Todo nace con una mujer del actual Irak meridional: Râbi’a, que signfica cuarta. Es la cuarta hija de una familia numerosa, que acaba por ser vendida como esclava. Después es rescatada, y se entrega al amor apasionado a Dios.
Râbi’a es considerada entre las primeras figuras de la mística musulmana que aplican el término de amor apasionado (‘ishq, que en griego traduciríamos por eros) al Amado. No se puede citar a Râbi’a sin citar este preciosísimo relato de su misión:
un día se puso a correr por Bagdad llevando en una mano una antorcha encendida y en la otra un balde lleno de agua. Los habitantes le preguntaron entonces qué estaba haciendo, y ella, que parecía poseída, respondió: «Estoy yendo al cielo para arrojar fuego al Paraíso y derramar agua en el Infierno, de modo que no permanezca ninguno de los dos. Entonces será claro mi propósito: que los fieles miren a Dios sin esperanza y sin miedo. Porque si no hubiera esperanza en el Paraíso o miedo en el Infierno, ¿acaso no lo adorarían a él solo, el Real, y no obedecerían sus órdenes?».
Este texto es fundamental tanto para los musulmanes, sobre todo los sufíes, como para los cristianos: para todos esta mujer se ha convertido en el símbolo del amor puro a Dios. Jean-Pierre Camus, obispo de la diócesis de Mans en el siglo XVII, escribió una obra cuyo título es Caritea o del amor perfecto. ¿Quién es esta Caritea? Pues bien, es precisamente Râbi’a, la mujer sufí de nuestro relato, y toda la obra del obispo tiene como cometido comentar su ejemplo e ilustrar qué es el amor puro (cristiano).
Los primeros siglos del islam son también los primeros siglos de los grandes místicos sufíes, que comienzan a formar una doctrina, escuelas y, en fin de cuentas, órdenes «religiosas». Desde aproximadamente el siglo XII, hablar de sufí quiere decir hablar de verdaderos místicos y, especialmente, de figuras masculinas. En efecto, el sufismo se puede definir como la transmisión interior (pero también esotérica y mística) del mensaje coránico comunicado directamente por Dios al profeta Mahoma y, de este, a los maestros espirituales. La sucesión «apostólica» es, por tanto, una transmisión fundamentalmente masculina, de maestro a discípulo, y todas las filiaciones se originan a partir del profeta. Esto, sin embargo, no significa que durante la historia no haya habido grandes figuras y grupos femeninos.
En la Anatolia medieval existía un grupo de las así llamadas mujeres del país de Rum (Anatolia), o Baciyan-i Rum, herederas femeninas de la tradición que se remontaba a un místico de Asia central, Ahmet Yesevî. Los estudios y las investigaciones actuales muestran cada vez más el elevado número de personalidades femeninas que dejaron una huella indeleble. Por lo que respecta a los así llamados derviches danzantes o mevlevî, en casos raros, pero bien confirmados, las mujeres también fueron maestras espirituales. En cambio, es menos cierta la existencia de grupos femeninos entre los derviches danzantes. Más allá de la cuestión de la legitimidad de la enseñanza femenina y de la posibilidad de reunir en torno a una mujer a un grupo de discípulos de ambos sexos, el dato verdadero es que la mujer alcanza en el sufismo un nivel de refinamiento espiritual más alto que el del hombre.
En el siglo XIX otomano numerosas son las poetisas y las afiliadas a la Orden de los derviches danzantes, como Leyla Haným, Tevhide Haným e Þeref Haným. De esta última me agrada recordar algunos versos que tienen un sabor verdaderamente crístico: «Bienvenido, oh Mesías de la ronda (círculo) / A la resurrección de este corazón colmado de angustia».
Aún hoy, entre los descendientes en línea directa de Rûmî, el fundador de los mevlevî, hay una mujer de grandes cualidades espirituales: Esen Celebi, a la que le gusta recordar que en Alepo estudió con los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Sus relatos están impregnados de profundo sentido religioso y de una apertura a la diversidad, precisamente como su antepasado. Jamás podré olvidar el relato muy detallado de su devoción especial a la Virgen María, figura que también ocupa un lugar importante en el mismo Corán. En Turquía todos tienen mucha consideración por Esin, y su actividad en favor de la difusión de la espiritualidad mevlevî se ha convertido en uno de los objetivos de su vida. Ella misma afirma que en la Orden de los derviches danzantes «vemos que ya desde la época de su fundación se ha dado gran importancia a las mujeres. Por ejemplo, en Konya, Þeref Hatun, la hija de Sultán Veled –hijo de Rûmî y verdadero legislador de la Orden–, tenía numerosos discípulos hombres».
Esin no es la única heredera espiritual del sufismo en la Turquía actual. Cercana a esta espiritualidad hay otra mujer, Nur Artiran. Ante la pregunta qué significa el sufismo, responde sin titubear: «Mi esfuerzo consiste en comentar el Mesnevî de Rûmî, con mi voz que viene del corazón, orientándola hacia mi mundo y hacia mi vida interior». Su último libro, de gran éxito, tiene como título una frase de Rûmî, El amor es semejante a un proceso. En ella se ven con claridad el deseo y la pasión divina, típicos del sufismo. Me confía también que «si para un hombre es difícil ser sabio, no es menor el esfuerzo de una mujer por servir a la humanidad». Lo que más me ha impresionado de esta mujer, discípula de uno de los últimos comentaristas oficiales del Mesnevî di Rûmî, es su experiencia, de la que habla públicamente. De su guía, me ofrece este hermoso testimonio de fe y de vida: «Þefik Can, este es su nombre, fue mi maestro, y através de Rûmî, me ha abierto las puertas de la vida interior religiosa».
La primera vez que me encontré con Cemalnur Sargut fue con ocasión de la celebración anual del nacimiento del profeta del islam. Aquella tarde, Cemalnur acogía a las autoridades religiosas cristianas. No me olvidaré nunca del momento en que me vio, porque me llamó con una expresión muy dulce y profunda: «Hijo mío» (evladim). Ciertamente, en turco una mujer puede llamar siempre a un muchacho con esta expresión –la puede utilizar también una mujer que mendiga en la calle–, pero yo la percibí como un saludo afectuoso.
Cemalnur es una verdadera líder espiritual, atrae a multitudes de jóvenes turcos, interviene en debates internacionales y se hace portavoz de un islam al mismo tiempo tradicional y abierto a la modernidad. Cuando me encuentro con sus discípulas, me sorprende la apertura y la tolerancia que Cemalnur enseña y practica. Las acoge tal como son, sin pretender una conversión radical: no impone el velo (que ella misma no usa sino en los momentos de oración), no impone una transformación radical, sino que conduce a sus seguidores a una reorientación de su vida hacia Dios, hacia el bien divino. También ella está radicada en la tradición sufí. Junto a una actividad estrechamente espiritual, su asociación organiza regularmente congresos sobre el sufismo. Lo que atrae en esta figura de rasgos delicados, pero con una personalidad interior imponente, es su capacidad de acogida. Logra ser una verdadera madre espiritual que acoge a todos. Ante la pregunta qué es el sufismo, Cemalnur responde: «Encontrar la felicidad y la paz en los momentos de angustia y de crisis».
Muchas otras mujeres y en todas las latitudes del mundo musulmán podrían ilustrar ulteriormente este fuego de amor a Dios. Pienso también en Nayla, en el Líbano; en Hela y su madre Nelly, en Túnez; en Sema, en Pakistán, y quizás cuántas otras aún. Es cierto que el sufismo continúa oficialmente la transmisión de maestro a discípulo de sexo masculino, pero la difusión femenina del sufismo ha asumido un estilo particular, único. El sentido de amor a Dios y al hombre es tan humano en el cuerpo de una mujer que, por el hecho mismo de ser, emana un perfume divino.
Alberto Fabio Ambrosio
1 de junio de 2013