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MADRID, 13/04/08 (La Razón) - Goya volvió a nacer en 1793. Una terrible enfermedad estuvo a punto de llevarle a la tumba. Finalmente logró recuperarse aunque nada volvió a ser igual. Salió vivo, pero quedó herido, desvencijado por una sordera cada vez más profunda, sumido en la incomprensión y tocado por una soledad que le fue alejando de los salones sociales e intelectuales que tanto había frecuentado.
Ese momento de su vida es el punto de arranque de la exposición «Goya en tiempos de guerra», coorganizada por el Museo del Prado y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, inscrita dentro de la programación del segundo centenario de la Guerra de la Independencia. Los Reyes la inauguran el lunes y el martes abre al público, hasta el 13 de julio.
La batalla contra los franceses es el eje sobre el que gravita el recorrido por el fabuloso universo goyesco que presenta el Prado después de la gran exposición que le dedicó en 1996. Pero hay mucho más. Como dijo ayer en la presentación Miguel Zugaza, director del museo, este es «el diario artístico» del pintor en uno de los tiempos más turbulentos de la historia de España, el que va de 1795 a 1819. Un viaje al «corpus más moderno e intenso que se puede concebir sobre el trabajo del artista». Las pinturas, grabados y dibujos más relevantes de ese periodo están en esta exposición. Un total de 200 obras, de las cuales 90 son pinturas (65 de ellas han sido prestadas por instituciones y colecciones privadas), como «La maja al balcón» y «Retrato de la Marquesa de Montehermoso» (nunca expuestos en España), «Fray Pedro y el bandido maragato» y el «Prendimiento de Cristo».
El Prado es la casa de Goya, atesora lo sustancial de la producción del pintor, pero el espectador puede descubrir aquí ángulos nuevos y poco conocidos del artista, a quien Manuela Mena, comisaria de la muestra, no duda en comparar con Einstein, además de desmentir el mito de que estaba loco: «Einstein captó el universo de las estrellas y Goya atrapó el universo de los seres humanos, y con la misma genialidad supo revelarlo y reducirlo a una fórmula matemática y científica».
Sus cuadros cortesanos son los primeros que reciben al visitante. De impecable factura y de una técnica magistral compiten en seducción obras como «La Condesa de Chinchón», «La familia de Carlos IV» y «La duquesa de Alba de blanco», prestada por la Fundación Casa de Alba, ideales de belleza que contrastan con el mundo sórdido apreciable en su obra más libre e íntima, la que realizó en esa época de convalecencia, reflejada en «Incendio de noche» y «Corral de locos».
Un pintor resignado
El trabajo de esta etapa es un profundo análisis de la naturaleza humana a partir de una técnica dieciochesca, dice Mena, para quien la transición la marca el cambio de los paisajes verdes a los negros ásperos que conquistan sus pinturas. «Goya persiguió la independencia, la libertad y el amor, pero como todos en la vida, no lo consiguió en su totalidad», añade la comisaria. Es decir, la resignación marca el camino de vuelta al tratamiento del retrato a principios del siglo XIX. Pinta nuevamente las caras de la aristocracia, desde «La marquesa de Santa Cruz» al conde y la condesa de Fernán Núñez, recién restaurados, otras dos obras maestras.
El tercer capítulo del recorrido va directo al corazón de la guerra. «El «Retrato ecuestre de Fernando VII» (propiedad de la Academia de San Fernando, que ha prestado casi toda su colección de pinturas de Goya para una ocasión tan especial) comparte espacio con «El actor Isidoro Márquez», de reciente atribución y nunca antes expuesto en nuestro país. Aquí están «Bandidos asesinando una mujer», «La fabricación de balas», «El duque de Wellington», «El Lazarillo de Tormes» y una serie de naturalezas muertas con pavos, aves y liebres, una genuina y espeluznante carnicería que se puede contemplar como una alegoría de lo que pasa en España. Con la fuerza de dos imanes atraen al público «Los fusilamientos del 3 de mayo» y «La carga de los mamelucos», recién restaurados, frente a frente con varios grabados de los «Desastres», realizados una vez terminada la guerra. El último tramo muestra las consecuencia de la contienda, con grabados de la series «Tauromaquia» y los «Disparates», y cuadros como el de su amigo «Tiburcio», prestado por el Metropolitan de Nueva York, y «Oración en el huerto de los olivos», pintado en 1819, el año en que abre el Prado. La luz es muy tenue en toda la exposición para proteger los dibujos y grabados, que se entremezclan con los óleos. «La obra sobre papel de Goya es tan importante como sus pinturas y más verdadera porque es más íntima y libre», asegura José Manuel Matilla.