Análisis digital,08/11/09 - No puede dejar de asombrarnos el afán que existe de querer quitar a Dios del ámbito público, pues mirar un Crucificado que dio su vida por amor a nadie puede hacer daño, ya que un gesto de amor tan grande nunca perderá su belleza original. Parece que se une un afán por imponer una sociedad que dé la espalda a la dimensión religiosa del ser humano con una cierta manía al fenómeno cristiano, lo cual no es nuevo en la historia y siempre ha tenido unas consecuencias nefastas para toda la sociedad, pues Dios es el único garante de la dignidad del hombre frente a todos aquellos que imponen un modelo particular de su visión de la vida.
Ignorar en Europa el cristianismo es querer borrar de un plumazo una historia, que con sus luces y sus sombras nos define y da razón de nuestro ser. Y un pueblo que desconoce su historia y sus orígenes es un pueblo que carece de identidad y por tanto está absolutamente a merced de cualquier corriente ideológica o cualquier grupo particular que someta a la tiranía a toda la población, eso sí, por medios «impecablemente democráticos».
Esta nueva sentencia nos hace ver que hay algo muy serio que no está funcionando bien en las estructuras de poder. Cuando los Estados y las Instituciones públicas desprecian la conciencia de los individuos han perdido gran parte de su legitimidad y olvidado su dimensión de servicio a la sociedad. Pasó el siglo XX como el periodo de los totalitarismos, pero ¿no será que el siglo que estrenamos no ha aprendido las lecciones tan dramáticas que los hombres «sin Dios» protagonizaron en tiempos pasados?