Criterio - Puede que hayan transcurrido cinco u ocho siglos desde que se erigieron, pero las catedrales siguen siendo el emblema más reconocible en muchas de nuestras ciudades”, afirma el dibujante y escultor Miguel Sobrino (Madrid, 1967), autor de Catedrales. Las biografías desconocidas de los grandes templos de España (La Esfera de los Libros). Desde la “hecha, deshecha y rehecha” catedral de Ávila a la monumental seo zaragozana, Sobrino ofrece una visión atípica de nuestras catedrales, “no como una cansina sucesión de datos, fechas o estilos, sino narrando su biografía”. Biografía, sí; porque explora la gestación y supervivencia de esos templos como un ser vivo en constante evolución.
La primera leyenda que desmonta Sobrino es la de una Edad Media oscura y supersticiosa, proyectada, por ejemplo, por novelas sobre la construcción de una iglesia o una catedral, preferiblemente gótica, alguna de ellas conocidos bestseller. “En todo caso, la visión seudoliteraria de una sociedad medieval ignorante y paupérrima, sacando fuerzas sobrehumanas de su flaqueza para erigir templos a Dios, es falsa.
Más bien, la erección de estos edificios responde a una época de desarrollo social y económico”, afirma. Por tanto, hay también una falsa acepción de la catedral como escenario tenebroso (como el protagonizado en torno a las vidrieras de León), que revela una gran paradoja: el amplio interés acerca del “fenómeno catedralicio” en la literatura actual contrasta con una innegable ignorancia, según Sobrino: “A pesar de dicho interés y de su vigencia como símbolo ciudadano, la catedral continúa siendo una desconocida”.
El objetivo de este libro “es, sobre todo, provocar la curiosidad del lector”. Más allá del anecdotario que contiene –la “casa del campanero” de la catedral de Ávila, el “papamoscas” de Burgos o la “nave del Lagarto” de Sevilla–, Sobrino ha querido rehacer un itinerario histórico que trasciende la iglesia catedralicia y lo expande a “las dependencias anexas (claustro, sala capitular, sacristía, librería, archivo, cerería, capillas, audiencia…), a las que hay que sumar el barrio donde vivían los canónigos, así como el cementerio; el hospital o el comedor de caridad gestionado por el cabildo”.
Es decir, pone al complejo catedralicio en su contexto y a la bulliciosa actividad que generaba como núcleo social o académico, e incluso comercial. “La catedral, en fin, constituía la gran plaza cubierta de la ciudad medieval, donde ocurría todo lo que entre los hombres suele ocurrir, todo ello presidido, claro está, por los oficios religiosos; esto sucedía igualmente en las ágoras griegas o en los foros romanos, donde, aun a cielo abierto, la actividad cívica y mercantil se encontraba siempre a la sombra de la silueta predominante de un templo”.
En la obra, el autor insiste en el proceso constructivo de las catedrales, sus materiales y su conservación. Y pide que se conserven desde el conocimiento. “Nuestras catedrales llegaron intactas al siglo XIX, y ha sido sobre todo en el s. XX cuando se ha producido un expolio terrible, muchas veces desde la ignorancia”.