Un «tuit» de la cuenta oficial del Óbolo de San Pedro con la foto de Krzysztof Charamsa, el monseñor polaco que justamente a la vigilia del Sínodo de 2015 hizo pública su homosexualidad y presentó a su compañero en una conferencia de prensa en la que proclamó que la Iglesia discrimina a los homosexuales. Estuvo en red un par de horas, ayer por la tarde, en las cuentas de Twitter del Óbolo de San Pedro en italiano, español e inglés, antes de que el Vaticano corriera al reparo y borraran el mensaje. Al lado de la imagen de Charamsa (entonces empleado en la Congregación para la Doctrina de la Fe, sonriente, con su «clergyman» y junto a su pareja de origen catalán) estaba este mensaje: «Iglesia en camino, con alegría, en escucha de las inquietudes». Después invitaba a leer la homilía de la Misa de Santa Marta del pasado 4 de mayo, durante la que el Papa Francisco habló sobre la «Iglesia que sabe escuchar, la Iglesia que sabe que en cada corazón hay una inquietud: todos los hombres, todas las mujeres tienen una inquietud en el corazón, buena o mala, pero hay inquietud. Escucha esa inquietud». El «tuit», interceptado por la agencia italiana Ansa, fue borrado después de un par de horas fue borrado. ¿Una provocación? El caso Charamsa fue, efectivamente, una bomba de relojería para el Sínodo.
«El sitio y las cuentas en Twitter y Facebook del Óbolo de San Pedro son administrados por una sociedad externa», dijo la Sala de Prensa vaticana. El Óbolo de San Pedro es la ayuda económica que los fieles ofrecen directamente al Papa para las necesidades de la Iglesia universal y para las obras de caridad a favor de los más necesitados. Se ocupa de él la Secretaría de Estado que, a partir de 2016, decidió hacer que el Óbolo de San Pedro fuera más accesible, para que se instaurara un diálogo con los fieles, por lo que se crearon tanto el sitio web dedicado (y bastante bien hecho) y las redes sociales.
La Santa Sede está indagando, pero parece que no se trató de un hacker. Es probable que ni siquiera haya existido la provocación por parte de la agencia externa, que ahora podría pagar las consecuencias por el clamoroso «tuit». En cambio, podría simplemente tratarse de un caso de descuido y de falta de vigilancia. Y esto plantea problemas a la hora de encomendarse (cada vez con mayor frecuencia) a sociedades externas en un momento en el que se corre el peligro de concentrarse más en los medios de comunicación que en los contenidos que habría que comunicar.