Desde ayer el Vaticano tiene dos Papas que viven a pocos metros de distancia, dentro del mismo kilómetro cuadrado de territorio, el del estado más pequeño del mundo. El obispo de Roma, Francisco y su predecesor ahora están hombro con hombro: el primero en el pleno de sus poderes tras la elección del 13 de marzo, el segundo retirado, «escondido» al mundo, que pasará el último periodo de su vida en oración y estudio.
Mientras el Papa emérito estaba en Castelgandolfo, en el palacio que da hacia el lago, el problema no había surgido. La presencia de Joseph Ratzinger, discreta como siempre, no se advertía (solo llamó la atención cuando su predecesor lo visitó el 23 de marzo). Sin embargo, desde ayer, que volvió al Vaticano para vivir en el ex-monasterio de clausura “Mater Ecclesiae” oportunamente reestructurado para acogerle y asu pequeña “familia”, Benedicto XVI volvió a ser una presencia, un punto de referencia dentro de los muros del Vaticano. La decisión de no querer difundir las imágenes ni el video de su regreso es más que comprensible (solamente se difundió una foto para tranquilizar a los que temen por sus frágiles condiciones de salud debidas a la edad, mismas que, cabe recordar, fueron el motivo de la renuncia). Pero, aunque su presencia será muy discreta, seguirá siendo una presencia importante. Ya no solo está el Papa, está también el “Papa emérito”, como el mismo Benedicto XVI decidió hacerse llamar, eligiendo la categoría canónica existente.
La situación que se viven hoy en el Vaticano y en toda la Iglesia católica no tiene precedentes en la historia moderna de la Iglesia. Y nunca había sucedido que un Papa renunciara a la cátedra del obispo de Roma por la falta de fuerzas. La humildad y la discreción de Ratzinger impedirán que se convierta en un estorbo para su sucesor, por lo que no se transformará en la referencia para los descontentos o desilusionados por el nuevo Pontificado.
En algunos ambientes tradicionalistas han sido criticadas varias decisiones de Francisco, a quien le acusan de excesiva sobriedad, de no usar algunas insignias y algunos paramentos. Le acusan, incluso, de haber empezado a destruir el mismo primado petrino por haber acentuado su papel de “obispo de Roma” (el primero y más antiguo de los títulos del Papa) y por haber nombrado a un grupo de ocho cardenales «consejeros» que le ayudarán en la reforma de la Curia y le darán sugerencias sobre el gobierno de la Iglesia. Los críticos subrayan una presunta discontinuidad con Benedicto XVI y dicen que se está acercando la demolición del mismo papado y de la sacralidad de la figura papal.
Estos críticos, listos para interpretar cualqueira de los gestos de Francisco como una señal de esa “ruptura” con su predecesor, parecen no querer reconocer que, más que muchas de las decisiones de Francisco, fue la renuncia de Benedicto XVI lo que en un cierto sentido desacraliza la figura papal. Fue su decisión de abandonar el papado, después de haberse dado cuenta de no contar con las fuerzas físicas necesarias para conducir el timón de la barca de Pedro, la que canceló todos los altos puestos de la Curia romana (los colaboradores más cercanos al Papa y los responsables de los dicasterios fueron “confirmados” por el Papa Francisco «donce aliter provideatur», por lo que podrá haber cambios en el horizonte) y la que desencadenó la elección de un nuevo Pontífice, además de crear la situación inédita de los “dos Papas”.
Pero sería un error atribuir a este gesto de Benedicto XVI, aunque se trate de un gesto revolucionario e histórico, una verdadera «discontinuidad». Con su decisión, Ratzinger ofreció su contributo para hacer que el ministerio petrino vuelva a sus orígenes: el Papa es el sucesor de Pedro, el pastor de la Iglesia que preside en la caridad, el custodio de un tesoro que no le pertenece, ese “depositum fidei” que debe transmitir. No es un emperador de por vida ni un súper-gobernador de las Iglesias. Ciertas formas históricas e históricamente justificadas, un cierto énfasis en la figura papal, habían llegado mucho más allá de esa esencia original: optar por alejarse, optar por no considerarlas adecuadas en el presente, no debilita de ninguna manera el papado.
En el fondo, no importa si el Papa usa o menos mitras enormes y preciosas, si usa las férulas de oro del pasado, si se sienta en un trono de madera dorada. Todos estos símbolos acentúan visualmente la universalidad del ministerio pontifical, así como su excepcionalidad. Con su renuncia, Benedicto XVI demostró que ya no son indispensables los “inmuebles” de la sacralidad del Papa reinante. Y así, se retiró, como sucede con los obispos en las diócesis del mundo cuando alcanzan cierta edad. Con su renucnia, Ratzinger acercó la figura del Papa a la de los demás obispos, sin destruir la esencia ni las prerrogativas del primado petrino.