Alfa & Omega, 30/05/08 - Don José Ramón Recuero Astray, Abogado del Estado en el Tribunal Supremo, es autor de diversos ensayos filosóficos y morales. Acaba de publicar La cuestión de Dios. Diálogos con Descartes, Feuerbach, Marx, Nietzsche y Ratzinger (Biblioteca Nueva), un libro en forma de diálogos con representantes de las principales corrientes filosóficas desde la Edad Moderna. Debate con todos ellos utilizando sus propias citas. El último en aparecer es Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, con el pseudónimo de Octavio, portador de la propuesta cristiana que invita a la razón a «salir de la prisión que nos hemos construido nosotros mismos» tras sustituir a Dios por nuevos dioses, resultando ser terriblemente perniciosos
Marx Estrictamente, no hay ateo. «Todo pensante tiene su arjé, su dios, con minúscula. Los que niegan la razón también lo tienen». Por ejemplo, Hume. «El suyo es la naturaleza humana, que él identifica con el cuerpo y sus sentimientos... Él dice: No a la razón, nada puedo saber seguro con ella; tampoco a los sentidos, no a ellos...; sí a la marcha natural de las cosas, dejándose llevar por sentimientos». O Nietzsche, que niega toda verdad, «pero basta leer lo que escribe una y otra vez: Creo con firmeza en mí mismo; el superhombre es lo que yo amo». El hombre se ha convertido en su propio dios, como gustaba de afirmar Feuerbach, aunque se le ha desprovisto de espíritu, en una especie de parodia del mito del eterno retorno que ha protagonizado la filosofía con el regreso a la materia, de la que había escapado en el siglo V a.C.
Todos tenemos nuestro arjé, un principio fundamental sobre el que edificamos el resto de la realidad. Salvo una selectísima minoría de pensadores, ese arjé lo tomamos de otros. Y cada época tiene uno dominante, simple o compuesto de varios, con sus correspondientes edificios de verdad.
Descartes Son éstos algunos puntos de partida de José Ramón Recuero en La cuestión de Dios, el primer libro de una trilogía que comienza con la pregunta primera sobre el fundamento de la realidad, y continuará con nuevos diálogos sobre ética y política. El camino que recorre es justamente el inverso al que le llevó a embarcarse en esta aventura: en la vida real, el Derecho le condujo a la ética, y ésta, a la pregunta sobre Dios.
El itinerario deductivo-descendente no es casual; lo constatamos históricamente. Durante la presentación del libro, el pasado lunes, en la Universidad CEU San Pablo, don Alfredo Dagnino, Presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, advirtió de que prescindir de Dios como principio fundante de la realidad «es exponernos a hacer una historia contra el hombre mismo, o a que nos la hagan otros y nos la impongan en la ejecución de su propio proyecto de ingeniería social». La clave está, por tanto, en «volver a lo esencial, al anuncio de Dios», desde el profundo respeto a los demás, precisamente como acierta a dialogar don José Ramón Recuero, dispuesto a escuchar las mejores razones del otro, y a responder con los propios argumentos.
Nietzsche Don Teófilo González Vila, catedrático de Filosofía, resaltó que Recuero «se atreve a pensar y a poner en cuestión los dogmas de los ilustrados antidogmáticos», y habló también de un «ajuste de cuentas» con doctrinas filosóficas que, al decretar la muerte de Dios, provocan también «la muerte del hombre, y no sólo en sentido metafórico...»
Don Ramón Trillo, Presidente de la Sala Tercera del Tribunal Supremo, destacó los diálogos con Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, y cómo el Papa no se resigna a una visión reducida de la realidad, como nos propone el pensamiento dominante. «El Dios que es Logos nos garantiza la racionalidad del mundo, aun cuando su razón supere infinitamente la nuestra», afirma una de las citas. De hecho, el cristianismo acertó desde el inicio a proponerse como la Religión del Logos, donde Dios, principio de todo, no puede quedar recluido en una parcela de la mente humana, quizá como producto del intelecto, a lo que pretende condenarlo ya Descartes, al dudar de la capacidad del hombre de conocer la realidad.
Ricardo Benjumea