Como en el resto de Asia, la presencia de los jesuitas en Japón se remonta a la evangelización que San Francisco Javier llevó a cabo en este continente en el siglo XVI. Así, el santo navarro llegó en 1549 al archipiélago nipón, desde donde envió numerosas cartas al Vaticano alabando el espíritu de este pueblo. Sin embargo, esos elogios no impidieron que los católicos fueran perseguidos en Japón tanto en esa época como durante la Restauración Meiji (mediados del siglo XIX). A pesar de esta opresión ejercida por un poder imperial identificado con la religión autóctona del país, el sintoísmo, proliferaron los «kakure kristian» («cristianos escondidos»), muchos de los cuales serán beatificados próximamente en un proceso que ya ha empezado para honrar la memoria de 189 mártires
japoneses.
Junto a dicho centro, los jesuitas regentan una Universidad de Música en Hiroshima y cuatro colegios, uno de ellos en esta misma ciudad nipona y el resto en Kobe, Fukuoka y Kamakura. Además, cuatro parroquias están encomendadas a dicha orden en Tokio, Kobe, Hiroshima y Yamaguchi, donde impartieron misa tanto San Francisco Javier como el carismático padre Arrupe.
De hecho, la implicación de los jesuitas en Japón se debe, en buena medida, a este sacerdote vasco, que recaló en el archipiélago nipón en 1938 y estuvo destinado en Hiroshima cuando cayó la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque Arrupe, que posteriormente dirigió la Compañía de Jesús desde 1965 hasta 1983, impulsó el cristianismo y las misiones en Extremo Oriente, fue su antecesor, Jean-Baptiste Janssens, quien internacionalizó la presencia religiosa en Japón, donde hay 246 jesuitas de 25 países. De ellos, 218 son sacerdotes, 19 son hermanos y 9 son estudiantes.
Pero la labor pastoral y educativa no es la única que realizan aquí, puesto que también cuentan con tres centros sociales en Tokio, Osaka y Shimonoseki para atender a los más necesitados en este rico país, que suelen ser los inmigrantes, en su mayoría filipinos, a los que el nuevo prepósito de la orden, el padre Nicolás, ayudaba en el distrito de Adachi.
En este sentido, la eclosión cristiana que se está viviendo ahora en el imperio del Sol Naciente se debe a dichos inmigrantes, que seguramente ya han superado en número al medio millón de católicos japoneses (menos del 1 por ciento de la población). «Las misas para japoneses en la parroquia de Umeda no suelen contar con más de 90 personas, pero en las de filipinos se nos llena la iglesia y llega a haber hasta 300», explica a ABC el padre Isamu Ando, un sacerdote español nacionalizado ciudadano nipón que lleva en la isla 46 años.
Bolsas de pobreza
«Aquí estamos enfocados muy especialmente en Camboya y Vietnam y en solucionar las bolsas de pobreza que subsisten en las zonas más deprimidas de Japón», señala el veterano misionero, quien se indigna cuando ve que una tienda de perros del recién abierto centro comercial Ario vende sus cachorros más baratos por 120.000 yenes (757 euros).
En ese lugar, que aglutina a la mayor concentración de vagabundos del país, el padre Takayama dirige un centro asistencial por el que han pasado víctimas de la crisis económica y trabajadores que se han quedado sin empleo tras participar en grandes proyectos de infraestructuras estatales.Y es que en Japón los jesuitas se encuentran repartidos entre las mejores Universidades y los «sin techo».