
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En las catequesis del Año Jubilar, hasta ahora hemos recorrido la vida de Jesús siguiendo los Evangelios, desde su nacimiento hasta su muerte y resurrección. De este modo, nuestra peregrinación en la esperanza ha encontrado su fundamento sólido, su camino seguro. Ahora, en la última parte del camino, dejaremos que el misterio de Cristo, que culmina en la Resurrección, irradie su luz de salvación en contacto con la realidad humana e histórica actual, con sus preguntas y sus desafíos.
Nuestra vida está marcada por innumerables acontecimientos, llenos de matices y experiencias diferentes. A veces nos sentimos alegres, otras veces tristes, otras veces satisfechos, o estresados, gratificados o desmotivados. Vivimos ocupados, nos concentramos en alcanzar resultados, llegamos a alcanzar metas incluso altas y prestigiosas. Por el contrario, permanecemos en suspenso, precarios, esperando éxitos y reconocimientos que tardan en llegar o que no llegan en absoluto. En resumen, nos encontramos en una situación paradójica: nos gustaría ser felices, pero es muy difícil conseguirlo de forma continua y sin sombras. Nos enfrentamos a nuestras limitaciones y, al mismo tiempo, al impulso irrefrenable de intentar superarlas. Sentimos en lo más profundo que siempre nos falta algo.
En realidad, no hemos sido creados para la carencia, sino para la plenitud, para disfrutar de la vida y de la vida en abundancia, según la expresión de Jesús en el Evangelio de Juan (cf. 10,10).
Este deseo abismal de nuestro corazón puede encontrar su respuesta última no en los roles, no en el poder, no en el tener, sino en la certeza de que hay alguien que se hace garante de este impulso constitutivo de nuestra humanidad; en la conciencia de que esta espera no será defraudada ni frustrada. Esta certeza coincide con la esperanza. Esto no significa pensar de manera optimista: a menudo el optimismo nos decepciona, ve implosionar nuestras expectativas, mientras que la esperanza promete y cumple.
Hermanas y hermanos, ¡Jesucristo resucitado es la garantía de este destino! Él es la fuente que sacia nuestra sed, la sed infinita de plenitud que el Espíritu Santo infunde en nuestro corazón. La resurrección de Cristo, de hecho, no es un simple acontecimiento de la historia humana, sino el acontecimiento que la ha transformado desde dentro.
Pensemos en una fuente de agua. ¿Cuáles son sus características? Sacia y refresca a las criaturas, riega la tierra, las plantas, hace fértil y vivo lo que de otro modo permanecería árido. Da descanso al caminante cansado, ofreciéndole la alegría de un oasis de frescura. Una fuente aparece como un don gratuito para la naturaleza, para las criaturas, para los seres humanos. Sin agua no se puede vivir.
El Resucitado es la fuente viva que no se seca ni sufre alteraciones. Permanece siempre pura y lista para cualquiera que tenga sed. Y cuanto más saboreamos el misterio de Dios, más nos atrae, sin que nunca quedemos completamente saciados. San Agustín, en el décimo libro de las Confesiones, capta precisamente este anhelo inagotable de nuestro corazón y lo expresa en el famoso Hinojo a la belleza: «Derramaste tu fragancia, y respiré y anhelo hacia ti, probé y tengo hambre y sed; me tocaste, y ardo en deseo de tu paz» (X, 27, 38).
Jesús, con su Resurrección, nos ha asegurado una fuente permanente de vida: Él es el Viviente (cf. Ap 1,18), el amante de la vida, el vencedor de toda muerte. Por eso es capaz de ofrecernos descanso en el camino terrenal y asegurarnos la paz perfecta en la eternidad. Solo Jesús, muerto y resucitado, responde a las preguntas más profundas de nuestro corazón: ¿hay realmente un punto de llegada para nosotros? ¿Tiene sentido nuestra existencia? ¿Y el sufrimiento de tantos inocentes, cómo podrá ser redimido?
Jesús Resucitado no nos da una respuesta «desde arriba», sino que se hace nuestro compañero en este viaje a menudo fatigoso, doloroso, misterioso. Solo Él puede llenar nuestra cantimplora vacía, cuando la sed se vuelve insoportable.
Y Él es también el punto de llegada de nuestro camino. Sin su amor, el viaje de la vida se convertiría en un vagar sin meta, un trágico error con un destino fallido. Somos criaturas frágiles. El error forma parte de nuestra humanidad, es la herida del pecado que nos hace caer, renunciar, desesperar. Resucitar significa, en cambio, levantarse y ponerse en pie. El Resucitado nos garantiza la llegada, nos lleva a casa, donde se nos espera, se nos ama, se nos salva. Hacer el viaje con Él a nuestro lado significa experimentar que, a pesar de todo, se nos sostiene, se nos sacia y se nos reconforta en las pruebas y fatigas que, como pesadas piedras, amenazan con bloquear o desviar nuestra historia.
Queridos hermanos, de la resurrección de Cristo brota la esperanza que nos hace anticipar, a pesar de las fatigas de la vida, una quietud profunda y gozosa: esa paz que solo Él podrá darnos al final, sin fin.