Hortensio Félix Paravicino y Arteaga no es nombre fácil de recordar. Inmerso en el flujo irrepetible, por calidad y número, de las letras del Barroco español, su figura ha pasado a las historias de la literatura por el mérito de sus sermones y poemas, pero si alguien lo recuerda hoy todavía es ante todo por el retrato que de él realizó El Greco, a tal punto poderoso que inspiraría a Cernuda unos versos célebres («Tú no puedes hablarme y yo apenas / si puedo hablar. Mas tus ojos me miran / como si a ver un pensamiento me llamaran»), y en bastante menor medida por los endecasílabos que el propio Paravicino, religioso trinitario, dedicó al pintor y amigo: «Creta le dio la vida, y los pinceles / Toledo, mejor patria donde empieza / a lograr con la muerte eternidades».
Nacido en 1541 bajo el sol milenario de Creta y crecido no muy lejos de la monumental Rocca al Mare que protege la entrada a la actual Heraclión, el mortal aludido, apodado El Greco por los diccionarios, se apagará en el dédalo toledano que un día arropó el esplendor sin mácula de las tres culturas. Su viaje es un trayecto desde la luz como bendición hacia la luz como crisol. En mitad de ese arco, diez años de estancia en una ciudad que es ella misma bendición, crisol, luz de luces, Venecia la Serenísima, y una breve estancia en Roma, la Loba, «caput mundi», ciudad de ciudades, epítome de la gloria y la ruina, del ruido y la furia, del éxtasis y la caída, capital de los vicios y de las virtudes, del trono de Pedro y de los laureles cesáreos, circo conmovedor y sin igual en el discurrir de los hombres por el globo.
Ya desde su nombre, El Greco aúna su identidad geográfica con su peripecia vital, el cronomapa de su existencia. No en vano, su «nom de guerre» recoge el artículo español por un lado y el adjetivo italiano por otro, aunque firma sus cuadros sirviéndose de su nombre y apellido griegos, Doménikos Theotokópoulos.
Rebeldía, ejemplaridad o independencia de criterio, no es sencillo en una personalidad tan poliédrica como la de quien nos ocupa hallar una respuesta definitiva a semejante gesto, pero su aventura creativa no es la propia de un pintor de patria, de escuela, de terruño. El Greco, también en esto, escapa a todo encasillamiento. Quizá él sea, en realidad, uno de los mayores y más fecundos apátridas de la pintura. O mejor dicho: su patria, la radical y segura evidencia de su singularidad, es su obra.
El mundo cultural posbizantino, en el que amanece el genio del pintor, abreva en el venero de la iconografía griega ortodoxa. Uno de los secretos de la excepcionalidad de la obra de El Greco radica en la fuerza del icono como elemento seminal. El carácter alegórico del icono y su negación de la tercera dimensión, presencia a medio camino entre lo visible y lo trascendente, objeto de goce pero ante todo vehículo de devoción, marca de modo indeleble el arte de Theotokópoulos. El posterior influjo del Cinquecento (los colores del Veronés, el manierismo del Tintoretto, el virtuosismo de Jacopo Bassano, la carnalidad de Tiziano) procura el impacto único de su estilo, que ha bebido de Italia y su inagotable talento, pero que no ha conseguido ahogar el elemento griego que nutrió su raíz. Como si los tradicionales antinaturalismo y antipsicologismo del icono, ajenos en sus más hermosas manifestaciones al devenir del Renacimiento (basta admirar cualquier Virgen Hodigitria, sea rusa o griega, para entender semejante impermeabilidad), nunca hubieran abandonado del todo la paleta de Doménikos.El resto, historia conocida
Aunque no se conocen las razones últimas de su viaje a España, pues la demanda de decoradores para la obra de El Escorial no pasa de ser una hipótesis atractiva pero imposible de probar, su presencia queda documentada en Madrid ya en 1577 y pronto en Toledo, donde firma sendos contratos con la catedral y el monasterio de Santo Domingo el Antiguo para sus primeros trabajos en nuestro país, el «Expolio» para aquella y tres retablos para este. Además, en 1578 nace su único hijo, Jorge Manuel, futuro maestro mayor de la catedral toledana, fruto de sus relaciones con Jerónima de las Cuevas.
Instalado en Toledo hasta su muerte, ciudad que sólo abandonará en contadas ocasiones y siempre por motivos laborales, tras el rechazo en 1584 de Felipe II de su encargo escurialense para «El martirio de san Mauricio», El Greco amplía su taller, produce retablos para conventos y parroquias, así como cuadros para una clientela privada, y en general expande sus intereses. Explota entonces su producción hoy más celebrada y las obras maestras se encadenan: «El caballero de la mano en el pecho», «Magdalena penitente con la Cruz», «El entierro del conde de Orgaz», «Antonio de Covarrubias», «Cristo despidiéndose de su madre», «La Inmaculada Concepción Oballe», «El bautismo de Cristo», «Visión apocalíptica», «Laocoonte»…
El artista muere sin testar el 7 de abril de 1614. El resto es historia conocida. Un profundo olvido de décadas hasta la recuperación por parte de distintas facciones, cada una de las cuales ha «leído» de forma interesada su figura: desde los románticos a las vanguardias del cambio de siglo, pasando por cierto chovinismo patrio que halló en él un supuesto destilado del genio nacional. Al fondo, como una música profunda, sobreviven en todo caso los versos de un poeta con un nombre difícil de recordar: «Creta le dio la vida, y los pinceles / Toledo, mejor patria donde empieza / a lograr con la muerte eternidades».