Alfa & Omega,07/12/09 - Es la etapa en la que más se deja ver, en la obra de Murillo, la importancia del naturalismo que heredó de los artistas inmediatamente anteriores a él. El Museo de Bellas Artes de Bilbao recoge, desde el pasado 19 de octubre hasta el 17 de enero próximo, 42 obras de los primeros 15 años como pintor de Bartolomé Esteban Murillo, comenzando en 1640, poco después de empezar a trabajar por libre.
Igual de apreciado por sus visiones del cielo -si bien las pintó más adelante, resulta difícil no pensar en sus Inmaculadas- y de la tierra, Murillo gozó ya en vida de bastante fama en España y Europa, fama que luego se prolongó y que ha hecho que su obra esté bastante dispersa. Gracias a esta exposición, por tanto, se pueden volver a ver en España piezas que llevan décadas, cuando no siglos, fuera de nuestras fronteras.
Tras quedar huérfano muy joven e intentar, a los 15 años, embarcarse rumbo a América -viaje que planeó pero del que no se sabe con certeza que realizara-, entró en el taller de Juan del Castillo, donde empezó con sus primeras pinturas, de carácter devocional y destinadas, ellas sí, a América. No fue muy viajero ni visitó Italia, dos requisitos que en la época se consideraban casi imprescindibles para triunfar en pintura. Tan sólo realizó una o dos visitas a Madrid, que sin embargo aprovechó para aprender todo lo que pudo de figuras como Velázquez y Zurbarán.
La vida tranquila en Sevilla permitió a Murillo encontrarse con pobres de todas las edades, niños mendigos, pero también pobres fingidos y pícaros. Fue él quien los llevó a la pintura, un arte donde, a diferencia de la literatura, no se habían llegado a reflejar todavía las consecuencias de la crisis que comenzó al flaquear el comercio con las Indias. Contribuyó también a esta sensibilidad suya su vinculación a diversas cofradías y su trato frecuente con los franciscanos.
Fueron estos religiosos, precisamente, quienes, cerca de 1645, le hicieron el encargo que marcó su salto a la fama: un conjunto de seis lienzos sobre santos de la Orden para decorar el Claustro Chico del desaparecido convento de San Francisco, de Sevilla, del que sólo queda el nombre de la plaza donde estuvo. Tenía 27 años. Fue a raíz del éxito de este conjunto, atribuido tanto a su calidad técnica como a la originalidad de las composiciones, cuando su nombre se empezó a conocer, y empezaron a llegar los encargos, muchos procedentes de iglesias y monasterios.
Efectivamente, junto a los retratos sociales, el arte religioso fue el gran eje de su producción. También en este género predominó, durante sus primeros años, el naturalismo, que camuflaba el cielo en la tierra. Más adelante, alrededor de 1655 -año en el que concluye la exposición de Bilbao-, su estilo sufrió un cambio importante hacia la madurez, con modelos más vaporosos y coloridos, que permitieron a su pincel alcanzar el cielo.
Imágen : San Pedro en lágrimas (1650-1655). Museo de Bellas Artes (Bilbao)