La Razón, 21/08/08 - No existen autorretratos de Cartier-Bresson a la manera que otros ar-tistas eligieron para inmortalizarse. Exagerando ese desprecio a la corporeidad, suele decirse que sólo realizó un autorretrato, fechado en 1932, en el que, a las puertas de un pueblo italiano, únicamente se alcanza a verle una pierna. Esa insinuación perdurará durante toda su vida. En 1999, con 91 años (murió el 2 de agosto de 2004, a los 96), apareció una foto de su sombra junto a unos árboles de la Provenza. Esa sombra lo era todo. Jean Clair, defensor del canon artístico, dice que la transmutación de lo temporal a lo espacial está en la base de su trabajo, de ahí que algunas de sus imágenes más bellas «son momentos del día que aparecen en el cielo, en India, penumbras vespertinas de Flandes».
Sin embargo, sí que se retrató a lápiz. Él habló del retrato como de «captar el silencio de una víctima», pero dado que es imposible introducir una cámara entre la camisa y la piel del modelo, dijo, quizá nos quede la tentativa del dibujo. «En cuanto al retrato a lápiz, corresponde al dibujante guardar un silencio interior», escribió en 1996.
Al cumplirse los cien años del nacimiento de Cartier-Bresson sería decir poco que fue el gran fotógrafo del siglo XX, pero quizá nos ajustáramos más reconociendo que su expresividad situó a la fotografía en un ámbito tan evocativo y verdadero que no todos pueden alcanzar. Un punto de no retorno para un arte que está en la calle (en un simple móvil) y que se conforma con sólo apretar un botón una y otra vez.
Verdad periodística
Fue la síntesis de la mejor fotografía producida desde su aparición, precisamente en Francia de la mano de Daguerre, Niépce y Nadar a mediados del XIX, y el fotorreportaje, del que él fue su gran maestro. Aunque es autor de miles de fotografías que, una tras otra, componen la historia gráfica del siglo XX, no fue el fotógrafo voraz que «fusilaba» sin compasión entregado a la «verdad periodística». Cuenta una anécdota que un retratado, extrañado de que después de quince minutos esperando delante de la cámara sin «sentir» que le hiciesen la foto, Cartier-Bresson le aclaró: «Hace siglos que la he hecho».
En cada una de sus imágenes está todo lo que se puede decir. Su lenguaje era claro y preciso (él habló de «la rigurosa organización de las formas»), rehuía el drama fácil, la contorsión sentimental y exhibir el sufrimiento ajeno para demostrar la «autenticidad» de una imagen. Nunca cortó sus negativos (de 24 por 36), que positivaba íntegros él mismo. Como «momento decisivo» definió ese instante que deja helado, que convierte el testimonio no en un dato, sino en una leyenda, porque para «leer» fotografía habrá que seguir la gramática de la literatura.
El lugar del crimen
Por eso, Walter Benjamin nos advertirá de que una foto está a la altura cuando nos muestra el lugar de un crimen. «¿No deberá el fotógrafo descubrir la culpa en sus imágenes y señalar al culpable?», se preguntará. Cartier-Bresson admitió que para tener una buena instantánea hay que sentir compasión por el objeto retratado, acercarse a él con humildad, con gratitud, porque es él quien nos entrega su imagen. Lo contrario sería un robo. La transparencia de su fotografía tiene una función casi higiénica que aún perdura en un mundo donde se crean decenas de «iconos» todos los días, aunque desaparezcan al siguiente.
Una de las leyendas que acompañó a Cartier-Bresson es que a su cámara, una Leica que compró en 1932 y que le acompañaría toda la vida, le tapaba las partes metálicas con cinta negra para que no se notase su presencia. Tal era su intención de pasar desapercibido, que se le llegó a dar por muerto y a organizarse una retrospectiva en el MoMA. Cuando los aliados entraron en París, muchos se preguntaron dónde estaba Cartier-Bresson, evadido de un campo de prisioneros alemán en 1943, después de tres años de cautiverio. Pero él estaba allí, con su Leica, como luego quedó plasmado. En 1947, en la barra de un hotel, se fundó la agencia Magnum. Allí estaban David Seymour, George Rodger, Robert Capa y Cartier-Bresson. Alguien lo definió como un «budista ateo». «Nos lanzamos a la idea para poder hacer lo que queríamos, para trabajar en lo que creíamos y no depender de un periódico o una revista», dijo de esa empresa. Cartier-Bresson se limitó a cumplir en silencio con un equilibrio sensitivo que asegurase una buena foto, o por lo menos una honesta, a partir de tres órganos que debería actuar al unísono: ojo, cerebro y corazón.