
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
Llegamos a la última de las catequesis dedicadas a la vejez. Hoy entramos en la conmovedora intimidad de la despedida de Jesús a los suyos, ampliamente narrada en el Evangelio de Juan. El discurso de despedida comienza con palabras de consuelo y promesa: "No se turbe vuestro corazón" (14,1); "Cuando me haya ido y os haya preparado un lugar, vendré otra vez y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros." (14, 3). Bellas palabras del Señor estas.
Poco antes, Jesús le había dicho a Pedro: tú "me seguirás más tarde" (13,36), recordándole el paso por la fragilidad de su fe. El tiempo de vida que les queda a los discípulos será inevitablemente un paso por la fragilidad del testimonio y por los desafíos de la fraternidad. Pero también será un paso a través de las emocionantes bendiciones de la fe: "El que cree en mí, él también hará las obras que yo hago y las hará aun mejores" (14:12). ¡Pensad qué promesa es esta! ¡No sé si lo pensamos completamente, si lo creemos completamente! No sé, a veces pienso que no...
La vejez es el tiempo propicio para el testimonio conmovedor y feliz de esta espera. El anciano y la anciana están a la espera, a la espera de un encuentro. En la vejez las obras de fe, que nos acercan a nosotros y a los otros al reino de Dios, están más allá del poder de las energías, de las palabras, de los impulsos de la juventud y la madurez. Pero justamente así hacen aún más transparente la promesa del verdadero destino de la vida. ¿Y cuál es el verdadero destino de la vida? Un lugar en la mesa con Dios, en el mundo de Dios. Sería interesante ver si hay alguna referencia específica en las Iglesias locales, destinada a revivir este ministerio especial de esperar al Señor - es un ministerio, el ministerio de la espera del Señor - potenciando los carismas individuales y la cualidad comunitaria de la persona anciana.
Una vejez que se consuma en la degradación de las oportunidades perdidas, trae degradación para uno mismo y para todos. En cambio, la vejez vivida con mansedumbre, vivida con respeto por la vida real, disuelve definitivamente la incomprensión de un poder que debe bastarse a sí mismo y a su propio éxito. Disuelve incluso la incomprensión de una Iglesia que se adapta a la condición mundana, pensando así gobernar definitivamente la perfección y el cumplimiento. Cuando nos liberamos de esta presunción, el tiempo de envejecimiento que Dios nos concede es ya en sí mismo una de esas obras "mayores" de las que habla Jesús, es más, es una obra que a Jesús no le fue encomendada: ¡su muerte, su resurrección y su ascensión al cielo la hicieron posible para nosotros! Recordemos que "el tiempo es superior al espacio". Es la ley de la iniciación. Nuestra vida no está hecha para encerrarse en sí misma, en una imaginaria perfección terrenal: está destinada a ir más allá, por el paso de la muerte, porque la muerte es un paso. De hecho, nuestro lugar estable, nuestro punto de llegada no está aquí, está al lado del Señor, donde Él mora para siempre.
Aquí, en la tierra, comienza el proceso de nuestro "noviciado": somos aprendices de vida, que -entre muchas dificultades- aprendemos a apreciar el don de Dios, honrando la responsabilidad de compartirlo y hacerlo fructificar para todos. El tiempo de vida en la tierra es la gracia de este pasaje. La certeza de detener el tiempo -querer la eterna juventud, el bienestar ilimitado, el poder absoluto- no sólo es imposible, es delirante.
Nuestra existencia en la tierra es el tiempo de la iniciación a la vida: es la vida, pero que te lleva adelante, hacia una vida más plena, la iniciación de aquella más plena; una vida que sólo en Dios encuentra su cumplimiento. Somos imperfectos desde el principio y permanecemos imperfectos hasta el final. En el cumplimiento de la promesa de Dios, la relación se invierte: el espacio de Dios, que Jesús nos prepara con todo cuidado, es mayor que el tiempo de nuestra vida mortal. Aquí: la vejez acerca la esperanza de este cumplimiento. A estas alturas, la vejez conoce definitivamente el sentido del tiempo y las limitaciones del lugar donde vivimos nuestra iniciación. La vejez es sabia para esto: los viejos son sabios para esto. Por eso es creíble cuando invita a regocijarse por el paso del tiempo: no es una amenaza, es una promesa. La vejez es noble, no necesita maquillarse para mostrar su nobleza. Quizás el truco viene cuando falta la nobleza. La vejez es creíble cuando invita a regocijarse en el paso del tiempo: pero el tiempo pasa y esto no es una amenaza, es una promesa. ¡La vejez que redescubre la profundidad de la mirada de la fe no es conservadora por naturaleza, como dicen! El mundo de Dios es un espacio infinito, sobre el que ya no pesa el paso del tiempo. Y precisamente en la Última Cena, Jesús se proyectó hacia esta meta, cuando dijo a los discípulos: "De ahora en adelante ya no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que lo vuelva a beber con vosotros en el reino de mi Padre” (Mt 26,29). Fue más allá. En nuestra predicación, el Paraíso está a menudo lleno de bienaventuranza, de luz, de amor. Quizás le falta un poco de vida. Jesús, en las parábolas, hablaba del reino de Dios dándole más vida. ¿No somos más capaces nosotros de esto, al hablar de la vida que continúa?
Queridos hermanos y hermanas, la vejez, vivida en la espera del Señor, puede convertirse en la completa "apología" de la fe, que da a cada uno razón de nuestra esperanza, para todos (cf. 1 P 3,15). Porque la vejez hace transparente la promesa de Jesús, proyectándose hacia la Ciudad Santa de la que habla el libro del Apocalipsis (capítulos 21-22). La vejez es la etapa de la vida más adecuada para difundir la buena noticia de que la vida es una iniciación para una realización definitiva. Los viejos son una promesa, un testimonio de promesa. Y lo mejor está por venir. Lo mejor está por venir: es como el mensaje del viejo y de la vieja creyentes, lo mejor está por venir. ¡Dios nos conceda a todos una vejez capaz de esto!