En este día en que celebramos la Solemnidad de San José y en el que la Iglesia celebra la Inauguración del Pontificado del Papa Francisco, todos los miembros de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina deseamos felicitar vivamente a Vuestra Santidad con motivo de Su onomástica.
Estaréis ausente físicamente en las grandes celebraciones que tendrán lugar dentro de muy pocas horas en la Plaza de San Pedro, pero estaréis muy presente en nuestros corazones. Presente por la comunión de los santos. Presente por los vínculos indestructibles de la oración. Presente, cercano y unido a cada uno de nosotros en el Cuerpo eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo, que por medio de la Sagrada Comunión nos une íntimamente con Él, que es Cabeza del Cuerpo Místico, y nos une inseparablemente a cada uno de los miembros del Cuerpo. Permanecemos unidos a Vuestra Santidad por la Gracia de Cristo, por el Amor del Padre y por la Comunión del Espíritu Santo.
En medio de la alegría propia de los acontecimientos presentes, no podemos ni queremos dejar de expresar públicamente nuestra profunda gratitud a Dios y a Vuestra Santidad por el servicio que nos habéis prestado, con generosidad y hasta el heroísmo, hasta el límite de las propias fuerzas, en todos los años de Vuestro ministerio como Soberano Pontífice, Vicario de Cristo y Sucesor del Bienaventurado Apóstol Pedro.
Sólo Vuestra Santidad y el Todopoderoso conocen el sufrimiento martirial de todos estos años, sufrimiento que nosotros atisbamos y por el cual os mostramos reconocimiento, gratitud y amor.
Para culminar Vuestra entrega, como Vicario del Sumo y Eterno Sacerdote, y dignísimo Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, no habéis dudado en ofreceros victimalmente en mística unión con Aquél que cada día se hace Víctima de holocausto en la blanca Hostia que entre vuestras manos ofrecéis al Eterno Padre.
Vuestra Santidad nos ha enseñado en silencio, con el lenguaje de la propia vida, que son inseparables el Sacerdocio, la Víctima y el Altar.
Nos habéis enseñado que el amor verdadero, el amor hasta el extremo, que es el Amor de Cristo, conlleva y exige por sí mismo la entrega y el sacrificio de la propia vida,del propio yo, transformando en un altar el propio corazón. Así nos transformamos en Hostia de oblación en unión con Cristo, y así se transforma la propia vida en sacrificio de suave olor que se eleva como homenaje, alabanza y adoración filial hasta el corazón del Padre de las misericordias.
En este día no olvidamos, Santidad, que habéis elegido permanecer unido y bien asido a la Cruz y al Crucificado por la senda del ocultamiento, del despojo, de la humildad y del silencio. Ha sido la Vuestra una elección nacida del amor y para el Amor.Un gesto sublime que no está el entenderlo al alcance de quienes se mueven en la mediocridad, en la banalidad, en la pura exterioridad de las cosas.Lo sublime está tan alejado como inasequible a las masas que se dejan manejar y guiar por lo mediático, lo aparente, lo que tan sólo parece, pero jamás por aquello que verdaderamente es.
Sabe bien Vuestra Santidad que al igual que Nuestro Señor, los Santos no han sido ni son populares, lo que no quiere decir que muchedumbres de almas sencillas no hayan conseguido "descubrirlos" guiados por el olfato Católico que el Espíritu Santo infunde en los humildes de corazón.Pero esas mismas almas sencillas toman distancia de la masa.
Vuestro gesto martirial, Santidad, nos habla y enseña que en la Cruz está Aquél que es Vuestro todo. Aquél mismo que era el "Todo" para el Seráfico Francisco. Y así como Él correspondió al amor del "Pobrecillo", agraciándolo con los signos de la Pasión grabados en su flaco cuerpo, así os corresponde a Vuestra Santidad grabando sus santas señales en Vuestro corazón de Pastor y Sacerdote. También Vos, como el Seráfico, no hacéis alarde del don recibido, pero entre los destellos de vuestra profunda y verdadera humildad nosotros barruntamos el don del Amor que se os ha concedido.
¡Vuestra Santidad lo ha dado todo! Se ha dado a sí mismo. Se ha sacrificado a sí mismo como el siervo bueno y fiel que sólo quiere que aparezca su Señor,que triunfen los intereses de su Señor. Porque el siervo bueno y fiel no tiene más intereses que los de su Señor.
Continuáis siendo para todos nosotros el mismo humilde operario que siempre ha trabajado con tesón en la viña del Señor.
Esa viña en la que habéis ido regando cada cepa con vuestros sudores y con vuestra entrega.
¡Tanto habéis sufrido en soledad y en silencio! ¡Tanto habéis sufrido sin manifestarlo al mundo! ¡Ocultando cada desgarro del corazón detrás de una dulce sonrisa!
A los ataques habéis respondido siempre con dulzura y con amor.
A los desprecios recibidos habéis correspondido siempre con perdón y corazón de padre.
Ante la desobediencia habéis reaccionado urgiendo a todos con templanza.
Habéis preferido en todo momento más exhortar que imponer, dar razones que obligar.
Elegísteis siempre el método y el camino del ejemplo personal, aún sabiendo que los arrogantes jamás os seguirían.
Y hasta a los lobos os habéis acercado, no con palos ni armado, sino con aquella dulzura santa con la que Francisco se acercó a lobo de Gubbio, apoyado tan sólo en la fuerza de la oración y en la confianza en Dios.
¡Qué mal os hemos correspondido, Santidad!
¡Qué ingratos hemos sido!
¡Qué poco os hemos arropado ante las repetidas embestidas con que os han afrentado durante todo vuestro Pontificado!
¡Qué sólo os hemos dejado tantas veces y hemos huido cobardemente como Pedro y los demás huyeron cuando prendieron al Maestro!
¡Cuántas veces nos hemos comportado como si no os conociésemos! ¡Cómo si no fuésemos de los Vuestros!
Al mismo tiempo, Vos seguíais incansablemente defendiendo el rebaño, sin dejarse arrastrar por la tentación del fácil populismo, de buscar el aplauso fácil, la fama y la aprobación del mundo y de los mundanos.
Nada ni nadie han logrado deteneros. Ni la resistencia de los rebeldes, ni la desobediencia de los hijos, ni las risas de los necios, ni la arrogancia de los soberbios, ni las incompresiones de la masa, ni la doblez de los cínicos, ni las críticas inmisericordes de los de corazón perverso,ni la superficialidad de los vulgares, ni las asechanzas de los lobos...
¡Nadie ha logrado deteneros, porque nada habéis antepuesto al amor de Cristo, Benedicto XVI!
¡Cuánta banalidad en nosotros! ¡Cuánta doblez y cuánto orgullo! ¡Cuánta insensatez!
Ahora continuáis regando la viña del Señor con vuestra oración y con la misma entrega de sí mismo, entrega hasta el extremo.
Será el Señor de la historia y la historia misma quienes al final harán justicia. Y estamos seguro de que el nombre de Vuestra Santidad aparecerá grabado con letras de oro, con letras imborrables y gloriosas.
Vos nos habéis recordado con Vuestro ejemplo la enseñanza de vida del Maestro: al fin, de lo que se trata es de ganar la guerra aunque se pierdan batallas.
¡Dios bendiga a Vuestra Santidad!
¡La Virgen Santísima lo proteja y lo colme de sus amores maternales!
¡San José, Vuestro Patrono, os custodie con todo amor!
¡Siempre unidos, Santidad!
¡Siempre unidos en los Sacratísimos Corazones de Jesús y María!
¡Eternamente agradecidos a Su Santidad Benedicto XVI!
P. Manuel María de JesúsPublicado por Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina