del nuevo orden islámico. Después, con los soberanos mamelucos comenzaron las violencias, y bajo el dominio de los sultanes turcos los coptos fueron reducidos al estatus de minoría étnico-religiosa tolerada y sometida, según el sistema otomano de las Millet.

En el Egipto moderno, el crecimiento de la Hermandad Musulmana y del islam político dio una contribución a la marginación política de los coptos. Frente al incremento de la violencia en contra de los cristianos durante las últimas décadas (con un saldo aproximado de más de 1800 cristianos asesinados en los últimos 35 años), los coptos nunca han ocultado o minimizado las persecuciones sufridas, sino que han denunciado claramente la falta de protección por parte de los omnipresentes aparatos policiales. Pero los líderes laicos y eclesiásticos de la Iglesia copta siempre ha evitado reaccionar a la violencia con acusaciones genéricas e indiferenciadas hacia la comunidad musulmana.

En sus intervenciones oficiales, los líderes coptos siempre han llamado a la concordia interreligiosa como garantía de la unidad del país, reivindicando la propia comunidad de destino con los musulmanes. Y siempre han evitado identificarse excesivamente con el Occidente. Con los musulmanes, muchos coptos comparten también la desconfianza frente a los modelos de la modernidad occidental, considerados como factores de ateísmo práctico y de pérdida de la identidad comunitaria. Durante las últimas décadas, esta línea «realista» ha sido contradicha y puesta en dificultades solo por el activismo de algunos sectores de la diáspora copta en Estados Unidos, Canadá y Australia.

Las redes del terror

Las redes del terror tienen muy claro cuál es el camino para desestabilizar Egipto y saben que pasa por la deliberada instigación a enfrentamientos confesionales entre los coptos y los musulmanes. Pero ya en 1981, cuando los ataques contra cristianos provocaron 17 muertos en Zawiya-el-Hamra, el Consejo comunitario de la Iglesia copta se refería a un Egipto en el que «los minaretes y los campanarios se abrazan», y en donde la unidad nacional había nacido con las batallas en las que «la sangre del musulmán se mezcló con la sangre del cristiano».

Así, los cristianos coptos se alejan de las trampas del sectarismo. Y, sobre todo, siguen teniendo una mirada cristiana frente a los casos martiriales que viven en carne y hueso, evitando protestas y recriminaciones «persecucionistas». Frente a las últimas masacres de coptos, perpetradas por los terroristas en dos iglesias el Domingo de Ramos, el Patriarca Tawadros II consoló a los hermanos invitándolos a considerar que las víctimas, justamente por haber muerto ese día, han llevado «los ramos de la palma y del olivo a Cristo mismo», y en el momento del martirio, pasando a través del dolor, llegaron «a la alegría gloriosa de la Resurrección».

Si esta es la historia pasada y reciente de la Iglesia copta, tal vez deberían tenerla en cuenta ciertos auto-elegidos «protectores» trasnochados, que con sus furias militantes mortifican e insultan a los cristianos de Oriente, tratándolos como agentes secuestrados en tierras extranjeras.

Por Gianni Valente

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