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Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
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Si volviera Charles Péguy

5 de septiembre de 2014
El 5 de septiembre de 1914 falleció en la batalla de la Marna el gran poeta francés. A cien años, su experiencia de la vida cristiana encuentra resonancias sorprendentes en la predicación de Papa Francisco,

El «sitio privilegiado para el encuentro con Jesucristo -dijo ayer el Papa en la homilía matutina de la misa en Santa Marta- son los propios pecados». Porque «la fuerza de la Palabra de Dios está en este encuentro entre mis pecados y la sangre de Cristo, que me salva. Y cuando falta este encuentro, no hay fuerza en el corazón». 

Estas palabras del Papa jesuita no habrían pasado desapercibidas si las hubiera escuchado Charles Péguy, el gran poeta de Orleans que falleció justamente hace 100 años. Era el 5 de septiembre de 1914 y la batalla de la Marna acababa de comenzar cuando una bala lo golpeó en la frente. Víctima precoz del huracán de la Gran Guerra, después de que se había enrolado como voluntario en la infantería. Durante los últimos años de su vida experimentó muchas veces, en su singular camino de «cristiano irregular», la dinámica sugerida por Papa Francisco. Y llegó a describirla con su estilo lleno de cadencias en su obra (publicada póstumamente en 1924) ‘Descartes y la filosofía cartesiana’.

«Los cuidados, los éxitos y las salvaciones de la gracia», dice la traducción italiana de la obra, editada por la italianista Cristiana Lardo, «son maravillosos, y se ve vencer, se ve salvar aquel que estaba perdido». Porque «las peores miserias, las peores mezquindades, las oscuridades y los crímenes, incluso el pecado, a menudo son huecos en la armadura del hombre, huecos en la coraza, por los cuales la gracia puede penetrar en la dureza del hombre». Mientras «en la coraza inorgánica de la costumbre todo se desliza, cada espada tiene la punta roma». Así, según lo que percibía Péguy hace más de un siglo, «la gente de bien, los que adoran que los llamen así, no tienen huecos en la armadura, no reciben heridas». No tienen «esa entrada para la gracia que es esencialmente el pecado». En ellos incluso la moral entendida como capacidad de coherencia autosuficiente se convierte en una especie de capa «que vuelve al hombre impermeable a la gracia». Porque «ni siquiera la caridad de Dios cura a quien no tiene llagas». Aquellos que nunca han caído nunca volverán a levantarse, y aquellos que no están sucios no serán limpiados nunca.

La intuición del misterio cristiano que confesó Péguy en la condición singular que le tocó vivir presenta aspectos familiares y afinidades escondidas con la mirada y la sensibilidad pastoral sugeridas constantemente por Papa Francisco. Republicano, socialista y deyfusiano, Charles (que creció entre sindicalistas anárquicos e intelectuales agnósticos que consideraban a la Iglesia un cacharro del viejo régimen o un pilar del orden capitalista burgués) encontró la fe cristiana a los 35 años, cuando estaba casado por lo civil con una mujer atea, vinculada a los mitos de la Comuna de París. La encontró como un nuevo inicio de gracia y de consuelo florido entre los miles de afanes de una vida compleja, entre las enfermedades de sus tres hijos y las acrobacias para mantener a flote su precaria revista literaria, los «Cahiers de la Quinzaine».

Péguy experimentó en su vida que los bautizados laicos, los padres y las madres de familia ocupados con las fatigas de todos los días (esos a quienes se refiere constantemente Papa Francisco en sus homilías y discursos, incluso como miembros ordinarios de la «clase media de la santidad») que viven en el mundo una aventura sin igual. Acosados por condicionamientos y vínculos que dificultan la desnaturalización de una espiritualidad auto-complaciente en el cristianismo. Según Péguy, «hay solo un aventurero en el mundo, y esto se ve sobre todo en el mundo moderno: el padre de familia». En comparación con los demás, «los peores aventureros no son nada». Porque todos los demás, con respecto al padre (o madre) de familia «no corren absolutamente ningún peligro». Los demás «sufren solo por sí mismos. Ipsi. En primer grado». En cambio solamente los papás y las mamás sufren por los demás. El resto de los aventureros, incluidos los clérigos, siempre pueden llevar a cabo maniobras diversivas, porque «no tienen equipaje». En cambio, los padres y las madres de familia, «involucrados por doquier en los sufrimientos, en las miserias, en todas las responsabilidades, son como jefes responsables de una banda de prisioneros, prisioneros ellos mismos, responsables de una banda de cautivos, cautivos ellos mismos» (Véronique. Dialogo della storia e dell’anima carnale).

Péguy vivió la fe como un nuevo inicio de gracia en un clima político y social en el que muchos intelectuales católicos oficiales acariciaban utopías del pasado o se empeñaban en las batallas en contra de la modernidad que algunos años después habrían creado consenso alrededor de la Action Francaise del ateo «cristianista» Charles Maurras, misma que fue condenada en 1926 por Pío XI. Pero Péguy estaba casado por lo civil con una mujer atea, que no quería bautizar a sus hijos. Por esta condición matrimonial, Péguy no podía acudir a los sacramentos.

Vivió, pues, toda la vida en el umbral de la Iglesia, el «punto -como escribió Hans Urs von Balthasar al referirse a él- en el que el pagano se vuelve cristiano». En esta condición marcada por la precariedad del «principiante», por el cristianismo genérico «como pecador que frecuenta la misa dominical en la parroquia», siempre relacionado con la aparente fragilidad del primer florecer de la esperanza cristiana, Péguy tuvo que soportar durante los últimos años de su vida incluso el aislamiento en el que lo acorralaron algunos de sus amigos (sacerdotes, intelectuales del mundo católico oficial, incluido Jaques Maritain y su esposa Raissa) que lo acusaban de una moral relajada porque no podía concretar la regularización de su situación familiar dentro de los cánones. Se burlaban de él diciendo que era uno que de ilusionaba con una «salvación fácil» y que no aceptaba «el yugo intelectual de la fe, sin el cual no hay verdadera fe» (Maritain). Algunos incluso le sugerían que abandonara a su esposa, si no lograba convencerla. 

En los malos hábitos de lo que Péguy definía como el «partido de los devotos» se aprecia la misma huella genérica de las prácticas neo-clericales y de «aduana pastoral» tantas veces denunciadas por Papa Francisco en su predicación. Esas poses de «vigilantes» de la fe de los demás que sugestionan al pueblo de Dios y que hacen que aumente el sentido de repulsión en todos los demás.

Para Péguy, los vínculos carnales y espirituales que lo unían a su esposa y a sus hijos eran material para que los clérigos e intelectuales lo chantajearan. Esos que no tenían vínculos verdaderos con nada. «El objetivo de estas intervenciones», escribió con respecto a ellos, «es obstaculizar siempre la acción de la gracia, tomarla siempre desprevenida, con una especie de paciencia formidable. Estos pisotean los jardines de la gracia con una brutalidad espantosa. Se diría que se proponen únicamente sabotear los jardines eternos. Así, los padres curados trabajan en la demolición de lo poco que queda. Y, sobre todo cuando Dios, mediante el misterio de la gracia, trabaja las almas, ellos no dejan nunca de creer, estos buenos curados, que Dios no piensa más que en ellos, que no trabaja más que para ellos».

Los amigos «devotos» ironizaban sobre las humildes esperanzas que confesaba Péguy, quien creía que manteniendo relaciones familiares y de amistad con personas alejadas de la Iglesia podría, con el tiempo, contagiar a los demás con su fe. Y, a final de cuentas, sus súplicas (expresadas en doloroso silencio durante los últimos años de su vida) habrían sido escuchadas: a mediados de la década de los años veinte la señora Péguy y tres de sus cuatro hijos (el último había nacido después de la muerte de su padre) habrían recibido el bautismo en la Iglesia católica. El primogénito fue bautizado en una comunidad protestante.

por Gianni Valente

Comentarios
por jorge (i) (190.189.157.---) - domingo , 7-sep-2014, 12:41:41
EXCELENTE articulo sobre Peguy.
Equilibrado y esperanzador
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