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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Hechos para amar

4 de agosto de 2008
«Hemos sido hechos para amar, para esto hemos sido hechos por el Creador. Lógicamente, no hablo de relaciones pasajeras y superficiales; hablo de amor verdadero». Sí, hemos sido hechos para amar.

Alfa & Omega, 04/08/08 - Benedicto XVI acaba de señalar a los jóvenes, en Sydney, las horribles cicatrices que tiene, «no sólo el entorno natural, sino también el social»; son «heridas que indican que algo no está en su sitio». Pocas, como la de la ruptura sangrante de tantos matrimonios, en alarmante progresión, y de un modo desaforado en España, lo ponen tan en evidencia. Algo, y de la máxima trascendencia para el ser o no ser del hombre y de la Humanidad entera, ciertamente no está en su sitio. El laicismo galopante que trata de dejar a Dios, y con Él al ser humano en su auténtica verdad, en el banquillo no es una cortina de humo para tratar de ocultar las heridas de la economía, que serían las realmente graves, según la mentalidad común. No es así. Más bien ese laicismo, que unen sus promotores tan elocuentemente al asesinato de los no nacidos y de los ancianos y enfermos que sobran, eso sí, disfrazado de salud reproductiva, o de muerte digna, está en el origen de toda otra herida, del entorno social primero, y en consecuencia de la naturaleza material, incluida la economía. ¿Acaso el verdadero origen de las crisis y recesiones, las económicas, las políticas y todas las demás, es otro que el extravío de disfrazar de bienes, en especial respecto al matrimonio y la familia, hasta los más evidentes males?

En materia de divorcio, ocho países de la Unión Europea han pactado para parejas mixtas el avance legislativo de la cooperación reforzada: se podrá elegir a capricho, del país que más interese, la ley a la que acogerse. El actual Gobierno de España lo apoya con entusiasmo, siempre y cuando la ley elegida «no excluya el respeto de los derechos fundamentales ni contenga elementos discriminatorios»; así, al destructivo a más no poder divorcio express español se le disfraza nada menos que de derecho fundamental. Tal subversión del bien, de la verdad y de la belleza de la vida de cada ser humano y de toda la sociedad, ¿cómo no va a destruir todos los entornos, y del modo más letal que imaginarse pueda?; ¿cómo no va a hacer añicos toda esperanza de paz y de justicia entre los hombres? Así lo advirtió Juan Pablo II, en 1994, en su Carta a las familias: «¡Ninguna sociedad humana puede correr el riesgo del permisivismo en cuestiones de fondo relacionadas con la esencia del matrimonio y de la familia! Semejante permisivismo moral llega a perjudicar las auténticas exigencias de paz y de comunión entre los hombres».

Este letal permisivismo no ha surgido de repente. Se ha ido gestando durante décadas. Las heridas a que se refería en Sydney Benedicto XVI vienen de lejos. «Los ejemplos abundan», les decía el Papa a los jóvenes, concretando los más evidentes: «El abuso de alcohol y de drogas, la exaltación de la violencia y la degradación sexual, presentados a menudo en la televisión e Internet como una diversión…» Y en el trasfondo, el mortífero caldo de cultivo del laicismo empeñado en suplantar a Dios y a su Ley sagrada, la que está grabada a fuego en el hombre y cuyo rechazo, por tanto, no puede por menos que destruirlo. La advertencia de Benedicto XVI se hace indispensable: «¿Estamos suficientemente alerta ante los signos de que estamos dando la espalda a la estructura moral con la que Dios ha dotado a la Humanidad? ¿Sabemos reconocer que la dignidad innata de toda persona se apoya en su identidad más profunda -como imagen del Creador- y que, por tanto, los derechos humanos son universales, basados en la ley natural, y no algo que depende de negociaciones o concesiones, fruto de un simple compromiso? Esto nos lleva a reflexionar -continúa el Papa- sobre el lugar que ocupan en nuestra sociedad los pobres, los ancianos, los emigrantes, los que no tienen voz. ¿Cómo es posible que la violencia doméstica atormente a tantas madres y niños? ¿Cómo es posible que el seno materno, el ámbito humano más admirable y sagrado, se haya convertido en lugar de indecible violencia?»

El propio Santo Padre da a los jóvenes la respuesta: «No os dejéis engañar», y en primer lugar allí donde lo que está en juego es la misma vida, su cumplimiento feliz o su fracaso definitivo. Es preciso estar bien alerta, porque el engaño invade todo este mundo nuestro, convertido «en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar como belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad». Pero la luz de Cristo, en especial para ese núcleo decisivo de la vida que es el matrimonio y la familia, irradiada desde Sydney a toda la Humanidad, es infinitamente más poderosa que todos los engaños del divorcio y demás dogmas del laicismo, que no es que nieguen la fe, ¡niegan, y hasta lo más profundo, la razón! «Qué fácil es transformar el amor en una falsa divinidad -dijo Benedicto XVI en su encuentro con los jóvenes de la comunidad de recuperación de la Universidad de Notre Dame-. La gente piensa con frecuencia que está amando cuando en realidad tiende a poseer al otro o a manipularlo». No nos dejemos engañar. Escuchemos el grito insobornable de la razón y del corazón. Así lo lanzó el Papa: «Hemos sido hechos para amar, para esto hemos sido hechos por el Creador. Lógicamente, no hablo de relaciones pasajeras y superficiales; hablo de amor verdadero». Sí, hemos sido hechos para amar.

fuente: Alfa & Omega
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