Mientras escribo llegan noticias de nuevas tensiones en Jerusalén, provocadas por elementos de una nueva derecha ultranacionalista, atípica en Israel, que, ostentando el delirante deseo de apoderarse de la zona del antiguo Templo de Salomón, donde se yerguen desde hace muchos siglos dos de los máximos santuarios del islam (propiedad del Waqf, es decir, la fundación pública encargada de la gestión de los santos lugares musulmanes). El primer ministro de Israel ha puesto de relieve que tales pretensiones son una amenaza para la paz y la seguridad del país. Las fuerzas del orden cumplen con su misión, pero la desmedida retórica de los celotes y su propensión a que la sigan los hechos no conocen tregua, suscitando entre los musulmanes inquietud y reacciones tampoco contenidas. Se teme, por enésima vez, que estalle una espiral de agresiones recíprocas en la ciudad que tiene la paz como vocación propia.
Quien conoce y judaísmo e Israel sabe que ambos han sido, al menos hasta ahora, del todo ajenos a la locura de poseer el exmonte del Templo. El delirio de estos «ultras del Templo» es nuevo y gratuito, e interesa solo a un ínfima parte de los israelíes, el resto de los cuales mira los acontecimientos con sorpresa. Cierto, la destrucción del Segundo Templo, en el año 70 d.C., está en la memoria colectiva como un evento traumático; y desde entonces, muchas oraciones judías anhelan su restauración. Pero ya desde el tiempo en el que el magnífico edificio herodiano fue destruido, el judaísmo había superado el culto que en él se rendía, convirtiéndose en religión de la Palabra divina, dirigida a un «culto en espíritu y verdad», no ya del derramamiento de la sangre de corderos y carneros. En los dos mil años que han seguido, el anhelo por la restauración del Templo ha seguido como forma literaria de la esperanza escatológica, cuyo cumplimiento, siempre en sentido espiritual, se llevaría a cabo solo después del mundo presente.
Maimónides (1135-1204), el célebre filósofo y teólogo que se podría definir como el homólogo judío de santo Tomás de Aquino, sostenía que el culto sacrificial practicado en el Templo no era sino una fase de la pedagogía divina, encaminada a eliminar la praxis idólatra de los sacrificios humanos. Alcanzada la madurez religiosa, representada por el culto espiritual de la sinagoga, no se daría, decía Maimónides, una vuelta gratuita a una barbarie ya superada.
Los fundadores del movimiento nacional judío de nuestros tiempos, que se remonta al siglo XIX, y que idealmente compartía no poco con el Renacimiento italiano, incluida su laicidad, no pensaban en el antiguo Templo cuando hablaban de la construcción de un mejor futuro en un Estado liberal. Los mismos rabinos, para impedir que se abusara de las bellísimas oraciones que cantan la nostalgia por el Templo del Señor, desde hace siglos establecieron la excomunión automática para quien, desde los primeros tiempos, osara incluso subir al lugar donde antiguamente se encontraba el Templo.
Yo mismo soy testigo de ello. De chico, no he oído jamás a nadie hablar de cosa igual. Con «el Templo» se entendía una sublime realidad mesiánica, no un santuario a invadir por la fuerza. Los «pirómanos» (los editorialistas israelíes) que intentan provocar, en Jerusalén, junto al lugar del antiguo Templo, una guerra de religión con los musulmanes, que lo poseen desde hace muchos siglos, se han inventado la ideología «de la nada». Está bien que lo sepamos, no solo los israelíes (que esto lo saben bien), sino también los musulmanes, que miran preocupados; y también nosotros, los cristianos, que antes que nada queremos vivir en paz los unos con los otros. Y nosotros con ellos.
por Mons. David M. Jaeger