Alfa & Omega, 04/10/06 - Unos días después de que se iniciaran las manifestaciones en el mundo musulmán contra el discurso pronunciado por el Papa en el que hablaba del Islam y pedía que la religión nunca justificara la violencia, sor Leonella Sgorbati, misionera de la Consolata, era asesinada en Mogadiscio, la capital de Somalia. La Superiora de su Congregación ha reiterado que el atentado fue obra de unos locos, y que la mayoría de la población local, a pesar de ser musulmana, siente gran respeto por el trabajo de estas religiosas. Pero lo cierto es que el país atraviesa por un momento de gran inestabilidad, hasta el punto de acercarse peligrosamente a una guerra civil.
Somalia vive sumida en el caos desde que, en 1991, un golpe de Estado derrocó a su dictador, Siad Barré, y los señores de la guerra se repartieron el territorio. Cuando, el año pasado, se nombró un Gobierno de coalición para recuperar las riendas del país, los fundamentalistas musulmanes organizados en los llamados Tribunales islámicos, comenzaron a tomar posiciones y hoy ocupan toda la zona sur. Su objetivo está claro: imponer la sharía como única ley entre una población que es, prácticamente en su totalidad, musulmana sunnita, y hacer de Somalia un nuevo Afganistán de la época de los talibanes.
La comunidad internacional, que nunca se ha preocupado en exceso por este Estado fallido en el cuerno de África, mira con recelo la llegada de los islamistas; en particular, Estados Unidos, que tiene serias sospechas sobre la vinculación de estos grupos con Al Qaeda y quiere evitar a toda costa que el territorio somalí se convierta en un campo de entrenamiento para futuros terroristas. En junio se hizo pública una grabación con la supuesta voz de Ben Laden, que invitaba a convertir Somalia en el nuevo campo de batalla contra Occidente.
Problema internacionalizado
Además de convertirse en nido de terroristas, preocupa la posibilidad de una guerra fratricida. Desde principios de año, son más de 350 los muertos en altercados entre los islamistas y los señores de la guerra. Cualquiera de los bandos, ambos con capacidad para hacerse con armas, podría iniciar una contienda en un país donde no hay sistema judicial, y priman un conjunto de normas tradicionales y la sharía en las regiones controladas por musulmanes.
Para empeorar la situación, la crisis amenaza con internacionalizarse y el cuerno de África es un peligroso polvorín. Por un lado, se encuentra Etiopía, país cristiano contrario a tener en Somalia un Estado musulmán; por eso ha enviado tropas para ayudar al débil Gobierno local frente a los islamistas. Al mismo tiempo, es muy probable que los fundamentalistas reciban armas de las vecinas Kenia y Eritrea. Y la población somalí se encuentra entre dos frentes, con una economía terriblemente precaria.
La región es especialmente pobre y las hambrunas se repiten en los años de sequía. Según los datos de la CIA, la superficie permanentemente cultivada no llega al 1%, cuando cerca del 70% de la población vive del sector primario. Hoy se cree que cerca de un millón de somalíes se encuentra en situación crítica, muchos de ellos como refugiados. Sólo el 2,6% alcanza los 65 años, aunque los datos no son fiables, porque el último censo es de 1975.
Pobreza y fundamentalismo
Con este panorama, la pobreza es factor común. Y ante la pobreza, los islamistas tendrán más fácil su avance. Sirva de muestra un ejemplo: en Mogadiscio, con la llegada de los islamistas también se ha reducido a la mitad el precio del billete de autobús. Y eso deja contentos a los somalíes, que restan importancia a la dura retórica del líder de la Unión de Cortes Islámicas, la milicia islámica, Sheikh Sharrif Sheikh Ahmed, que avisó que cualquier ofensa contra la sharía sería castigada. Además, al igual que en otras muchas regiones de mayoría islámica, el antiamericanismo ha hecho mella de tal manera que se convierten en terreno abonado para cualquier defensa a ultranza de la religión musulmana.
Somalia es una pesadilla para las organizaciones internacionales. Tras el golpe de Estado de 1991, la ONU intentó establecer la paz, y Estados Unidos llevó sobre el terreno a cerca de 28.000 efectivos, que se verían envueltos en uno de los episodios más aciagos de la historia de las operaciones de mantenimiento de la paz. Incapaces de contener los brotes de violencia sin perder la neutralidad, su presencia en Somalia fue inútil. La llamada operación Restablecer la esperanza acabó repentinamente con la salida de las tropas internacionales, tras las dramáticas imágenes de 18 rangers norteamericanos arrastrados por las calles de Mogadiscio.
María S. Altaba