Mujer culta, había nacido en el seno de una familia instruida y progresista, comprometida contra la esclavitud, que le permitió estudiar, y se casó con George Butler, estudioso y ministro anglicano, que compartió con ella las batallas más radicales, pagando las consecuencias en su carrera académica. Madre de cuatro hijos –su única hija murió en tierna edad–, Josephine combatió batallas políticas decisivas por el bienestar de las mujeres trabajadoras, pero, sobre todo, por la dignidad de las prostitutas. Pero también fue una intelectual apasionada: tras haber ayudado a su marido a preparar la edición crítica de los escritos de Chaucer conservados en la Bodleian Library, fue la primera mujer en obtener el permiso de frecuentar la biblioteca.
Inicialmente se había comprometido a dar a las mujeres la posibilidad de acceder a la instrucción superior, pero –sobre todo después de la muerte de su hija en 1863– su acción se concentró particularmente en las mujeres que sufrían, es decir, las prostitutas. Desde 1866, cuando George Butler se mudó al Liverpool College, el impacto con la gran ciudad industrial fue decisivo para sensibilizar a Josephine sobre las condiciones de las mujeres de las clases bajas.
A partir de 1869, Butler dirigió la campaña contra la Contagious Diseases Act, la ley que imponía a las mujeres sospechosas de prostituirse una visita ginecológica: si se las consideraba infectadas por enfermedades venéreas, debían pasar un número establecido de meses en un hospital, semejante a una cárcel, y después, naturalmente, ya fichadas, no podían más que volver a su oficio. Quienes rechazaban someterse al examen, acababan en la cárcel.
Josephine denunciaba la prepotencia de los policías, la violencia con la que también los médicos trataban a esas mujeres, el hecho de que incluso podían caer en redadas mujeres pobres, que no se prostituían y que luego eran fichadas definitivamente como prostitutas. Pero, sobre todo, arremetía contra la doble moral, que no preveía visitas médicas para los frecuentadores de las prostitutas, quienes así podían seguir propagando impunemente las infecciones.
Este reglamento, al principio aplicado solo en los puertos y en las ciudades con cuarteles, en 1869 debía extenderse a todo el país: esto provocó el nacimiento de una Asociación femenina nacional en la que Josephine gastó todas sus energías, no obstante las agresiones físicas y la difamación de que fue objeto. Durante los años sucesivos, su acción se extendió a otros países europeos donde estaban entrando en vigor normas análogas de reglamentación de la prostitución, y también se comprometió en la lucha contra la trata de blancas. Además de algunos opúsculos de tipo político, destinados a sus batallas, Josephine escribió un único libro: una biografía sobre Catalina de Siena, en quien ve un modelo de acción política y de rigor moral cercano a su experiencia. Mientras tanto, no escatima detalles sobre su influencia política: «En efecto, se puede decir que verdaderamente Catalina gobernaba Roma en aquel tiempo. Sus esfuerzos eran casi sobrehumanos. Cada mañana iba al Capitolio, donde la esperaban los confalonieros de la República. No se adoptaba ninguna medida importante, sin antes consultarla. Los intereses de la comunidad parecían depender de su presencia y de su actividad. Urbano VI le confirió plenos poderes y autoridad para actuar por el bien de la Iglesia. Ciudadanos importantes esperaban todos los días delante su puerta para un breve coloquio y para recibir consejos sobre cuestiones difíciles, privadas y públicas». Así pues, un verdadero modelo para las primeras feministas, también en su aspecto, en su modo de obrar: «Tenía una actitud franca, era como un libro abierto; tenía la costumbre de mirar directamente a los ojos a las personas a las que se dirigía; la frente era ancha y abierta, demasiado pelada en las sienes para ser bella; tenía cabellos y cejas de color marrón oscuro; los ojos grises o habana; la nariz derecha y sumamente delicada; el mentón y la mandíbula fuertes y más bien prominentes; la sonrisa, siempre recordada, era afectuosa, dulce, se irradiaba a todo el rostro y le iluminaba los ojos y, a menudo, prorrumpía en una carcajada. No tenía la fascinación de la belleza segura, sino la de la gentileza, la sinceridad y la gracia. (…) Hablaba bastante rápidamente y con el acento sienés más suave; tenía modos particularmente corteses con quienes iban a visitarla, inclinándose profundamente para acogerlos, como se hacía en aquel tiempo, a veces arrodillándose cuando saludaba a personas que consideraba especialmente venerables, y se sentaba al lado de ellas para conversar de modo franco y amistoso. Sus modos, tanto con hombres como con mujeres, iban más allá de las convenciones que prescribía su tiempo». A imitación de Catalina de Siena, en sus apariciones públicas Josephine no preparaba un texto, sino que se dejaba inspirar por el Espíritu Santo. Y tenía mucho éxito.
Su empatía con la santa la llevaba incluso a representarla como protoprotestante: «No cabe duda de que, si hubiera vivido dos siglos después, en medio de las convulsiones que laceraron a la cristiandad, habría permanecido firmemente junto a la verdad evangélica y habría unido su protesta a la de los reformadores».
El libro de Butler contribuyó ciertamente a dar a conocer a Catalina entre las feministas inglesas, y a hacer entender a esas mujeres modernas que, si querían un ejemplo, un modelo, lo encontraban en esta santa medieval.
Lucetta Scaraffia
3 de abril de 2013