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El amor incondicional

29 de diciembre de 2012
Amor de madre: cuidó a su hija, en coma durante 42 años, hasta caer muerta a los pies de su cama

Edwarda O´Bara murió la víspera del Día de Acción de Gracias, tras pasar 42 años en coma por un shock diabético. Estaba considerada la persona que más tiempo ha estado en esa situación.

Como cuenta en el reportaje que hizo sobre el caso Wayne Drash para la CNN, ese 21 de noviembre su hermana Colleen la bañó, la peinó y la intubó para alimentarla como había hecho miles de veces antes. Luego le dio un beso y le dijo que iba a hacerse un café: "Me dedicó la mayor sonrisa que me había ofrecido en toda su vida. Su rostro resplandecía y sus ojos brillaban". Justo entonces los cerró para siempre.

Tenía 59 años. Había nacido en 1953 en el seno de una familia católica formada en 1948 por Joe O´Bara, campeón del peso medio de la Marina durante la Segunda Guerrra Mundial y joven estrella en el equipo de fútbol americano de la Universidad de Pittsburgh, y Kathryn McCloskey, hija del alcalde de Johnstown (Pennsylvania).

"Todo lo que yo quería en la vida era tener dos niñas. Dios fue muy bueno y me concedió mi deseo", decía Kathryn. Cuando se instalaron en Florida, Joe empezó a dar clases de gimnasia en un colegio, y Kathryn de matemáticas en el instituto.

La mejor hermana posible
Edwarda fue la primera en venir, antes de Colleen. Eran muy distintas. La mayor, tranquila y prudente. La menor, un terremoto y amante de las emociones fuertes. Tenían caballos, pero el reparto de tareas lo dice todo sobre el carácter de ambas: "Ella limpiaba los establos y cepillaba los animales y me dejaba a mí toda la diversión", recuerda Colleen. "Era dulce y cariñosa", continúa, "la hermana más generosa que se podía soñar y mi mejor amiga".

A finales de 1969 a Edwarda le diagnosticaron diabetes. Eso no le impidió seguir con sus clases y quería estudiar pediatría. Pero esas navidades cayó enferma de gripe, y una complicación con la insulina que le habían prescrito le provocó una fuerte reacción. El 3 de enero de 1970 su padre se la encontró en su habitación en plena crisis, con las piernas llenas de nódulos.

La promesa: "Nunca te dejaré"
La llevaron inmediatamente al hospital, y el doctor Louis Chaykin, que estaba de guardia, recuerda bien las palabras que Edwarda le dijo a su madre: "Por favor, no me dejes nunca". "Nunca te dejaré", fue la respuesta de Kathryn (Kaye, como la llaman en casa).

Al poco tiempo fallaron los pulmones de la niña, los riñones, el corazón... y al cerebro dejaba de llegar oxígeno. "Trabajamos con ella durante horas", evoca el médico, que tenía entonces 35 años: "Conseguimos revertir muchas de las anormalidades metabólicas, pero el daño en el cerebro era permanente. Estaba en estado de coma".

Podían haberla llevado a una residencia y la Seguridad Social habría corrido con los gastos: "Pero mamá le había hecho una promesa, y para mis padres, cuando le prometes algo a alguien, lo cumples", dice Colleen. Así que asumieron los costes y Edwarda, tras unos meses en el hospital, fue a vivir a casa.

Un hogar transformado
Los O´Bara acondicionaron su hogar para mantener cuidada a su hija de la mañana a la noche, con alimentación a intervalos de dos horas, lo que incluía las doce, las dos, las cuatro y las seis de la madrugada. Siempre a golpe de alarma del reloj. El doctor Chaykin quiso ayudar y se ofreció a tratarla gratuitamente: "Sabiendo lo que costaba mantenerla, jamás habría aceptado dinero".

Las exigencias del cuidado a Edwarda pasaron factura a sus padres. Kaye empezó a padecer artritis por los esfuerzos físicos que realizaba. En 1982 sufrió un infarto y estuvo diez días hospitalizada. Era la primera vez que se separaba de Edwarda desde el shock diabético que la había conducido al coma.

Joe, quien había tenido que simultanear tres trabajos para pagar el cuidado de su hija (desde pintor de brocha gorda a mecánico de motores náuticos), había fallecido en 1976, en cierto modo víctima del estrés, pero feliz de haber tenido a su pequeña en casa todo ese tiempo.

¿Milagros?
Durante los años siguientes el caso de los O´Bara fue adquiriendo notoriedad. Personalidades como el presidente Bill Clinton, Jeb Bush (gobernador de Florida) o el cantante Neil Diamond visitaron a Edwarda en su casa. Kaye le escribió a Juan Pablo II y recibió una respuesta de puño y letra del Papa. Wayne Dyer, célebre autor de libros de autoayuda, escribió un libro (Una promesa es una promesa) sobre el amor incondicional de Katrhyn por Edwarda.

Y como se corrió la voz de que en torno a aquella mujer en coma sucedían milagros, y era conocida la devoción mariana de Kaye, muchas personas cruzaron el globo para tocarla. El doctor Chaykin ni afirma ni niega, pero dice que algunas de las cosas que vio no admiten explicación médica.

Tres balazos contra Edwarda y su madre
Pero no todo fueron consuelos. Grupos partidarios de la eutanasia telefonearon en 1981 al domicilio de los O´Bara para instarles a que la dejaran morir. El 26 de diciembre de ese año, un comunicante anónimo les amenazó con sacarla él mismo de "su miseria". Horas después la casa era tiroteada, aunque nadie resultó herido con los tres impactos de bala recibidos.

El mismo Chaykin llegó a dudar, sobre todo a raíz de la muerte de Joe y de la difícil situación en la que quedaba la familia, si habría hecho bien conservándola viva. Pero luego fue cambiando de opinión: "Me quedé impresionado por la dedicación y el amor de su madre. Con el paso de los años pensé que quizás Dios tenía una razón desconocida para que Edwarda sobreviviese, aunque fuese en coma".

El premio de cuidar a Edwarda
La sensación de "paz y amor" que se percibía en la habitación era consuelo suficiente para las personas que, desde Japón o Australia, acudían a ver a Edwarda y a rezar junto a Kaye.

Porque, para Kathryn, cuidar de su hija era "una bendición de Dios", más que el milagro de la curación de su hija, que siempre esperó, como recuerda Charles Whited, periodista del Miami Herald, quien escribió sobre el caso y a quien Kaye le dirigía cartas de vez en cuando.

"Uno de estos días Edwarda no superará otra infección", le dijo en una de ellas, "pero incluso así me sentiré feliz por haberla podido cuidar y por todo el amor que la gente le ha demostrado".

Las dos palabras de Edwarda
Eso fue en 1982. En agosto de 1983, Kaye escuchó una pequeña palabra de su hija: "Hey". Ella estaba con unos amigos en la cocina y se precipitaron en la habitación, donde se la encontraron sonriendo. Al día siguiente volvió a hacerlo, pero nunca más en los 21 años siguientes, aunque esa sencilla palabra alimentó la ilusión de la familia todo ese tiempo: "Ahora ya nada me puede derrotar. Edwarda habló. Habló realmente", confesaba su madre.

El mensaje que dejó la familia O´Bara
Durante los 38 años que la cuidó, Kaye siempre disfrutó de las visitas a su hija. "Aquello nunca era un lugar triste", recuerda una de las personas que la frecuentaban: "Siempre te ibas llevándote más claras las prioridades, y lo importante que es la familia".

"Dios me dio fuerzas para cuidar de Edwarda enviándome ángeles de todo tipo: famliares, amigos, extraños que acababan siendo amigos... Dios me dio el regalo de mantener la alegría y ser capaz de ayudar a otros", reconocía Kaye.

El drama de Edwarda arregló el de Colleen
La madre de Edwarda murió en marzo de 2008, a los 80 años de edad, tras 38 años enteros, día tras día, hora tras hora, consagrados a su hija. La encontraron en el suelo de la habitación.

Siempre había tenido la duda de qué haría Colleen en ese caso, porque sabía que la hermana pequeña no había terminado de comprender los porqués de esa desgracia, a la que se añadió la muerte de su padre cuando tenía 21 años: "Era mi confidente, mi recurso cuando mi madre estaba atareada con Edwarda", recordaba.

Colleen se casó en 1974 y tuvo un hijo en 1976, pero en 1980 se divorció. Entonces se trasladaron, ella y su hijo, a vivir con su madre. Colleen se metió en el mundo de las drogas, llegando a ser sentenciada a nueve meses de prisión a principios de los noventa. Fue providencial. "Comprendí que si algo le sucedía a mi madre estando yo entre rejas, nadie cuidaría de Edwarda. En prisión cambió mi vida. Comprendí a dónde pertenecía", recuerda ahora Colleen.

Así que buscó trabajo cerca de la casa familiar y empezó a ayudar a Kaye en los cuidados. Cuando murió la madre, estaba bien preparada. Aunque padece esclerosis múltiple, dejó su trabajo y se las arregló para atender a Edwarda: "Mi madre se preguntaba si yo sería capaz. Pero cuando amas a alguien, puedes hacerlo. Es lo que haces por tu familia". Y consagró a Edwarda, también día por día, hora por hora, los cinco años que tardó en morir.

La despedida de la Virgen
"Sabía que quería a mi hermana, pero hasta que ha dejado de estar físicamente aquí, no comprendía cuánto me iba a doler. Siento un agujero en mi estómago, un agujero en mi corazón", dice.

El 28 de noviembre de este año Edwarda recibió sepultura junto a Kaye y Joe. Al volver del funeral, Colleen entró en la habitación, dolorosamente vacía, que había ocupado durante 42 años su hermana mayor, la dulce y cariñosa niña que cuidaba los establos para que ella sólo se preocupase de montar a caballo. En la pantalla de la televisión, recuerda, pudo ver durante unos segundos una imagen de la Virgen María. La compañera invisible de Edwarda y de su madre las había reunido al fin junto a sí en el seno de los justos.

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