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Antón Chéjov es, sin duda, uno de los más grandes escritores rusos de finales del siglo XIX, considerado como el Siglo de Oro en la historia de la literatura rusa. Su obra está notablemente influida por el naturalismo francés, al cual añade un particular sentido del humor y una profunda exploración psicológica de los personajes.
Se le considera uno de los máximos representantes de la corriente del dramatismo cotidiano, que consiste en elevar a la categoría de protagonistas de sus relatos, novelas y obras dramáticas a las personas corrientes ubicadas en el contexto de una vida ordinaria.
No obstante, en esa exaltación de la vida cotidiana está siempre presente una nota de nostalgia que, ocasionalmente, se convierte en un pesimismo y un escepticismo radicales.
Chéjov es conocido sobre todo por sus inigualables cuentos --que destacan por su expresividad y su tono lapidario-- y por sus memorables obras teatrales (Las tres hermanas, El jardín de los cerezos, El tío Vanya, etc.)
Por consiguiente, el principal mérito de esta edición consiste en el hecho de aproximar al lector a una faceta muy poco conocida de este escritor ruso, a saber, el uso del género narrativo novelístico.
Este texto es una novela breve, tanto que prácticamente se encuentra en la fluida frontera entre novela y cuento, no solamente debido a la extensión, sino también por la simplicidad de la construcción argumental.
El narrador nos presenta un día de la vida de Anna Akimovna, hija de un obrero repentinamente convertido en rico propietario de una fábrica.
A lo largo de la jornada, Anna lleva a cabo un sinfín de acciones diversas, como recibir a dos señores nobles pero arruinados, cuya compañía le aporta la posibilidad de ir elevando su nivel cultural y disfrutar de su fino sentido del humor (aunque a cambio les tendrá que dar una “subvención”); visitar a una familia pobre para intentar paliar su dramática situación económica; presidir una fiesta (sin duda, el momento más agradable); conversar con varios obreros, entre los que destaca la figura de Pímenov, de quien está a punto de enamorarse; despedir a un borracho para luego tener que volver a admitirlo por reproches de conciencia, responder a varias cartas y un largo etcétera.
Pero, en el fondo, como sucede también en las obras teatrales de Chéjov, lo importante no es la acción, sino el intento de captar y expresar de una manera plástica las infinitas tonalidades de los sentimientos y los estados de ánimo de la protagonista.
Anna Akimovna es una mujer aún joven, aunque ya en la edad en la que la mayoría de sus paisanas están casadas y han empezado a tener su prole. Ella, sin embargo, permanece soltera, pero no por voluntad propia, sino por la dificultad de encontrar a la persona adecuada.
En este sentido, no se puede evitar cierta asociación con Las tres hermanas, aunque la duración de la trama de ese drama es muy superior. Nos percatamos de que, pese a la riqueza y el dinamismo sentimental y afectivo de Anna —quien pasa fácilmente de la tristeza a la alegría, de las lágrimas a la risa, de la esperanza al pesimismo, etc.—, al final lo que predomina es ese particular ambiente tan chejoviano de quietismo, de inactividad, de imposibilidad de realizar alguna acción relevante o de dar un sentido más profundo a la existencia. En definitiva, un ambiente de tedio, tristeza y superficialidad de las relaciones.
Por consiguiente, aunque la chica es joven todavía; aunque percibe en su corazón un claro deseo de amar y de ser amada, y aunque intuye que con una persona sencilla como el obrero Pímenov podría encontrar la felicidad, al final no se casará con él: no se lo permitirá la particular esclavitud de las formas, el juego de las apariencias que le obliga a parecerse a la clase alta, a la que ahora pertenece, pero con la que no se identifica.
Y no se lo permitirá tampoco la debilidad de su carácter, por su indecisión y su tendencia a dejarse influir fácilmente. En última instancia, lo que le hará cambiar la decisión ya tomada de casarse será la sugerencia del lacayo prepotente y despiadado que le insinúa que si Pímenov se sentara a comer con los dos nobles viejos conocidos de Anna, “se moriría de horror” puesto que “¡No sabe ni coger el tenedor!” (90).
Al oír estas palabras de un insignificante lacayo, la protagonista, que unos instantes antes estaba decidida a cambiar de vida para ser más feliz, de repente “comprendió con claridad que todo lo que había pensado y hablado sobre Pímenov y sobre el matrimonio con un trabajador sencillo era pura vaciedad, estupidez e, incluso, despotismo” (90).
En conclusión, en esta interesante novela Chéjov nos presenta el drama de una persona que, continuamente acompañada por los demás (sobre todo por las féminas —familiares o empleadas— que configuran su “reino de las mujeres”) e incesantemente ocupada en un sinfín de actividades, experimenta, no obstante, el drama de la soledad y contempla con nostalgia e impotencia cómo sus sueños de amor y de felicidad se desvanecen.
De modo que la última descripción de su estado de ánimo se convierte en una conclusión claramente pesimista: “Y pensó que ya era tarde para soñar con la felicidad, que todo había muerto” (92).
El reino de las mujeres
Antón Chéjov
Editorial Rey Lear,
Unión Europea, 2008
Traducción: Gonzalo Guillén Monje
92 páginas