Alfa & omega, 29/09/08 - La fundamentación doctrinal e incluso filosófica de la vida como camino que subyace a la cosmovisión cristiana medieval se la debemos, entre otros, a san Agustín. Nuestro paso por el mundo no es un fin, sino un tránsito fugaz y efímero antes de llegar a nuestro verdadero destino: la ciudad celestial (De civitate Dei). De acuerdo con esta concepción, el hombre es un homo viator, un ser cuya condición de caminante o peregrino hacia un destino superior es la que mejor lo define. Por eso, el camino no es sólo una condición pasajera, un estar ocasional, sino el modo de ser característico del hombre.
Considerado desde la pura inmanencia, somos viajeros en camino hacia ninguna parte. Cómodamente instalados, vemos pasar el mundo a través de la ventana, simulando que dormimos, mientras pasa la vida. Por fortuna, un día decidimos abandonar el valle en donde la multitud se agolpa, en donde la vanagloria se ha convertido en el más codiciado trofeo en la caza del hombre por el hombre, y tomamos la senda que conduce a la cima de la montaña que está dentro de nosotros mismos. Es la llamada de la fe para descubrir en nuestro interior algo que nos desborda y nos trasciende.
En esta llamada, el verdadero peregrino ha descubierto el sentido trascendente de su existencia y se dirige a un lugar consagrado en el que vivir con mayor intensidad su nostalgia de lo sagrado. Su meta es el encuentro con lo sagrado, el encuentro con Dios. Este encuentro justifica todos los sacrificios realizados durante el camino. En razón de ello, los peregrinos que llegaban a Santiago de Compostela por el Camino francés bautizaron al monte desde el que se contemplan por primera vez las torres de la catedral como el Monte del Gozo.
El camino como encuentro
La sociedad actual promueve lo inmanente, vivir el momento, gozar de los placeres de la vida sin esperar a otra recompensa futura, vivir, en fin, con las coordenadas mundanas. El peregrino aspira, en cambio, a dar otro sentido a su vida porque sabe que su hogar definitivo y su salvación no están en manos del hombre, sino de Dios. El hombre puede, desde luego, aferrarse a las cosas de este mundo, a los honores y bienes materiales, pero a la postre se encontrará vacío porque nuestro ser no está hecho para la inmanencia, sino para la trascendencia.
El peregrino es, en fin, aquel que descubre que el camino más arduo no se encuentra en ningún lugar de la geografía física, sino en ese itinerario íntimo que conduce a la verdad.
Un pueblo en camino
Otra de las ponentes en el IX Encuentro de santuarios de España es doña Inmaculada Florido, de la Institución Teresiana, quien ha hablado sobre Hijos del éxodo: hombres y mujeres en camino. Ha entablado un diálogo con algunos personajes de la Escritura que aparecen en camino: Moisés, la samaritana, los discípulos de Emaús... Como ella misma afirma, «con todos ellos al final me he encontrado con la Pascua y con Jesús como Camino, y cómo el pueblo de Dios, la Iglesia, no somos ya hijos del Éxodo, sino que somos hijos de la Pascua, que en la Pascua hemos renacido y desde ella estamos llamados a seguir en el camino del seguimiento del Señor. Jesús estaba siempre en camino, en camino hacia la Pascua, y en ese camino te cura y te libera. Es una experiencia de salida, en la que el encuentro personal con el Señor nos transforma la vida, porque pasamos de sentirnos forasteros a sentirnos en nuestra tierra, en nuestra casa; y de sentirnos esclavos pasamos a sentirnos liberados. Esta experiencia no es nunca individual, sino que nos lleva a caminar junto a los otros, porque no nos salvamos solos, sino que estamos llamados a salvarnos en comunidad».
Asimismo, don Gonzalo Tejerina, Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, en su conferencia El Camino de Santiago, un camino de vida y fe, señala que «el peregrino que se adentra en el Camino jacobeo es criatura de la fe, la esperanza y la caridad cristiana, y que, por lo mismo, el Camino tiene entidad propia y capacidad de suscitar determinadas sacudidas de índole espiritual y religiosa. El Camino compostelano, en todo su recorrido y en su punto final en la catedral de Santiago, es una realidad hecha de múltiples presencias y llamadas que, antes o después, abordan al peregrino y le hablan de lo espiritual, lo religioso, lo cristiano, que es el alma de esta milenaria peregrinación que ha vertebrado a Europa». Don Gonzalo Tejerina concluye afirmando la necesidad de la presencia de creyentes hoy en el Camino compostelano, «que mantengan viva esa identidad cristiana, que la sigan cultivando dentro de él o en sus orillas, en los servicios que la Iglesia presta a la peregrinación tanto en la acogida material como en el ofrecimiento propiamente religioso de espacios de oración, de celebración litúrgica y de acogida espiritual».